Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sangre entre los árboles #3
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Sangre entre los árboles #3

Enen apoyó la mano en el muslo herido, respiró hondo y volvió a alzar la daga. Sus ojos buscaron el siguiente objetivo.

Avanzó un paso más, luego otro. Se encontraba tan cerca que el filo casi rozaba la túnica ennegrecida de Gogor.

Entonces, los ojos del hechicero se abrieron de golpe.

Un rugido le desgarró la garganta, áspero, quebrado. El suelo respondió al instante. La tierra se abrió y de ella brotaron raíces gruesas que reptaron sobre el claro y se cerraron alrededor de los niños.

Filo quedó alzada del suelo, atrapada por el torso. Sus pies patalearon en el aire mientras el aliento se le cortaba. Reki salió despedido contra un tronco; el golpe sonó seco y su cuerpo quedó desplomado al pie del árbol, inmóvil.

El brujo extendió la mano.

De su palma brotaron llamas negras, densas, que avanzaron en un latigazo oscuro. Alcanzaron a Diente roto de lleno. El chico gritó una sola vez antes de que el fuego lo cubriera por completo. La carne se ennegreció, la ropa se deshizo y el olor a humo y piel quemada llenó el claro.

Cuando las llamas se apagaron, solo quedó un cuerpo humeante sobre la tierra removida.

Clara intentó huir, pero un látigo de sombras la arrastró hacia las fauces abiertas de la tierra.

Enen, herido en la pierna, seguía de pie. Con un grito ronco saltó directo hacia el pecho del Hechicero y trató de clavar la daga en su cuello. Gogor lo detuvo con una sola mano, sus dedos huesudos agarraron al niño por la garganta.

Edoz sintió cómo Ansia vibraba en su cautiverio. La daga negra pedía salir, latía con un hambre feroz, quería formar parte de la matanza, pero Edoz la dejó guardada y mantuvo sus dagas gemelas apretadas con fuerza.

Las Ratas gritaban. Enen se ahogaba. Gogor levantaba al niño por encima de su cabeza como a un insecto.

Edoz clavó las botas en la tierra húmeda y no retrocedió. Avanzó a empujones, a cuchilladas, abriéndose paso entre los arreshim. Sus dagas danzaban en sus manos. Cada movimiento era corto y preciso, un latido y luego otro.

Los cuerpos verdes y huesudos caían a su alrededor.

Algunos se doblaban sin emitir sonido; otros chillaban con voces agudas, animales, mientras se desangraban sobre el barro.

Edoz giró sobre sí mismo, hundió la daga derecha en un vientre, la arrancó con un tirón seco y la lanzó hacia atrás sin mirar.

La daga izquierda encontró un cuello. El grito murió antes de nacer.

El aire se volvió espeso, cargado de sangre. Un arreshim saltó sobre él y Edoz lo recibió con el antebrazo, desvió la embestida y le abrió la garganta de lado a lado. La criatura cayó a sus pies, pataleó y manchó sus botas de sangre oscura.

Edoz avanzó, respiró por la nariz y mantuvo la mirada fija al frente. No había rabia en sus gestos, solo precisión. Donde pasaba, el suelo quedaba sembrado de cuerpos retorcidos y silencio.

Cada movimiento lo acercaba más a Gogor, que mantenía a Enen atrapado con una garra mugrienta en lo alto.

Con un rugido, Edoz lanzó un tajo que rozó el aire antes de hundirse en el brazo del hechicero. La sangre negra manó al instante y Gogor soltó a Enen con un bramido de furia. Edoz escupió a un lado y levantó la daga manchada.

—Métete con alguien de tu tamaño. Aunque, bueno —ladeó la cabeza, sin dejar de sonreír con rabia—, tú tampoco eres muy alto.

Gogor alzó su bastón tallado en cráneos de rata y la madera crujió con energía oscura.

Edoz se lanzó contra él y esquivó la primera llamarada verdosa.

La daga golpeó contra el bastón, el choque sacudió sus brazos.

Gogor giró, rápido como un animal, y la garra libre arañó el aire a un palmo de su rostro.

Las chispas de magia iluminaban los ojos rojos del hechicero.

Edoz atacó con furia, en un intento de abrirle la garganta, mientras Gogor retrocedía y murmuraba conjuros que llenaban la noche de un zumbido enfermizo.

El círculo de ratas y duendes luchaban a su alrededor, pero aguardaban a ver cuál de los dos caía primero.

Edoz no le dio respiro. Su daga izquierda silbó hacia el vientre de Gogor, pero el hechicero torció el bastón en el último instante y desvió la hoja. La fuerza del impacto vibró en los huesos de ambos y los hizo retroceder un paso.

—Maldito insecto… —escupió Gogor, con el brazo ensangrentado. Sus labios se movieron en un susurro gutural y la tierra a sus pies comenzó a abrirse y exhaló un olor nauseabundo.

Edoz se lanzó antes de que el hechizo pudiera concluir y cargó con el hombro contra el pecho huesudo del duende. Rodaron entre la tierra y las piedras, cada uno trató de arrancar el arma del otro. El bastón chocó contra la daga derecha y saltaron chispas verdes y negras en todas direcciones.

Un gruñido ahogado escapó de Edoz cuando sintió la garra de Gogor rozarle el cuello, mientras sus propias hojas buscaban hundirse en la carne del hechicero. Ambos quedaron trabados y se miraron con los ojos encendidos por el odio.

Alrededor, los arreshim aullaban y formaron un círculo que se cerró poco a poco. La tierra temblaba bajo un murmullo arcano que crecía sin control.

El primero que aflojara, moriría.