Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sangre entre los árboles #2
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Sangre entre los árboles #2

Las filas se cerraron a su alrededor. Guerreros de ambos bandos caían y los gritos de batalla se mezclaban con el mugido de los cuernos arreshim.

La lucha de los guerreros quedó engullida en el caos.

Un grupo de soldados belurios irrumpió entre ellos y Bakthar desapareció de la vista junto a un grupo de los suyos, con un rugido furioso.

Shuraz apretó los dientes, giró a Oscuria y entró en la marea.

Edoz sintió la garganta oprimida por un lazo invisible. El aire se le escapaba a tirones. Alzó la mirada. Sobre una raíz elevada, Gogor extendía la mano. Sus dedos largos brillaban con runas encendidas; las marcas giraban en el aire y trazaban círculos de fuego.

—Tu sombra es mía. —La voz del brujo le explotó en el cráneo.

Ansia vibró en su mano, impaciente. Edoz se agachó y rodó bajo el filo de un arreshim que casi le abre el vientre. La presión en su cuello aumentó hasta nublarle la vista.

Un estruendo interrumpió el hechizo. Un carro de provisiones, incendiado en medio de la batalla, se volcó contra las raíces. Gogor desvió el gesto de sus manos y la magia se dispersó en un chorro de ramas que atraparon a tres belurios desprevenidos.

Edoz cayó de rodillas, tosió y escupió sangre mientras se abría la camisa para respirar mejor. Cuando levantó la cabeza, sus ratas ya lo rodeaban.

—Estamos listos —dijo Nix, cubierto de cortes, mientras mostraba la daga que le había robado a un soldado.

—Dinos —añadió Clara con la calma de siempre; sus ojos hundidos ardían en la penumbra y no parecía estar en un campo de batalla.

Enen avanzó entre todos. El niño más pequeño, pero con esa mirada de fuego que nadie se atrevía a desafiar. Edoz lo miró.

—No voy a convenceros para que no luchéis, ¿verdad? —preguntó con la voz rasgada.

Los gemelos pelirrojos negaron con la cabeza, con una sonrisa en su cara.

Edoz guardó a Ansia y sacó dos dagas, las giró entre los dedos y señaló al brujo con un gesto de cabeza.

—A por el hechicero. Enen, estás al mando. No falléis.

Un murmullo breve recorrió al grupo. Sin más palabras, se deslizaron entre cadáveres y llamas.

El primer choque los alcanzó en un claro estrecho. Tres arreshim surgieron entre las raíces con ojos rojo sangre. Uno se lanzó contra Reki. El gemelo giró el brazo y clavó su cuchillo en la axila descubierta del duende. La sangre le salpicó el rostro, pero ya buscaba al siguiente.

Filo, la niña de pelo rapado, saltó sobre la espalda de otro arreshim, hundió su hoja bajo la mandíbula, y permaneció aferrada hasta que el cuerpo se derrumbó.

El último guerrero arreshim cayó sobre Diente roto. El muchacho trastabilló, perdió la daga y retrocedió. Un destello negro cruzó el aire. Enen había lanzado la suya directo al cuello del enemigo. El duende se tambaleó y cayó a sus pies.

—Adelante —susurró Enen y recuperó su daga del cuello del contrincante muerto.

Los niños avanzaron hacia la raíz donde esperaba Gogor, envuelto en su magia oscura.

Edoz los observó perderse entre el humo. Ansia vibraba otra vez guardada en su costado, hambrienta de sangre, y Edoz la envolvió en su paño embrujado para que no le molestara. No le gustaba que el arma quisiera tomar el control y menos en este momento.

Los cánticos de Gogor vibraban en la corteza de los árboles. El aire olía a carne quemada, mientras las raíces se retorcían bajo la tierra como serpientes vivas. Los ojos del Hechicero Negro, rojos y vacíos, miraban más allá de la batalla, hundidos en un profundo trance.

Edoz observaba desde las sombras y apretaba sus dagas con fuerza. A su alrededor, las Ratas aguardaban y jadeaban como lobeznos, a la altura de los mejores soldados.

—Vamos, mis ratas… —susurró para sí mismo.

Los niños salieron con rapidez. Filo pasó por debajo de una lanza arreshim y hundió su cuchillo en el muslo verde de su portador.

Diente roto derribó a otro al rebanarle el tendón, y Kire y Reki atacaron a la vez y degollaron a un explorador que apenas logró gritar.

Clara lanzó una piedra con una honda y partió un cráneo enemigo.

La avanzadilla se abrió en medio de aullidos y sangre.

El hechicero estaba de espaldas y su voz quebrada era un murmullo oscuro de primitivas lenguas impronunciables.

Enen avanzó el primero, su cuerpo menudo recortado contra la luz enfermiza de los hongos. Llevaba la daga alzada a la altura de los ojos, el filo alineado con su mirada.

El arreshim surgió desde un costado, rápido para su tamaño. El golpe llegó bajo y traicionero. El hierro le mordió la pierna y Enen cayó de rodillas con un gruñido seco. La sangre caliente cayó por su pierna.

El monstruo alzó el arma para rematarlo.

Enen rodó a un lado, apretó los dientes y se impulsó con la pierna sana.

La daga voló desde abajo y se clavó en el empeine del arreshim.

El duende bramó y perdió el equilibrio. Enen ya estaba encima.

Se colgó del antebrazo que empuñaba el arma, trepó con una furia silenciosa y hundió el filo una vez en el costado. No bastó.

El arreshim lo sacudió y lo lanzó contra el suelo. Enen sintió el golpe en la espalda, el aire escapó de sus pulmones. Se incorporó a medias y vio la sombra caer sobre él.

—Ven —escupió, con sangre en la boca.

Cuando el arreshim cargó, Enen se dejó caer al suelo y deslizó la daga entre sus piernas verdes. El filo encontró la carne blanda bajo la ingle. El rugido se quebró en un gorgoteo. Enen se levantó a la vez, giró la muñeca y abrió hacia arriba.

El arreshim cayó de bruces, pesado, muerto antes de tocar el suelo.