Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sangre entre los árboles
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Sangre entre los árboles

Los primeros gritos partieron desde la linde del bosque. Luego, el bramido de los cuernos arreshim desgarró la noche. Cientos de ojos rojos se encendieron entre la espesura.

Shuraz no vaciló. Se subió a una carreta caída y levantó la mano.

—Torvak, al norte con dos escuadras. Cortad los senderos antes de que nos rodeen.

El capitán saltó de inmediato al recibir la orden y su capa verde se perdió en la oscuridad.

—Zarya, protege los carros de provisiones. Quiero filas con lanzas, dos al frente y una detrás. Si caen esos víveres, caemos todos.

Ella ya organizaba las lanzas de los suyos mientras escuchaba a su comandante, el León Belurio.

Shuraz buscó a Holen.

—Dobla las guardias. Pon centinelas en cada salida del campamento. Si alguien se duerme, no verá otro amanecer.

El oficial guardó silencio, echó a correr y repartió órdenes a voces.

El campamento entero se agitó. Los veteranos formaban en cuña, los arqueros trepaban a los árboles y los más jóvenes se encargaban de cargar las flechas y las lanzas de repuesto. Un mensajero salió con el cuerno al este, otro al sur.

—¡Tres toques para la retirada, uno para el avance y dos para cargar! —rugió Shuraz.

Los ecos se propagaron, respondidos por los cuernos en la distancia.

El campamento entero retumbaba con el estrépito de las armas de la Guardia del Éxodo.

Las mujeres arrastraban a los niños hacia el centro.

Las bestias de carga relinchaban y los oficiales empujaban a los suyos a ocupar las posiciones.

Un rugido brotó del bosque y los primeros animales salvajes irrumpieron entre las tiendas y huyeron despavoridos. Tras ellos, las siluetas verdes de los arreshim rompieron la línea del campamento.

Shuraz desenfundó a Oscuria, que vibró en su mano con un murmullo de lenguas olvidadas. Bajó del carro y avanzó hacia el frente.

—¡Guardia del Éxodo, conmigo! ¡Beluria no cede!

Las filas se cerraron a su alrededor. Las puntas de lanza estaban en lo alto, los escudos firmes y las cuerdas de los arqueros tensas. El caos se transformó en un ejército dispuesto a resistir.

El primer choque estalló como una ola de acero y sangre.

Los cuernos arreshim rugieron como un animal viejo. Entre los troncos aparecieron sombras de ojos rojos, capuchas negras y cuchillas dentadas. El bosque entero pareció moverse con ellos.

Shuraz bajó la hoja de Oscuria y la primera línea beluria cerró filas.

—¡Escudos al suelo! ¡Lanzas al frente! —su voz golpeó el aire.

Torvak clavó la suya en la tierra. Los hombres de la patrulla norte le imitaron, formando un muro de lanzas.

El primero en saltar fue Bakthar, el dirigente de los exploradores, nombrado general para esta batalla. Su lanza astillada bajó en arco y atravesó el cuello de un recluta. El joven ni gritó. La sangre salió a borbotones y tiñó los pies de los que resistían junto a él.

Primera sangre.

Edoz apareció detrás de un árbol partido. Dos de sus brillantes dagas se movieron con destreza en sus manos y se hundieron en el costado de un arreshim encapuchado. Edoz lo dejó caer sin mirar atrás y saltó hacia otro, al que le cortó el tendón de la pierna, que cayó mal herido en el suelo.

Un rugido brotó en lo alto cuando Gogor, el Hechicero Negro, levantó los brazos. Las raíces del suelo se alzaron y enredaron las piernas de tres lanceros belurios. Uno cayó de bruces y una lanza arreshim lo atravesó por el pecho antes de que pudiera soltarse.

—¡Holen, rompe esa línea! ¡Quiero hachas que corten esas malditas raíces! —ordenó Shuraz mientras giraba sobre sí mismo y con Oscuria cortó en dos a un atacante que buscaba su espalda. La espada susurró, reclamaba muerte.

Zarya defendía los carros con fiereza.

—¡Atrás, perros verdes! —clavó una lanza en el pecho de un arreshim menudo de orejas largas y ojos desquiciados.

El combate se volvió salvaje. Flechas negras silbaron entre las hogueras. Un belurio cayó con la garganta abierta y otro gritó cuando un cuchillo dentado le desgarró el abdomen.

Un guerrero arreshim de gran tamaño arremetió contra Shuraz. Su lanza chocó contra Oscuria y una astilla del arma del arreshim saltó por los aires. El gigante rio con una mueca desfigurada.

—¡Belurio! ¡Tu carne será para Gundar!

—Tu dios se va a indigestar —respondió Shuraz mientras cargaba contra él.

El guerrero belurio lo empujó con un hombro y respondió con un tajo descendente.

El filo negro cortó la coraza de placas y arrancó un torrente oscuro de sangre que manchó el suelo.

El arreshim no cayó. Gruñó como un animal herido y avanzó a ciegas con el asta rota.

El impacto lanzó a Shuraz contra el suelo.

Antes de que el arreshim alzara el pie para aplastarle el pecho, alzó a Oscuria, que salió disparada desde el suelo y le abrió el tendón de la corva.

El gigante cayó de lado con un bramido que sacudió la tierra.

Shuraz se incorporó de un salto. No le dio tiempo a levantarse. Clavó la rodilla sobre la garganta del arreshim y hundió el filo negro bajo la barbilla. La hoja atravesó carne y hueso y salió por la nuca. El rugido se apagó con un borbotón espeso de sangre oscura.

El belurio torció la espada y la arrancó de un tirón. El cuerpo dio un espasmo y quedó inmóvil. Shuraz, manchado de sangre hasta los codos, escupió a un lado.

—Díselo tú a Gundar —murmuró, y dejó caer el cadáver al suelo.

Edoz se movía entre las sombras. Su daga derecha cruzó la garganta de otro enemigo, la izquierda se clavó en el ojo rojo de un segundo. La sangre le salpicó la cara, pero sus ojos buscaban más blancos.

A lo lejos, sobre los troncos, se dibujó la silueta de Kharzug, el Señor de la Guerra, que observaba desde la oscuridad. Sus ojos brillaban con hambre y disfrutaba de la carnicería.

El bosque rugió con él.

Las raíces se alzaron del suelo como látigos, ramas enteras bajaron a golpear a los belurios, y los animales huyeron despavoridos entre las hogueras. El campamento entero tembló.

El choque no era una escaramuza, sino el despertar de una guerra que no daría tregua.

El fragor de la batalla había convertido el claro del bosque en un infierno. Llamas arrancadas de las hogueras se extendían por los troncos con reflejos rojos, mientras los cuerpos de belurios y arreshim se entrechocaban bajo un coro de acero, madera y huesos rotos.

Shuraz avanzó entre la primera línea, Oscuria brillaba en su mano. Cada tajo abría carne y partía hueso; los duendes verdes retrocedían un paso solo para lanzarse después como lobos hambrientos.

Un rugido brotó entre ellos. Bakthar emergió, las cicatrices cruzaban su rostro y tenía su lanza astillada en lo alto. Su armadura, hecha de fragmentos robados, tintineaba con cada movimiento.

—Shuraz —su voz áspera se filtró bajo la capucha deshecha—. Tu cabeza colgará del árbol más alto del bosque.

El comandante belurio no contestó. Bajó la postura y afirmó los pies sobre la tierra húmeda.

La primera embestida de Bakthar cayó como un rayo.

La lanza cortó el aire; Shuraz giró la espada a una mano y desvió el golpe, chispas oscuras saltaron del choque.

Bakthar volvió a atacar, una y otra vez, con una fuerza que retumbaba en los brazos de Shuraz mientras paraba sus embestidas.

Alzó a Oscuria en respuesta. Un tajo cruzado partió el asta de la lanza, pero Bakthar ya había sacado un cuchillo dentado que buscó el costado del belurio. Shuraz retrocedió medio paso y el filo le rajó la coraza, dejando un buen tajo en ella.

—Eres más rápido de lo que pareces —gruñó Bakthar con una sonrisa forzada.

—Más te lo voy a parecer cuando te destripe, sapo verde —escupió Shuraz, y embistió.

Su espada trazó un arco ancho, y obligó al duende a retroceder; luego fingió un corte alto y giró la hoja a media altura.

El acero negro abrió el muslo de Bakthar, que rugió y lanzó su cuchillo directo al rostro de su enemigo.

Shuraz lo esquivó por un pelo y respondió con un rodillazo en el pecho que lo lanzó contra un tronco.

A pocos pasos, Edoz avanzó entre los cuerpos.

Liberó a Ansia del pañuelo que la cubría y la daga latió en su mano, hambrienta.

El arma tiró de su muñeca, silbó al cortar el aire y trazó dos arcos precisos.

Dos arreshim cayeron casi al mismo tiempo con las gargantas abiertas y su sangre oscureció la tierra antes de tocar el suelo, cuando un frío extraño recorrió su espalda. Al alzar la vista vio a Gogor.

El Hechicero Negro observaba desde una raíz elevada. Su piel verde oscura brillaba bajo el fuego y en sus dedos largos se encendían runas que giraban en círculos. Edoz sintió que algo invisible le apretaba el cuello y sus rodillas empezaron a temblar.

—Tienes un arma que no te pertenece. —La voz de Gogor no salió de su boca, sino que explotó dentro de la cabeza de Edoz.

Edoz apretó los dientes. Ansia tembló en su mano y la presión del hechizo aumentó. Venas rojas se encendieron en el brazo del hechicero y la daga de Edoz ardió en respuesta.

Bakthar lanzó un rugido y volvió a la carga contra Shuraz, desenfundó otro cuchillo y lo blandió en alto, respirando sangre. Shuraz giró sobre sus talones y dejó caer a Oscuria en un tajo descendente que reventó el aire. La hoja negra bajó hacia el cuello del Señor de la Guerra arreshim.

Al mismo tiempo, Edoz apenas lograba mantener la vista fija en Gogor. La magia del brujo le arrancaba el aliento. Ansia latía más fuerte en su mano. Algo en su interior susurraba que la dejara actuar.

El bosque entero pareció contener la respiración.

Oscuria cortó el aire en un arco oscuro a manos de Shuraz. El filo rozó el cuello de Bakthar y abrió una herida que manchó de sangre su armadura compuesta. El arreshim no retrocedió; lanzó un gruñido, golpeó con su cuchillo dentado y rasgó la hombrera de la coraza de Shuraz.