La Jauría #2
Un gemido colectivo se ahogó en la garganta de todos.
En el mismo punto donde había caído, el cuerpo de Rompehuesos era ahora una pulpa retorcida de carne, huesos y sangre, y bajo él yacía Kael, aplastado e irreconocible.
Vael, el gemelo del pelo suelto, quedó atrapado en el barro ensangrentado, incapaz de mover un músculo, intentando asimilar lo que había ocurrido.
En el centro del foso se erguía la pesadilla.
Era el doble de grande del gigante al que acababa de despedazar.
Su piel grisácea recordaba a cuero podrido tensado sobre huesos descomunales.
Venas negras reptaban bajo la carne inmóvil, y en su rostro sin labios, las fauces abiertas dejaban asomar dientes afilados como cuchillas, curvos y ennegrecidos.
Una cicatriz en espiral brillaba en su frente como fuego líquido.
En sus manos deformes, de dedos desproporcionados y rígidos, sostenía un cetro corroído cuyo fulgor enfermizo iluminaba las ruinas del foso. Jirones púrpuras se agitaban a su alrededor, serpentinas desgarradas que parecían tener vida propia.
El monstruo inhaló con violencia. Luego soltó un grito salvaje que partió el aire. No fue un rugido animal, fue un alarido antiguo, cargado de furia y hambre.
El público se sumió en el caos. Algunos corrieron a ciegas, otros se arrodillaron entre lágrimas. Las apuestas quedaron olvidadas, los músicos soltaron sus instrumentos, los guardias desenvainaron armas que parecían de juguete frente a aquella abominación.
El Señor de la Sombra, al que llamaban el Durmiente, había despertado.
Shuraz cogió a Oscuria de su espalda. La hoja negra brilló con un reflejo azulado y, en cuanto la desenvainó, un murmullo antiguo llenó el aire.
Voces susurraron en lenguas olvidadas, carcomiendo los oídos de quienes estaban cerca.
El guerrero no esperó a entenderlas, saltó al foso, los pies golpearon la tierra removida y avanzó directo hacia la monstruosidad.
La espada cortó el aire con un silbido. Shuraz encadenó tajos veloces, era un torbellino de acero negro.
Cada estocada apuntaba a los tendones, a los huecos bajo las costillas del coloso.
El monstruo gruñó, sacudió un brazo grotesco y la embestida levantó un muro de tierra y cuerpos.
Shuraz rodó, esquivó por poco el impacto y volvió a clavar su hoja en un costado, que dejó escapar un chorro de humo oscuro en vez de sangre.
En los bordes del foso, Edoz había desenvainado sus dagas. No apartaba la mirada del entorno: ojos entre los arbustos, pasos veloces, ecos de risas que no venían de nadie. Un mal presentimiento le erizó la piel.
Entre la multitud, el líder de los Sin Dios dio un bufido seco.
Sus tatuajes, gruesos y retorcidos, parecían moverse con la luz oscilante de las pocas antorchas que quedaban encendidas.
Avanzó con calma, con su cuchillo oxidado en la mano, como quien se acerca a un animal enfermo y no hacia un titán descomunal.
Sus seguidores lo miraban, eran sombras rapadas entre la multitud que no pestañeaban.
El rugido del monstruo retumbó en el bosque. Los murciélagos blancos se alzaron en espirales y los tambores subterráneos retumbaron con más fuerza. Oscuria vibró en las manos de Shuraz, sedienta. Edoz apretó los dientes y giró para buscar la amenaza, consciente de que lo peor no venía del titán.
La calma del líder de los Sin Dios, que caminaba sin prisa hacia la abominación, era incluso más aterradora que los gritos del monstruo, que todavía vibraban en los huesos cuando el bosque empezó a crujir.
Pasos, cientos de ellos, acompasados, que chirriaban entre las raíces.
Entre la penumbra surgieron figuras pequeñas armadas con lanzas astilladas, picas cortas y tambores colgados al cuello.
Piel verdosa, ojos rojos y dientes mellados.
Eran los arreshim y marchaban hacia la guerra.
Shuraz se apartó un instante del titán y miró hacia el mar de negrura que avanzaba desde los árboles.
—Maldita sea… —murmuró, y agarró Oscuria con furia.
Sabía que aquello ya no era un combate personal, era una invasión.
El guardián del éxodo tenía que reunir a su ejército o el pueblo belurio sería devorado esa misma noche.
Dio un último tajo de retirada, la espada soltó un rugido metálico contra la piel del coloso y retrocedió para buscar a sus oficiales.
En los bordes, Edoz se escurrió entre la multitud. Sus dagas desnudas brillaban como colmillos de la luna. Se apoyó contra el tronco de un árbol y esperó. Sus ojos se movían con la misma rapidez que su respiración. No tenía intención de medirse con el titán ni con la horda. Prefería las sombras.
El cabecilla de los Sin Dios no cambió de rumbo.
Siguió adelante, con el cuchillo en la mano, con la vista fija en el Durmiente.
El contraste era brutal: un anciano delgado y rapado, cubierto de tatuajes, contra una mole descomunal salida de algún infierno.
Y aun así, cuando cargó al ataque, sus movimientos fueron precisos, veloces y casi ceremoniales.
Golpeaba en los huecos de la carne gris, buscaba las venas oscuras, se escabullía entre los dedos monstruosos con la destreza de alguien que había sobrevivido en cien pozos de muerte.
Durante unos instantes, lo imposible pareció posible. El cuchillo desgarró tendones, dejó surcos en la piel endurecida, arrancó bramidos de furia del coloso mientras el pueblo enloquecido huía y gritaba de miedo.
El Durmiente alzó su cetro corroído, que brilló con un fulgor enfermizo.
La espiral marcada en su frente palpitó como un ojo sobrenatural.
El viejo tatuado no alcanzó a esquivar el golpe.
El arma le atravesó el abdomen con una rapidez y una brutalidad inusual.
Sus vísceras cayeron al suelo en un chorro oscuro y aun así avanzó un paso más, el cuchillo arañó por última vez al coloso mientras su propia vida se apagaba.
El titán lo levantó con el cetro, como a un espantapájaros roto, y lo lanzó contra las piedras. La tierra tembló al recibirlo y el dirigente de los Sin Dios agonizó entre estertores de muerte.
El rugido del Durmiente hizo añicos la calma del campamento del éxodo. El suelo vibró bajo las botas. Las tiendas se sacudieron como hojas de papel, los carruajes temblaron y los caballos relincharon en su intento de escapar.
—¡Es el fin! ¡Los dioses nos han maldecido! —gritó una mujer antes de perderse entre la multitud.
Los niños lloraban y los ancianos eran arrastrados a trompicones. Cada familia corrió en una dirección distinta, pisoteó hogueras, volcó calderos y destrozó tiendas durante la huida.
Oficiales de la Guardia del Éxodo empujaron a los desesperados e intentaron abrirse paso entre la marea humana.
—¡Atrás! ¡Detrás de las líneas! —bramó Torvak, oficial de infantería; luego alzó las dos espadas aún enfundadas y apartó a los que empujaban sin mirar.
—¡Formad! ¡Escudos al frente! —rugía Holen, el oficial de arquería, con voz ronca de tanto gritar mientras preparaba su arco.
Shuraz irrumpió entre ellos, con Oscuria en la mano, todavía sangrante de la carne del coloso. Sus ojos escudriñaron el caos con una furia que helaba.
—¡Reaccionad de una maldita vez! ¡Formad ya! —tronó y empujó a un soldado que dudaba.
Alzó la espada sobre su cabeza y el metal oscuro reverberó con un resplandor extraño y todos los que lo vieron tragaron saliva.
—¡Los guardias conmigo! ¡Que cada oficial reúna a su escuadra!
Los soldados intentaban reagruparse entre empujones y tropiezos. Algunos se ponían las armaduras a medias, otros aún estaban ebrios del vino de la pelea. Shuraz no toleraba excusas: a cada paso arrastraba a los suyos a empellones.
En torno al foso, el pánico se multiplicaba. Los creyentes de Bel-Hur clamaban oraciones sin sentido, los Hijos de Kudram aullaban que aquello era la señal esperada y los Sin Dios, huérfanos tras ver caer a su líder, se debatían entre huir o abalanzarse al combate.
El campamento entero era un hervidero de desconcierto. Y en medio, Shuraz permanecía erguido y reunía a su guardia con rabia.