Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La Jauría
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La Jauría

El foso humeaba como una herida abierta en el alma del bosque.

La tierra removida formaba gradas irregulares donde cientos de sombras aguardaban.

Murciélagos blancos cruzaban en círculos sobre el claro, sus ojos rojos centelleaban bajo la luna.

Algunos entre el público los señalaron con risas nerviosas.

—Buen augurio —masculló un anciano mientras alzaba su copa de barro llena de vino.

Los Arrepentidos, la banda de Kalthis, comenzó con Gurn golpeado los tambores. El sonido de la flauta de Vayra se confundió con los gritos de las primeras apuestas. Olía a sudor y el licor se bebía como el agua de un oasis.

Edoz, en lo alto, con una túnica oscura y los brazos cruzados, miraba el espectáculo como un rey sin corona. Lo había preparado todo: el foso, los luchadores, las apuestas… hasta el primer golpe.

El animador, un joven ansioso de fama, saltó al centro del círculo de antorchas.

—¡Esta noche, la sangre correrá por la gloria de Beluria! ¡La Jauría ruge!

Las gargantas de los presentes aullaron con él.

De un lado del foso entraron los gemelos, Vael y Kael. Sus cuerpos fibrosos brillaban de sudor, los tatuajes negros les cruzaban el torso como ramas. Caminaban hombro con hombro, espejo perfecto, ambos con el pelo blanco, uno recogido en una coleta y el otro suelto hasta media espalda.

Del otro lado apareció Korgash, Rompehuesos. El gigante avanzó tambaleándose, con la mandíbula torcida y los dientes amarillentos descubiertos en una sonrisa rota. La resaca lo aplastaba, pero los músculos tensaban las cadenas oxidadas que aún le colgaban de los tobillos.

—¡Rompehuesos se medirá contra los lobos blancos! —vociferó el animador mientras levantaba los brazos.

La pelea comenzó sin más dilación.

El bardo clavó un acorde brutal cuando el primer puñetazo de Korgash salió disparado y alcanzó a Kael en la cara. El golpe sonó claro, la sangre saltó y salpicó a los de la primera fila, que respondieron con vítores salvajes.

Los gemelos no se separaron. Vael rodó bajo el brazo del gigante y le lanzó una patada en la rodilla mientras Kael sangraba, escupía al suelo y volvía con una serie de golpes rápidos al torso. Rompehuesos se rio, cada impacto parecía excitarlo cada vez más.

—¡Veinte monedas al gigante! —gritó un comerciante.

—¡Cincuenta a los lobos! —replicó un soldado.

El público estalló en apuestas mientras sacudía sus bolsas de cuero, empujándose y riendo.

Shuraz, entre la penumbra de la grada, observaba. Los gritos lo devolvieron a otra pelea, en Alonia, contra Kandash, donde la semilla de los primeros embajadores nació por casualidad. Cerró los ojos un instante y se vio con la cabeza del alonio en la mano, mostrándola a la masa embravecida.

Edoz miró a Shuraz de reojo, sin mover un músculo. Sabía que esto le gustaba.

En el foso, Rompehuesos atrapó a Vael por el cuello y lo levantó como a un muñeco. Kael saltó a su espalda y le mordió salvajemente la oreja. El gigante bramó, giró sobre sí mismo y los lanzó a los dos contra el barro. La música subió y el público aulló.

—¡Más sangre! —clamó alguien.

—¡Rómpeles la columna! —chilló otro.

El cabecilla de los Sin Dios también estaba allí, con el rostro oculto bajo una capucha.

Pasaba desapercibido. Los viejos recuerdos lo sacudían.

Su hija, Sairah, estaba entre la multitud.

Lo había visto, lo reconoció al instante, y aun así, no dio un paso hacia él.

No pensaba saludarlo. Después de lo que le había hecho, para ella ya no existía. Estaba muerto desde hacía tiempo.

Varios de los Sin Dios se encontraban entre el público. Observaban el combate callados y atentos a cualquier gesto de su dirigente. No era habitual que se mezclara con los belurios del campamento, y su presencia allí convertía la expectación en algo denso, casi peligroso.

La guerrera volvió la atención al combate.

Sus ojos siguieron cada choque, cada caída, con una calma afilada que le devolvió recuerdos antiguos.

El Pozo de Alonia, la arena manchada, los gritos tras el telón donde había trabajado sin nombre ni rostro.

Allí había aprendido a observar la violencia sin pestañear. Aquí no era diferente.

El combate seguía. Los gemelos, jadeaban y se incorporaron a la vez. El barro les cubría los tatuajes, pero sus ojos ardían. Kael escupió sangre.

—Hermano, juntos —bramó mientras limpiaba la sangre de su boca.

—Siempre juntos —respondió Vael, concentrado en el rival.

Se lanzaron al unísono contra el gigante.

La Jauría estaba desatada.

Los gemelos rodeaban a Rompehuesos. El gigante agitó la cadena que colgaba de su puño y arrancó un zumbido del aire antes de estrellarla contra el suelo. La tierra se abrió en un surco y salpicó barro sobre los espectadores.

Vael esquivó por la derecha y Kael por la izquierda.

Uno atacó bajo, el otro alto. Un rodillazo chocó contra las costillas del coloso, mientras una mano se cerraba contra su mandíbula.

Rompehuesos soltó un bramido y barrió el aire con el brazo libre.

El golpe lanzó a Kael contra la pared de tierra.

Su espalda crujió y el público rugió al verle escupir sangre.

—¡Más fuerte! ¡Mátalo! —gritó alguien desde la primera fila.

Las apuestas volaban de mano en mano. Monedas y piezas de hueso cambiaban de dueño en cuestión de segundos.

Korgash atrapó a Vael por el torso y lo alzó del suelo, cerró los dedos como garfios alrededor de su cuerpo.

Las venas del cuello del gemelo se hincharon mientras arañaba el antebrazo del gigante en busca de aire.

Un alarido recorrió el foso. Kael, tambaleante, se lanzó de nuevo contra él y sacó un cuchillo corto oculto en el pantalón.

La hoja abrió un tajo en el muslo del coloso.

Rompehuesos soltó a Vael y cayó de rodillas con un rugido bestial. El impacto hizo temblar la arena bajo su peso.

El público se levantó de golpe. Kalthis le hizo una señal a Gurn y el tamborilero cambió de ritmo, aceleró el tambor hasta que los golpes parecían truenos.

—¡Dale, lobo blanco! —vociferó un anciano y alzó con ímpetu su bastón.

—¡Rompehuesos, mátalo! —respondió otro.

La sangre chorreaba del muslo del gigante y se mezclaba con la tierra en un charco oscuro.

Vael rodó por el suelo, jadeante, y Kael se colocó sobre él, interponiéndose como un escudo humano.

El gigante, sin embargo, no se desplomó.

Avanzó tambaleante, con la frente cubierta de sudor y los ojos enloquecidos.

Se lanzó hacia los hermanos y los aplastó contra el suelo con su masa descomunal. Los quejidos de ambos resonaron en el foso. Algunos espectadores enmudecieron, pensaban que ya había acabado todo; sin embargo otros aullaron de placer y pidieron más.

Edoz sonrió desde la sombra, evaluando cada movimiento, cada gota de sangre derramada. Su plan funcionaba: el éxodo entero miraba el foso, olvidaba la miseria y gritaba hasta romperse la garganta.

Shuraz disfrutaba de la pelea, era un buen espectáculo, después de todo.

El gigante se levantó con ellos caídos a sus pies y alzó los puños como dos martillos, dispuesto a acabar con los gemelos.

Los puños de Rompehuesos cayeron sobre los hermanos. El primero hundió la tierra junto a la cabeza de Vael. El segundo alcanzó el costado de Kael, que escupió sangre a borbotones y aun así se aferró a la muñeca del gigante con una ferocidad desesperada.

El foso de la jauría rugía con los gritos de los espectadores. La banda de Kalthis aceleraba la música sin freno, tambor, flauta, violín y laúd resonaban hasta parecer un latido colectivo.

Entonces, bajo el estrépito de gritos y apuestas, Shuraz alzó la cabeza. Entre los redobles escuchó otro sonido, uno más grave, más profundo: eran como tambores lejanos, apagados, que no venían de ningún músico. Retumbaban, surgiendo del vientre mismo de la tierra.

Frunció el ceño. Nadie más pareció notarlo.

Un rugido resonó en el bosque. Sonó lejano, apagado por la algarabía. El eco atravesó los árboles y murió en el aire de la Jauría, nadie le dio importancia.

Rompehuesos agarró a Kael de la pierna y lo estrelló contra la pared del foso.

El barro se tiñó de sangre y la multitud bramó.

Vael aprovechó la distracción para abalanzarse sobre el gigante y le hundió los dedos en los ojos.

El coloso aulló y lo sacudió con violencia, lanzándolo por los aires con facilidad.

De pronto, un movimiento en la arboleda. Ciervos, jabalíes, zorros y aves nocturnas salieron en estampida. El suelo vibró bajo sus patas. Algunos espectadores rieron al verlos pasar, otros se apartaron para no ser arrollados.

Shuraz apretó los dientes. Los tambores, el rugido, esa huida masiva de animales… Algo más grande que la pelea se acercaba. Dio media vuelta sin apartar del todo la vista del foso y avanzó entre la multitud, mientras buscaba a sus oficiales.

Dentro del círculo de barro y sangre, Rompehuesos seguía en pie, se tambaleaba, pero la rabia le daba aliento. Los gemelos, heridos, aún trataban de levantarse bajo el clamor del pueblo.

El coloso lanzó el último golpe y giró en círculo con los dos puños abiertos.

Ambos hermanos cayeron juntos, malheridos y apenas sostenidos por sus piernas temblorosas.

La multitud rugió, sedienta del golpe final.

Rompehuesos abrió los brazos y soltó un bramido, salpicado de sangre y saliva, antes de lanzarse sobre ellos.

El suelo tembló.

Nadie tuvo tiempo de entenderlo. Algo gigantesco descendió del oscuro cielo y se estrelló en el centro del foso con una fuerza imposible. La onda expansiva lanzó al público contra las empalizadas, quebró costillas, arrancó tablones y apagó la mayoría de las antorchas.