Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Ambición rota
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Ambición rota

Hacía un frío cortante en el fondo del pozo. Rayhem abrió los ojos, empapado hasta los huesos, con los músculos rígidos y un dolor de cabeza de mil demonios. Con cada respiración le ardía el pecho. Desde lo alto, las voces descendían apagadas con ecos distantes.

—No lo matamos todavía —gruñó uno—. Vale más vivo. Los belurios soltarán oro jersa por su embajador, o alguna de sus viejas reliquias, si lo aprecian mucho.

—¿Y qué dirá el consejero? —dijo otro, preocupado—. Nos pagó por su cabeza.

Un tercero, de voz áspera, cortó la discusión.

—Cuando cobremos, se acabó. No dejaremos testigos.

Los hombres rieron y el acero chocó para sellar el trato. Rayhem apretó los puños y miró hacia arriba.

De repente, un golpe seco resonó en lo alto. El aire cambió. El embajador alzó la cabeza, atento a los sonidos que venían de la entrada del pozo.

—¡Qué demonios…! —La voz del primero se quebró.

Luego hubo un grito desgarrado que se cortó en seco.

El ruido creció: madera astillada, silbidos de acero, golpes contra hueso y cuerpos lanzados contra las paredes.

Las risas se convirtieron en alaridos. Rayhem cerró los ojos; solo escuchaba la matanza que sucedía sobre él y veía con temor la sangre que salpicaba derramada por las piedras húmedas del interior del pozo.

Un brazo cercenado de forma brutal salió despedido desde la boca del pozo, acompañado de un alarido que se apagó a medio trayecto.

El miembro cayó al agua con un chapoteo espeso a escasos pasos de Rayhem.

El embajador lo miró sin parpadear; los dedos se cerraron una última vez antes de quedar inmóviles.

Un frío le subió por la espalda y le dejó el cuerpo rígido.

Por primera vez desde que se había despertado allí, pensó que morir a manos de los mercenarios quizá no había sido la peor de las salidas.

Después, silencio.

Se escuchó un chirrido metálico. La polea del pozo descendió unos instantes y, de pronto, la soga se tensó. El cubo volvió a subir. Rayhem tragó saliva. Se acomodó en él y aferró la cuerda húmeda con las dos manos. Apenas tuvo tiempo de pensar. Alguien tiraba desde arriba con una fuerza imposible.

Cuando alcanzó el borde salió del cubo de un salto pero no había nadie.

La visión lo golpeó como un mazazo. Cuerpos esparcidos por el suelo, gargantas abiertas, ojos vidriosos, armas limpias y el vino mezclado con sangre.

Uno de ellos yacía junto al brocal del pozo, con los ojos en blanco y la boca abierta.

Le faltaba un brazo; del muñón brotaba la sangre a borbotones, que oscurecía la tierra empapada.

Rayhem giró sobre sí mismo. El jardín permanecía inmóvil. Solo las hojas de la maleza se agitaban bajo una brisa tenue.

—¿Quién anda ahí? —preguntó con la voz quebrada.

Nadie respondió.

Recogió una daga caída y avanzó tambaleante hacia la verja cubierta de enredaderas. Al otro lado, la ciudad brillaba bajo la luz de las antorchas y las calles desaparecían entre la bruma que llegaba desde el Mar de las Voces.

Muy cerca de allí, oculta entre los árboles del jardín abandonado, una figura observó cómo se alejaba.

Valcara permaneció inmóvil, con las manos aún marcadas por la cuerda del pozo. Esperó hasta que Rayhem desapareció entre la niebla y entonces dio media vuelta.

Algunas vidas merecían una segunda oportunidad, pero no necesitaban saber quién se la había concedido.

Cruzó la muralla exterior por una grieta apenas visible. El aliento de un guardia le pasó tan cerca que sintió el olor a cebolla en su boca. Contuvo la respiración, esperó el instante justo y se deslizó como una sombra hacia la hierba húmeda del exterior.

Caminó hasta que las torres de Tyrio se deshicieron entre la niebla. Entonces, una chispa anaranjada le llamó la atención. Una fogata en la llanura.

Se acercó despacio. Reconoció la silueta de Brak, de pie, con el hacha en las manos y la mirada fija en la ciudad. Danna discutía en voz baja con Azniel, mientras los demás mantenían la guardia, tensos.

—Debemos volver por él —insistía Jarben—. Rayhem sigue vivo. Lo siento.

Rayhem salió de entre las sombras, exhausto, con la ropa hecha jirones y salpicado de sangre que no era suya.

—No hará falta —murmuró, palpándose el chichón de la cabeza.

Todos se giraron aliviados hacia él. Brak soltó un bufido y apretó su hombro con fuerza. Danna y Jarben corrieron a abrazarlo. Azniel sonreía sin mover un músculo y documentaba todo lo que ocurría, incluso en ese momento.

—Por los dioses, pensábamos que estabas muerto —subrayó el escriba.

Rayhem sonrió y alzó la mirada hacia Tyrio, donde aún brillaban las hogueras sobre las torres.

—No sería la primera vez… —susurró aliviado—. Bel-Hur me quiere con vida.

El silencio cayó sobre el campamento improvisado y no tardaron en apagar la hoguera y comenzar el viaje de regreso al Éxodo.

Las velas de la capilla ardían bajas y derramaban cera sobre el suelo pulido.

El consejero de Kudram se arrodilló ante el altar de Senith, donde la diosa del comercio sonreía con labios de piedra y las manos extendidas sobre la balanza eterna.

La estatua de Kudram lo observaba desde la penumbra del fondo de la capilla.

No había nadie más allí. El murmullo de los mercados y las plegarias de los senicios quedaban fuera, ahogados por los muros.

Sacó de debajo de la túnica un cuenco de bronce y un cuchillo curvo. Miró al cordero blanco que tenía sujeto por las patas y que baló una última vez. La hoja cortó su garganta y la sangre cayó espesa dentro del cuenco. El consejero cerró los ojos y alzó la ofrenda.

—Que Kudram vea —susurró, con voz rota—. Que no me condene por lo que no pude evitar.

El humo del brasero se espesó y el aire se heló en un solo instante. Frente a él, la luz de las velas tembló y un resplandor oscuro abrió grietas en el aire, frente al consejero. La voz del Profeta llegó desde esa fractura, sonaba con un eco metálico.

—Has fallado.

El consejero retrocedió, con la sangre del sacrificio deslizándose por sus dedos.

—Profeta… hice lo que me ordenaste. Pero el embajador consiguió quitarle el velo de los ojos. No pude detenerlo. El rey le entregó una oferta de paz. Nadie sospecha de ti, los elegidos de Kudram aún estamos a salvo.

El humo se arremolinó y la figura del Profeta apareció fugaz sobre el altar de Senith. Su rostro cadavérico sonrió sin alegría, con sus ojos blancos hundidos en la nada.

—Kudram no acepta excusas.

—No… —el consejero extendió las manos, suplicante—. Soy tu voz en Tyrio, tu guardia en la corte senicia. Sin mí, perderás…

Un golpe seco lo interrumpió. La estatua de Kudram, en la penumbra del fondo, había abierto la boca. No era piedra lo que emergía de ella, sino un amasijo de sombras y dientes. El humo tomó forma de serpientes que se deslizaron hasta el consejero.

Gritó, pero nadie lo escuchó.

Las serpientes lo enroscaron, la primera alrededor de su boca para silenciarlo, y el altar se tiñó de rojo.

Sus huesos crujieron y las uñas arañaron el mármol en busca de una escapatoria.

En su retina solo quedó el reflejo del símbolo de Kudram: la estrella de ocho puntas con el ojo eterno en el centro.

El Profeta, desde el campamento del éxodo, abrió la boca en un gemido seco. La sangre le brotó por la nariz y cayó de rodillas en su tienda. Los encapuchados que protegían la entrada lo vieron, entraron y corrieron hacia él mientras desenvainaban las espadas, pensando que lo estaban atacando.

—¡Atrás! —rugió Torbu, y sujetó al Profeta por los hombros con su brazo izquierdo; el derecho aún lo tenía herido—. ¡Que nadie lo toque!

El cuerpo del Profeta temblaba, cada vena le ardía por dentro.

—Él… está… aquí… —balbuceó antes de desplomarse sobre el cojín de cuero.

Torbu lo sostuvo mientras los guardias reforzaban la protección de la tienda. Fuera, el éxodo dormía sin escuchar nada, ajeno al castigo que Kudram había impuesto.

Dentro, el brasero apagado soltó un último hilo de humo, en forma de estrella, que se desvaneció en el aire.

El carro avanzaba despacio por el sendero de tierra húmeda.

El cochero silbaba entre dientes, ajeno al silencio pesado que flotaba alrededor.

Jinetes senicios escoltaban la comitiva, sus lanzas doradas tintineaban al trote de los caballos.

En la caja del carro viajaban cofres cubiertos por mantas y, junto a ellos, Rayhem mantenía la mirada perdida en el horizonte.

—¿Por qué crees que los hombres del rey Altharion han venido ahora a nosotros, para darnos escolta y un carro? —preguntó Rayhem, sin apartar la vista del camino.

Jarben caminó unos pasos antes de responder.

—Puede que tu secuestro y el intento de degollarnos a todos justo después de soltarnos con una oferta de paz en la mano, no nacieran de su voluntad —dijo al fin—. Apostaría a que fue cosa de su consejero.

Rayhem dejó escapar el aire despacio.

—Y aun así, el rey lo permitió.

—O lo hizo a sus espaldas —replicó Jarben—. A veces, quien lleva la corona no gobierna todo el tiempo.

Rayhem asintió mientras el carro avanzaba.

Jarben se inclinó hacia él con un mapa de la zona en las manos.

—Si mis cálculos no fallan, el éxodo ya habrá cruzado el Bosque Sagrado de Arresia.

Rayhem asintió. Entre sus dedos jugueteaba con la cuerda roja que sujetaba la carta de su abuela, oculta bajo la túnica.

Uno de los exploradores regresó a toda prisa con el rostro lleno del polvo del viaje.

—Nada aún, capitán Brak. El rastro se pierde antes de los claros del bosque.

Brak frunció el ceño y arreó su montura.

—Seguid buscando rastros. Si el éxodo salió, debió dejar huella. Ningún pueblo tan grande pasa desapercibido. ¡Son miles!

El grupo retomó la marcha. La bruma del amanecer se alzaba entre los robles y los arbustos húmedos. Los arqueros cerraban la retaguardia con ojos inquietos, atentos a cada sombra.

Danna acarició el lomo de su mula.

—Algo no cuadra. Parece que no han salido del bosque. No hay una sola rama rota, ningún rastro de fuego, ni un surco de carruajes.

Azniel la escuchó y suspiró.

—Los bosques sagrados no olvidan a quienes cruzan sus senderos. Si el éxodo sigue dentro, tal vez el bosque ya no los deje salir.

Rayhem tiró de las riendas y detuvo el caballo. Frente a ellos, el camino descendía hasta una planicie vacía, aquel era un lugar excelente para acampar, y sin embargo no había rastro de que hubieran pasado por allí.

Brak bajó del caballo, se inclinó y removió la tierra con los dedos.

—No hay huellas recientes. Ni una pisada.

Jarben miró a Rayhem con el rostro tenso.

—Si no salieron por aquí, aún siguen dentro. O el bosque los ha borrado del mapa.

El embajador clavó la vista en la muralla oscura de árboles que se alzaba a lo lejos, cerrada y muda como una puerta de piedra.

—Entonces, no se trata de alcanzarlos. Se trata de descubrir si siguen vivos.

El viento agitó las ramas y un eco ronco recorrió la llanura como un gemido atrapado entre los árboles. Nadie se atrevió a hablar después de eso.