Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El Despertar Carmesí
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El Despertar Carmesí

La humedad goteaba desde la bóveda y resbalaba por las costillas clavadas en la roca que formaban el templo invertido.

El aire estaba saturado de pesado humo rojo que ardía en los pulmones.

Los encapuchados del segundo Círculo Carmesí entonaban un canto gutural, cada sílaba era arrastrada con dolor por sus gargantas.

El dios Gundar valoraba el sufrimiento.

En el centro, el sarcófago negro esperaba, cubierto de relieves deformes que parecían retorcerse a la luz de los hongos azules. Cada boca tallada en la piedra exhalaba un vapor helado que olía a hierro oxidado.

Gogor, el Hechicero Negro, se inclinó sobre él con el grimorio abierto entre sus manos.

Un cuenco rebosaba de sangre fresca. Cuerpos de prisioneros arreshim yacían apilados, abiertos por la garganta, mientras su sangre era recogida en cántaros de hueso.

El Hechicero Negro vertió el líquido espeso sobre la tapa resquebrajada del sarcófago mientras murmuraba palabras prohibidas.

La sangre se deslizó como un río vivo hasta los símbolos tallados, que comenzaron a arder con un fulgor rojizo.

Los encapuchados alzaron sus cuchillos de obsidiana y al unísono se cortaron las palmas y dejaron caer su sangre sobre la piedra. El cántico se elevó hasta desgarrar la bóveda.

Algo dentro del sarcófago gimió.

La tapa se movió con un temblor lento y del interior brotó un resoplido grave. Bakthar, el líder de los exploradores, apretó la lanza hasta que le crujieron sus nudillos.

—¿Qué demonios hemos liberado? —gruñó.

Gogor alzó los brazos con los ojos rojos encendidos.

—El brazo de Gundar, el señor durmiente bajo las raíces… El Durmiente.

Una grieta recorrió la tapa y estalló con un estruendo que apagó los cantos. El hedor de carne podrida y a tumba abierta llenó el templo subterráneo.

El Durmiente abrió los ojos. Eran dos agujeros negros atravesados por venas rojas que palpitaban como gusanos. Su boca sin labios se estiró hasta quebrarse en los extremos y dejó escapar un bramido que arrancó nubes de polvo de las paredes.

El cuerpo, gris y reseco, absorbía la sangre derramada. Las venas se inflaron, latían con un pulso ajeno, y el cetro corroído en su mano brilló con un resplandor enfermizo. Jirones de color púrpura se arrastraban sobre la piedra como gusanos que lo envolvían.

Los encapuchados cayeron de rodillas, algunos desgarrados por su propia ofrenda, otros cegados por la visión. Uno reventó y salpicó todo de sangre. Su piel había sido incapaz de contener el exceso de poder.

Gogor reía con una voz que ya no le pertenecía, sangraba por las encías mientras levantaba el grimorio.

—¡Alzaos, Señor de la Sombra! ¡Despierta, Durmiente! ¡Los insolentes belurios os esperan!

El Durmiente movió un brazo y quebró las runas que lo contenían. El suelo tembló, las raíces petrificadas del arco se resquebrajaron. Cada respiración era el rugido de un trueno en el vientre de la tierra.

Bakthar, el Señor de la Guerra y gobernador de todos los arreshim, retrocedió un paso, con los ojos clavados en la criatura.

—¿Seguro que va a obedecerte? —preguntó al hechicero.

El Durmiente giró la cabeza hacia él. Las fauces se abrieron y un aire helado barrió la cámara; apagó todas las antorchas. La oscuridad se lo tragó todo salvo los ojos de la bestia.

—Ahora… subiremos a la superficie —susurró Gogor con una sonrisa sangrienta.

El Durmiente avanzó un paso y el sarcófago estalló en mil fragmentos de hueso que se deshicieron en polvo rojizo. Cada grieta de su piel escupía vapores negros y al rozar el suelo, las antiguas runas que lo habían contenido se apagaron.

Gogor alzó el grimorio con ambas manos. Sus labios chorreaban sangre mientras murmuraba un cántico que retorcía la piedra. La criatura inclinó la cabeza y, a pesar de la oscuridad, lo siguió.

El túnel se estremeció. Las raíces petrificadas crujieron, los hongos laminosos se apagaron. Los arreshim del segundo Círculo Carmesí huyeron y se descompusieron en gritos que no fueron escuchados. Solo Bakthar permaneció, con la lanza lista y los dientes apretados.

—Gogor —gruñó, percibiéndolo todo en la oscuridad—, no puedes controlarlo.

El Hechicero Negro se volvió hacia él y sus ojos rojos brillaron en las tinieblas.

—No necesito controlarlo. Solo necesito que camine hacia donde quiero.

El Durmiente soltó un rugido grave que arrancó polvo del techo. Sus garras largas rasgaron las paredes, se abrieron paso entre piedra y raíces. Cada zancada lo acercaba a la superficie, y el suelo temblaba bajo su peso.

Los arreshim que se cruzaban en los túneles se detenían en seco. Algunos retrocedían, otros caían de rodillas presas del pánico. Una mujer arreshim, con su retoño en brazos, se deshizo en llanto al ver la espiral ardiendo en la frente del ser y le ofreció a su bebé.

El Durmiente lo miró con curiosidad, se lo arrancó de las manos y se lo comió de un bocado. Los huesos crujieron en sus fauces y la arreshim cayó de rodillas, pidiendo clemencia. El Durmiente la aplastó de un pisotón y siguió adelante.

Bakthar avanzó tras ellos con los ojos abiertos.

—No está despertando, Gogor. Está recordando para qué fue creado.

El hechicero sonrió, mostrando sus colmillos ennegrecidos.

—Y nosotros le daremos aquello que olvidó: carne, huesos y guerra.

El Durmiente irrumpió en el último corredor. Un resoplido helado barrió a los exploradores que lo esperaban y se apagaron sus antorchas. Los hombres retrocedieron cuando la mole atravesó el arco de salida.

La superficie se abrió ante ellos. El Bosque Sagrado temblaba bajo la luna, envuelto en una niebla baja.

Allí aguardaba el ejército arreshim. Cientos de lanzas apuntaban al cielo. Guerreros menudos de ojos rojos, piel verdosa y cicatrices tribales brillaban bajo los hongos que salpicaban el claro. Todos permanecieron en silencio. Nadie osó moverse.

El Durmiente alzó la cabeza, dejó escapar un bramido que desgarró las nubes y apagó la luna por un instante. Entonces, como una ola, la horda arreshim cayó de rodillas.

Un silencio sobrecogedor cubrió el bosque.

Gogor dio un paso al frente, aún con la boca ensangrentada, pago por el esfuerzo de su hechicería, y sonrió junto a la criatura.

—Arrodillaos, Hijos de Gundar —susurró—. El verdadero señor de las raíces ha regresado. El Durmiente nos guiará hasta la victoria.

El Durmiente miró hacia el horizonte, donde aguardaban los belurios.