El segundo día
El aire cambió de golpe. La oscuridad se rompió y un horizonte nuevo se desplegó ante Lyria.
Un puerto inmenso se alzaba en mitad de un mar de aguas serenas. No había murallas, ni torres, ni máquinas de guerra. Solo muelles de madera clara que parecían extenderse solos, como raíces hacia el agua.
Había embarcaciones primitivas talladas en troncos.
Hombres y mujeres, vestidos con pieles, arrastraban cestas de conchas, redes llenas de peces y haces de especias recién cortadas.
Las expresiones de sus caras eran inocentes, sin la astucia ni la dureza de los mercaderes que Lyria conocía; se movían como criaturas recién despertadas, apenas comprendían lo que significaba el trueque o la posesión.
Por entonces, los humanos aún daban sus primeros pasos en el mundo.
En lo alto de una escalinata de piedra se alzaba una estatua colosal que dominaba el puerto. La balanza de oro en su mano brillaba con el sol naciente y las monedas fundidas de su corona parecían soles menores. Lyria tragó saliva. Aquella figura no era un simple adorno. Era pura presencia.
—Has despertado donde comienzan todas las rutas —susurró una voz femenina.
Lyria se giró. Frente a ella, una mujer venía caminando sobre la superficie del mar y se quedó de pie sobre el muelle erguida con majestuosidad.
Su túnica azul y blanca ondeaba sin viento.
En su brazo izquierdo sostenía la balanza; en el derecho, una cuerda trenzada que parecía extenderse más allá del horizonte.
Su rostro era severo, aunque no cruel, y sus ojos de lapislázuli reflejaban tanto la calma del mar como el cálculo de un mercader que jamás pierde.
—Senith… —murmuró Lyria, sin saber por qué estaba tan segura.
La diosa inclinó la cabeza y lo confirmó.
—El comercio es algo más que oro o especias. Es pacto; es orden. Yo soy la cuerda que une a los hombres entre sí y sin mí se desgarrarían como la madera podrida en la tormenta.
A lo lejos, los gritos de los pescadores se apagaron. Una sombra se deslizó entre los árboles del litoral. El murmullo del mar se volvió grave, un tambor parecía resonar de la espesura. Los humanos se detuvieron paralizados por el miedo sin comprenderlo.
—Nunca se hace esperar —añadió Senith con sus ojos clavados en el bosque—. Siempre viene cuando la sangre lo llama.
Y entonces apareció él.
De entre los troncos, un cuerpo gigantesco surgió con pasos que hacían crujir las raíces.
No era una estatua ni una ilusión, era carne y sombra al mismo tiempo.
Un guerrero descomunal, de torso desnudo y surcado de cicatrices que parecían grietas ardientes, con brazos que blandían dos hachas dobles que relucían como fragmentos de luna.
Sus ojos rojos brillaban como fuegos recién avivados, y se fijaron en los humanos que retrocedían aterrorizados.
Los arreshim, pequeños duendes de piel verde, surgieron de la espesura detrás de él, con tambores y huesos. Se arrodillaron al instante, golpearon el suelo y dejaron escapar un canto gutural que hizo vibrar la arena.
—Gundar… —susurró Lyria con la boca seca.
El dios la miró. Su voz retumbó como un árbol partido por un rayo.
—Soy Hamrish de las raíces ocultas. Yo soy la furia que los mantiene vivos. Sin mí, los hombres serían presas. Sin mi sombra, el bosque se los tragaría enteros.
—Los devoras igualmente con tu oscuridad —replicó Senith mientras avanzaba un paso sobre el agua. La balanza en su mano titiló como un fuego suspendido—. Yo les enseño a pactar; en cambio, tú solo les muestras violencia.
El gigante soltó una carcajada áspera.
—Violencia es lo único que comprenden. Carne, hueso y sangre. ¿Qué importa una balanza cuando el enemigo golpea las puertas de tu casa?
Senith guardó silencio. Sus ojos recorrieron a los humanos, que les observaban paralizados.
Lyria vio en sus rostros algo que jamás había visto en las multitudes de su propio tiempo: pureza.
Eran arcilla moldeada por fuerzas que ni siquiera comprendían.
Obedecían, callaban y aprendían a cada instante.
—Ellos aún no saben temer —dijo Senith en voz baja.
—Pues que aprendan —gruñó Gundar y golpeó el suelo con el filo de una de sus hachas.
La tierra se abrió como una herida. De la grieta brotaron raíces cubiertas de gusanos que reptaron hacia las cestas de comida. Los hombres gritaron y retrocedieron. Algunos cayeron de rodillas. Los arreshim alzaron sus voces y clamaron a su dios con un cántico de furia: Gundar, dios de la guerra…
Lyria apretó el mango de su daga, aunque sabía que el arma era inútil allí.
—¿Y yo qué pinto en todo esto? —susurró, mientras se enfrentaba a la mirada colosal de Gundar.
El dios se inclinó hacia ella. Su aliento olía a tierra húmeda.
—Tú traes la sangre del futuro. El pasado se abre para quienes tienen cicatrices… —Sus ojos brillaron en un rojo más intenso—. Tú las tienes en la cara y en el alma.
—No la confundas. Ella no es tu sierva —interrumpió Senith con su voz cortante como una daga.
—Aún no —replicó Gundar, relamiéndose los labios agrietados—. Pero lo será cuando la balanza pese más de uno de los lados.
Los dioses se encararon. El aire tembló. El mar comenzó a agitarse, las olas golpeaban el muelle, mientras del bosque brotaba un rugido colectivo de tambores y bestias.
Lyria sintió el mundo girar a su alrededor. Los humanos corrían como hormigas entre gigantes, incapaces de entender lo que se decidía ante ellos.
Y entonces lo comprendió. Presenciaba no solo una discusión entre dioses, sino el nacimiento de un conflicto que moldearía todo lo que vendría después.
El cielo se quebró en dos colores: azul brillante sobre el mar de Senith, rojo oscuro sobre el bosque de Gundar. La balanza y el zarpazo alzados frente a frente.
La voz de Senith se clavó en sus oídos.
—Decide, mercenaria. ¿Qué prefieres que aprendan primero, el pacto o el miedo?
Lyria abrió la boca, pero el mundo se desgarró en un rugido de luz y todo se precipitó al abismo.
El rugido se deshizo en un murmullo. Lyria sintió que la arrancaban de las olas y del bosque, que el resplandor de la balanza y la sombra de las hachas se quebraban como cristal bajo sus pies. Parpadeó, jadeó y el mundo volvió a ser de piedra fría.
Estaba de rodillas frente al mural. Su mano seguía apoyada en su superficie rugosa, aunque ya no latía. La luz había desaparecido. Solo quedaba la roca húmeda, desgastada por el paso de los siglos y cubierta de musgo.
Alzó la mirada. En el centro del mural, allí donde los símbolos parecían entrelazarse, se fijó en el hueco.
No era un simple desgaste, alguien había arrancado un fragmento de la piedra con forma de corazón.
A un lado, el relieve mostraba a Gundar con un brazo alzado, cubierto de cicatrices y las garras en alto.
Al otro, Senith sostenía la balanza, sujeta desde abajo.
Ambos se medían eternamente. Entre ellos, el vacío.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Se incorporó con torpeza, recogió el sombrero del suelo y se lo caló de nuevo, cubriéndose el rostro en la sombra de su ala ancha.
Las ruinas del templo estaban oscuras, pero decidió no encender la antorcha.
Caminó hacia la salida y se apoyó en la pared con la mano sin guante, el anillo de Zarhel raspaba la roca con un ruido hiriente.
Entonces lo vio.
En el suelo, a sus pies, brillaba una piedra ennegrecida. Tenía exactamente la forma del hueco del mural, un corazón arrancado de la roca.
Lyria lo recogió. El contacto le heló la palma, aunque bajo la piel la recorrió un ardor inmediato, idéntico al de la sangre negra en su organismo. La ocultó bajo su chaqueta, contra el pecho.
El aire de la noche la golpeó en la cara.
La oscuridad de las ruinas se extendía más allá del campamento, como un océano ennegrecido.
Respiró hondo y se convenció de que lo que había visto eran visiones, algún tipo de espejismo, un efecto de las sustancias que había tomado, esa sangre negra, como la llamaron los ungidos…
¿De verdad había hablado con los dioses?
¿O solo eran alucinaciones alimentadas por los cánticos de los fanáticos de Kudram?
Se detuvo y se apretó el cinturón donde le colgaba el látigo. Aún conservaba nítida la visión del mar abierto y de las raíces que desgarraban la tierra.
Un murmullo la rodeó. Los Ungidos Ciegos habían salido a su encuentro y formaron un semicírculo ante ella. Sus caras estaban consumidas y no parecían humanas.
—Los has visto —dijo uno de ellos, con la boca temblorosa.
—La sangre negra ha abierto tus ojos —añadió otro con la piel arañada.
—Kudram —susurraron todos a la vez, se inclinaron hasta golpear la tierra con las frentes.
El primero alzó la cabeza y mostró sus cuencas vacías.
—Él te ha mostrado la verdad. El origen de este mundo. Lo que los hombres olvidaron, lo que los dioses aún se disputan.
Lyria apretó los labios y no respondió. El eco de las nítidas voces de Senith y Gundar aún ardía en su memoria.
Se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad sin mirar atrás.
No supo si había encontrado a los dioses o si los dioses la habían encontrado a ella.