El muro
El bosque se abrió de golpe y dejó al descubierto un claro bañado por la luna.
Las ruinas aguardaban allí desde otro tiempo.
Columnas gastadas se inclinaban unas contra otras, vencidas, rodeando un patio que la maleza había reclamado palmo a palmo.
Raíces gruesas abrazaban la piedra y la humedad había borrado los bordes de antiguas inscripciones.
En el centro, un altar partido mostraba un bajorrelieve casi borrado.
Dos rostros aún se distinguían bajo las grietas: Gundar, con los cuernos rotos y el gesto torcido, y a su lado Senith, reducida a sombras sin ojos.
La piedra se había abierto en torno a ellos, parecía que la tierra hubiera intentado tragarse aquel recuerdo y no hubiera podido hacerlo del todo.
El éxodo se detuvo al borde del claro.
Nadie dio la orden y nadie quiso acercarse.
Algunos bajaron la vista. Otros se santiguaron. Un niño preguntó en voz baja qué era aquel lugar y su madre le tapó la boca sin responder.
—No vayáis allí —murmuró alguien.
Las tiendas se levantaron junto al río, lejos de las ruinas.
El agua corría oscura entre las piedras, el humo de las hogueras subió despacio y cubrió el claro como un velo.
Aun así, desde ciertos ángulos, el altar seguía visible entre el humo, vigilaba el campamento con sus rostros rotos y aguardaba a que alguien cometiera el error de acercarse demasiado.
El humo de las lámparas de sebo flotaba bajo la bóveda de la tienda ritual.
El olor era dulzón, penetrante, cargado de hierbas quemadas que parecían arder pero no en la hoguera, sino en la sangre de ella.
Lyria abrió un poco más los ojos; le pesaban y seguía atrapada entre el sueño y la vigilia.
Todo su cuerpo vibraba con un cosquilleo ardiente, su piel parecía haber sido marcada con ascuas invisibles y aún tenía en los labios el sabor de la sangre negra, aquella mezcla antigua que los Ungidos de Kudram empleaban en Alonia y ahora los Ungidos Ciegos en el Éxodo, para tender un vínculo con sus dioses.
El golpe de la pelea con Edoz le había partido el labio, le escocía al respirar y una costra oscura empezaba a sellar la herida.
A su alrededor, los Ungidos Ciegos se balanceaban en círculos, murmuraban letanías que no parecían palabras humanas, sino zumbidos antiguos, semejantes al eco de un enjambre dentro de un tronco hueco.
Sus ojos, o lo que quedaba de ellos, eran cuencas blancas enrojecidas, cubiertas de venas negras que surgían desde el interior.
La corrupción los devoraba despacio, pero aun así entonaban sus cánticos con fervor y golpeaban el suelo con bastones de madera que llevaban grabadas espirales interminables.
Lyria se incorporó con un gesto torpe. El sombrero había rodado al suelo; su pelo rojo y rizado, empapado de sudor, se le pegaba a las mejillas, y así resaltaban aún más las cicatrices que surcaban sus pómulos.
Su respiración era pesada, parecía inhalar agua en vez de aire.
Al llevarse la mano al pecho, notó cómo sus dedos temblaban en el guante de cuero.
Dentro, en alguno de los dedos, estaba el anillo de plata ennegrecido, el que un día le arrancó al cadáver de Zarhel y se aferró a él como a un ancla.
Uno de los ungidos se adelantó arrastrando los pies. Sus labios agrietados dejaron escapar un hilo de voz quebrada.
—Debes ir y tocar el muro —dijo con un tono de reverencia.
Los demás cesaron en sus cantos al unísono. El silencio que siguió fue tan denso que hasta las brasas del pebetero parecieron apagarse. Los rostros sin mirada se giraron hacia Lyria, inclinaron la cabeza y aguardaron una señal.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó ella, confundida.
Nadie respondió. La única respuesta fueron susurros entrecortados, como un viento que atravesara las grietas. Las manos huesudas de los ungidos señalaron hacia el bosque, en dirección al templo que acababan de dejar atrás.
Lyria salió, antorcha en mano, cuando comenzaron las primeras guardias.
Sus pasos la guiaron hasta las ruinas del templo.
La antorcha en su mano iluminaba el camino y dejaba manchas de hollín en los muros.
El sabor a sangre negra aún le pesaba en la boca y sus pupilas estaban más dilatadas de lo debido.
Cruzó el patio hundido, esquivó piedras que parecían huesos de grandes criaturas y llegó hasta el mural que cubría una de las paredes principales del templo, una plancha de piedra ennegrecida, tallada con símbolos que parecían moverse en la penumbra, iluminándose, y que se encendían y apagaban al ritmo de las llamas.
Lyria pestañeó varias veces. Los bordes de las figuras vibraban.
Alzó la antorcha. Las figuras talladas apenas sobrevivían al tiempo. Gundar alzaba un brazo, Senith lo sostenía desde abajo y en el centro había un vacío, un hueco arrancado de la roca con forma de corazón.
—Este es el muro —murmuró y la antorcha tembló en su mano—. Y ahora, ¿qué?
Acercó los dedos a la piedra. El frío la estremeció al contacto. La roca vibró bajo su piel, un murmullo que no salía del aire… ¿Era su imaginación?
De la grieta brotó un resplandor tenue, azul, como un rescoldo sofocado. El viento apagó la antorcha y el bosque guardó silencio.
—¿Quién sois? —preguntó casi en éxtasis.
Juraría que las espirales se abrían como bocas y los círculos palpitaban como órganos vivos.
Dio un paso hacia atrás, pero el suelo se estremeció bajo sus botas.
Comenzó un tamborileo de golpes lentos y profundos, como un bastón pesado contra la tierra.
Cada latido retumbaba en su pecho y marcaba el ritmo de su respiración.
Entonces empezaron las voces.
El coro estalló con una fuerza que la obligó a taparse los oídos. Voces agrietadas, disonantes, repetían los nombres de dioses que hasta entonces ella solo había escuchado en las historias malditas del éxodo. No pedían, no rogaban; revelaban. Era una llamada de resurgimiento.
Lyria apretó los dientes hasta hacerlos rechinar.
—¡Basta ya! —exclamó mientras su mano buscaba su daga en el cinto, dispuesta a rebanarla si alguna de esas voces tomaba forma.
Pero no sucedió. Todo permanecía en calma y oscuro.
El mural brilló con un resplandor súbito, dorado primero, luego verde oscuro; parecía un río iluminado desde dentro.
Lyria sintió un latigazo recorrerle el brazo derecho.
La sustancia llamada sangre negra que los ungidos le habían dado ardió en su propia sangre.
Se quitó el guante, su mano se abrió sola y sus dedos tocaron la superficie rugosa de la piedra.
El frío la invadió.
No era un frío físico, era algo más vasto. Un vacío que absorbía su conciencia y la arrastraba lejos de allí, lejos del presente. Oyó a los ungidos cantar en trance desde sus tiendas y los vio caer de rodillas.
—¡La señal! ¡Es la señal! ¡Ha despertado! —clamaban con voces desgarradas.
¿Cómo podía verlos? No estaban allí con ella, pero esos coros…
Lyria quiso apartar la mano, pero no pudo. El muro palpitaba, latía contra su piel como un corazón gigantesco. Los símbolos se fundieron en una corriente de luz y de pronto le rodeó la oscuridad imperiosa.
No había templo, ni mural, ni campamento.
Solo un rugido inmenso, semejante al choque de olas contra un acantilado, mezclado con un estruendo de tambores de guerra.
Olía a mar salada y a raíces terrosas. Dos fuerzas colosales se entrelazaban en la penumbra de aquel nuevo mundo: el mar y el bosque, Senith y Gundar.
Lyria abrió los ojos.
El pasado la esperaba.