Balanza en llamas
Las puertas de las mazmorras se abrieron con un gemido de hierro.
Brak fue el primero en salir, con los brazos marcados por los grilletes.
Tras él, Danna, Azniel y los demás soldados y exploradores, sucios, con la mirada endurecida.
Al fondo del pasillo, Rayhem y Jarben avanzaban escoltados por dos guardias reales.
Cuando se reconocieron, nadie habló. Bastó un gesto.
—Nos largamos —dijo Brak en cuanto quedaron a solas—. Esta ciudad no es segura.
Rayhem intentó responder, pero el capitán alzó la mano.
—Escúchame primero. Los exploradores ya están en el puerto. Habrá provisiones y un barco preparado. Dejaremos señales claras de que partimos por mar.
—¿Y luego? —preguntó Jarben.
—Luego saldremos por tierra.
Rayhem frunció el ceño.
—El rey Altharion ha cambiado. El espectro que lo parasitaba ya no existe.
—Y aun así, conserva a su consejero de Kudram —replicó Brak—. Ese hombre quiere nuestro fracaso. Puede que ya haya hablado. Puede que este favor sea solo la jaula abierta antes del golpe final.
Rayhem sostuvo su mirada unos segundos.
—Acepto el plan —dijo al final—. Pero debemos movernos rápido.
Quedaban dos horas para el amanecer. Las antorchas del pedestal de Senith ardían altas, alineadas en torno a la balanza sagrada.
El metal reflejaba la luz como un fuego suspendido en el aire, un faro visible desde la costa y más allá, hacia el mar de las Voces.
Tyrio dormía a medias, con el rumor del oleaje.
Por fin los habían liberado.
La Compañía del Embajador se había reunido de nuevo junto al pedestal. Manos rápidas ajustaban correas, se repartían mochilas, comprobaban hojas. Nadie hablaba más de lo necesario. El cansancio se notaba en los hombros caídos y en las miradas alicaídas.
El primer aviso no fue un grito. Fue un silbido seco.
Una flecha cruzó la penumbra y se clavó en la garganta de un soldado belurio. El hombre dio un paso más, se llevó las manos al cuello y cayó de rodillas sin emitir sonido alguno. La sangre oscureció las losas.
—¡Nos atacan! —bramó Brak, y arrancó el hacha de su espalda.
El caos estalló.
Otra descarga cayó desde los tejados. El acero chocó bajo la luz vacilante de las antorchas.
Tres hombres cayeron antes de que pudieran cerrar filas.
Brak embistió hacia delante, abrió a un mercenario de un tajo y empujó a Danna fuera de la línea de tiro.
Una flecha pasó justo donde había estado su cabeza.
—¡Por las murallas norte, corred! —tronó el capitán mientras se abría paso a golpes.
La Compañía se lanzó a las callejuelas de Tyrio. El suelo resbalaba por la humedad, el aire sabía a sal. Las casas se cerraban sobre ellos como mandíbulas de piedra.
Tras ellos, los hombres del consejero de Kudram gritaban órdenes.
Entonces, algo se movió entre la bruma. No fue un ataque ordenado, fue una irrupción.
Una sombra emergió desde un callejón lateral y un cuerpo voló contra un muro con un crujido seco; otro cayó sin garganta; huesos rotos, sangre contra la cal. La violencia no tenía forma humana.
Los mercenarios empezaron a gritar.
Uno de los atacantes intentó huir, pero fue derribado desde atrás, su cabeza golpeó las piedras y quedó inmóvil. Otro levantó el escudo y la sombra lo atravesó. Nadie vio ningún rostro, solo golpes, muerte.
Era Valcara.
Ningún belurio se atrevió a mirar atrás.
Brak jadeó, agarró a Rayhem por el brazo y tiró de él con fuerza.
—¡Vamos, mi señor! ¡Hay que salir de Tyrio!
—¿Pero el rey no nos había tendido la mano? —exclamó Azniel mientras protegía torpemente sus estuches de escritura contra el pecho.
—Esta mano no es del rey —replicó Jarben y se agachó tras un carro—. Esto viene de otro lado.
—Podemos regresar al palacio —propuso Rayhem sin dejar de avanzar—, y denunciarlo.
Brak negó con la cabeza, alzó el hacha y detuvo una embestida.
—No hay tiempo. Estaríamos muertos antes de llegar.
La coartada era perfecta.
Mientras huían por la maraña de callejones, todo indicaba una fuga desesperada hacia el puerto. Sangre, huellas, gritos. Tyrio despertaba a medias, demasiado tarde para entender.
Rayhem corría tras Azniel cuando algo lo agarró por detrás.
Una mano le cubrió la boca. Un brazo se cerró en torno a su pecho. El mundo giró y desapareció la luz de las antorchas. Lo arrastraron dentro de una casa. La puerta se cerró de golpe.
Golpes, oscuridad y un dolor seco en la sien.
Nada más.
Los mercenarios lo redujeron con rapidez, lo cargaron entre dos y se lo llevaron de vuelta hacia el centro de la ciudad, lejos de la costa.
Desde un tejado, entre la bruma, Valcara lo vio sin intervenir. Paciente, se deslizó con sigilo y siguió el rastro.
La Compañía alcanzó la muralla. Solo entonces, al contarse unos a otros, llegó el vacío.
—¿Rayhem? Estaba detrás de mí —dijo Azniel mientras miraba alrededor.
Nadie respondió.
Brak sintió el golpe en el estómago.
El embajador ya no estaba.
Y Tyrio cerró sus puertas tras ellos.