Las garras la muerte #2
—Así acaba quien se aleja sin permiso. Así termina quien olvida que somos una familia.
Enen dio un paso al frente.
—¿Lo han matado?
—Se lo tragó la tierra. —Edoz envolvió el cuchillo en un pañuelo de lino azul—. Y si no aprendéis de esto, correréis su misma suerte.
Filo se mordió el labio hasta sangrar.
Pareció faltar aire en el lugar.
—Una rata sola no vale nada —siguió Edoz—. Juntas somos dientes que arrancan la carne. Si uno falta, los demás tienen que morder más fuerte. Dorion no ha muerto para que lloréis, ha muerto para que recordéis lo que os espera si bajáis la guardia.
Los niños lo miraban cuando Clara se arrodilló llorando.
—No queremos perder a nadie, no lo permitiremos —masculló apretando los dientes.
Edoz sonrió.
—Eso quería escuchar. Desde hoy, cada uno vigilará al que tenga al lado. Nadie caminará solo. Nadie se pondrá en peligro sin razón.
Las Ratas asintieron con rabia contenida y con resignación.
Edoz, con las manos en la espalda, los observó atentamente. En sus ojos se reflejaba lo mismo que en los de Enen: un fuego que no aceptaba derrota.
—Dorion ya es carroña —susurró Enen—. Hagamos que su muerte valga la pena.
La hoguera cercana se apagó con un crujido y la noche los envolvió por completo.
El campamento ardía en susurros, luces y pasos que nunca dormían. Edoz cruzó entre hogueras apagadas hasta la tienda de Anara. La lona dejaba escapar un resplandor tenue, mezclado con el olor a incienso. Los dos guardias lo saludaron con la cabeza y lo dejaron pasar.
Empujó la tela y entró. Anara estaba inclinada sobre un cuenco humeante, su rostro estaba iluminado por la brasa azul que ardía en el interior. Sus ojos, cansados, se alzaron hacia él.
Edoz dejó caer un pequeño bulto sobre la mesilla. El lino se abrió y mostró el cuchillo oxidado de Dorion.
—Uno menos.
Anara alargó los dedos y rozó la empuñadura. La hoja estaba oxidada, pero limpia
—No hay sangre —indicó ella.
—No tuvo tiempo para defenderse —añadió él.
El silencio cayó espeso entre los dos. Anara cerró los ojos un instante, respiró hondo y apartó el cuchillo.
—No uses a tus niños para esto.
Edoz se inclinó sobre la mesilla.
—Tú me pediste que buscara información sobre el bastón robado —reprochó Edoz.
—Yo no te dije que los pusieras en peligro —se excusó Anara.
—Son mis ojos, mis oídos y, cuando hace falta, mis garras.
—No son soldados. —La voz de Anara vibró con un tono que sonaba a reproche—. Son críos arrancados de la miseria, no puedes lanzarlos al fuego por una reliquia.
Edoz sonrió.
—¿Críos? Dorion sabía dónde se metía. Todos lo saben. El bastón vale más que cien como Dorion.
Anara golpeó la mesa con la palma.
—¡No son pérdidas asumibles!
Edoz no pestañeó.
—Sí lo son, y cuanto antes lo aceptes, mejor.
Ella lo miró a sus ojos oscuros con furia contenida.
—¡Son vidas! El bastón es una reliquia de poder, pero no vale el precio de ver morir a nuestra gente, y menos a niños —insistió Anara enfadada.
Edoz dio un paso atrás, se cruzó de brazos y dejó que la sombra de la lona cubriera su rostro.
—Te equivocas, Anara. Todo tiene un precio. El bastón nos ayudará a ser reyes en Nela-Shur.
La brasa azul iluminaba desde el cuenco y respondía al eco de sus palabras. Anara apartó la vista y clavó los ojos en las llamas.
—Ese modo de pensar y actuar solo puede llevarnos a la ruina.
Edoz arqueó una ceja, esbozó una sonrisa.
—La ruina ya está instalada en el éxodo —dijo—, solo hay que saber cómo llevarla de la mejor forma posible.
Anara retiró la vista del cuchillo y se pasó la mano por la frente. El brillo de la lámpara iluminaba la curva cansada de su gesto.
—No quiero más niños muertos —murmuró.
Edoz ladeó la cabeza.
—Entonces, no me pidas que busque reliquias. Los secretos siempre suelen sangrar antes de mostrarse.
Hubo un breve silencio roto por Edoz.
—Hablando de sangrar… ¿Ya has dejado de llorar por Lyria?
Anara le miró con dureza.
—No vuelvas a nombrarla. Se ha escondido de mí cuando más la necesitaba.
—O quizá te protege de otra forma. —Edoz se dejó caer en el banco frente a la mesilla—.
Piénsalo, Anara. Si el Profeta muere, se abriría un vacío que se tragaría al éxodo entero, tú y yo lo sabemos.
Lyria no se apartó de ti por cobardía, sino porque guarda la espalda del hombre más peligroso de todos.
—No sería tan amiga si me abandona la primera vez que todo se tuerce —replicó Anara con la voz rota.
—O quizá es más amiga de lo que crees. —Edoz alzó el cuchillo envuelto en lino y lo depositó de nuevo frente a ella—. Cualquiera no acepta ensuciarse las manos para que tú puedas sonreír a tu pueblo.
Los ojos de Anara se humedecieron, aunque se obligó a erguirse.
—Defiendes lo indefendible.
Edoz sonrió con una chispa en sus ojos marrones oscuros.
—Sabes que siempre me ha gustado llevar la contraria.
Anara bajó la vista hacia el cuchillo envuelto en lino. El gesto de Edoz, aunque cargado de veneno, había aliviado un peso en su pecho.
Anara se tranquilizó y se sentó junto a él.
—Gracias —susurró—. Supongo que hay cosas que alguien me las tiene que decir.
Pasó un rato para limpiar el ambiente y Anara rompió el silencio.
—Y tú… ¿qué tal con Sairah?
Él arqueó una ceja con media sonrisa, no se esperaba esta pregunta.
—Seguro que tú sabes más que yo. Está visto que entre vosotras os lo contáis todo.
—No me andes con rodeos. Quiero saber si puedo confiar en ella —dijo Anara y miró a Edoz a los ojos en busca de una respuesta.
Él dejó escapar una carcajada seca.
—¿A qué viene esa pregunta? Primero la conviertes en tu guardia personal y después te cuestionas si es de fiar. La próxima vez hazlo al revés, ¿no crees?
Anara enmudeció y apretó los dientes sin apartar la mirada.
Edoz se inclinó hacia ella.
—Yo no apuesto por nadie a ciegas —susurró—. Tú lo hiciste. Así que ahora te toca tragarte tu orgullo.
Anara dejó que el aire pesado de la tienda la envolviera un instante.
—Supongo que tienes razón… —suspiró ella. Caminó por la tienda recordando las palabras de Sairah—. ¿Y qué tal va lo de tus peleas? —preguntó a continuación, en un intento torpe de cambiar de tema.
Edoz sonrió.
—Antes de salir del bosque haré la primera.
—¿Aquí dentro? —Anara ladeó la cabeza, incrédula—. ¿No es mejor esperar a que lo crucemos?
—¿Y perderme esto? —Edoz extendió un brazo hacia el exterior, donde el murmullo del bosque se filtraba con ecos extraños—. Este escenario tan interesante solo va a darse una vez en la vida.
—No sé para qué te digo nada —Anara apretó los labios, cansada—, si al final vas a hacer lo que te dé la gana, como siempre.
Edoz esbozó una sonrisa oscura y recogió el pañuelo con el cuchillo, lo envolvió y se lo guardó.
—Al menos lo admites —dijo él.
Anara ladeó la cabeza.
—¿No vas a preguntarme por Belbarozh?
Edoz arqueó una ceja.
—Sí, ¿qué tal está el príncipe de Beluria?
—Débil, pero sigue en la sombra del Consejo. Se recuperará.
Edoz negó con la cabeza despacio.
—No lo creo. Lo veo mal, muy mal.
—Es nuestro futuro rey —replicó ella con orgullo en la voz.
Él soltó una carcajada amarga.
—Tú misma puedes ser la próxima reina si falta tu primo Belbarozh. No tiene descendencia, ¿recuerdas?
Anara endureció la mirada.
—No digas esas cosas…
Edoz guardó silencio unos segundos, el eco de sus propias palabras le divertía más que la respuesta de ella.
Anara sostuvo el silencio como un muro, pero Edoz avanzó un paso y lo resquebrajó
—No te lo tomes a mal —susurró Edoz—. El pueblo no necesita un príncipe que se apaga en su lecho, sino alguien que despierte respeto y esperanza, y créeme, ahora tú lo inspiras más que él.
Ella apretó los labios.
—Él ya me ha puesto al mando y nada te autoriza a hablar de su muerte.
—Ni a ti a negar lo evidente. —Edoz inclinó la cabeza con la sombra de una sonrisa—. Nela-Shur necesita un monarca que no tiemble. Dime, querida Anara, ¿no has sentido ya el peso de la corona sobre tu cabeza?
El aire se volvió pesado y Anara se levantó de golpe.
—¡Cállate, Edoz! —exclamó enfadada— No vuelvas a decir eso.
Él no retrocedió; sus ojos se clavaron en los de ella, muy calmado.
—Las palabras ya están dentro de ti, no hace falta que yo te las diga. Solo tienes que esperar. Cuando Belbarozh caiga, todos mirarán en tu dirección, y entonces tendrás que decidir si aceptas el trono o lo dejas en manos de otros menos… adecuados.
Anara alzó la mano para apartarlo sin parar de temblar.
—¿Me tientas o me amenazas?
—Te hablo del futuro —susurró él—. Un futuro que está más cerca de lo que crees.
El silencio posterior fue tan afilado que parecía cortar el aire.
Anara bajó la mano, pero sus ojos ardían de ira.
—¡Fuera! —La voz retumbó en el interior de la tienda—. No vuelvas a envenenar mis oídos.
Edoz ladeó la cabeza, sin moverse.
—No es veneno, es la verdad ¿Y eso de que hay cosas que alguien me las tiene que decir?
—¡He dicho que salgas! —Anara se abalanzó hacia Edoz y le quitó el cuchillo oxidado que él tenía en las manos envuelto en lino y lo lanzó contra el suelo. Este se clavó a un palmo de los pies de él—. Te doy la oportunidad de vivir, aprovéchala.
Edoz miró primero el cuchillo y luego a ella. Una chispa peligrosa brilló en su mirada y el pecho comenzó a arderle, pero al final se contuvo y se giró despacio.
—Recuerda lo que acabas de hacer —susurró antes de apartar la tela de la entrada y desaparecer entre la penumbra.
Anara permaneció de pie, con el pulso disparado y los puños crispados hasta clavarse las uñas en la piel. Solo cuando las voces lejanas del campamento se filtraron de nuevo en la tienda, dejó caer los hombros. El cuchillo seguía en el suelo, clavado como una acusación silenciosa.