Las garras la muerte
El éxodo avanzaba despacio por los senderos húmedos del Bosque Sagrado. Las ruedas de los carros chirriaban mientras por el camino se partía leña para subsistir. En medio de todo, un grupo de ojos vigilaba desde las tinieblas.
Las ratas de Edoz se movían como el humo entre carros, tiendas y hogueras. Clara, la mayor, caminaba erguida, con la mirada clavada en cada gesto. Nix, envuelto en sus harapos negros, se abría paso con la agilidad de un explorador.
—Dicen que el León de Beluria se arrodilla ante Kudram —susurró Clara sin detenerse.
—Dicen muchas cosas —bufó Diente roto mientras enseñaba el hueco en su boca con una mueca burlona—. Yo aún no lo he visto y no creo lo que no veo.
Reki y Kire, los gemelos pelirrojos, se empujaban entre carcajadas, pero estaban atentos a todo.
Filo, la más pequeña, corría agachada y siempre metía las narices donde nadie más podía llegar: ollas, costales, sacos mal cerrados.
Dorion tenía las manos siempre negras y le gustaba acariciar de vez en cuando el mango de su cuchillo oxidado.
Enen cerraba la fila en sigilo. No era muy hablador.
Sus ojos tenían la intensidad de dos llamas encendidas y se fijaban en puntos que los demás no alcanzaban a ver.
—Mira, pregunta a ese herrero —retó Clara y señaló una fragua improvisada junto a un carro.
Un hombre sudoroso golpeaba un hierro al rojo sobre un yunque pequeño, con una camisa de mangas que un día fueron blancas y su mandil de cuero.
Filo se adelantó y se encogió junto al fuego en busca de calor.
—Señor, ¿ha oído esos rumores que dicen que el León de Beluria ahora se arrodilla ante otro dios?
El martillo cayó de lado y el herrero frunció el ceño.
—¿De dónde sacas esas tonterías? Ese hombre no se ha arrodillado jamás.
Filo sonrió con los dientes sucios y corrió de vuelta al grupo.
—¿Lo veis? —dijo Clara—. Los rumores nacen de bocas podridas.
—O de soldados borrachos —gruñó Dorion, que ya vigilaba a un par de guardias junto al campamento de la Guardia del Éxodo.
Los gemelos se adelantaron como perros callejeros. Uno lo distrajo con un chiste guarro mientras el otro se colaba por detrás, escuchando risas y palabras sueltas de los guardias.
—Que si Shuraz dejó pasar a los arreshim, que si no alzó la espada cuando debía… —murmuró Kire al volver.
—¡Bah! —Reki escupió—. Solo los cobardes buscan un traidor en cada sombra.
Clara giró la cara hacia el mercado improvisado. Un comerciante gordo discutía con un soldado por el precio de unas cebollas.
Nix se le adelantó con su andar de fantasma.
—Dicen que el León de Beluria come en tu fuego —le soltó con voz demasiado grave para su edad—. ¿Le das pan de Bel-Hur o carne de Kudram?
El comerciante palideció con una risa nerviosa.
—Yo vendo a quien me pague, niño, pero el León de Beluria no compra. Toma lo que quiere y yo se lo doy con el orgullo de que haya elegido mi género.
Clara chasqueó la lengua. La respuesta valía más de lo que parecía.
El círculo se cerró de nuevo. Entre susurros, las ratas repasaron lo que habían cazado, palabras sueltas y miedos disfrazados de certezas.
—Shuraz no ha cambiado de dios —aseguró Clara al fin—. Lo que quieren algunos es verlo caer.
Diente roto sonrió y mostró la encía vacía.
—Pues que lo intenten.
Enen, hasta entonces callado, alzó la vista. Su voz era ronca, demasiado para un niño.
—Si cae, caerá por nosotros.
Los demás se callaron. El bosque crujía alrededor, y dentro de él había oídos que los escuchaban.
Las ratas se dispersaron raudas, pero Clara no se movió. Un crujido en la maleza cercana le erizó la piel. No era un animal, el silencio que lo siguió resultaba demasiado consciente.
De entre los troncos apareció un joven alto, fuerte y muy atractivo, imposible de olvidar. Su larga cabellera rubia caía con gracia sobre su coraza. Su piel estaba curtida y tostada. Era Shuraz, el León de Beluria, Comandante del ejército de la Guardia del Éxodo.
Los gemelos se quedaron helados, Filo apretó el cuchillo contra su muslo y Diente roto tragó saliva. Solo Enen sostuvo la mirada del guerrero.
Shuraz sonrió.
—Pececillos fuera del agua. El bosque no perdona a los que rondan donde no deben.
Clara dio un paso adelante, intentando que su voz no temblara.
—Solo buscamos leña para el fuego.
—Mentirosos —gruñó Shuraz, inclinándose hasta quedar a la altura de sus ojos—. Sois las ratas de Edoz. Y si sois de él, también sois míos.
Enen apretó los puños.
—No somos de nadie.
El guerrero soltó una carcajada.
—Decídselo a Edoz —su voz sonó como una orden más que como un consejo—. Decidle que Shuraz no lo olvida, y que aún queda mucho bosque por atravesar.
Giró sobre los talones y se internó otra vez en la espesura.
Clara miró a Enen.
—¿Le contamos esto a Edoz?
Enen clavó sus ojos ardientes en la oscuridad donde había desaparecido el guerrero.
—Más nos vale no ocultarle secretos a Edoz.
Las ratas asintieron, y esa noche el Bosque Sagrado de Arresia engulló al éxodo belurio un poco más.
Dorion, siempre con las manos sucias y la camisa hecha jirones, había seguido los rumores entre los soldados: susurros sobre un bastón robado, un artefacto capaz de invocar a los antiguos reyes de Beluria, una reliquia que los Sacerdotes del Templo habían perdido por el camino.
—El Bastón de los Antiguos Soberanos —murmuró Dorion, escondido entre los carros—. Eso vale más que todo el pan de Arresia.
Esa misma noche se deslizó entre las hogueras apagadas.
Sus pasos lo llevaron hacia los rincones donde los Hijos de Kudram guardaban silencio y donde la guardia de Bel-Hur no rondaba tanto.
Allí vio a Torbu, el criado del Profeta, claramente herido, con el brazo derecho entablillado bajo la túnica y la mandíbula mal encajada que le obligaba a medir cada respiración.
Tenía el ojo izquierdo hinchado y teñido de un violeta enfermizo.
Caminaba despacio, sostenido más por los ungüentos y los tratados de los Ungidos Ciegos que por la fuerza que aún le quedaba, pero ni el dolor ni el peso lo hicieron detenerse, y a pesar de sus magulladuras y dolencias arrastraba un saco que dejaba rastros de sangre.
Dorion lo siguió con sigilo entre raíces y troncos hasta un claro iluminado por brasas azules.
El muchacho contuvo la respiración al ver lo que Torbu hacía.
Descargó el bulto y sacó a un joven medio vivo.
Sin pensarlo dos veces, extrajo un cuchillo de hueso y abrió su cuello sobre un recipiente oscuro.
—Para ti, Xorhez —murmuró Torbu con la voz entrecortada—. Bebe, Heraldo, bebe.
No muy lejos de allí había un carruaje del que emergió un rumor, una vibración que heló la espalda de Dorion.
El carro pasaba desapercibido entre las sombras de los árboles y Torbu acercó el cuenco de sangre fresca hacia una gran caja reforzada con hierro que aguardaba abierta y medio oculta en el carro.
Vertió la sangre sobre la caja y, al contacto con el interior, humeó como cuando se tira agua a una fogata.
El muchacho, escondido, retrocedió, pero una rama crujió bajo su pie.
Torbu levantó la cabeza como un cazador ante una amenaza.
—¿Quién anda ahí?
Dorion corrió, pero algo lo detuvo: un círculo de fuego azul se encendió de golpe. El Profeta mismo surgió de las llamas, con el rostro cubierto por una máscara de oscuridad.
—Una rata… —susurró—. Edoz deja que husmeen demasiado.
Torbu arrastró a Dorion a la luz. El niño pataleó, arañó, mordió, pero el Profeta solo levantó una mano y el aire se cerró sobre él, aplastando sus pequeños pulmones.
Dorion alcanzó a gritar, un alarido breve que se apagó cuando el Profeta le desgarró la garganta con un gesto invisible, sin daga alguna en sus manos. El cuerpo cayó a los pies de Torbu, abierto como un pellejo inútil.
—¿Se lo damos de comer al Heraldo? —preguntó Torbu mientras se agachaba para coger el cadáver del niño. El gesto le dolió al usar también su brazo herido.
—La sangre impura no puede alimentar la reliquia —murmuró el Profeta, que tomó aire y sintió el dolor en su interior—. No sirve.
Torbu bajó la cabeza.
—Arrójaselo a los carroñeros. Ellos sabrán hacer desaparecer los despojos —ordenó el Profeta.
Torbu arrastró el cadáver hacia la maleza. Los ojos del muchacho aún estaban fijos en un punto indeterminado.
El Profeta sentía cómo el poder de Kudram se espesaba en sus manos, pesado y cálido, y sabía que todo don exigía su precio. En el campamento del éxodo nadie preguntaría por el crío. Solo las ratas de su nido notarían que Dorion no volvía. Por su bien, esperaba que no vinieran a por más.
La luna apenas atravesaba las ramas cerradas del bosque. Edoz avanzaba mientras sus botas se hundían en la tierra húmeda. Se agachó frente a una raíz manchada. La sangre fresca aún brillaba. A un lado, un cuchillo oxidado olvidado en el suelo. Reconocía esa hoja, la usaba una de sus ratas.
Edoz cerró los dedos sobre el mango y lo alzó a la altura de sus ojos.
—Cobarde —murmuró—. Ni siquiera llegaste a luchar.
El rastro lo llevó hasta un agujero abierto entre las rocas, un boquete negro que despedía un hedor insoportable. Era profundo y no se veía el fondo. De él salía aire helado que le golpeó la cara. Había restos de sangre en las rocas. Se habían desecho del cuerpo por esa boca infernal.
Regresó pensativo al campamento con el cuchillo aún en la mano. Las Ratas estaban reunidas junto a un carro roto y cuchicheaban en la penumbra. Todos se callaron al verlo, por su cara dedujeron la gravedad del asunto.
Edoz arrojó el cuchillo al suelo.
—¿De quién es?
Nadie habló. Solo Clara, la de ojos hundidos, se adelantó un paso.
—De Dorion.
—¿Dónde está Dorion? —Edoz recorrió cada rostro con la mirada, uno por uno.
Reki tragó saliva, Kire bajó la vista, Filo apretó los puños. Ninguno respondió.
Edoz los empujó con la mirada hasta que Clara soltó la verdad:
—No ha vuelto. Salió a seguir un rumor.
El silencio se extendió.
Edoz se inclinó, recogió el cuchillo del barro y lo mostró ante ellos.