Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Canciones para los olvidados
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Canciones para los olvidados

En el campamento de los Sin Dios se oían los tambores que golpeaban como corazones enfermos mientras un cuerno improvisaba notas discordantes que arrancaban voces roncas. En la tienda del líder, que se levantaba entre mantas raídas y pieles ennegrecidas, una calavera pendía de la entrada.

Kalthis apartó la tela y entró. La penumbra lo recibió.

Una vela solitaria vertía cera sobre un altar de piedra manchado de hollín.

El dirigente de los Sin Dios estaba sentado frente al altar sin uso.

Estaba tatuado hasta los párpados y tenía una jarra metálica en la mano.

Todo su pecho desnudo estaba mojado por el licor que le caía de la boca.

—Vienes con tu laúd —balbuceó sin mirarlo.

Kalthis acarició las cuerdas con suavidad.

—No he venido a tocar. Quiero pedirte algo —dijo Kalthis mientras miraba el desastre de tienda.

El cabecilla levantó la vista.

—Habla.

—Quiero enseñar música a los tuyos. Tocar instrumentos y cantar juntos os dará un lugar en el éxodo.

El tatuado rio y golpeó la jarra contra el altar.

—¿Quién te dice que queremos un lugar en el éxodo? —gruñó—. Haz lo que quieras, ¡que se harten de canciones!

El bardo dio un paso más y tanteó la oscuridad.

—¿Una mala noche?

El hombre dejó caer la jarra. El licor azulado se filtró en la tierra del suelo.

—Mi hija Sairah —dijo con la voz rota—. La eché de aquí con mis propias manos. No ha vuelto desde entonces.

Se cubrió el rostro tatuado con ambas manos.

—No sé nada de ella… —continuó melancólico—. Sé que me lo merezco.

Kalthis permaneció callado. Jugueteaba con los dedos atrapados entre las cuerdas.

—La he visto —murmuró el bardo unos segundos después—. Va con Anara. No está perdida.

El líder lo miró con los ojos húmedos.

—Con la suma sacerdotisa… Sabe dónde encontrar calor… ¿Y Edoz? Ese bastardo no deja de husmear cerca de ella.

Kalthis bajó la vista.

—No sé si está con ella o no. Edoz está montando peleas. Tocaré allí para todos los asistentes. El pueblo necesita olvidar.

Una carcajada amarga retumbó en la tienda.

—¿Peleas? Yo luché en el Pozo de Alonia antes de que llegaran los tigres celestes. Nadie apostaba por mí, pero siempre ganaba. Ahora ya no tengo tanta fuerza en los puños, ya no soy tan fuerte…

La vela titiló.

Kalthis acarició una cuerda suelta. La nota se extendió en la penumbra, leve, pura.

—La música puede salvaros —susurró.

El líder Sin Dios cerró los ojos y recordó su pasado como luchador.

—Eso espero forastero… eso espero.

La vela se apagó sola.

El líder de los Sin Dios cerró los ojos y el pasado lo embistió como un toro.

Ya no estaba en su tienda de pieles. El calor del fuego había sido reemplazado por el hedor agrio del Pozo, aquel agujero de piedra donde la sangre nunca terminaba de secarse.

Las antorchas iluminaban sobre las paredes húmedas y, desde lo alto, cientos de gargantas rugían ansiosas por ver morir a alguien.

Frente a él, un coloso de piel azul se irguió con el torso desnudo, cubierto de cicatrices, piercings y escarificaciones que dibujaban toda una vida sobre su piel. Medía el doble que él, tenía los brazos como troncos y los ojos helados de furia. Su sombra lo cubría entero.

Él era más joven entonces, aún tenía espacio para nuevos tatuajes sobre el pecho y los brazos, si es que salía vivo de allí. Su cuerpo vibraba con la expectación de la lucha, mientras sus ojos, oscuros y vivos, no pestañeaban.

El tambor sonó tres veces, la lucha había comenzado.

El puño del gigante descendió como una maza. Un golpe recto, tan potente como para aplastar una cabeza. Giró la cadera y el aire le rozó el mentón. Su respuesta fue un rápido codazo seco en las costillas de su oponente.

No hubo respiro y una patada lateral lo lanzó contra el muro del Pozo. El impacto le arrancó el aire de los pulmones, la boca se le llenó de sangre caliente que tragó en vez de escupir.

Avanzó tambaleante, salto sobre él y descargó su frente contra su nariz azul. El crujido fue hueco; el gigante rugió y salpicó sangre a su alrededor.

Un rodillazo azul le partió la ceja. La sangre le cayó sobre el ojo derecho y el mundo se volvió rojo y borroso, pero no dio un paso atrás. Entre la arena vio brillar una punta de espada. Se dejó caer, rodó sobre el hombro y la atrapó antes de volver a alzarse.

El gigante azul no entendió el peligro hasta que fue tarde.

El hierro roto le abrió las costillas con un tajo seco.

El coloso rugió. Él metió los dedos en la herida abierta, empujó sin dudar y hundió la mano en la carne caliente.

El grito que arrancó fue animal y el aire se llenó de un olor metálico que lo cubrió todo.

Atrapó el brazo del gigante y lo giró con todo su peso. El chasquido del hueso al partirse le arrancó un alarido ahogado. El coloso titubeó. Entonces, el luchador tatuado vio una piedra suelta en el suelo. La cogió y la levantó sobre su cabeza.

Golpeó una vez y la frente del gigante se abrió. Dos veces, y el cráneo vibró bajo la roca. Tres veces, y el gigante perdió la conciencia.

El rugido del público se convirtió en un estruendo, un oleaje de voces que lo envolvía. El gigante cayó de rodillas con los ojos en blanco y se desplomó en la arena oscura.

El joven, con el rostro salpicado de sangre sobre sus tatuajes, miró a las masas embravecidas, alzó la piedra con ambas manos y la bajó de golpe sobre el cráneo del coloso caído.

Un estallido seco rompió hueso y carne y fragmentos rojizos y azules salpicaron todo.

La multitud estalló en un rugido mientras coreaba su nombre.

Y él lo supo en ese instante: la gloria no tenía precio, pero sí un sabor: hierro caliente en la lengua, el sabor de la sangre.

Dos hombres descendieron a la arena con antorchas. Uno le tendió una bolsa de cuero rebosante de monedas. Él la tomó con su mano aún temblorosa. Subió por la rampa interior, empapado en sudor, y salió al aire frío de la noche.

En un callejón estrecho aguardaba una mujer mayor envuelta en un manto raído que olía a leche rancia. Sostenía a una niña dormida contra el pecho.

Él avanzó un paso. Aunque el ojo muerto solo le ofrecía sombras, el otro captó cada detalle. La piel tostada de la pequeña, el pelo negro pegado a la frente por el sudor, la forma en que fruncía los labios incluso al dormir. Un golpe le atravesó el pecho sin previo aviso.

Sairah. Tenía la misma expresión que su madre. La misma calma cansada. El mismo gesto al respirar.

La anciana alzó la mano sin decir una palabra. Sus dedos temblaban. Él sacó la bolsa y la dejó caer en la palma abierta. Las monedas chocaron entre sí con un sonido seco. No sostuvo la mirada de la mujer más de un instante.

—Cuídala —dijo—. Que no le falte comida ni techo.

La voz se le quebró al final.

La mujer asintió despacio, no preguntó quién era ni pidió más. Ajustó el manto alrededor de la niña y bajó la cabeza.

Él se giró antes de que la pequeña despertara. No soportaría verla abrir los ojos. No soportaría oírla llorar.

Se internó en la oscuridad de la Baja Alonia, dejó atrás el callejón y el peso caliente de la bolsa. Cada paso lo alejaba de ellas y lo hundía más en sí mismo.

Sabía que las monedas ganadas en el Pozo nunca cerrarían aquella herida, y que habría cosas que lo seguirían toda la vida, por mucho que intentara dejarlas atrás.

El líder de los Sin Dios abrió los ojos.

El Pozo desapareció y solo quedó la penumbra de la tienda, el viejo altar en desuso, la vela temblorosa sobre la mesa y el hedor agrio de alcohol.

La piedra que había sostenido en sus recuerdos, con la que había roto la cabeza del gigante azul, aún pesaba en sus manos, pero era un engaño de su cabeza.

Kalthis no habló. Había visto en su rostro tatuado algo más que cicatrices; había visto a un hombre que cargaba con cadenas invisibles.

El silencio se estiró. Afuera, los tambores de los Sin Dios continuaban su pulso grave, ajenos a la tormenta que se desataba en la mente de su guía.

El dirigente bajó la cabeza entre las manos.

Kalthis apretó su laúd contra el pecho. Pensó en los nombres grabados en la madera, Arelia, Liris, Noa. Comprendía demasiado bien lo que significaba perderlo todo. Él había perdido a su mujer y a sus hijas.

Sin una palabra, se levantó y apartó la cortina de pieles. La vela quedó atrás, iluminando a aquel hombre tatuado con el alma rota.

Kalthis salió de la tienda con el laúd colgado al hombro. El calor de las hogueras de los Sin Dios le golpeó en la cara mientras se sentía observado por sombras de rostros tatuados. Caminó hasta un claro pequeño, donde los más jóvenes se agolpaban para verlo.

Se sentó sobre una piedra y apoyó el laúd en las rodillas. Con la yema del pulgar recorrió las letras talladas en la madera y las nombró en silencio antes de tocar. Siempre lo hacía.

Apretó los dientes, contuvo la náusea que le subía desde el estómago y pulsó una cuerda. El sonido quebró el aire espeso. Los niños rieron y se acercaron más. Algunos daban palmas, otros imitaban con voces agudas lo que no entendían.

Kalthis dejó que la música naciera, no como un festín de taberna, sino como una llama pequeña que calentaba las manos frías. Los más mayores trajeron instrumentos improvisados: cuernos cortos, maderas huecas y un tambor destensado.

Las notas treparon entre las ramas altas.

En lo profundo del bosque, sobre un tronco húmedo, un arreshim de piel verdosa y ojos rojos ladeó la cabeza. Llevaba un arco corto y un carcaj lleno de flechas de hueso. Sus orejas puntiagudas vibraron con cada nota.

El duende verde cerró los ojos y sonrió mientras movía la cabeza al son de la música de Kalthis.