Los niños del éxodo
El sol se filtraba a duras penas entre las copas retorcidas del Bosque Sagrado. La hierba húmeda brillaba bajo las pisadas de los carros y el aire estaba cargado.
Un grupo de niños se arremolinaba junto a las hogueras apagadas, usando ramas largas a modo de espadas. Uno de ellos llevaba una manta raída sobre los hombros.
—¡Soy Shuraz, el León de Beluria! ¡Temblad, esbirros de Kudram! —rugía a gritos.
—¿Qué es un esbirro? —preguntó el más pequeño, al margen y sin recibir respuesta. Los demás se rieron y rodearon a empujones al que hacía de Shuraz.
—¡Mientes! Todos saben que ahora el León sirve a Kudram —dijo uno con pecas y el pelo largo recogido en una coleta.
—Sí, nos ha traicionado. Lo vi con mis propios ojos —aseguró otro convencido.
Las ramas chocaban entre ellas, se golpeaban por todos lados. El falso Shuraz aguantaba los golpes con los dientes apretados hasta que una rama le dio en la nariz y comenzó a sangrar.
Los niños se callaron de golpe. A unos pasos de ellos, un corcel negro surgió entre la bruma matinal. Era Luthar. Su jinete llevaba la melena rubia suelta sobre los hombros, su coraza brillaba bajo la luz de la mañana y a su espalda reposaba una espada demasiado grande para cualquier mortal.
Los muchachos abrieron los ojos como platos.
El verdadero Shuraz desmontó sin decir nada. Caminó hasta ellos y con una sola mano separó a los dos que aún forcejeaban.
—¿Y este alboroto tan temprano?
Nadie respondió. El silencio pesaba tanto que hasta el rocío parecía haberse detenido.
Shuraz miró al chiquillo de la nariz sangrante.
—¿Tú querías ser yo?
El niño se puso rojo y tragó saliva.
—Sss… sí.
El guerrero arqueó una ceja y tras unos segundos soltó una carcajada que resonó entre las ramas.
—Pues menuda desgracia. Mira que elegir cargar con esta espada, con este pelo y con este maldito caballo que no obedece nunca.
El corcel bufó mientras sacudía la crin y los niños estallaron en carcajadas.
Shuraz se agachó frente al chiquillo que sangraba y le limpió la nariz con la manga de su guante.
—Escuchadme bien. No sois lo que digan los demás, ni héroes ni traidores, solo porque alguien lo grite más fuerte. Cada uno decide quién ser, en qué creer y, sobre todo, a quién seguir; y os diré algo más: nadie que sirva a Kudram ríe con sus amigos ni protege a los suyos.
Los niños lo escucharon sin parpadear, sus palabras pesaban más que el acero de Oscuria.
El chiquillo con el golpe en la nariz se había emocionado, y con los ojos húmedos levantó el palo hacia el cielo mientras la manta que hacía de capa hondeaba al viento de la mañana.
—¡Kudram es una mierda!
Las carcajadas se multiplicaron. Otro niño lo repitió y luego otro, hasta que la frase rodó como un coro desordenado entre risas agudas.
Shuraz se incorporó, miró el cielo oculto por las ramas y dejó escapar una sonrisa.
Por un instante, el éxodo pareció menos pesado.
El claro quedaba oculto tras un anillo irregular de troncos caídos y zarzas aplastadas, fuera del alcance de los vigilantes del campamento y lo bastante apartado para que cualquier grito se confundiera con los ruidos del bosque nocturno.
Allí, la noche olía a violencia. La tierra estaba removida como un animal herido: pisadas cruzadas en todas direcciones, manchas de sangre seca, mechones de pelo arrancados y, entre el barro endurecido, algún diente blanquecino que reflejaba la luz de la luna.
La luna llena lo iluminaba todo con una claridad impía, sin sombras donde esconderse.
Los niños rodeaban el círculo y formaban un muro vivo de empujones, risas nerviosas y alaridos. Todos estaban cubiertos de barro hasta el cuello, con las caras manchadas y los ojos brillantes de excitación. Aquello no era un juego: era un rito.
—¡Dentro, dentro! —gritó Nix, el chico de los harapos negros, y clavó ambas manos en la espalda del más pequeño.
El crío trastabilló y cayó al centro del claro. Era delgado hasta la fragilidad; las costillas se le marcaban bajo una camisa rota que alguna vez había sido blanca. Se apoyó en las manos, respiró con dificultad y alzó la vista.
Frente a él estaba su adversario.
Más alto, más ancho de hombros, con la cara embadurnada de barro y un hueco oscuro donde debería haber un diente. Sonreía y mostraba la encía inflamada; para él, aquel vacío era un trofeo.
—Si no peleas, te romperemos la cara —gruñó Reki, uno de los gemelos pelirrojos, y golpeó el puño contra la palma con un chasquido seco—. Y no una sola vez…
El círculo respondió al instante; rugió, se empujaron y se cerró un poco más.
Diente roto no esperó señal alguna. Avanzó dos pasos y lanzó un puñetazo directo al rostro del pequeño. El golpe sonó hueco, como madera mojada. El crío se tambaleó y cayó de espaldas. El barro se mezcló con la sangre que ya le corría por la nariz.
Intentó incorporarse, pero una bota le impactó en el costado. El aire le abandonó los pulmones y emitió un gemido agudo. Un chillido escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo.
—¡Arriba, rata! —gritó Filo, la niña del pelo cortado a navaja.
Tenía los ojos encendidos y las manos crispadas de emoción.
El pequeño rodó sobre sí mismo y tosió sangre. Se limpió la nariz con la manga, dejó una mancha oscura y se puso en pie, tembloroso. Durante un segundo pareció que iba a caer otra vez.
Entonces, rugió.
No fue un grito fuerte, pero sí desesperado. Saltó hacia el mayor con todo su peso, se le encaramó a la cabeza como un animal acorralado y le hundió los dientes en la mejilla.
Diente roto chilló con un alarido agudo que cortó el aire. Trató de sacudírselo de encima a manotazos, dando vueltas sobre sí mismo. La sangre le corrió por el cuello y le tiñó la camisa.
—¡Muérdele! —aulló alguien.
—¡Eso, no lo sueltes!
El círculo de niños estalló en gritos y carcajadas salvajes; contagiando su euforia a los luchadores.
El combate sin armas había alcanzado su clímax y con él, su conclusión.
Allí, bajo la luna, no había vencedores ni vencidos; solo supervivientes que aprendían demasiado pronto cómo se gana un lugar entre los vivos.
Y el bosque, silencioso testigo, tampoco juzgaba.
Unos pasos chapotearon en el barro y el murmullo se apagó de golpe cuando Enen cruzó el límite del círculo.
El silencio fue inmediato, espeso, casi respetuoso.
Tenía los ojos encendidos de rabia bajo el pelo rubio enmarañado y sucio.
Era más bajo que los mayores, apenas un palmo menos, pero nadie allí dudaba de él.
No por su fuerza, aunque la tenía, sino por algo más peligroso: una seguridad feroz, una calma violenta que parecía prometer daño antes incluso de mover un músculo.
Diente roto empujó al pequeño con el que había peleado y retrocedió a trompicones; se presionó la mejilla sangrante con el antebrazo. No apartó los ojos de Enen.
—Quiero al siguiente —murmuró Enen.
Su voz baja era afilada como un cuchillo que se hundía en la tierra.
El círculo se abrió con lentitud. Uno de los gemelos pelirrojos escupió al suelo y dio un paso al frente.
—Yo soy el siguiente —dijo mirando a Enen—. Enano.
Entró confiado, se arremangó la camisa hecha jirones e infló el pecho para que todos lo vieran. Las miradas se tensaron; algunos niños se subieron a troncos caídos para ver mejor.
Enen no esperó la señal.
Cargó con un grito animal y se lanzó contra él como una bestia desatada. El primer puñetazo le impactó en el esternón, fuerte y seco; el segundo le sacó todo el aire del estómago; y el tercero fue directo al cuello.
El pelirrojo dio un paso atrás y logró levantar los brazos justo antes de que una rodilla le golpeara el estómago.
Cayó de espaldas al barro con un gemido ronco.
Intentó rodar para levantarse, pero Enen ya estaba encima.
Le propinó una patada descendente en la clavícula y un puñetazo en la sien. El mayor consiguió agarrarlo del brazo, le empujó y le hizo caer a un lado. Se levantó con dificultad y barro hasta las rodillas.
—¡Vamos! —rugió y lanzó un puñetazo alto.
Enen se agachó. El golpe pasó por encima de su cabeza. Respondió con un codazo a las costillas y un rodillazo al muslo que hizo crujir algo dentro. El pelirrojo gritó de dolor, perdió el equilibrio y Enen lo agarró del pelo.
Tiró de él hacia atrás con violencia y lo arrastró en círculos, obligándolo a dar vueltas con torpeza en el barro. Lo exhibía ante los demás como un trofeo vivo.
—¡Miradlo! —escupió Enen entre dientes—. ¡Mirad lo fuerte que es!
Lo soltó de repente y lo lanzó contra el suelo. El impacto resonó hueco. El pelirrojo escupió sangre… y dos dientes, que se perdieron entre el barro.
El círculo estalló en gritos, empujones y alaridos salvajes.
El gemelo derrotado intentó incorporarse, pero las piernas no le respondían. Enen se acercó despacio, lo agarró del cuello de la camisa y lo levantó lo justo para mirarlo a los ojos.
—Levántate —susurró—. O arrástrate.
El mayor apenas pudo sostenerle la mirada antes de desplomarse de nuevo.
La muchacha de ojos hundidos alzó la mano.
—¡Silencio!
Su grito fue tan feroz que incluso los más pequeños callaron. Miró a Enen con respeto.
—Enen es la rata más fuerte —proclamó—. Y si alguien cree que puede vencerlo, que entre ahora.
El desafío flotó en el aire.
Nadie se movió.
El chico de los harapos negros bajó la vista. Diente roto apretó los labios y se sujetó la herida de la mejilla. El gemelo sano miró pensativo a su hermano derrotado, pero no dio un paso.
Enen alzó el puño ensangrentado.
—Sois todos unos mierdas.
No gritó. No hizo falta.
El silencio fue absoluto.
Enen salió del círculo sin mirar atrás, dejó a los demás inmóviles, rotos por dentro. En los bordes del claro, oculto entre ramas húmedas y sombras profundas, alguien observaba.
Un destello breve de ojos atentos brilló entre la maleza, y luego desapareció.