Banquete de sombras #2
Rayhem alzó el talismán de Bel-Hur y la luz estalló. Un resplandor dorado barrió el páramo, las manos se consumieron en un grito mudo y se deshicieron en humo. El impacto lo empujó hacia atrás, pero no cayó.
El duelo había comenzado.
Uno de los látigos de pelo se disparó hacia él. Rayhem apenas giró el cuerpo. El golpe le alcanzó el brazo y se incrustó en la carne como un garfio vivo. El dolor fue inmediato, brutal. En el mundo real su cuerpo se arqueó y cayó de rodillas. Un hilo oscuro de sangre resbaló por su barbilla.
—Cae conmigo, belurio.
La voz no salió de la criatura. Nació dentro de su cabeza.
Rayhem gruñó y hundió el Sol de Beluria en el suelo gris. La hoja vibró y un círculo de luz brotó a su alrededor. Los insectos que cubrían al ente se lanzaron hacia él y estallaron al tocar el resplandor, convertidos en ceniza flotante.
—Bel-Hur no me abandona —dijo, con la respiración rota—. Camina conmigo.
El espectro chilló.
No fue un sonido, sino muchos, superpuestos, descompuestos.
Avanzó a saltos. Cada paso quebraba el suelo bajo Rayhem. Nuevas grietas surgieron y más manos se cerraron sobre sus piernas. Tiraron de él con fuerza y lo clavaron al lugar.
Rayhem perdió el equilibrio y cayó de rodillas dentro del círculo. El dolor subió por su cuerpo como un latido feroz.
—No… —escupió.
Apretó la cuerda roja con los dedos entumecidos. La carta crujió. Tiró de ella con rabia y la arrancó del cuello. La alzó con ambas manos, temblorosa, y la abrió. Las palabras de su abuela ardieron.
Rayhem gritó y descargó la luz contra el vacío que ocupaba el rostro del enemigo.
El impacto fue devastador.
La criatura se retorció. Enjambres enteros huyeron de su cuerpo, chocando entre sí, desintegrándose en nubes de humo. Los látigos de pelo se agitaron en espasmos violentos antes de caer, inertes, como jirones sin vida.
El páramo tembló.
Rayhem avanzó un paso, luego otro, aunque cada respiración le quemaba los pulmones. Sentía el filo de la victoria abrirle la carne por dentro, exigirle algo a cambio.
—No eres eterno —dijo con voz quebrada—. Yo aún estoy aquí.
El espectro intentó alzar una mano. No lo logró.
Su forma se deshizo, primero en grietas, luego en polvo, hasta desaparecer sin dejar rastro. El agujero negro del rostro colapsó sobre sí mismo y se extinguió.
El silencio cayó como un golpe.
Rayhem apenas se sostenía sobre la espada. La luz se apagó poco a poco. El páramo se agrietó y la nada lo reclamó todo.
De vuelta en el salón, Rayhem cayó de rodillas, exhausto, contra el mármol. Un hilo de sudor frío le corría por la sien y le pinchaban los pulmones al respirar. El rey Altharion abrió los ojos y los soldados senicios dieron un paso al frente.
Rayhem tomó con cuidado la carta de su abuela y la volvió a atar con la cuerda roja.
—Majestad —susurró Rayhem, aún arrodillado—. Ya no está en ti —y aprovechó la postura para besarle el anillo de la mano derecha.
Todo había ocurrido en apenas unos segundos, el tiempo en ambos planos no funcionaba de la misma forma. Los guardias intercambiaron miradas sin entender muy bien qué había pasado.
El rey alzó la mano. Los soldados se detuvieron de inmediato y el silencio aplastó la sala.
Rayhem se incorporó con cuidado, con sus músculos aún temblorosos.
Altharion parpadeó con pesadez, como quien despierta de un sueño demasiado largo. El sudor perlaba su frente y la mirada, antes perdida, recobró su brillo. Rayhem inclinó la cabeza y sostuvo el talismán que colgaba de su cuello.
—Altharion, rey del próspero Senicia —dijo con voz grave—, ahora que sus ojos vuelven a ver con claridad, debe escucharme.
El rey, receloso, lo miró con atención.
—Habla, embajador… de Beluria —dijo al ver el talismán colgado de su cuello.
Rayhem respiró hondo.
—El Reino de Beluria ya no está bajo el yugo de Alonia. El rey jersa Rozar II ha roto nuestras cadenas y nos ha dado la oportunidad de regresar a Nela-Shur. Los jersas nos han reconocido como reino, incluso han alzado la mano en favor de nuestra libertad, ¿comprende lo que eso significa?
Un destello cruzó los ojos del monarca.
—Que vuestra causa no es tan débil como se nos dijo —murmuró.
Rayhem asintió.
—Y que no tenemos razones para iniciar una guerra contra vosotros, ya que enfrentarnos sería también ofender a los jersas. Ellos son aliados nuestros ahora. Nosotros también podemos serlo. Senicia y Beluria, de nuevo vecinos que se respetan. Pero debéis confiar en nosotros.
El silencio volvió a caer. Al fin, el rey tendió la mano. Su gesto fue lento, pero firme. Rayhem la cogió sin dudar.
—Quizá tengáis razón. —Los labios de Altharion esbozaron una sonrisa cansada.
El salón de columnas de mármol se hallaba en silencio absoluto. El rey Altharion, con su túnica púrpura y la corona llena de joyas, extendió una carta sellada en cera azul. Sobre el pergamino brillaba el símbolo de la balanza de Senith, trazado con oro líquido.
—Que Senith bendiga este pacto —pronunció el monarca, y se lo entregó a Rayhem—. Que las rutas comerciales permanezcan abiertas entre Senicia y Beluria.
En ese momento apareció el consejero del rey, con el ceño fruncido tras escuchar los términos del pacto, seguido de Jarben, que avanzó con una sonrisa cargada de intención.
—Majestad, firmar un tratado con ellos es un error —afirmó el consejero.
Altharion sostuvo su mirada sin vacilar.
—Es una promesa de paz, no una cadena. Quien rehúsa la balanza de Senith, atrae la ruina.
El consejero apretó los puños, pero guardó silencio.
Las puertas se abrieron, Altharion y Rayhem aún mantenían el semblante en paz cuando entraron y nadie pareció sospechar.
Los soldados los escoltaron de vuelta al salón del banquete, junto a los demás cortesanos. La música había retomado su curso. El aroma de carnes especiadas llenaba el aire, pero Rayhem apenas lo percibía: cada músculo de su cuerpo aún ardía del esfuerzo y la cabeza le iba a explotar.
A su lado, Jarben lo observaba de reojo.
—¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has apartado al hijo de Kudram? —susurró Rayhem entre el ruido de copas y voces mientras inclinaba la cabeza.
Jarben sonrió, discreto.
—Le ofrecí lo que ningún sacerdote ni rey podrá darle jamás. Reliquias antiguas, manuscritos prohibidos, fragmentos de sabiduría que creía perdidos. Lo arrastré con promesas… y con preguntas que aún no sabe responder.
Rayhem entrecerró los ojos.
—Un trueque de espejismos…
—Los espejismos sostienen más imperios de lo que piensas —replicó Jarben.
—Mi sepulturero favorito, inmerso en una telaraña de mentiras —masculló Rayhem—. Ver para creer.
—De algo tenía que servir tanto conocimiento estudiado durante años —se excusó Jarben.
Rayhem dejó escapar un suspiro y se llevó la mano al pecho, donde guardaba la carta, y tocó el frío sol del talismán del Sol de Beluria.
—Y mientras tú lo distraías, yo arranqué al rey de las garras de su sombra. Fue un duelo en la grieta entre este mundo y el otro.
Jarben lo miró.
—En el primer umbral, el mundo de los muertos. Y una vez más, venciste.
—Hoy, sí —Rayhem apretó la copa con fuerza—. Mañana, quién sabe.
El vino le quemó la garganta, y le recordó que la lucha no había terminado.
El anuncio del rey Altharion cayó sobre la sala como un golpe seco de campana.
—El pueblo belurio no será enemigo de Senicia. No habrá hostilidad entre nosotros —proclamó desde el estrado. Su voz resonó autoritaria bajo las bóvedas del Palacio del Juicio.
Rayhem inclinó la cabeza con una reverencia justa. Jarben respiró aliviado. El consejero de Kudram apretó los labios hasta casi borrarlos, miró a Rayhem con rabia y abandonó el banquete sin llamar la atención.
Los guardias abrieron las puertas y trajeron a Brak y a sus hombres. El capitán arrastraba la barba sucia, pero sus ojos brillaban al ver libre a su compañía.
—Me alegro de veros —masculló y se abrazó con dos de sus arqueros.
Esa noche los alojaron en estancias frías del palacio cubiertas de tapices bordados con escenas de Senith, diosa de los senicios.
Desde las ventanas altas se alzaba la Isla de las Cadenas, unas murallas inexpugnables con gigantescas cadenas hasta la costa que cerraban el estrecho.
Una fortaleza coronaba el peñasco y hogueras ardían sobre las torres.
—Ningún barco cruza sin su permiso —murmuró Jarben en voz baja—. Controlan todo el comercio que llega a tierra.
—Y cada embarcación que dejan pasar engorda aún más sus arcas —Rayhem apoyó la frente contra la fría piedra de la ventana—. No son simples guardianes del estrecho, son carceleros del mundo.
—Carceleros… —Jarben se giró, mientras observaba los tapices—. Mira esas escenas: la diosa Senith entrega fuego, Senith abre el mar… Cada hilo grita obediencia. Aquí, la fe y el comercio se atan en la misma cuerda.
—Y quien rompe la cuerda de Senith, se ahoga. —Rayhem respiró hondo—. El rey lo sabe, el consejero lo sabe. Todos juegan al mismo juego.
—¿Y nosotros? —Jarben entrecerró los ojos—. ¿Jugamos o esperamos a que las cadenas también nos atrapen?
Rayhem giró despacio.
—No hemos llegado hasta aquí para ser prisioneros. Si Kudram cree que puede manipular al rey senicio, habrá que demostrarle que podemos cortar sus tentáculos.
—Más nos vale andar con cuidado. El consejero no te quita ojo —masculló Jarben.
—Que me mire. Prefiero sus ojos sobre mí a sus garras sobre Altharion. —Rayhem sonrió, cansado.