Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Banquete de sombras
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Banquete de sombras

El Salón del Juicio resplandecía con plata bruñida y copas tintadas de todos los colores del arco iris.

Sobre la mesa central había faisanes rellenos, corderos estofados enteros y bandejas de fruta que parecían hechas para la gula de los dioses.

Sin embargo, el aire estaba envenenado por las carcajadas de los senicios, que no dejaban de lanzar miradas de desdén hacia los belurios.

En el trono alto se alzaba el rey Altharion de Senicia.

De rostro pétreo y piel grisácea, sus pelos negros caían sobre sus hombros cubiertos de brocado rojo.

Sus ojos de color azul marino parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a sostenerles la mirada.

Tenía la barba recortada con precisión y reforzaba su porte orgulloso.

A su lado, un hombre de túnica gris lucía en el pecho el emblema de Kudram: una estrella de ocho puntas con un ojo en el centro, grabada en plata. El consejero murmuraba a menudo al oído real mientras el monarca asentía.

Rayhem inclinó la cabeza, con las manos juntas sobre la mesa. El murmullo de los senicios se convirtió en un cuchicheo incómodo cuando el embajador belurio se alzó.

—Majestad —su voz recorrió la sala con calma medida—. He venido en nombre del reino de Beluria para ofrecer una paz compartida.

Los senicios soltaron nuevas carcajadas. Un noble en la mesa gritó:

—¡Compartidos serán los huesos de vuestros muertos cuando los recojamos del campo de batalla!

Hubo más risas.

Jarben, sentado a su lado, inclinó el cuerpo hacia él y susurró entre dientes:

—No te muestres herido. Es lo que esperan.

Rayhem miró de reojo a su consejero y alzó la copa sin titubear ni ceder ante las burlas. Pero en su mirada había algo distinto, un brillo que nadie había notado.

Las paredes del salón parecieron deformarse ante sus ojos. Las llamas de las antorchas se oscurecieron y se alargaron como garras. Tras el hombro del rey, entre las sombras, se delineó una silueta que no pertenecía al mundo de los vivos.

Un espectro se retorcía alrededor de Altharion, pegado a su piel como una hiedra venenosa. Tenía la forma de un hombre de color grisáceo, aunque su rostro carecía de boca humana. En lugar de labios, un agujero negro escupía susurros.

—Ah… así que puedes verme… —El eco vibró solo en la cabeza de Rayhem. La criatura se ladeó y en el ojo vacío de su frente brilló el mismo símbolo de ocho puntas de Kudram—. Qué gracioso, pensé que tu don no llegaría tan lejos.

El embajador empezó a entender por qué había tanta animadversión hacia ellos e intentó disimular su descubrimiento. No movió un músculo. Su respiración se mantuvo estable, aunque en su interior algo se desgarraba. El espíritu rio con un sonido roto que se confundió con el murmullo del salón.

Rayhem parpadeó y el rey volvió a ser solo un hombre en un trono. Pero la sombra permanecía adherida a su cuello y susurraba veneno invisible a través de su consejero.

Un espasmo le atravesó el costado. El dolor se deslizó como un cuchillo entre las costillas, hasta clavarse en los pulmones. Disimuló, se llevó la copa a sus labios y bebió para ocultar el gesto. Era el coste de ver al espíritu, cada vez era más doloroso.

Jarben lo notó y arqueó una ceja.

—¿Estás bien Rayhem? ¿Qué ocurre?

—Nada —contestó él en voz baja—. No te preocupes.

El eco de la botas metálicas resonaba en el corredor mientras los guardias senicios los escoltaban a otra estancia. Sus armaduras doradas deslumbrantes reflejaban la luz de las antorchas. Rayhem caminaba callado, con el hábito polvoriento, mientras Jarben lo seguía pensativo.

—Nos llevan como prisioneros, no como invitados —murmuró Jarben, sin apartar la vista de las lanzas que los flanqueaban.

—Al menos seguimos adelante —respondió Rayhem, sin alzar la voz—. Otros, en nuestro lugar, ya estarían muertos.

Rayhem inclinó su cabeza hacia Jarben, sus labios casi no se movían.

—Necesito que distraigas al consejero —susurró—. Háblale, entretenlo, lo que sea… Pero consigue que yo hable a solas con el rey.

Jarben arqueó una ceja, incómodo.

—¿Y si sospechan?

—Ya sospechan —replicó Rayhem—. Confía en mí.

El consejero de Kudram los observaba con suspicacia.

Las puertas del salón secundario se abrieron con un chirrido.

No era la gran sala del trono ni el Salón de las Cadenas.

Esa estancia era más reducida, con muros revestidos de piedra oscura y tapices carmesí.

Tras ellos, por otra puerta, entró el rey de Senicia, que se sentó en un trono bajo, de respaldo ancho y pesado, del que pendían cadenas ornamentales que caían hasta rozar el suelo.

A su lado, de pie y con expresión impenetrable, se hallaba su consejero.

Los guardias formaron un círculo con las lanzas alzadas, el oro de sus armas y armaduras brillaba como el sol. A una sola orden del rey, los guardias se replegaron contra las paredes, rígidos y silenciosos, integrados en la sala como estatuas armadas, sin bajar la vigilancia.

El rey los observó con atención.

—Llegan tantos rumores de vuestro éxodo, y ninguno bueno, que sería una necedad escucharos en público. Aquí, sin testigos, las palabras no podrán ser retorcidas ni usadas en mi contra.

Rayhem inclinó la cabeza. Jarben lo imitó con una reverencia torpe.

Los soldados senicios no se movieron cuando Jarben dio un paso al frente. El consejero de Kudram mantenía la mirada fija en Rayhem, buscaba cazar cualquier sombra de mentira.

Jarben carraspeó con suavidad.

—Consejero, ¿puedo hablar con usted? —Sus palabras sonaron medidas, respetuosas—. No sobre el rey ni de las decisiones que aquí se toman, sino sobre un asunto de fe que lo toca a usted más directamente.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Fe? ¿En este momento?

—Justamente ahora. Lo que está en juego no es solo política, sino las almas que marchan con nosotros. Muchos entre los nuestros dudan… y Kudram es una alternativa para ellos.

El consejero lo observó con recelo. Jarben bajó la voz.

—En el éxodo hay rumores de reliquias antiguas, de textos prohibidos que Kudram protegió del fuego. He escuchado que aquí, en Senicia, conocen su paradero.

El rostro del consejero se endureció.

—¿De dónde has sacado semejante osadía?

—De la desesperación —respondió Jarben—. Yo mismo soy guardián del saber y no hay nada que me cause más temor que la ignorancia de mi pueblo. Si el Profeta de Kudram conserva esas verdades, ¿no cree que es el momento de revelarlas?

El consejero quedó intrigado por un instante. Jarben había captado su atención y se apartó de Rayhem y del rey. El monarca, en su trono, no intervino; más bien parecía complacido de que el debate sobre religión mantuviera ocupado a su asesor.

Jarben invitó con un gesto al consejero del rey a caminar hacia una galería lateral de la sala. Los guardias dorados los siguieron con la vista, pero no se opusieron. El rey alzó una mano en un gesto de permiso tácito.

Cuando los pasos de ambos se alejaron, Rayhem quedó frente al monarca; el murmullo de la conversación teológica de Jarben y el consejero se desvaneció tras las columnas.

El mármol negro del suelo absorbía la luz de las antorchas y el aire estaba cargado. Los soldados senicios permanecían inmóviles en los muros, armados con brillantes lanzas doradas.

Rayhem avanzó hasta quedar al pie del trono. El mármol bajo sus botas estaba frío.

El rey Altharion lo observaba desde lo alto. Sus ojos, velados y turbios, no terminaban de fijarse en él.

—Ya me han advertido de vuestras intenciones —dijo el rey—.

De vuestros sueños de conquista. —Se inclinó hacia delante con los dedos crispados en los brazos del trono—.

Los belurios no sois más que un pueblo roto.

Esclavos que lo perdieron todo. No arrancaréis las riquezas de Senicia con lamentos ni con amenazas veladas.

—Hizo una pausa. Su respiración sonó irregular—.

Mi reino no os debe nada. Lo que ocurrió en Nela-Shur pertenece a otra era.

Nosotros no tuvimos nada que ver con la conquista de Alonia.

No permitiré que descarguéis vuestra soberbia beluria sobre nuestro próspero reino.

Altharion alzó el mentón. Por un instante, su voz pareció quebrarse, no parecía nacer solo de su garganta.

—¿Qué vienes a ofrecerme, extranjero? —preguntó—. ¿O solo traes rencor envuelto en palabras?

Rayhem inclinó la cabeza y apretó con fuerza su talismán. Sintió el metal ardiente, el sol de Beluria parecía querer estallar entre sus dedos.

—No a vos, majestad. A lo que os consume —murmuró Rayhem.

Altharion se irguió. Sus pupilas se dilataron como dos pozos. Un susurro siseó en el aire, invisible, y heló la sala. Rayhem alzó la mano y la posó en la frente del monarca. Un relámpago blanco lo atravesó y la realidad se quebró en dos.

El salón desapareció.

Las columnas se diluyeron, el trono se quebró en polvo pálido y el aire perdió peso.

Rayhem quedó de pie en un páramo gris, sin horizonte ni cielo. El mundo existía solo como un eco torcido, una copia malformada de la realidad. Cada paso resonaba con retraso, el suelo dudaba antes de aceptar su presencia.

Frente a él se alzó la criatura.

Tenía forma humana, pero no lo era. La piel gris colgaba tirante sobre un cuerpo sin respiración.

Donde debía haber boca se abría un agujero negro, profundo, del que escapaban cuchicheos superpuestos, palabras sin idioma que le rozaban la mente.

Insectos brotaban de los poros y se desplazaban bajo la piel en oleadas vivas.

El pelo se alargaba en mechones que se movían como látigos impacientes.

Rayhem retrocedió un paso y el suelo crujió. Apretó la carta de su abuela contra el pecho. El papel estaba húmedo de sudor, arrugado bajo la cuerda roja.

—Tú me sostienes —murmuró—. No me sueltes ahora.

El espectro avanzó.

El terreno se abrió con un estruendo seco. Surgieron grietas a sus pies y de ellas emergieron decenas de manos huesudas que arañaban el aire. Dedos largos se cerraron sobre sus tobillos.