Los ojos de la mercenaria
El aire era pesado dentro de la tienda de Lyria.
La mesa de viaje estaba cubierta de pergaminos arrugados y el látigo de Zarhel descansaba sobre ellos, aún manchado de sangre seca.
Lyria se mantenía sentada en el catre con los ojos fijos en la daga rúnica que giraba entre sus dedos enguantados.
El anillo ennegrecido de Zarhel se intuía bajo el cuero, recordándole la mano fría de la que lo arrancó.
Desde que el rumor que lanzó contra Shuraz se convirtió en rabia desencadenada y cuchillos al viento, las noches se alargaban, llenas de culpa.
Desde la muerte de Zarhel, todo se había torcido.
Un murmullo exterior la arrancó de sus pensamientos. Era un sonido distinto a los que estaba habituada a escuchar en el campamento, parecía un rezo susurrado.
Se levantó, recogió el látigo y se lo colgó del cinto. Una punzada en el labio le recordó que se lo había partido en la pelea con Edoz, se lo tocó, chupó la sangre de la herida y corrió la cortina de su tienda.
Frente a ella acampaban los Ungidos Ciegos, una rama más radical de los Hijos de Kudram.
Las lonas negras de sus tiendas, rematadas con bordes rojos, los delataban desde lejos; era el mismo color que tenían sus túnicas.
Algunos avanzaban apoyados en bastones, mientras otros caminaban seguros, con la cabeza erguida.
Todos tenían vendas ensangrentadas donde deberían estar sus ojos.
No solían hablar, pero los dientes afilados que brillaban bajo la luz temblorosa eran más elocuentes que cualquier palabra.
Lyria sintió la garganta seca y una punzada en el labio roto. Uno de ellos se adelantó y se deslizó con pasos firmes, aunque sus cuencas estaban vacías. Alzó una mano vendada y dejó caer el interior de un saquito con polvo negro sobre un cuenco humeante. El olor a especias dulzonas llenó el aire.
—El peso de los ojos no te deja ver —dijo el Ungido con voz hueca, como salida de un pozo—. Bebe sangre negra y Kudram limpiará tu culpa.
Lyria dudó. Aún tenía la daga en la mano, por si acaso, pero a nadie parecía impresionarle. La miró y vio en ella los reflejos de su propio rostro, marcado, roto. Luego miró la mezcla oscura que burbujeaba en el cuenco.
Los ungidos rodearon la entrada de su tienda, formando un círculo silencioso. Ninguno necesitaba verla para saber qué pasaba por su cabeza.
Ella, desesperada, se llevó el cuenco a los labios. El líquido quemó su lengua y bajó por su garganta como fuego helado. Las cicatrices de sus pómulos ardieron. Por un instante creyó escuchar la voz de Zarhel que la llamaba desde algún rincón de la tienda de los Ungidos Ciegos.
Cayó de rodillas. El látigo tintineó contra el suelo.
El ungido más cercano a ella se inclinó hasta quedar frente a ella.
—A partir de ahora, dejarás de ver normal —susurró—. Desde hoy, te asomas al abismo con nosotros.
La oscuridad la envolvió.
El murmullo del campamento se apagaba al borde de la tienda de mando, entre las esteras quebradizas y el resplandor irregular de las lámparas de aceite. Sobre la mesa había mapas de Arresia y del Bosque Sagrado extendidos.
Los consejeros se habían reunido en un círculo irregular. El príncipe Belbarozh permanecía sentado a un lado, más delgado que nunca, con la mirada hundida. No habló ni intentó ocupar el asiento central.
El Profeta entró sin avisar, su túnica oscura apenas rozó las esteras. Tras él avanzó Lyria. El sombrero de ala ancha ocultaba sus cicatrices, pero no los ojos hundidos ni la sombra bajo sus pómulos. Llevaba el látigo enroscado en su cinto.
Ante su presencia se hizo un silencio incómodo en la sala.
—La mercenaria —susurró alguien entre dientes.
Lyria se detuvo junto al Profeta, erguida, y se quitó el sombrero para mostrar las marcas de su rostro. El resplandor rojizo del aceite recorrió sus cicatrices.
Anara apretó los dientes y se levantó. Tras ella, en un segundo plano, estaba Sairah, siempre alerta.
—Lyria… tú eras libre. Nadie te obligó a servir a los Hijos de Kudram.
—Ahora soy libre —respondió ella mientras sostenía su mirada sin pestañear—. Libre de dudas, libre de falsos líderes.
Belbarozh levantó la vista, pero no emitió palabra. Su mano tembló sobre la rodilla, la piel aún amoratada tras días postrado. La euforia de la otra noche se le había pasado cuando volvieron los dolores y con ellos la desgana de nuevo.
El Profeta abrió los brazos con gesto solemne.
—Todos somos libres de elegir a nuestro dios, Anara —dijo el Profeta a la suma sacerdotisa—, incluso de rectificar y cambiar de altar si lo consideramos oportuno.
Anara permaneció callada sin saber qué responder y evitó la mirada de Lyria.
—La calma del bosque nos engaña —siguió el Profeta en voz baja—. Los arreshim esperan su momento para atacar. Estudian nuestras debilidades.
Shuraz golpeó la mesa con el puño. Los mapas se desperdigaron por el suelo.
—¡No intentes meternos miedo! Estuve ante el Señor de la Guerra arreshim y me dio su palabra de que se retirarían de nuestro camino. A pesar de las bajas, la misión de reconocimiento fue un éxito.
El Profeta ladeó la cabeza.
—¿Éxito? No hay victoria en un bosque que conspira contra nosotros. Avanzamos hacia el ojo de la tormenta mientras desde las ramas nos observan.
Shuraz se inclinó hacia delante, sus ojos azules miraron a los blancos del Profeta.
—Si dudas de mi palabra, mírame y atrévete a decírmelo a la cara.
El aire se volvió espeso. Varios consejeros se removieron en sus asientos.
Lyria agarró el mango del látigo, avanzó un paso y se colocó entre ambos.
—Cierra la boca, Shuraz —dijo con voz áspera—. El Profeta no necesita demostrar nada.
Shuraz ladeó la cabeza, sorprendido.
—¿Tú lo defiendes, traidora? ¿Una mercenaria vendida a cualquiera que le llene la bolsa?
Lyria desató el látigo, dejó que el cuero se deslizara hasta el suelo y agarró la empuñadura de su daga con la mano izquierda.
—Me vendí a la verdad, no a tus glorias de soldado en el bando alonio.
El silencio ardió. Belbarozh apretó los puños sobre la tela de su túnica, sin intervenir. Anara dio un paso hacia delante, con el rostro endurecido.
—¡Basta! —exclamó con dureza—. El Consejo no es para acusarnos unos a otros.
La lámpara más cercana parpadeó y casi se apagó. Por un segundo, las sombras cubrieron el rostro del Profeta. Sus dientes blancos aparecieron en una sonrisa breve, apenas perceptible.
Nadie lo vio salvo Lyria y su respiración se aceleró; era una señal invisible. Estaban en el mismo barco y todo iba viento en popa a toda vela.
El cuero del látigo de Lyria rozaba el suelo cuando Shuraz se inclinó hacia ella, los músculos de su robusto cuello se tensaron.
—Ni el Profeta ni tú sabréis nunca lo que significa proteger este éxodo.
El Profeta no retrocedió. Su sombra se alargó sobre la mesa y cubrió los mapas.
—Hablas de protección, pero aquí tus victorias junto al ejército de Alonia son espejismos. El bosque arreshim no se inclinará ante tu espada oscura.
El murmullo de los consejeros se alzó como un enjambre. Unos exigían escuchar al príncipe, otros reclamaban la voz de Anara y otros guardaban silencio, hipnotizados por la presencia de Lyria junto al Profeta.
La tensión estuvo a punto de romperse. Shuraz alzó la mano hacia su espada a su espalda y varios hombres se levantaron de golpe.
En ese instante, una voz grave, cargada de años, cortó el aire.
—¡Basta!
El Sacerdote Mayor, cubierto con una sencilla túnica azul y dorada, avanzó con paso firme. Su báculo de madera golpeó las esteras que cubrían el suelo y el ruido impuso silencio. Se situó entre Shuraz y el Profeta y miró primero a uno, luego al otro.
—El Consejo no es un campo de batalla. Si aquí se derrama sangre, el éxodo se perderá antes de llegar a Nela-Shur.
Todos guardaron silencio cuando el príncipe Belbarozh se incorporó. Sus manos temblaban, pero a pesar de todo, cogió fuerzas y quiso intervenir.
—Como sabéis, ahora mismo, el Consejo… no me pertenece, ni quiero que me pertenezca —dijo con voz clara y se detuvo un instante para respirar hondo mientras miraba a su prima—.
Anara guiará el Consejo del Éxodo, y ninguno de nosotros —alzó la voz—, ninguno, decidirá nada en su contra… , y menos con un arma en la mano.
El eco de sus palabras pareció apagar incluso las lámparas. Shuraz apartó la mano de su espada y dio un paso atrás. Lyria recogió el látigo, pero no retiró los ojos del comandante.
—Que reine la calma… por ahora —añadió con suavidad el Profeta con una sutil sonrisa.
El Sacerdote Mayor bajó la vista, inquieto y se sentó junto al príncipe, que retrocedió de nuevo a descansar en la oscuridad.
Una tensa calma siguió al silencio hasta finalizar el Consejo.
Las antorchas clavadas en el suelo proyectaban círculos de luz sobre la entrada de la tienda de mando. Guardias con corazas brillantes vigilaban aferrados a sus lanzas. Más allá, el murmullo del campamento parecía lejano, ahogado por la espesura del bosque.
Anara salió de la tienda y respiró el aire fresco. Llevaba una capucha que le ocultaba parte del rostro, pero el cansancio se dibujaba en sus ojos. A un paso la seguían Sairah y Sangre. Buscó a Lyria, quería hablar con ella y aclararlo todo.
La mercenaria estaba allí, apoyada en un poste. Su sombrero negro le ocultaba media cara, aunque sus cicatrices brillaban bajo la llama de las antorchas.
—Quiero hablar contigo, Lyria —dijo Anara, preocupada.
—¿Para qué? Sustituyes rápido a tus amistades —soltó la mercenaria con voz seca—. Viste que yo no podía ser tu guardiana y has tardado poco en buscar otra sombra para que te siga.
Anara bajó la mirada un instante. A su espalda, Sairah se adelantó un paso con su vara y Sangre gruñó enseñando los colmillos.
—No es mi sombra, es un apoyo. Tú también puedes serlo. Cuantos más seamos, mejor —respondió Anara.
Lyria arqueó las cejas y dejó caer la mano sobre el látigo.
—Claro. Ahora cuentas con la Sin Dios para que guarde tu espalda. ¿No podías esperarme?
Sairah escupió al suelo y sonrió provocativa.
—Puedo enseñarte cuál es la diferencia, si quieres probar, perra desfigurada.
No esperó respuesta. La vara paró en el aire un latigazo que iba directo hacia la cara de Sairah, que aprovechó la inercia y lanzó un golpe directo al pecho de su atacante.
Lyria giró la cadera y desvió el golpe con su daga en la mano izquierda, el metal runado silbó y atrapó la madera unos instantes.
Sairah soltó la vara con una mano y avanzó con el puño cerrado, que chocó contra el pómulo marcado de Lyria. La mercenaria retrocedió del golpe, blandió la daga y cortó el aire en diagonal. El filo rozó el antebrazo de Sairah y le provocó un pequeño rasguño.
Sangre saltó hacia Lyria, dispuesto a morderle el cuello.
—¡Sangre, no! —gritó Anara asustada.
Sairah alzó la vara, golpeó el suelo y detuvo al animal en medio del salto, desviándose para acabar en el suelo tras Lyria, que lo vio pasar como un rayo rojo.
Lyria aprovechó la distracción y lanzó el látigo hacia los tobillos de su rival. Sairah perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Rodó por el suelo, recuperó la vara y la levantó justo a tiempo para bloquear el corte descendente de la daga de Lyria.
Anara se adelantó, se interpuso entre las dos y empujó a ambas con los brazos extendidos.
—¡Basta! —su voz quebró el silencio. Sangre gruñó, miró a Sairah y retrocedió al ver su gesto inmóvil.
Lyria respiraba con dificultad. Clavó sus ojos enrojecidos en Anara.
—Este no es el camino —insistió la suma sacerdotisa—. Cerca de Kudram solo acabarás más perdida.
La mercenaria recogió el látigo con un chasquido brusco y dio un paso atrás.
—Este es el único camino que me queda. Para ti he muerto. Créeme, será mejor así.
Anara extendió la mano, pero la retiró al ver cómo Lyria se alejaba entre las sombras de las antorchas. Su pecho se oprimió debido a la pérdida de quien consideraba una amiga.
Sairah bajó la vara y miró a Anara.
—¿Quieres que la siga?
—No —susurró ella con la mirada fija en la oscuridad—. Déjala ir. Creo que la hemos perdido.
El bosque se tragó la figura de Lyria y con ella, la esperanza de recuperarla.
Las tiendas de los Ungidos Ciegos se alzaban apartadas, como un enjambre de sombras vivientes. Lonas negras, reforzadas con remiendos rojos, formaban corredores estrechos donde el silencio pesaba más que la oscuridad. El suelo estaba cubierto de telas manchadas y húmedas.
Lyria apartó un velo sucio y entró en una de las tiendas. Dentro, un cuenco humeaba sobre brasas azules. Junto a él, un ungido sin ojos removía la mezcla con un palo chamuscado, mientras los demás permanecían inmóviles, vendados, como estatuas vivas.
Lyria se quitó los guantes y dejó caer el contenido de un pequeño saquito, un polvo negro, espeso como la ceniza, a un cuenco de cerámica con algo dentro. Al tocar el líquido, la superficie burbujeó y el aire se llenó de un aroma dulzón, cargado de especias.
Se inclinó, tomó el cuenco y bebió. El líquido quemó su lengua y bajó por la garganta como fuego helado. Su cuerpo se arqueó, pero no soltó el cuenco. Cuando lo dejó caer, los sonidos de la tienda se deformaron, transformados en ecos alargados y huecos.
Las cicatrices de sus mejillas ardían. El anillo ennegrecido de Zarhel en su dedo pareció brillar bajo una luz que no venía de ninguna lámpara. Y entonces, lo oyó.
Una voz surgió desde un fuego azul que danzaba en su visión, aunque no había brasas frente a ella.
—Eres mía, Lyria. Kudram abre tus ojos donde otros solo ven muerte.
Ella tembló, pero la voz la sostuvo.
—Me han dejado sola. Zarhel está muerto. Yo también.
El fuego azul ardió en su mente y de él brotó la silueta difusa del Profeta, recortada contra un horizonte imposible.
—Quizá estés muerta para ellos, pero estás bien viva para mí. Yo, con la ayuda de Kudram, te haré una leyenda. Te recordarán en todo el Mundo Antiguo y más allá. Solo déjate guiar.
El cuenco se resquebrajó en el suelo, pero Lyria ya no lo veía. El polvo negro la arrastró a un lejano lugar, donde las voces se entrelazaban con la promesa de poder y olvido.
Fuera, los Ungidos Ciegos guardaban silencio, esperando que renaciera de nuevo entre ellos.