Las piezas de la Jauría
El éxodo se arrastraba bajo las ramas enmarañadas del bosque. Las ruedas de los carros, pesados por las provisiones, hundían sus radios en la tierra húmeda y arrancaban chirridos que se mezclaban con el bramido lejano de los animales ocultos.
Una vez acampados, entre los claros de hogueras y tiendas remendadas, Edoz avanzaba con las manos enlazadas en la espalda, como un noble que paseaba entre súbditos invisibles.
Sus ojos, sin embargo, no se posaban en víveres ni en espadas melladas. Buscaban otra clase de tesoro.
—Ya tengo garras y colmillos —murmuró para sí—. Ahora necesito cerebro, ojos y cadenas.
Los gemelos Vael y Kael lo seguían a unos pasos, balanceándose al compás con su pelo blanco.
No necesitaba mirar atrás; sentía cómo lo imitaban, hombro con hombro, siempre en espejo.
Se había acostumbrado a ese eco. Rompehuesos, el gigante al que había liberado del Carro Rojo, probablemente dormía la borrachera en algún agujero.
Los tres iban a dar un buen espectáculo, eso no lo dudaba, pero aún quedaban detalles por abordar.
Una ráfaga de viento apagó un candil y los dejó a oscuras unos segundos.
Al recuperarse la luz, Edoz fijó su atención en el gentío.
El éxodo entero era una jaula rebosante: mercenarios ansiosos de pan, desertores de milicias extranjeras, jugadores, rateros con manos rápidas y hasta lumbreras venidos a menos que negociaban tanto con pergaminos como con manzanas.
Era un mercado humano. Solo había que saber qué y cómo comprar.
El sudor se olía a distancia y los gritos secos se filtraban entre las lonas de los carros. Edoz siguió el sonido hasta un claro donde dos mercenarios descargaban troncos de un carro, uno tras otro, bajo las risas de un grupo de exploradores aburridos.
El más alto, un hombretón de pecho ancho y melena negra, levantó un tronco entero y lo lanzó al suelo con un rugido. El impacto levantó tierra y piedras. Los curiosos aplaudieron.
Con una enorme sonrisa, Edoz se abrió paso entre ellos.
—El entretenimiento es pobre, pero supongo que no hay nada mejor que hacer —dijo a los curiosos pero nadie le hizo caso.
Las carcajadas se apagaron. El mercenario más grande lo miró con el ceño fruncido y escupió al suelo, a un palmo de sus botas relucientes.
Edoz no se movió. Solo dejó que su mano rozara la empuñadura de una de sus dagas. La extrajo despacio, la giró entre los dedos y la dejó caer en el barro, a la vista de todos.
—Si quieres oro, tendrás que demostrar que no solo sabes levantar madera.
El hombre soltó un bufido y se lanzó como un toro desbocado. Sus brazos buscaban rodear a Edoz y aplastarlo como a una uva madura.
Edoz dio un paso lateral y el hombretón pasó de largo. Con un giro preciso, le colocó la rodilla en la espalda y lo empujó contra la tierra húmeda. El mercenario soltó un gruñido ahogado.
El público gritó y se apartó, formando un círculo. El hombre intentó incorporarse, pero Edoz ya había recuperado la daga del suelo. La hoja, sucia de barro, rozó la nuca del caído.
—¿Quieres pan? —susurró Edoz—. Hay muchos que lo dan. ¿Quieres ganar oro por meter miedo? Eso solo lo doy yo.
El mercenario gruñó, con el rostro hundido en la tierra. Sus músculos tensos temblaban bajo el peso que lo mantenía sujeto.
Edoz presionó un poco la hoja contra su piel, lo justo para dejarle sentir el filo.
—Me gustas. Desde hoy, trabajas para mí.
El derrotado masculló una maldición, pero no se atrevió a moverse. Al fin, asintió con un gesto corto, derrotado y humillado ante todos.
Edoz se incorporó y limpió la hoja contra la camisa del hombre.
—Levántate. —Su voz fue un látigo seco—. No vuelvas a escupir cerca de mis botas.
El círculo de curiosos estalló en murmullos. El mercenario se puso en pie, jadeante, con la mirada baja. Edoz le palmeó el hombro como a un perro obediente y se alejó sin mirar atrás.
Otra pieza de su Jauría ya estaba en su sitio.
La taberna rodante del Templo Belurio apestaba a vino barato.
Las mesas improvisadas crujían bajo la algarabía de soldados y demás belurios que bebían para olvidar.
En un rincón, rodeado por un corro de niños y algunos mendigos, un muchacho de pelo claro se erguía sobre un banco; mostraba cicatrices en los brazos bajo la tenue luz de una lámpara.
—Y entonces, con un solo tajo, hice huir a tres ogros —exclamó, levantando el brazo blandiendo una espada invisible—. Ninguno volvió a mirarme a la cara.
Los pequeños aplaudieron, fascinados. Un viejo borracho resopló incrédulo, pero el joven siguió con su voz teatral, disfrutando de la atención.
Edoz se acercó sin prisa y apartó un taburete con el pie. Su sonrisa apenas rozaba los labios.
—Bonito cuento. Lástima que nadie te crea.
El joven se detuvo con los ojos encendidos.
—¿Y a mí qué me importa lo que crean? Mientras me escuchen…
El murmullo del lugar se apagó cuando Edoz dejó caer una bolsa de cobre sobre la mesa más cercana. El tintineo fue como un golpe de campana.
—La fama no se busca a gritos. Se compra. —Con un gesto lento, empujó la bolsa hacia él—. En mi Jauría tendrás un público de verdad. Solo deberás sobrevivir.
El muchacho bajó del banco, se inclinó y tomó las monedas con una rapidez que delató su ambición. Guardó la bolsa bajo el cinturón y lo miró directo a los ojos.
—¿Y si no sobrevivo?
—Entonces, serás una leyenda —respondió Edoz con voz grave.
El joven sonrió, satisfecho. No había duda: había mordido el anzuelo.
El suelo del pasillo entre los carros de grano estaba lleno de paja húmeda.
Edoz caminó con cuidado hasta el lugar donde un soldado le esperaba.
Tenía la mano sobre la empuñadura de su espada.
La luz de una lámpara de aceite recortó la impaciencia en su rostro; su mandíbula apretada e intensos ojos de color ceniza.
—Buenas noches —saludó Edoz en voz baja—. Me han dicho que tus dedos conocen más sacos de los que figuran en las cuentas.
El hombre enrojeció y tensó los hombros.
—Mentira.
Edoz extrajo del interior de su capa un pergamino doblado. Lo desplegó con la calma de quien ofrece veneno en una copa de plata. El nombre escrito en tinta negra se clavó en la cara del soldado como un cuchillo.
—Merek —murmuró Edoz—. Ese nombre viaja rápido cuando alguien lo escribe en los papeles correctos.
Merek tragó saliva y la mano apretó más fuerte la empuñadura. La carta le había propinado un golpe seco en el pecho mayor que cualquier martillo de guerra.
Edoz acercó el pergamino al brasero y lo dejó rozar con la llama.
—Cuando el príncipe reciba esto, no te despedirán; te colgarán —le aseguró Edoz sin elevar la voz—. O trabajas para mí, o te juro que mañana tu cuerpo será olvidado en medio del bosque para que te coman los arreshim. Tú eliges.
El soldado inclinó la cabeza. Un hilo de sudor recorrió su sien. Miró a la hoguera, luego a las dagas que brillaban en el cinto de Edoz, y por último a la puerta del campamento, por donde pasaban los oficiales.
—Haré lo que pides —accedió Merek al fin—. Pero no traicionaré a quien confía en mí.
Edoz acercó el pergamino chamuscado a la llama. Las letras ardieron y comenzaron a consumirse. Luego sonrió con calma y Merek respiró aliviado.
—No te pediré nada que no puedas soportar —le aseguró—. Solo mantén los ojos abiertos y la boca cerrada.
La superficie de la tienda dejaba pasar un resplandor rojizo de brasas apagadas.
Por el suelo había charcos de vino derramado y manchas de tinta.
Edoz apartó el cortinaje con un gesto y entró.
Los dos guardias que vigilaban la tienda se tensaron, con las manos sobre sus hachas, pero Edoz ni los miró y su fama le permitió el paso.
Sus ojos se fijaron en un hombre que jugaba con tablillas de madera y cuentas ennegrecidas.
La barba entrecana le caía enmarañada sobre el pecho. Sus dedos estaban salpicados de tinta, más acostumbrados al cálculo que a la espada.
—Tú llevarás mis cuentas —anunció Edoz mientras le miraba.
El viejo levantó la mirada sin inmutarse.
—No trabajo gratis.
Edoz dejó caer unas monedas de plata sobre la mesa. El tintineo se apagó entre las tablillas. El contable apartó la ofrenda con el dorso de la mano.
—Esto apenas compra mi silencio. No soy solo un contable, soy un inversor; además de mi paga, quiero mi pedazo de pastel.
Entonces, con un movimiento lento, el contable colocó un saquito sobre el tablero. El peso lo hizo crujir. El oro jersa brilló con un destello que atrapó la luz de la lámpara.
Los ojos de Edoz se estrecharon.
—¿Me pagas para trabajar conmigo? Interesante.
El hombre alzó el mentón.
—El oro jersa vale más que la vida. Invertiré en tu negocio. Si tú ganas, yo gano el doble. Si tú caes, pierdo lo invertido y me quedo con las sobras. Así que cada moneda será como parte de mi sangre.
Edoz soltó una carcajada breve, que retumbó en la tienda. Le extendió la mano.
—Bienvenido a la Jauría.
El viejo la estrechó sin titubeos. Detrás, los mercenarios relajaron los hombros y en aquel instante, Edoz supo que había encontrado no a un contable, sino al guardián de su fortuna.
Entro a la tienda. El murmullo de los nuevos invitados quedó ahogado y la noche lo recibió con un silencio espeso. El bosque había tragado los últimos reflejos del día; ramas torcidas cerraban el cielo y las brasas de los fuegos apenas arañaban la oscuridad.
A cada paso, Edoz repasaba mentalmente sus nuevas piezas: el bruto obediente, el joven que vendería su alma por un aplauso, el ladrón amordazado por la culpa y el contable que escondía oro de reyes. No eran soldados ni guerreros. Eran armas, y él las había elegido para sus fines.
Se detuvo al pie de un árbol nudoso. Las raíces se hundían como garras en la tierra húmeda. Alzó la vista hacia la bóveda de ramas entrecruzadas.
—Ahora empieza el verdadero juego —susurró.
Un crujido lo interrumpió. No provenía de los fuegos del campamento, sino de la espesura, más allá de donde llegaba la vista. Un segundo chasquido, luego un tercero, como pasos calculados que buscaban acercarse sin ser descubiertos.
Edoz apoyó la mano sobre la empuñadura de Ansia, su daga. La hoja pareció latir bajo el paño hechizado, ansiosa, casi viva.
—¿Quién anda ahí? —susurró.
El viento agitó las ramas y, por un instante, juraría haber visto una silueta delgada entre los troncos. Un anciano, o quizá la sombra de uno, inmóvil, con los ojos encendidos en la penumbra.
La figura se desvaneció sin hacer ruido.
Edoz frunció el ceño. La sonrisa que había lucido toda la tarde desapareció.