El eco de la bruja
La caravana avanzaba por el Bosque Sagrado desde hacía días. Los carros crujían entre raíces húmedas y la niebla les cubría como un velo interminable. El éxodo se sentía atrapado en un mundo ajeno, donde ni el amanecer ni el ocaso parecían cambiar nada.
El Carro Rojo destacaba entre la hilera de vehículos.
La prisión móvil del éxodo se alzaba sobre sus ruedas reforzadas con hierro.
Dentro había varias jaulas ennegrecidas con fuego.
Cerraduras dobles, trampilla trasera y cadenas lo convertían en una máquina de castigo más que en un transporte.
El olor a sangre impregnaba la madera y recordaba que su propósito no era solo encerrar a los culpables, sino también infundir temor.
Su estructura de hierro se bamboleaba con cada bache, y dentro, cuatro desgraciados famélicos se removían encadenados.
La entrada al bosque había removido los nidos de ratas, y por suerte. estos cuatro habían sido apresados por el bien de todos.
Perin, con su gorro de cuero calado y sus pies descalzos, caminaba junto al carro, atento a que las ruedas enormes no lo aplastaran. Cada tanto golpeaba la pared metálica con el extremo de su lanza.
—¿Seguís ahí? —gruñó Perin.
Los presos murmuraron insultos que respondieron a su pregunta.
Dos soldados de la Guardia del Éxodo flanqueaban el carro. Las puntas de sus lanzas brillaban bajo la humedad del follaje.
—¿Cuánto tiempo más van a estar encerrados? —preguntó uno.
Perin escupió al suelo.
—Lo justo. Shuraz ordenó que se pudran aquí unos días.
Edoz apareció entre la columna de viajeros. Su fragancia, dulce y ajena al bosque, contrastaba con el hedor del carro. Se detuvo junto a Perin.
—Veo que el negocio funciona. ¿Qué han hecho? —preguntó Edoz con sus ojos oscuros fijos en el carro.
—Han robado. Algún que otro asalto con armas. Nada que merezca el filo de una espada —respondió uno de los guardias.
Edoz se inclinó un poco y observó la puerta blindada.
Una punzada recorrió su interior, un rugido que no nació de su garganta, sino de lo más profundo de su pecho. Se imaginó entrar en el carro, sentir la daga en su mano, callar cada grito con un tajo y matarlos a todos. El instinto lo arrastraba hacia allí, feroz, como una bestia que exigía sangre.
Avanzó un paso y agarró el pomo de la puerta.
—No merece la pena —dijo Perin con las llaves ya en la mano. Narel revoloteaba invisible a su lado. A ojos de los demás, parecía que hablaba solo.
—¿Y quién decide qué merece la pena? —murmuró Edoz, sin apartar la mirada del carro.
Perin no se movió.
—Shuraz. Y a él le basta con que se aprendan la lección. Si los tocas, será peor para ti.
Edoz apretó la mandíbula. El rugido seguía allí, golpeaba su pecho como un tambor lejano. Las cicatrices le ardían, pero se dio la vuelta. Caminó despacio entre los carros con las dagas en ambas manos bajo la capa.
Al alejarse, un dolor punzante lo atravesó, seco y afilado. Nadie lo oyó, pero dentro de su cabeza algo había despertado y no se callaría con facilidad.
Cuando Edoz se alejó, Perin sintió que las rodillas le fallaban.
Se dejó caer junto a las ruedas ennegrecidas de hierro frío ahora a un palmo de su cara.
El aire le pesaba en los pulmones. Podía haber muerto bajo sus dagas, una sola chispa y Edoz lo habría abierto como a un lechón para la cena.
Edoz era ahora su dirigente. Un embajador, un espía del futuro rey de Beluria, un verdugo de la Torre Roja de Alonia. ¿Cómo se había atrevido?
Las lágrimas le corrían por la cara sin que intentara ocultarlas. Se quitó el gorro de cuero y lo estrujó con fuerza.
Una sombra se sentó a su lado. Era Narel, que lo observaba sin pestañear. Su hábito raído tenía manchas secas de sangre. Sus ojos apagados no contenían odio ni dolor, solo un vacío infantil.
Perin alzó la vista y no rehuyó aquella mirada hueca de su amigo el fantasma.
—No estoy hecho para esto —murmuró Perin con la voz rota.
El espíritu inclinó la cabeza; el tajo en su cuello era tan ancho que ningún acero podría haberlo hecho. Un hilo oscuro seguía allí, la herida se negaba a cerrarse incluso en la muerte.
Perin extendió la mano hacia el aire. Narel se inclinó y posó sus dedos espectrales en su palma sucia y sudorosa. Estaba frío, muy frío, pero Perin no llegaba a sentir su tacto.
—Aguanta —susurró la voz del espectro.
Los soldados de la guardia que escoltaban el carro lo encontraron allí, arrodillado, con la mano alzada hacia la nada. Se miraron entre ellos sin saber qué hacer.
—Levanta, guardián. Tu carro no se cuida solo —espetó uno de ellos.
Lo cogieron de los brazos y lo obligaron a incorporarse. Ninguno preguntó por las lágrimas que caían por su cara. Ninguno quiso saber a quién había ofrecido la mano. Lo compadecieron en silencio, convencidos de que seguramente lo había tocado la locura.
El Carro Rojo aguardaba tras él, monstruoso. Perin tragó saliva y se dejó arrastrar de vuelta a su puesto. Narel caminaba a su lado, invisible para todos, con los ojos vacíos fijos en él. Siempre estaba a su lado, y eso Perin lo agradecía.
La lona de la tienda de Anara ondeaba bajo el aire húmedo del bosque. Edoz se detuvo en la entrada, apoyó una mano en el mástil y respiró hondo. La sangre de sus venas aún le hervía; un cosquilleo le recorrió los dedos. Sus botas relucían bajo la luz de las antorchas.
Un roce en su hombro lo arrancó de su trance. Era Sairah. Llevaba el pelo suelto y su piel morena olía a tierra.
—Otra vez con esa mirada —susurró mientras sus labios rozaban la oreja de Edoz.
Él apartó la lona y entraron juntos. Suerte que Anara estaba dormida. Dentro, el silencio era denso. Edoz se dejó caer sobre un cojín. Con la mano derecha apretaba aún la empuñadura de una de sus dagas enfundada en el cinto.
—Hay noches que no hay forma de que las voces se callen. Sobre todo, si huelen la posibilidad de sangre…
Sairah se arrodilló frente a él, cogió su cara con ambas manos y lo obligó a mirarla. Los ojos de Edoz eran oscuros y parecían no tener fondo.
—No me hables de dagas y de voces. Si quieres calma, yo te la daré.
Se inclinó y lo besó. El ardor que lo consumía se apagó en un instante, ahogado bajo el peso de su cuerpo, enredados entre las mantas. El jadeo de Edoz se quebró al fin. Cerró los ojos, dejó que las voces se hundieran en un rincón oscuro, acalladas por ella.
Cuando salió de la tienda, la noche parecía distinta. El aire no le pesaba. Sairah se quedó dentro, tumbada con una sonrisa satisfecha y un repentino dolor de cabeza a cambio de su extraordinaria labor de bálsamo.
Edoz caminó entre los árboles hasta un claro donde tres sombras lo aguardaban.
Los gemelos pelirrojos lo recibieron con sonrisas inquietantes; sus cuchillos oxidados en sus cintos brillaban con el fuego cercano.
La niña de corte a navaja permanecía apartada y observaba sin pestañear, igual que un ave carroñera al acecho.
—Ratas mías —saludó Edoz con voz quebrada aún por el esfuerzo—, hay un trabajo nuevo. Algo importante.
Los gemelos se acercaron primero.
—¿A quién hay que rajar? —preguntó uno.
—Esta vez no se trata de sangre, sino de una búsqueda.
Nuestros sacerdotes belurios han perdido una reliquia.
El Bastón de los Antiguos Soberanos. Debería estar a buen recaudo, junto a las demás reliquias del Templo, es más valiosa que cien vidas.
Quiero que olfateéis, que husmeéis en las sombras del campamento. Nadie debe saber que somos nosotros.
—¿Y si la tiene alguien del Consejo? —preguntó la niña.
—Entonces, tendremos que ser más astutos que ellos —respondió Edoz mientras sonreía con sus dientes blancos bajo la penumbra.
El silencio los rodeó, roto solo por el murmullo del bosque. Un búho ululó a lo lejos. Edoz miró a cada uno a los ojos.
—Traedme la reliquia.
Las tres figuras asintieron y se dispersaron en la oscuridad, rápidas y mudas. Edoz se quedó solo, apoyado contra un tronco. Cerró los ojos. Aún podía sentir el calor de Sairah en su piel. Se tocó el pecho y todo estaba tranquilo en su interior.
Se escuchaban golpes de troncos partidos hasta abrirlos en astillas y el afilar de sus espadas y lanzas.
Las hogueras del campamento de la guardia se apagaban lentamente, mientras un resplandor rojizo bañaba los rostros endurecidos de los soldados.
Nadie hablaba demasiado, allí el silencio pesaba más que las armas.
Un murmullo rompió la quietud. Varios guardias alzaron la vista cuando una figura menuda atravesó la hilera de lanzas clavadas en la tierra. Era Anara. Su túnica blanca contrastaba con la piel manchada de los guerreros. Bajaban la mirada y se apartaban para dejarle paso.
Shuraz estaba sentado sobre un tronco, sin armadura, mostrando sus musculosos brazos marcados por cicatrices antiguas. Al verla, se puso en pie de inmediato.
—No esperaba tu visita —dijo Shuraz con una sonrisa nerviosa.
—Yo tampoco —respondió Anara y alzó un poco la barbilla—, pero dicen que los hombres que viven de la guerra necesitan recordar que aún existe algo más allá de ella.
Él le ofreció el asiento. Ella lo rechazó con un gesto leve y caminaron iluminados por las brasas de las hogueras. Los ojos de los soldados los seguían sin disimulo.
—Echo de menos a Rayhem y a Jarben —reconoció Anara nostálgica mientras clavaba la vista en el humo—. Espero que Senicia no los engulla.
Shuraz frunció el ceño.
—Son fuertes. Además, Brak va con ellos —respondió Shuraz—. Recuerda que es mi mejor hombre. Volverán.
—Que Bel-Hur te oiga —añadió Anara con miedo.
Se detuvo junto a una pequeña hoguera; los ojos verdes de ella brillaron con el reflejo de las brasas. Shuraz la observó callado; la menuda tabernera que conoció hacía una eternidad parecía otra mujer, más firme, más dueña de sí misma.
—He visto hombres caer sin fuerzas, soldados rendirse al cansancio. —Anara tomó un carbón con un palo y lo movió sobre la ceniza—. Y aun así, cuando me cruzo con ellos me miran con esperanza y me llaman guía del éxodo. No sé si merezco semejante honor.
Shuraz le quitó el palo de las manos, jugando con ella, lo dejó caer al fuego y la miró a los ojos.
—Claro que lo mereces. Ellos no siguen un título, siguen a alguien en quien creen, y yo también.
El silencio se colocó entre ambos. Ella apartó la vista, sonrojada por primera vez en mucho tiempo.
En ese cruce de miradas, ambos se guardaron una chispa que ninguno de los dos quiso apagar.
—Quédate esta noche —susurró Shuraz a su oído—. No como guía del éxodo. Como Anara.
—Quizá vuelva mañana —respondió ella mientras acariciaba su mano.
Anara se incorporó y caminó hacia la salida del campamento. Las lanzas en la tierra parecieron inclinarse a su paso. Shuraz la siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció en la penumbra.