El Salón de las Cadenas
El hierro de los cerrojos se abrió con un chillido. Dos guardias de rostro pétreo hicieron sonar las lanzas contra las rejas.
—Arriba, perros belurios. La corte os reclama.
Rayhem levantó la mirada de la piedra donde estaba sentado, que apestaba a meados.
La luz de las antorchas arrancaba destellos en sus ojos oscuros.
A su lado, Jarben lo observaba con la mandíbula tensa.
Brak, encadenado a la pared, se alzó con dificultad; las argollas en sus muñecas lo arrastraban al suelo de nuevo a cada intento de levantarse.
—Soltadlo —gruñó Rayhem.
—Tu capitán caminará a tu lado solo si se le permite —respondió uno de los guardias.
El preso zarego, encorvado en la penumbra, soltó una carcajada rota.
—Ah, la Corte de los Custodios… —entonó con voz cantarina—. Juzgan como chacales hambrientos, mastican huesos humanos y escupen reyes caídos.
Les habían confiscado las armas, pero Azniel se había escondido el estilete de escritura en la manga.
Si se lo pillaban, podía costarle la vida.
Recogió sus tablillas y se aseguró de que el estilete seguía bien disimulado.
Danna lo ayudó a levantarse. Estaba muerta de miedo, tenía claro el destino de una mujer joven como ella si no estuviera arropada por la embajada de Rayhem.
En una celda contigua, los soldados de la compañía disfrutaban de la misma hospitalidad. Abrieron las puertas de ambas celdas y los sacaron a todos, incluido al capitán Brak, al que soltaron de los grilletes de la pared.
Los condujeron por pasillos húmedos e infestados de ratas hasta un portón de bronce que se abrió ante ellos y el olor a incienso sustituyó al de podredumbre.
Las puertas de metal chirriaron al abrirse, y el Salón de las Cadenas los recibió con un eco frío.
Era un lugar más limpio, pero igual de descorazonador.
Del techo colgaban decenas de grilletes oscilantes que tintineaban al menor soplo de aire.
Las paredes húmedas guardaban marcas de óxido.
El suelo, de losas agrietadas, parecía un altar al sufrimiento.
El silencio pesaba como el plomo. Allí, los Custodios aguardaban sentados en semicírculo.
Eran hombres y mujeres envueltos en túnicas oscuras, cada uno con un collar de hierro que sonaba al moverse.
Sobre ellos, desde un púlpito elevado, colgaba un emblema con el cuadrado ardiente de la bandera del reino de Senicia.
Uno de los Custodios, de barba afilada e inquietos ojos negros, se inclinó hacia delante.
—Estos son los belurios de los que tanto se habla. No parecen más que mercaderes con escolta.
Las risas retumbaron. Otro golpeó la mesa con una vara.
—¿Traéis algo que valga la pena o solo vuestra soberbia?
Rayhem dio un paso al frente.
—Soy Rayhem, sacerdote de Bel-Hur y Embajador belurio. Traigo la palabra de Beluria, un pacto que puede enriquecer a Senicia y evitar guerras. He venido a hablar con vuestro rey.
El murmullo se tornó en una carcajada conjunta.
—El rey no se rebaja a hablar con fantasmas de reinos caídos en desgracia —replicó uno de los Custodios con voz áspera.
Jarben se adelantó un paso.
—Si vuestro rey nos rechaza sin escucharnos, ¿qué reputación os quedará? ¿Qué dirán las ciudades rivales cuando sepan que Senicia teme hablar con Beluria?
Las sonrisas se borraron por un instante. El Custodio de barba afilada y mirada inquietante se inclinó de nuevo.
—Interesante. Tú debes de ser el consejero del embajador…
—El mismo —asintió Jarben, orgulloso.
—Dejaremos que el rey decida si os aplasta en persona. Tendréis una audiencia, pero hasta entonces, encadenad al guerrero.
Dos guardias se abalanzaron sobre Brak. El capitán se revolvió, lanzó un puñetazo y uno cayó de bruces con la nariz rota. El segundo recibió un cabezazo que lo desequilibró. La sala estalló en gritos.
Azniel intentó interponerse.
—¡Azniel! —gritó Danna, temerosa de que alguna estocada perdida acabara con el escriba.
Pero pronto intervinieron más soldados senicios para mantener el orden.
Golpearon a Brak con las culatas de sus lanzas, lo obligaron a arrodillarse y le cargaron nuevas cadenas al cuello, a los brazos y a las piernas, hasta que ya casi no podía alzarse.
La frente le sangraba del maltrato y aun así, miró al embajador.
—No cedas, Rayhem —alcanzó a decir antes de desplomarse.
Los Custodios rieron otra vez.
—Vuestra audiencia será hoy. Quizá el último día de vuestras vidas.
Los guardias arrastraron a Brak y la compañía entera fue conducida hacia nuevas celdas bajo el salón.
Solo permitieron la entrada a Rayhem, en calidad de embajador, y a Jarben, como su consejero. Las lanzas cruzadas se alzaron a su paso y luego se abrieron con un golpe seco contra el suelo.
Rayhem avanzó erguido entre los dos guardias de armaduras doradas. Cada paso resonó en la sala, hueco, solemne. Jarben caminó a su lado, en silencio, con la mirada baja.
—No esperes justicia —murmuró Jarben sin girar la cabeza—. Hoy solo buscan culpables.
Rayhem mantuvo el rostro firme.
—Entonces, les daré palabras que no puedan ignorar.
Los guardias se detuvieron al final del corredor. La puerta del trono aguardaba abierta, y tras ella se extendía una sombra larga, densa, que parecía tragarse la luz. Rayhem cruzó el umbral sin vacilar, aunque el peso de la derrota caminaba con ellos, pegado a los talones.