Sombras en el bosque
El frío húmedo calaba hasta los huesos. El éxodo se adentraba en El Bosque Sagrado de Arresia como un nuevo afluente que descubría nuevos senderos jamás andados por los belurios.
Los carros se quedaban atascados en las raíces nudosas y los animales se resistían a avanzar bajo las ramas que oscurecían la luz.
Anara avanzaba sobre Bela y su manto bordado se movía al compás.
A cada tropiezo de la columna, alzaba la mano y los belurios contenían la queja.
Había ordenado que no se talaran más árboles de los indispensables.
Cada rama cortada se retiraba con respeto, cada piedra removida se volvía a colocar en su lugar.
El bosque era sagrado, ella lo respetaba y nadie osaba discutirlo.
A su lado caminaba Sairah, vara en mano, mientras Sangre seguía su sombra. El animal husmeaba el aire, indiferente al murmullo de cientos de pasos y voces.
—Iban a matarse entre ellos —dijo Sairah, mientras apartaba con la vara unas zarzas que bloqueaban el sendero—. Pero alzaste la voz y paraste la guerra antes de que empezara. Cualquiera no lo hubiera logrado.
Anara bajó la mirada al muñeco de madera que llevaba sujeto al cinto, tosco pero firme, con su pequeña espada negra tallada. Lo acarició con la yema del pulgar.
—A veces siento que sostengo demasiado peso. La paz del campamento, la fe de los belurios… Este muñeco, incluso. Fue de un niño no humano que nunca conoceré. Pasó de sus manos a las de Shuraz y de las de Shuraz, a las mías. ¿Y si soy solo eso? Un puente, Sairah…
Sairah sonrió y tensó el tatuaje de su mejilla.
—Un puente se sostiene y comunica dos partes que de otro modo sería difícil de hacer. Que lo seas no te hace menos valiosa.
El ratón albino se agitó en su jaula, colgada de la silla de Bela. Un destello de luz salió de su pequeño cuerpo y se apagó enseguida. Anara lo observó, luego volvió los ojos a Sairah.
—Y tú, ¿qué tal con Edoz? ¿Lo has vuelto a ver?
El ojo verde y el otro color miel de Sairah se clavaron en ella antes de contestar.
—Lo veo, sí. Y lo empiezo a conocer más de lo que debería. Está entretenido con unas peleas que está montando. Al príncipe parece que le gusta la idea. Es como un niño con juguetes nuevos. También está en contacto continuo con sus ratas.
—¿Ratas? —preguntó Anara.
—Las de Zarhel. Ahora siguen a Edoz. Niños andrajosos de ojos hambrientos. Seguro que has visto alguno por el campamento. Crecen a su sombra y él se divierte en un juego que solo él entiende.
El bosque pareció cerrarse sobre ellas, las ramas entrelazadas formaban un techo cada vez más espeso. Los rezos apagados de los belurios se confundían con el graznido de los cuervos.
Anara apretó el muñeco de madera con fuerza.
—¿Un puente, has dicho? Ojalá no sea hacia un abismo.
El lobo rojo levantó la cabeza y las miró para después husmear algo en el suelo.
El claro se abría entre los troncos altos de los árboles como un descanso que el bosque concedía a los viajeros.
Allí manaba un hilo de agua fresca que corría hasta formar un estanque estrecho.
Los belurios se acercaban con cautela, algunos hundían las manos en el agua y bebían con ansia, otros se mojaban la cara y reían al comprobar que era potable.
Alrededor, ardillas grises con ojos que parecían contener chispas de luz observaban desde las ramas.
No hacían nada, solo se limitaban a curiosear.
Edoz estaba sentado sobre una piedra, con su capa roja recogida a un lado y una pipa entre los dedos. Exhalaba una nube azulada que se deshacía en el aire. Anara se acercó con su manto blanco manchado de barro en los bajos, pero con la frente erguida bajo la corona dorada.
—¿Por qué fumas? —le preguntó ella a Edoz.
—Me relaja. —Edoz aspiró de nuevo, con gesto despreocupado—. Hay demasiados peligros en este bosque. Necesito espantarlos con humo.
Anara lo observó unos instantes, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros. Después se sentó frente a él, mientras Bela pastaba a un lado. Sairah había ido a descansar.
—Y tus ratas… ¿han encontrado algo interesante?
—Ah, mis pequeños —sonrió—. Ya te han hablado de ellos. Pues sí. Hurgan donde nadie quiere meter las narices. Me traen rumores sobre Shuraz, sobre Kudram. Hasta ahora, nada jugoso. El comandante está limpio. Puede que la ponzoña venga de alguien cercano al Profeta.
Anara frunció el ceño.
—¿Tienes pruebas?
—No. —Edoz apartó la pipa y dejó que la ceniza cayera sobre la piedra—. Solo palabras. Las palabras no bastan, lo sé. Pero a mí me valen.
—A mí no me valen —susurró Anara—. No quiero sembrar más dudas en el campamento, ni en el Consejo.
—Ese cabrón se lo ha montado bien —dijo Edoz con desprecio—, ha metido la cabeza en el Consejo y tiene un rebaño de borregos vestidos de negro detrás. Más nos vale echarle un ojo y no darle la espalda…
Anara asintió pensativa. Tenía que darle la razón a Edoz, el Profeta nunca había olido demasiado bien y cada vez era más difícil dejarle al margen.
Un silencio se coló entre ambos, roto por las carcajadas de niños que chapoteaban en el agua. El ratón albino, que seguía en su jaula, sobre Bela, chisporroteó con un destello tenue.
—Tus ratas también buscan luchadores —añadió Anara en voz baja.
—Sí que estás bien informada… —se admiró Edoz con los ojos entrecerrados—. Necesito que se ganen el pan —jugueteó de mano en mano con uno de sus puñales—. El príncipe me ha dado margen y pienso aprovecharlo.
Anara lo miró con calma.
—Entonces, hazme un favor. Manda a tus ratas tras otra pista.
—¿Qué pista?
—La reliquia robada. Necesitamos encontrarla cuanto antes.
Edoz levantó la vista hacia las ramas, donde las ardillas oscuras de ojos luminosos los observaban. La sonrisa volvió a su rostro.
—Así será, mi señora regente del éxodo. Ellas la buscarán. Pero recuerda, suma sacerdotisa, cuando mis ratas entran en una alcantarilla, nunca vuelven con las manos limpias.
Anara posó la mano sobre el muñeco de madera que llevaba en el cinto.
—No me importa lo sucias que vuelvan. Solo quiero la verdad.
El agua clara continuó su curso, pero las ardillas en las ramas dejaron de moverse, parecían haber entendido las palabras de la pareja.
La hoguera iluminaba un círculo estrecho, lo justo para que los símbolos arreshim pintados con sangre se retorcieran en las paredes del agujero excavado toscamente bajo tierra.
El Profeta dio los últimos pasos en aquel suelo de barro tan inestable y respiró el olor a cobre. Llevaba el grimorio bien agarrado contra su costado. La cubierta de hierro devolvió el reflejo rojizo del fuego.
—Guardad silencio. Kudram os escucha.
Las voces de los Hijos de Kudram callaron al instante.
Torbu se adelantó con un cuenco humeante.
El brazo derecho aún lo llevaba entablillado bajo la túnica, la mandíbula mal encajada le obligaba a mover la boca con cuidado al respirar y el ojo izquierdo seguía hinchado y violáceo.
Caminaba despacio, sostenido más por los ungüentos y tratamientos de los Ungidos Ciegos que por la fuerza que le quedaba, pero aun así no se detuvo.
—Sangre fresca para alimentarlo —dijo Torbu mientras bajaba su maltrecha mirada.
El Profeta hundió los ojos en el cuenco y sonrió. Sus labios finos se curvaron. Tomó la sangre, la probó, la saboreó y vertió el resto sobre el cuerpo desnudo cosido en canal que yacía en el altar de piedra. El intenso hedor llenó la madriguera.
En el interior del cadáver elegido, junto a sus costillas, estaba el Bastón de los Antiguos Soberanos, reliquia beluria ahora corrupta por Kudram.
Un temblor recorrió el cadáver.
—No debería alzarse, es carne muerta —murmuró uno de ellos.
El Profeta abrió el grimorio. Las letras escritas en rojo comenzaron a brillar como carbones ardientes.
—Xorhez… levántate. —Su voz seca, cortó el aire.
Las páginas ardieron desde dentro y una luz fría se derramó sobre el altar. El cuerpo convulsionó, sus huesos crujieron y la boca se abrió en un grito sin sonido. La sangre vertida bulló con violencia.
De pronto, el cadáver se arqueó y el poder del bastón iluminó su interior de color rojo. Sus ojos vacíos se encendieron en blanco y un aliento putrefacto salió de su garganta.
Los sacerdotes retrocedieron contra las paredes. Uno dejó caer el incensario.
El Profeta rio despacio.
—Hijo de la condena… Heraldo de Kudram… serás mi puño ejecutor.
Xorhez se incorporó entre espasmos; los hilos de sutura colgaban todavía de su pecho cosido. Su sombra cubrió a los hombres, y el fuego titubeó.
—Alimentadlo —ordenó el Profeta.
Dos prisioneros fueron arrastrados hasta el altar. La criatura extendió sus dedos huesudos. El primero gritó cuando la garra le atravesó el cuello. La sangre manó en un chorro oscuro, absorbido por la carne reanimada, que no desperdició ni una gota.
Un silencio denso invadió el agujero. Solo se oía el sorber húmedo del Heraldo al beber, mientras ahogaba al segundo con sus garras para dar buena cuenta de él después.
El Profeta cerró el grimorio y lo abrazó contra su pecho. Sus ojos blancos brillaron en la penumbra.
—Pronto marcharemos entre las sombras del bosque, y cuando los belurios crean tener esperanza, Xorhez se alzará.
La criatura levantó el rostro ensangrentado. Sus labios muertos esbozaron una mueca difícil de traducir.
El fuego se apagó de golpe.
Xorhez soltó al segundo prisionero, ya vacío. El cuerpo cayó como un saco contra el suelo de tierra, junto al otro. La criatura ladeó la cabeza; la sangre aún chorreaba de su mandíbula. El Profeta alzó su huesuda mano.
—Basta.
El Heraldo se detuvo al instante y quedó inmóvil. Respiró hondo, aspiró la pestilencia del lugar y luego dobló las rodillas con movimientos torpes.
—Descansa hasta que yo lo ordene.
Los ojos blancos de Xorhez parpadearon, un pestañeo lento que parecía dolerle. Con un gruñido, se arrastró hacia un rincón de la madriguera, donde una gran caja reforzada con hierro aguardaba abierta. Dentro, pieles endurecidas con grasa de animal formaban un lecho macabro.
El monstruo se tendió allí, los hilos negros de su pecho brillaban aún bajo la luz roja mortecina. El bastón, incrustado en el interior de su torso, palpitaba, mientras su verdadero corazón estaba muerto e inmóvil.
Uno de los Hijos de Kudram tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de él.
—Duerme… como un animal en su jaula.
El Profeta cerró la caja a distancia, con un gesto lento de sus dedos. El chirrido del hierro arañó los oídos de todos.
—Un animal, sí… Pero cuando despierte, no habrá guerrero, bosque ni dios que lo detenga.
El silencio volvió a reinar en la madriguera. Solo quedó el rumor sordo de la respiración del Heraldo, dentro de la siniestra caja, oculta en la oscuridad.
Minutos después, el Profeta supervisó cómo varios Ungidos Ciegos, guiados por Torbu, arrastraban la caja hasta su carro de pertenencias. Las ruedas crujieron bajo el peso anormal de la caja. El hierro ennegrecido reflejaba la luz de las antorchas en destellos rojos.
El carro parecía un simple depósito de telas, libros y utensilios, pero entre los fardos, la caja ocupaba el centro, cubierta por mantos oscuros que amortiguaban su sonido. Nadie debía sospechar lo que dormía allí dentro.
El Heraldo descansaba, inmóvil. Cada tanto, un golpe sordo retumbaba en el interior o un eco de su respiración profunda. Los ungidos se miraban de reojo cada vez que el hierro vibraba, pero ninguno osaba hablar.
El Profeta apoyó una mano en la tapa.
—Duerme, hijo mío. Pronto llegará tu momento —murmuró satisfecho y tapó la caja con los mantos.
El carro se unió a la marcha del éxodo y avanzó entre la multitud de almas cansadas. Nadie imaginaba que junto a ellos, sobre aquellas ruedas que chirriaban en la tierra húmeda del bosque, viajaba el secreto más oscuro de Kudram.