La Llamada Carmesí
Las raíces colgaban desde lo alto de la cámara abovedada y entre ellas ardían brasas verdes incrustadas en calaveras. El aire sabía a óxido.
En el centro, Kharzug aguardaba. El Señor de la Guerra, cubierto de cicatrices, recostaba su corpachón sobre el trono formado por vértebras y cráneos aún frescos. Sus ojos incandescentes recorrían la sala y juzgaban a cada guerrero presente.
A su señal, los tambores de guerra retumbaron desde las galerías. Bakthar apareció primero, con su lanza sobre el hombro y la armadura hecha de restos enemigos que tintineaba a cada paso. Se arrodilló sin apartar los ojos de su señor.
Tras él llegó Gogor, el Hechicero Negro. La piel verde oscura brillaba a la luz azul de los hongos y sus dedos manchados de ceniza acariciaban el lomo de un grimorio encuadernado en cuero reseco. Sus ojos rojos parecían brasas listas para consumir la piedra misma.
Alrededor, doce encapuchados del Círculo Carmesí formaban un anillo.
Sus túnicas púrpuras estaban manchadas con símbolos trazados en sangre, y cada uno portaba un cuchillo de obsidiana sujeto a la palma con sogas hechas de tendones.
Murmuraban en la lengua antigua de los arreshim; sus voces graves parecían el rugido de un enjambre.
Kharzug se incorporó del trono. El hacha de doble filo brilló con la enfermiza luz.
—Hoy despertaremos al señor bajo la piedra. Hoy, Arresia respirará su furia.
Su voz recorrió las bóvedas como un trueno apagado. Los encapuchados clavaron sus cuchillos en el suelo y respondieron con un cántico que hizo vibrar las paredes.
Un grupo de soldados entró en la cámara y arrastró un carro.
Encima se amontonaban decenas de cuerpos de arreshim recién muertos, aún calientes, algunos con las bocas abiertas en un rictus adquirido en combate.
El carro se detuvo frente al arco de raíces que conducía a los túneles prohibidos.
La sangre goteaba por las ruedas y dejaba huellas carmesí en el suelo.
Bakthar levantó la lanza y escupió al suelo.
—Tus muertos, Kharzug. Tus hijos. ¿De verdad el Durmiente los merece?
Gogor lo atravesó con la mirada.
—La sangre de los suyos lo llama más rápido que la de los esclavos —dijo con una mueca encorvada—. Si dudas, explorador, que tu carne y tu sangre sirva en su lugar.
Bakthar apretó la lanza con rabia pero no contestó.
Kharzug dio un paso hacia el carro, hundió la mano en el montón de cadáveres y la levantó manchada hasta el codo.
—Ellos dieron su vida antes de que yo se lo pidiera. Sabían lo que vendría. Cada gota los acerca más al amanecer del dios Gundar.
Los soldados empujaron el carro hacia el túnel. El chirrido de las ruedas sobre la piedra acompañó el cántico de los encapuchados que se elevó en un clamor de voces desgarradas.
Gogor extendió el grimorio sobre un altar de huesos. Las páginas rezumaban símbolos vivos, y al rozarlos con las uñas ennegrecidas, estos sangraron sobre la piedra.
El Hechicero Negro alzó los brazos hacia la entrada oscura.
—El camino está preparado y los sacrificios esperan. El Durmiente abrirá los ojos.
Kharzug levantó el hacha hacia los arreshim presentes.
—¡Alzad vuestras lanzas! El ejército aguarda sobre nuestras cabezas. Cuando nuestro dios Gundar regrese, verá a sus hijos listos para entregarle el mundo.
Un rugido grave y profundo recorrió la cámara. Los cadáveres fueron empujados al interior y desaparecieron bajo la tierra húmeda.
El círculo de encapuchados rompió el canto con un alarido único, un grito que desgarró la piedra y apagó la luz de los hongos, sumiendo todo en la oscuridad.
El silencio que siguió fue peor que cualquier estruendo.