Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Silencio y rumores en Arresia
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Silencio y rumores en Arresia

El éxodo se abrió paso entre los árboles altos, donde la luz apenas se filtraba en hebras verdes. El bosque parecía tragarse los sonidos: los cascos de los caballos apenas resonaban y no se escuchaba ni a un pájaro.

Shuraz cabalgaba al frente sobre Luthar. El aire humedecía su armadura y la hacía brillar. Miraba a sus hombres, todos estaban alerta con sus lanzas bajas y los escudos colgados a sus espaldas.

Un soldado rompió el silencio.

—Comandante, no se escuchan los grillos. Esto no es normal.

—Los arreshim llaman a este lugar el Bosque Sagrado —respondió Shuraz sin apartar la vista del camino—. Vete a saber qué clase de magia habrán hecho. No olvidéis dónde estáis.

Los guardias intercambiaron miradas nerviosas.

—Si los árboles nos vigilan, prefiero que me vean armado —repuso uno de ellos con una sonrisa nerviosa.

Algunos rieron, pero la risa se esfumó rápido; la corteza de los árboles parecía haberla absorbido.

Shuraz avanzaba al frente de la columna, y con cada paso dejaba atrás un murmullo distinto. No venía de sus soldados, venía de los demás.

Miradas rápidas, evitadas en cuanto levantaba la vista; rostros que se apartaban con brusquedad.

Un niño tiró del brazo de su madre al verlo y ella lo escondió detrás de su capa sin disimulo.

Las palabras flotaban entre los carros como moscas venenosas: traidor, Hijo de Kudram, servidor de las sombras…

Nunca lo pronunciaban cerca, nadie tenía el valor de plantarse ante él y decirle lo que pensaba, nadie osaría jamás.

Shuraz sí que lo escuchaba. Cada palabra infame le dejaba un arañazo invisible dentro del pecho. Se mantuvo firme, siempre con la cabeza alta y los hombros rectos. No podía permitirse un solo temblor, un error suyo, una chispa, y todo el éxodo ardería en el acto.

Seguía adelante sin alterar el paso, aunque la desconfianza se movía a su alrededor igual que un enjambre dispuesto a picarle en cuanto mostrara una grieta.

Un joven soldado se acercó a él.

—Mi señor —susurró nervioso—, tú siempre serás el León de Beluria.

El que cortó la cabeza a Kandash en la plaza de Alonia y nos dio esperanza a todos.

Sin ti, no seríamos libres. No hagas caso de esos rumores.

El pueblo belurio confía en ti, y si no lo hace ahora, lo hará cuando nos guíes a todos hasta Nela-Shur.

Shuraz inclinó la cabeza para agradecer sus palabras y sintió una bocanada de energía que le hizo sonreír. Sus hombres aún lo apoyaban, y para él, eso bastaba.

Las filas avanzaron un tramo más. Las ruedas de los carros rechinaban, pero todo lo demás seguía mudo. Ni viento, ni insectos, ni ramas rotas por animales. Shuraz alzó el puño y la columna se detuvo.

—¿Lo escucháis? —preguntó.

Nadie contestó. Todos comprendieron lo mismo: no había nada que escuchar.

Un veterano escupió al suelo.

—Ni en los pantanos de Alonia vi tanto silencio. Esto huele a trampa.

Shuraz tensó las riendas y observó las copas altas que cerraban el cielo.

—Los arreshim cumplirán su palabra —dijo Shuraz a sus hombres.

Luthar se agitó asustado. Shuraz alzó su mano, señaló al frente y clavó la vista en la espesura, cuando todo sonido animal volvió a la normalidad y con él la respiración de muchos de los guardias del éxodo a las órdenes de Shuraz.

—Seguimos —ordenó con voz firme para que todos lo escucharan—. Nadie se separa, nadie baja la guardia. Continuamos todos juntos, las vidas de nuestras familias dependen de nosotros.

La columna volvió a moverse, lenta, y ahora con el rumor del miedo entre los hombres.

A cada paso que avanzaban, Shuraz sentía que las raíces bajo el suelo se entrelazaban no solo con la tierra, sino con el destino del éxodo entero.

Parecía que el bosque los había aceptado en su interior.

Aun así, la vuelta del sonido no le tranquilizó.

La tienda de Edoz olía a sudor. La lona verde filtraba la luz de las hogueras en tonos rojizos. Fuera, el murmullo del campamento se apagaba poco a poco en aquel bosque tan tenebroso.

Edoz estaba tumbado, con la camisa abierta y las botas aún calzadas. Sairah, desnuda, tenía apoyado el bastón contra el catre y yacía a su lado. Sangre dormía hecho un ovillo a los pies de la cama.

Edoz sonrió.

—Así que me acuesto con la guardia personal de la suma sacerdotisa, nada menos. Me conformo con que me deje robarte alguna noche.

Sairah le dio un golpe suave en el pecho.

—¡Cállate, embaucador! No soy de nadie, ni de ella, ni tuya.

—Y aun así, la proteges con más celo que Shuraz y las espadas de la Guardia del Éxodo —replicó Edoz mientras jugueteaba con un mechón de su pelo.

Sairah no contestó. Se acomodó boca arriba, con la mirada perdida en el techo.

—Shuraz se cree dueño del mundo —murmuró—. No soporto su arrogancia. Algún día, alguien lo bajará del caballo.

Edoz soltó una carcajada suave.

—Podrías ser tú… o quizá mis ratas.

Ella giró la cabeza.

—¿Tus ratas?

Edoz levantó la copa de madera que descansaba en el suelo.

—Las de Zarhel. Ahora me siguen a mí. Les pago con pan, vino y algunas monedas. Me traen rumores y ahora mismo buscan luchadores para mi Jauría.

—¿Tu circo de sangre? —ironizó Sairah.

—Mi negocio —corrigió Edoz con una media sonrisa—. Seguí tu consejo. Hablé con el príncipe, me ha dado permiso y de paso me ha encargado de rebote del Carro Rojo.

Sairah se incorporó un poco y apoyó el codo sobre su pecho.

—¿Te ha hecho carcelero del éxodo?

—Exacto. Nada que no haya hecho antes en la Torre Roja. No puedo desprenderme de la sangre y el dolor.

Hubo silencio entre ellos.

—Un bardo pondrá música a mis combates, Kalthis —añadió Edoz sonriente—, ¿te lo imaginas? Los dos lobos blancos contra el Rompehuesos, un mar de gritos, miembros rotos, apuestas y salpicaduras de sangre por todos lados…

Miró el vacío mientras soñaba despierto.

Sairah le lanzó una manta encima.

—Soñador. ¿Y qué harás cuando se cansen de tus juegos y empiecen a culparte de algo?

Edoz bajó la voz.

—Para eso están mis ratas. Si quiero pruebas o verificar rumores, ellas me hacen el trabajo. ¿Shuraz sirve a Kudram? Lo sabremos si Bel-Hur quiere…

Sairah se tensó en silencio. Pasó los dedos por la gran cicatriz negra del pecho de Edoz. El murmullo que lo acosaba se apagó. A su lado, el silencio volvía a existir, o eso creyó él.

—¿Que tal el solitario de tu padre? —preguntó Edoz.

En ese momento cayó un manto de silencio incómodo entre ellos.

Ella lo miró.

—Soy mía —respondió muy seria con los ojos llorosos.

El lobo se despertó, alzó la cabeza y movió las orejas. Edoz la abrazó, consciente de que había tocado un tema espinoso.

Las lonas de las tiendas y los carros de los sanadores se agitaban con cada ráfaga húmeda que atravesaba el bosque. Imperaba un aroma áspero a hierbas medicinales.

Belbarozh estaba sentado en un camastro con el rostro pálido y los labios resecos.

Su pierna izquierda no respondía, igual que el brazo del mismo lado.

El bastón descansaba en su lado derecho, apoyado contra la manta arrugada.

Un escriba menudo tomaba nota de cada palabra que salía de su boca.

Su pluma rascaba sobre el pergamino iluminado con lámparas de aceite que derramaban una luz dorada sobre las mesas de madera cubiertas de utensilios de cura.

—Anota esto —ordenó el príncipe sin levantar la mirada—: Bel-Hur quiso que me sanaran las manos de Anara, pero el destino que me aguarda es incierto.

El escriba inclinó la cabeza y continuó su tarea.

Se escucharon unas sandalias sobre el suelo de tierra. El Sacerdote Mayor entró, apoyado en un báculo con incrustaciones de bronce. Su túnica blanca estaba manchada de ungüentos, pero su porte no había perdido autoridad.

—Alteza —murmuró con voz firme—, ¿cuánto tiempo más seguirá dictando sus memorias como si fueran su epitafio?

Belbarozh cansado, lo miró de reojo.

—Si no las escribo yo, otros lo harán. Y entonces hablarían de un príncipe quebrado. Prefiero ser yo quien elija mis últimas palabras.

El anciano se acercó, apartó la mesa del escriba con un gesto y se sentó frente a él.

—No sois un hombre acabado, Belbarozh. Ha sobrevivido a un veneno que debía haberle matado. Bel-Hur le ha dejado marcado, sí, pero no para enterrarle, sino para ponerle en otro lugar.

El príncipe respiró hondo, miró su mano inerte sobre el regazo.

—¿Qué lugar puede ocupar un rey que apenas puede caminar y solo puede alzar su espada con la diestra?

—El de dar las órdenes mientras otros las ejecutan —respondió orgulloso el Sacerdote Mayor—.

El de mantener al pueblo unido mientras avanzamos hacia Nela-Shur.

Anara lidera la marcha, pero no puede cargar ella sola con la fe y con la política.

Es demasiado peso sobre sus hombros. Vos sois la sangre de Beluria, el rostro de un reino que aún respira. Sois su futuro.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. El escriba, inseguro, miró al príncipe y esperó una señal.

Belbarozh cogió el bastón, lo alzó y  golpeó con él contra el suelo.

—Basta de escribir derrotas —dijo al muchacho—. ¡Quema ese pergamino! Si mi historia sigue, la contará el futuro, no tu pluma.

El Sacerdote Mayor sonrió satisfecho.

—Al fin lo entendéis. No necesitáis sentir la pierna ni el brazo para reinar. Solo necesitáis que vuestro corazón siga vivo y que vuestra voz sea escuchada. Vuestro pueblo la espera con impaciencia.

El príncipe cerró los ojos, suspiró y se dejó caer contra el respaldo del camastro. La lámpara frente a él parpadeó. No era la figura de un hombre enfermo, sino la de un rey orgulloso sentado en su trono.

La capa roja de Edoz rozaba la piedra húmeda mientras avanzaba hacia el fondo de la cueva con la antorcha en la mano. Hacía frío y el suelo era de barro. Se detuvo y cerró los ojos mientras la antorcha iluminaba su entorno, una cueva no muy profunda en pleno Bosque Sagrado.

El recuerdo de quien mató a su familia lo asaltó otra vez. Iba y venía como un fantasma sin avisar.

El verdugo estaba entre las llamas, su armadura negra reflejaba destellos rojos y dorados.

En el peto, el emblema de Alonia ardía con cada fogonazo de luz.

El casco se abrió y vio su cara con claridad: arrugas en la frente, labios apretados con rabia y ojeras bajo los ojos.

Edoz lo vio en su recuerdo con la claridad de un dibujo marcado a fuego que no podía borrar.

Un murmullo lo devolvió al presente y abrió los ojos.

—Ya estamos aquí.

Un grupo de sombras entró en tropel. Eran niños flacos, con harapos por ropas y miradas demasiado mayores para su edad.

Casi todos tenían los pies descalzos y manchados de barro.

Estaban acostumbrados a ir sin zapatos, incluso en las peores circunstancias.

Tenían armas manejables escondidas bajo las ropas, la mayoría cuchillos o dagas en las mangas, y el brillo ansioso de quienes sabían que dependían de su supervivencia.

La más pequeña, de rostro anguloso y pelo cortado a navaja, se adelantó.

—Hicimos lo que nos pediste —dijo.

Edoz se inclinó y dejó que la luz de la antorcha le iluminara solo media cara.

—¿Y bien? —preguntó el Señor de las ratas.

—Shuraz no sirve al dios Kudram —escupió un muchacho conocido como Diente roto—. Aún lo llaman hijo de Bel-Hur. Sus hombres morirían por él, y ellos lo conocen bien. Nada de lo que dicen es verdad.

—¿Nada? —Edoz tamborileó con los dedos sobre una roca cercana.

El chico negó con la cabeza con los ojos fijos en el suelo.

—Los rumores empezaron en las tiendas cercanas a la del Profeta. Alguien de los suyos los soltó. Lo juro.

Edoz se movió despacio, su silueta se alargó contra la pared de la cueva. Se acercó al niño y le levantó la barbilla con un dedo.

—No jures a la ligera. De lo que veas, créete solo la mitad, y de lo que no veas, no te creas nada.

El chico tragó saliva. Edoz sonrió y se apartó.

—Entonces, Shuraz está limpio y el Profeta juega su propia partida.

Las ratas se miraron entre sí, inquietas.

—¿Quieres que devolvamos el rumor con la información real? —preguntó uno de los gemelos pelirrojos.

Edoz lo miró.

—No. Dejad que crezca. Un rumor no se combate, se alimenta hasta que revela quién le da de comer.

Las ratas guardaron silencio. El fuego de la antorcha parpadeó en sus tatuajes improvisados y las cicatrices mal curadas.

Fuera, un cuerno resonó entre los árboles. Las ratas se estremecieron. Edoz sonrió con frialdad.

—Marchaos. Vigilad al Profeta. Y traedme más.

Las figuras se escabulleron absorbidos por la oscuridad.

Edoz se quedó solo en la cueva y, al cabo de unos segundos, volvió a ver la cara del verdugo de Alonia entre las sombras.

—Un día, ese rostro volverá a sangrar —susurró mientras apoyaba la frente contra la roca helada de una gran estalagmita.

Apretó los dientes; tal vez aquel hombre ya había muerto.

Pero mientras respirara, Edoz lo buscaría.