Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Hospitalidad senicia #2
64%

Hospitalidad senicia #2

Escoltaron a la comitiva hacia un callejón oscuro. Esta parte de la ciudad olía a aceite. Las puertas se cerraban tras su paso y al doblar una esquina, encontraron una hilera de soldados.

Los empujaron escaleras abajo, bajo una trampilla de hierro. Los guardias iluminaban con antorchas y la humedad los golpeó como una losa. El suelo estaba cubierto de ratas que se escabullían entre charcos negruzcos.

—Esto no tiene sentido. —Rayhem trató de recuperar la compostura, aunque la rabia vibraba en su voz—. Alguien debe escucharnos.

Un guardia golpeó la reja del calabozo y la puerta se cerró con estrépito.

Los encarcelaron a todos sin miramientos.

En el silencio posterior, una voz desconocida resonó en la oscuridad. Provenía del fondo de la celda contigua.

—Bienvenidos a Tyrio. Disfrutad de la hospitalidad de sus gentes.

Las antorchas se alejaron y dejaron a los belurios a oscuras.

El calabozo de Tyrio apestaba a humedad. Las ratas no temían acercarse a los recién llegados y los olisqueaban en busca de comida. Las antorchas de los guardias se habían apagado al cerrar la reja, y el silencio pesaba… hasta que una risa rota retumbó desde la celda contigua.

—¡Ah, invitados! —exclamó una voz grave—. Bienvenidos al Palacio de los Sapos Reales. Cuidado con pisar las alfombras.

Jarben se golpeó la frente con la mano.

—Nos ha tocado compartir mazmorra con un poeta.

El embajador Rayhem intentó mantener la compostura, aunque el barro de la celda le llegaba casi hasta los tobillos.

—¿Quién habla?

—¡Yo! —la figura se arrastró hasta las rejas y mostró un rostro cubierto de mugre con ojos desorbitados—. Soy el ilustre embajador zarego, representante de tres reyes, dos piratas y una cabra con corona.

Danna ahogó una carcajada y Azniel, que intentaba escribir a oscuras, se inclinó para escuchar mejor.

—¿Un emisario de las Islas Zaregas?

—El mismo —respondió el tipo con un gesto solemne mientras se rascaba la cabeza con una costilla de rata—. Me enviaron con honores y aquí estoy, alimentado a pan duro y agua con sabor a pies.

Brak bufó y se dejó caer contra la pared.

—Seguro que lo encerraron por pesado.

El prisionero acercó aún más la cara entre los barrotes, tan cerca que Jarben retrocedió un paso.

—¿Habéis visto la estatua? En la plaza central —susurró con dramatismo—. La diosa del comercio, Senith, que sonríe sin boca. Le arrancaron la cara a mordiscos.

—¿Mordiscos? —preguntó Danna.

—¡Sí! —El zarego agitó los brazos—. Criaturas que viven bajo las piedras. Tienen colmillos, yo lo vi con mis propios ojos. Aunque tal vez estaba borracho, no estoy seguro.

Rayhem suspiró.

—No podemos confiar en las palabras de un…

—¡Shhh! —El prisionero lo interrumpió y se llevó un dedo a los labios ennegrecidos—. Las paredes escuchan. Y los charcos también. Sobre todo los charcos.

Jarben no pudo evitar reírse.

—Rayhem, al menos tenemos algo de diversión.

El zarego se puso de pie y levantó la costilla de rata como si fuera un cetro.

—Ahora sois mis invitados. Os nombro caballeros de mi reino de mierda. ¡Que se arrodillen las ratas y callen los guardias!

Una rata chilló en el rincón, en respuesta a la orden.

Azniel dejó de escribir y murmuró para sí:

—Esto no se lo va a creer nadie.

La noche en Tyrio se alzaba con un silencio quebrado por el rumor lejano de los mercados que morían y las patrullas que cruzaban las calles adoquinadas.

Valcara se movía entre las sombras, cubierta con la capa oscura pegada al cuerpo y el pelo recogido para no llamar la atención.

La ciudad nunca dormía del todo, y aún de noche, ojos curiosos podían vender información por unas monedas.

En una oscura taberna de puerto, en un rincón, tras un par de vasos compartidos con un marinero demasiado locuaz, escuchó el rumor que buscaba:

—Otro trago, amiga, y te cuento lo que nadie debería repetir en voz alta —balbuceó el marinero, y la jarra tembló entre sus dedos.

—Bebe y habla —replicó Valcara al inclinarse hacia él.

—Al embajador de esos odiosos belurios y a su séquito… Nadie los ha visto y aún no han tenido audiencia con el rey.

—¿Qué insinúas?

El marinero bajó la voz, con los labios casi pegados al borde de la jarra.

—No busques en las calles —murmuró el marinero y señaló hacia abajo—. Si quieres encontrarlos, mira hacia abajo. Bajo Tyrio hay túneles, húmedos y oscuros. Mazmorras interminables…

Valcara salió de allí sin despedirse, el rumor ya clavado en su cabeza.

Caminó con paso rápido hacia el barrio viejo, donde la roca de la colina se abría con puertas enrejadas y torres de guardia que parecían vigilar incluso a la luna.

No sabía qué haría al encontrarlos, ni qué palabras usaría si un centinela la detenía.

Solo necesitaba comprobarlo con sus propios ojos, asegurarse de que seguían respirando.

Se detuvo frente a un portón de hierro ennegrecido.

Dos antorchas clavadas en los muros iluminaban un arco que descendía a las entrañas de la ciudad.

El hedor a humedad y hierro oxidado emergía desde la oscuridad.

Valcara apoyó la mano sobre la piedra fría y escuchó.

Un gemido, débil, perdido en las profundidades, le respondió.

El camino estaba ante ella. Ahora debía decidir si bastaba con mirar, o si se atrevería a bajar.