Hospitalidad senicia
Las laderas del reino de Senicia se abrían bajo un cielo sembrado de estrellas. Valcara avanzaba sola, siempre detrás de la Compañía del Embajador. Sus pasos no dejaban huella en la grava húmeda del camino. Solo la noche le permitía moverse con libertad.
Los pueblos que cruzaba respiraban calma.
Desde las rendijas de las casas se escapaban destellos de hogueras, y a veces oía risas apagadas, el llanto de un niño o el canto borracho de algún marinero rezagado.
La nostalgia le apretó el pecho. En otra vida, quizá ella habría formado parte de esa cotidianidad. Ahora, solo la oscuridad la acogía.
Cuando llegó a los Desfiladeros Negros, el camino estaba bloqueado por un derrumbe. Rocas enormes se amontonaban como gigantes dormidos. El aire olía a polvo reciente. Valcara observó con los ojos brillantes en la penumbra.
—No os habéis quedado aquí… —susurró mientras sus dedos rozaban la empuñadura de la espada.
Había dos posibilidades: o la compañía había sido sepultada, o habían logrado avanzar hacia Tyrio de forma subterránea. Confió en los suyos y apostó por lo segundo. Rodearía el derrumbe y los alcanzaría más adelante.
La noche la recibió de nuevo. Sus sentidos, agudizados, captaban cada crujido de ramas, cada respiración de los animales escondidos. Fue entonces cuando el olor a sudor se mezcló con el viento.
—Mira lo que tenemos aquí —gruñó un hombre que salió de entre las piedras. Dos más lo siguieron, con espadas cortas en las manos.
—Una viajera solitaria. Y con una espada mejor que las nuestras.
Valcara no se movió. Sus ojos verdes sondearon a los tres.
—Apartaos —advirtió con voz baja.
Los hombres rieron. El primero lanzó un tajo torpe hacia ella.
Valcara giró la muñeca y detuvo el filo con su espada; el choque metálico retumbó en la garganta del desfiladero.
Con la otra mano, sacó las garras. La embestida del segundo terminó con un grito: sus uñas atravesaron la carne del ladrón y arrojaron sus entrañas al suelo.
—¡Bruja! —exclamó el tercero, que dio un paso atrás, asustado.
Valcara lo atrapó antes de que huyera. Sus manos se aferraron a la piel caliente de su cuello.
El ladrón pataleó, pero ya era tarde. Algo invisible se desprendió de él y se precipitó hacia ella.
Un torrente espeso la recorrió de dentro a fuera.
El calor le llenó las venas, tensó sus músculos, cerró un corte que tenía en el hombro desde Rocas Oscuras.
El brillo de la vida abandonó los ojos del hombre, que se desplomó con un suspiro.
El primero también intentó escapar, pero Valcara lo alcanzó con una zancada rauda.
Lo tomó por la muñeca y lo arrastró hacia ella.
Su piel ardió en contacto con la suya; un flujo invisible entró en su cuerpo, la llenó de energía robada y le ofreció un éxtasis difícil de explicar.
Cuando acabó con el desafortunado, cayó al suelo, marchito, con los labios resecos y la piel cenicienta.
El hambre retrocedió en su interior. No del todo, pero lo suficiente. Un cosquilleo persistió en sus palmas. Se inclinó sobre los cadáveres y limpió la espada en sus ropas mugrientas.
—Os lo advertí —susurró.
Recogió del suelo la mejor de las espadas cortas de los asaltantes y se la aseguró en el cinturón. Ahora, la fuerza de sus manos la permitía blandir dos filos a la vez con mucha más facilidad de lo habitual.
La senda hacia Tyrio seguía abierta frente a ella. El aire salado del mar se percibía en la distancia y con él, la promesa de que alcanzaría a la compañía.
Valcara guardó las espadas y volvió a la oscuridad mientras su pensamiento ardía con una sola certeza: aún tenía hambre.
La compañía avanzaba despacio, todavía marcada por las pérdidas que habían sufrido bajo tierra.
El barro de Arresia se secaba sobre las armaduras y la bruma de las rocas negras quedaba atrás.
Delante, los exploradores abrían camino, y en la retaguardia, los arqueros marchaban ojo avizor, atentos a cualquier ruido.
El carro del embajador rodaba escoltado por la decena de guerreros que quedaban; el capitán Brak cabalgaba al flanco, con el hacha siempre lista a la espalda.
Los primeros pueblos de Senicia aparecieron tras un desfiladero abierto al mar.
Eran aldeas construidas en laderas, con casas de adobe pintadas de blanco, balcones de madera y toldos púrpura en los patios.
Entre ellas había hornos de fundición que lanzaban humo negro, y el olor del bronce se mezclaba con el del pescado recién capturado.
Los mercaderes gritaban en un idioma desconocido mientras ofrecían ánforas de vino y lingotes de cobre.
Azniel, desde la carreta, anotaba cada detalle en sus tablillas enceradas.
—Los senicios dominan el mar y el metal. Lo registran todo en tablillas de arcilla.
Danna, a su lado, inclinó la cabeza.
—¿Crees que comparten el mismo origen que nosotros? —preguntó la mujer.
—Quizá —respondió Azniel mientras trazaba un símbolo.
Tras ellos, Rayhem y Jarben cabalgaban a la par.
—Entonces, según las explicaciones de Maltherion, el poder o la magia, llámalo como quieras, se manifiesta de forma diferente. Ese don despierta según lo que cada uno lleva dentro.
—Si el poder se despierta de forma distinta en cada persona, entonces el tuyo y el mío pueden tener el mismo origen —dijo Rayhem.
Jarben lo miró de soslayo.
—¿Hablas del mismo linaje?
—O herencia oscura —Rayhem bajó la voz—. El Aurimath te mordió, pero no todos a los que muerden se transforman como tú. Si así fuera, el mundo estaría poblado de licántropos. Algo en tu sangre te hizo cambiar.
Jarben apretó las riendas.
—Los zíngaros dorados crían a esas criaturas, sus cuidadores deberían estar todos malditos y no es así.
Brak rompió el silencio entre ellos, giró sobre su montura mientras un tendero desde su puesto, clavaba la vista en ellos.
—Bajad la voz. Vuestras palabras atraen oídos y puede que no todos sean amistosos.
Ambos le hicieron caso y pensaron en lo que acababan de decir.
El camino los llevó hasta la costa. Allí, entre acantilados y calas ocultas, los olivares se extendían hasta el mar. Las aguas se teñían de verde oscuro, y sobre ellas se alzaba Tyrio.
La ciudad parecía nacer de la piedra misma: en la costa, casas blancas con tejados planos formaban un laberinto de callejuelas estrechas, abarrotadas de artesanos, pescadores y comerciantes.
Más allá, una isla de roca dominaba el estrecho.
Desde su cima se erguía la fortaleza, una muralla colosal rodeaba torres ciclópeas, y en la entrada al canal, cadenas gruesas como troncos cerraban el paso a los barcos.
Rayhem fijó la vista en aquel coloso.
—Si Tyrio no desea que entremos, no habrá flota capaz de forzar sus puertas.
—Una fortaleza inexpugnable siempre oculta un punto débil. Solo hay que encontrarlo —dijo Brak y escupió al suelo.
La brisa del mar les trajo olor a sal y mientras los cascos de sus caballos resonaban en la calzada de piedra, Azniel levantó el estilete de caña con el que escribía.
—Hoy entramos en el corazón de Senicia…
Se adentraron por la calzada de piedra principal de la ciudad de Tyrio.
Ya en su interior, la comitiva beluria sintió cómo el murmullo de la ciudad se apagaba, con la isla fortaleza a lo lejos, siempre vigilante.
Los vendedores que voceaban precios se callaron al verlos.
Los puestos abarrotados apartaron sus mercancías con rapidez.
Un muchacho tendero los observó en silencio.
El paso de los forasteros traía un mal presagio.
—Nos observan —murmuró Brak mientras se ajustaba el hacha a su espalda—. Pero ¿no se supone que son comerciantes?
Un anciano que vendía pescado masculló algo. El hedor de tripas abiertas llegó con la brisa y un corro de mujeres cuchicheaba al verlos. Rayhem miró hacia los balcones. En ellos había cortinas que se abrían un instante y se cerraban con prisa.
—No somos bienvenidos —comentó Jarben en voz baja.
El embajador Rayhem alzó la cabeza y buscó guardias de la ciudad o alguna autoridad antes de preguntar a aquellas gentes tan hostiles.
En la plaza central vieron un grupo de hombres con brazaletes de bronce y el emblema del cuadrado ardiente, escudo de la ciudad.
Sus ojos pasaron por cada miembro de la comitiva como cuchillos.
—Soy representante del príncipe Belbarozh del reino de Beluria. Pido audiencia con vuestro rey —habló Rayhem al llegar ante ellos.
El que llevaba el brazalete más ancho no respondió. Dio un paso al frente y escudriñó a Rayhem de arriba abajo, parecía no entender sus palabras o fingía no oírlas.
En los extremos de la plaza, los mercaderes empezaron a recoger apresuradamente los puestos. Una bandada de cuervos cruzó el cielo y se posó sobre la estatua de la diosa Senith, cuyo rostro estaba mellado.
La estatua de la diosa del comercio, hecha de bronce bruñido, se erguía en el centro de la plaza sobre un pedestal de anclas. Sostenía una balanza dorada y una cuerda trenzada, símbolos de control y pacto. Su corona de monedas brillaba al sol y los ojos de lapislázuli parecían vigilar el estrecho.
Azniel frunció el ceño.
—Ese ídolo… Alguien lo ha golpeado.
—O algo lo ha mordido —corrigió Jarben. El borde de la estatua mostraba marcas profundas, irregulares, que no parecían obra de un golpe.
Aparecieron un par de docenas de guardias que los rodearon sin previo aviso. Brak miró a Rayhem y este le hizo un gesto para que no hiciera nada. Los soldados senicios apresaron primero a Rayhem y después a los suyos. Los belurios se dejaron arrestar sin oponer resistencia.
—¡Soy un enviado oficial! —La voz del embajador retumbó en la plaza.
Nadie le contestó. Los transeúntes miraban desde la lejanía, sin atreverse a acercarse, pero susurraban entre ellos. Un niño gritó una palabra que Rayhem no entendió, pero la mueca de desprecio en los labios de su madre bastó para saber que se trataba de un insulto.