Bosque de Ocaso
El éxodo avanzaba al fin. Tras semanas de quietud forzada, la marea humana de cerca de dieciocho mil almas se puso en marcha y el Bosque Sagrado de Arresia abrió su boca de sombras para tragárselos a todos.
Los primeros carros chirriaron al internarse bajo los árboles altos. Los troncos se alzaban como columnas infinitas y las copas se cerraban sobre la procesión, apagando poco a poco la claridad del cielo. La sensación era la de entrar en un templo oscuro donde el aire olía a musgo.
Anara cabalgaba sobre Bela, su yegua blanca.
Su manto, blanco y bordado con hilos dorados en forma de llamas, brillaba con la luz que se filtraba entre las ramas, hasta parecer un faro que guiaba a su pueblo.
A su lado, a pie, avanzaba su guardia personal Sairah, que iba encapuchada y portaba su bastón, que golpeaba con ritmo la tierra.
Sangre caminaba pegado a sus pasos y gruñía ante todo movimiento extraño.
Shuraz encabezaba a la Guardia del Éxodo.
Aún estaba dolido por los rumores de su supuesta infamia, pero intentaba que no se le notara.
Sus hombres se desplegaban como alas protectoras a los lados de la multitud, y más patrullas de lo habitual vigilaban la retaguardia.
El propio comandante montaba a Luthar, su corcel negro, portaba su armadura bruñida sobre los hombros y a su espalda, Oscuria, la espada que pocos se atrevían a mirar durante demasiado tiempo.
Shuraz alcanzó a Anara y levantó la mano a modo de saludo.
—Suma sacerdotisa, no volverán a detenernos. Hoy, el éxodo se adentrará en Arresia, cueste lo que cueste.
—No lo dudes —contestó Anara sin apartar la vista del sendero que se perdía en la penumbra.
El murmullo de la muchedumbre crecía tras ellos: pasos, crujidos de ruedas, llantos de niños y rezos entrecortados.
Entre los carros, los sacerdotes de Bel-Hur alzaban sus cánticos, mientras los Hijos de Kudram murmuraban oraciones a su propio dios.
La fe dividida viajaba bajo el mismo manto del éxodo.
Shuraz miró a Sairah, siempre pendiente de Anara, desde lo alto de su caballo. La guerrera se quitó la capucha y dejó ver su pelo negro atado con una cinta de cuero. Shuraz clavó en ella sus ojos claros.
—Guarda fuerzas —le habló con firmeza—. El bosque no tolera debilidades.
La mujer asintió con un gesto escueto.
—Lo que no tolera es la arrogancia, comandante.
Sangre gruñó; parecía haber entendido aquellas palabras.
Un viento frío descendió entre las ramas, levantando la paja y las telas de los carros. El murmullo del pueblo se apagó por un instante. Los belurios alzaron la mirada.
Los árboles parecían cerrarse tras la columna del éxodo, era como un muro vivo que les impedía volver atrás.
Anara apretó las riendas.
—Ya no hay vuelta atrás —susurró, para que Shuraz la oyera.
El vientre del bosque murmuró a su alrededor; hojas muertas descendían en espirales perezosas mientras el caballo avanzaba.
Edoz alcanzó la grupa de Shuraz y tiró de las riendas hasta detenerse a su lado.
El corte en las costillas le ardía cada vez que inspiraba.
El sanador había sellado la herida sin una sola pregunta, aunque el escozor persistía como un recordatorio del pacto silencioso que lo ataba a Lyria.
No quería pensar en ella, ni en la noche anterior.
Apretó los dientes, dejó escapar el aire con calma forzada y se acomodó sobre la silla. La sonrisa que alzó después era la misma que usaba cuando deseaba ocultar un filo detrás de la lengua. Con un gesto ligero señaló el corcel negro de Shuraz, cuyo pelaje brillaba bajo la penumbra del bosque.
—Tenía un caballo parecido —dijo Edoz—. Se llamaba Sable. Lo dejé en Alonia, durante mi viaje a Jersépolis.
Shuraz miró la montura y negó con la cabeza.
—¿Qué quieres, Edoz? —preguntó con cansancio en la voz.
Edoz volvió la mirada hacia la columna de carros que avanzaba.
—Tengo un plan —dijo—. Peleas, apuestas, música y bebida. Lo llamaré La Jauría. La gente necesita olvidar sus miserias, comandante. El príncipe ya me dio su aprobación.
La risa de Shuraz cortó el aire.
—¿Aprobación? ¿Y mientras todo se tambalea, tú montas un circo violento? —respondió Shuraz—. Nuestro futuro rey no está en su mejor momento, casi se desata una guerra civil y tú te preocupas por montar espectáculos.
Edoz levantó un dedo pidiendo comprensión.
—Sabes que no nací para blandir una lanza —Edoz bajó la voz—.
No lideraré guerreros, ni aunque me lo exija Bel-Hur en persona.
Tampoco encajo en la mesa del Consejo, y el príncipe no está para enviarme a olfatear secretos a otros reinos.
—Alzó las manos abiertas—. Así que haré otra cosa.
El pueblo necesita distraerse. Si ríe, si se olvida un instante del hambre y de los muertos, avanzará con más ganas.
¿Qué pecado ves ahí? —Una chispa divertida cruzó su mirada—.
Y, no lo olvides, la Jauría moverá monedas.
Rayhem me nombró agregado de comercio, y sería una desgracia que alguien tan aplicado como yo dejara pasar una oportunidad.
Shuraz le clavó la mirada y apretó las riendas con fuerza.
—Si usas a los presos del Carro Rojo para que se maten entre ellos, como parece que haces, no me importa en absoluto —ultimó Shuraz—. Pero no permitiré que tus negocios salpiquen a mi gente.
Edoz sonrió, sacó una bolsa pequeña e hizo tintinear las monedas en su interior.
—Busco hombres para proteger mi negocio, Shuraz.
Les pagaré bien. No necesito veteranos, solo tipos dispuestos a ganarse unas monedas extra.
Guardias, nada más. —Edoz inclinó la cabeza con una sonrisa tranquila—.
Me conoces bien, no mezclaré esto con la política.
Volverán a ti con los bolsillos llenos, de mejor humor y con más ganas de alzar una espada cuando llegue el momento.
Shuraz negó con la cabeza. Miró la columna que avanzaba y luego devolvió la vista a Edoz.
—Búscate tus propios guardaespaldas —sentenció—. No pienso darte hombres para tus juegos.
Edoz no se lo tomó mal; al contrario, inclinó la cabeza en un saludo.
—Entonces, me encargaré yo mismo —dijo Edoz—. Encontraré sombras que me sirvan, y si la Jauría crece, puedes estar tranquilo, te prometo que no verás sangre ajena donde no deba haberla.
Shuraz observó cómo Edoz se alejaba al galope hasta que su figura desapareció entre los árboles. El comandante se quedó callado y apretó la mandíbula. Luego supervisó a sus hombres y partió hacia la retaguardia.