Sombras y dagas
La penumbra llenaba la tienda del Profeta, iluminada por un solo brasero. Lyria sostuvo los pergaminos arrugados en sus manos, notas de Zarhel que hablaban de espionaje y traición, escritas por exploradores. Cada letra parecía latir con urgencia y desvelaba secretos que jamás había imaginado.
Torbu permanecía agazapado en la oscuridad, y disfrutaba de la escena.
—¿Has visto lo que escribieron? —preguntó el Profeta desde su alfombra, con voz fría—. Los registros señalan a un hombre del que no escribieron su nombre.
Lyria levantó la mirada, pero no respondió. El pecho le martilleaba desbocado.
—Edoz —susurró él—. Él mató a tu amado Zarhel.
El aire en la tienda se espesó. Lyria apretó los pergaminos contra el pecho, las cicatrices de su rostro se tensaron y sintió el anillo en su dedo bajo el guante.
—Maldito cabrón… —murmuró ella con la voz rota por la rabia.
—No pudiste protegerlo, y ahora tienes la oportunidad de culminar tu venganza —continuó el Profeta—. Ve y haz lo que debes hacer.
Lyria tragó saliva. La certeza de la muerte de Zarhel, unida al nombre del que siempre había sospechado, Edoz, se clavó como un hierro caliente en su pecho. El Profeta sonrió con la satisfacción de un maestro que atrapa a su discípulo.
—Ya eres mía.
Las palabras resonaron dentro de Lyria como un eco imposible de ignorar. No hubo miedo, solo el fuego concentrado de su dolor transformado en un propósito.
Sin apartar la vista de los pergaminos, soltó un suspiro de desesperación. Se inclinó, recogió su daga runada y el látigo de Zarhel. Cada arma era un recuerdo; cada recuerdo, un empuje hacia la acción.
—Edoz, pagarás por esto… —murmuró con los dientes apretados y la mirada perdida.
El Profeta no respondió, solo la observó con ojos que parecían atravesar su alma, consciente de que había cerrado perfectamente la trampa. Lyria caminaría hacia el destino que él había tejido.
Lyria salió de la tienda cubierta por la noche. El viento movía su capa negra, y en su interior, el fuego de la venganza ardía implacable. El nombre de Edoz se repetía en sus pensamientos como un tambor de guerra.
—Edoz… —susurró para sí—. Esta vez no habrá errores.
Mientras ella salía de la tienda del Profeta y avanzaba entre la bruma del campamento, una figura oscura apareció entre la penumbra: Edoz. No dijo nada, solo la observó y la dejó ir.
Había escuchado suficiente para saber que Lyria era un instrumento del Profeta y que clamaría venganza contra él.
Edoz se alejó de la tienda del Profeta sin mirar atrás. El aire apestaba a algo rancio que no reconocía. La capa roja ondeó tras él mientras sus botas de cuero esquivaban los charcos de barro del campamento. Sus ojos buscaban a una sola persona: Torbu.
Lo encontró cerca de los corrales, encorvado sobre un cuenco de agua turbia. No había nadie alrededor. Perfecto.
Edoz caminó hasta él con sigilo y en un instante, dos de sus dagas brillaron bajo la débil luz de una antorcha. Los filos rozaron el cuello del esbirro.
—Levántate.
Torbu sonrió sin moverse. Tenía los ojos hundidos, ojeras como grietas y cicatrices que parecían mapas de antiguas torturas. Se alzó despacio; su espalda revelaba marcas de rituales y latigazos.
—Sabes que Lyria quiere tu sangre —murmuró—. Seguro que ya lo sabías.
Edoz lo empujó contra un poste y acercó una de las hojas hasta su oreja y dejó la otra en el cuello.
—Quiero escuchar de tu boca el porqué.
Torbu dejó escapar una carcajada seca.
—Porque ella amaba a Zarhel. Y tú sabes bien quién lo mató.
Los dedos de Edoz temblaron un instante y su pecho comenzó a calentarse. Lo zarandeó con violencia.
—¿Qué tiene que ver el Profeta en todo esto?
—Ella se entregó a él. Ahora vive en su sombra, como yo. Todos escondemos oscuros secretos, ella también, y tú más que nadie.
Edoz apretó los dientes.
—Habla o te desangro aquí mismo.
El siervo alzó la barbilla y dejó que la hoja le cortara un hilo de piel. Ni parpadeó.
—Lyria tiene manchadas las manos de sangre mucho antes de que tú la miraras de reojo. Fue ella quien mató a la guardiana de Anara, en Alonia. La buscó durante meses solo para clavarle el acero de su daga.
—Mientes.
—¿Por qué crees que se unió a vosotros tras la caída de Alonia? ¿Por lealtad? Lo hizo para encontrar venganza. La guardiana mató a sus compañeros de saqueo y Lyria se cobró la deuda.
El silencio cayó entre ambos. Solo el goteo del agua sucia en el cuenco rompía el aire espeso. Edoz bajó las dagas un instante, tenía los ojos fijos en Torbu, que sonreía con la boca llena de dientes ennegrecidos.
—¿Quieres saber toda la verdad? —susurró Torbu.
Edoz alzó de nuevo ambos filos.
En ese preciso instante, una sombra se movió tras ellos.
Las botas de cuero de Edoz brillaban en la penumbra. Sus dagas descansaban ahora en el cuello de Torbu, que apestaba a algo podrido.
—Habla.
Torbu intentó sonreír con las encías negras.
—No soy tu enemigo…
Un chasquido interrumpió la frase. Algo metálico silbó y chasqueó junto a la cabeza de Edoz.
Él giró la mirada. Una figura emergió de las tinieblas: ropas negras con hilos plateados, sombrero de ala ancha, rizos encendidos como el fuego. Un látigo colgaba de su mano, su punta de hierro aún vibraba.
—Lyria.
Torbu no se movió, solo observaba.
El látigo silbó otra vez. Edoz lo esquivó, las dagas brillaban en sus manos.
—Ambos tenemos cadáveres ocultos, mercenaria. ¿Quieres que los exhume ahora?
Ella lanzó un latigazo contra su muñeca, pero él lo bloqueó con un giro de una de sus hojas. La daga runada apareció en su otra mano y cortó hacia su costado. Edoz retrocedió a tiempo, mientras su capa giró como un velo de sangre.
El eco de las voces en la oscuridad se apagó de pronto. Torbu se alejó unos pasos, expectante, mientras Edoz y Lyria se observaban como dos bestias encerradas en la misma jaula.
El látigo silbó de nuevo.
La punta de hierro buscó la cara de Edoz, pero su daga derecha interceptó el golpe en seco. Un chispazo saltó en la penumbra.
—No eres rival para mí, pelirroja —gruñó Edoz entre dientes y respondió con un tajo directo al estómago. Lyria interpuso su daga runada y detuvo la embestida con un sonido metálico.
Ella giró sobre una bota y lanzó el látigo contra sus piernas. El cuero del arma se cerró en torno a la pantorrilla de Edoz. Él respondió con una patada que casi la hizo caer.
Lyria rodó, soltó el látigo de su pierna y con la otra mano apuñaló desesperadamente hacia arriba. El filo rozó la capa del belurio, arrancó un jirón rojo y del esfuerzo se le abrió la camisa, mostrando sus cicatrices negras.
—¿Escondes tu miedo detrás de esas marcas? —escupió ella mientras miraba su pecho palpitante.
Edoz la embistió con el hombro. Lyria clavó el mango del látigo en la tierra, se impulsó y devolvió un tajo diagonal que cortó la manga de su rival.
La daga de Edoz descendió buscando su cuello. La hoja runada lo interceptó, con un chasqueo metálico y un destello incandescente. El choque les sacudió los brazos.
Lyria le dio un rodillazo en el muslo. Edoz gruñó, pero cuando ella intentó atraparle la muñeca con el látigo, él giró en seco y se lo arrancó de las manos.
El belurio bajó la daga contra su pecho. Ella, con un movimiento fugaz, le atrapó la muñeca. Los dos cayeron de rodillas y forcejearon con la hoja de Edoz a un palmo de su corazón.
Edoz lanzó un cabezazo brutal que partió el labio de Lyria. La sangre brotó de su boca; y en respuesta hundió la daga en su chaleco de cuero. El filo mordió su piel y le dejó un corte en las costillas.
Se levantaron de un salto y lanzaron tajos veloces. El metal sonó en una danza imposible. Golpes desviados, fintas mortales. Ninguno cedió. Al final, quedaron frente a frente, con las armas cruzadas.
Un silencio espeso cubrió el claro.
Edoz la miraba con media sonrisa.
—Ambos tenemos una muerte que esconder. Sé que mataste a la guardiana. Si hablas, caeremos los dos.
Lyria lo miró con rabia.
—¿Por qué lo hiciste? —su voz se quebró.
Él apretó más el cruce de dagas.
—Aunque no lo creas, no quise hacerlo. Algo me poseyó. Un fuego maldito que late todavía aquí. —Se miró de reojo el pecho latente—Ahora mismo podría salir…
Una lágrima surcó la mejilla de Lyria. Edoz arqueó una oscura sonrisa.
—Esto es fácil: tú no dices nada y yo tampoco. ¿Hay un trato?
Ella tembló, dudó un instante, y al final dejó de hacer fuerza, enfundó la daga y le tendió la mano. Edoz enfundó la suya y la tomó con firmeza.
Desde la sombra, Torbu observaba callado. Sus ojos brillaban, y un temblor recorrió su mandíbula antes de escabullirse. El Profeta debía saberlo.
El Profeta aguardaba en su tienda, envuelto en penumbras con olor a incienso. Apenas se movía, sentado en su estrado bajo con los ojos cerrados.
Torbu irrumpió, jadeante y con la túnica desgarrada. Se arrodilló tan rápido que golpeó el suelo con la frente haciendo ruido, y el Profeta se sobresaltó.
—Los he visto… —balbuceó sofocado—. Edoz y Lyria… Han hecho un pacto.
El silencio lo estranguló. El Profeta abrió los ojos. Bastó con un leve gesto de su mano para que el aire se cerrara en torno al siervo. Torbu fue levantado del suelo mientras pataleaba como un pez arrancado del agua, con tan solo el pensamiento del Profeta.
Un chasquido resonó en la tienda y el brazo derecho de Torbu se torció hacia atrás hasta quedar en un ángulo imposible. El hombre gritó. Otro gesto, y la mandíbula se le desencajó con un crujido húmedo.
El Profeta no sonreía. Sus ojos permanecían fijos, severos mientras torturaba a su esclavo.
—Traes palabras huecas, como moscas en la boca de un cadáver. ¿Te crees digno de hablarme así?
Lo soltó de golpe. Torbu cayó al suelo y se golpeó el ojo. El siervo temblaba mientras la saliva colgaba de su boca torcida y se le hinchaba el ojo.
El Profeta se puso en pie. La tienda pareció encogerse con su sombra.
Extendió ambos brazos y el incienso se convirtió en llamas negras que devoraban el aire.
Su propia piel se tensó, desgarrada desde dentro por algo invisible.
Una onda lo atravesó, y de pronto cayó de rodillas, exhausto, con el rostro cubierto de sudor frío.
—Kudram pide su pago… —murmuró con voz áspera—. Y lo cobrarás tú.
Torbu, jadeante, intentó incorporarse. El Profeta lo señaló con un dedo tembloroso.
—Tráeme sangre. Sangre fresca, o la exprimiré de tu maltrecho cuerpo y tú serás mi ofrenda.
El siervo asintió, con el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón y el brazo incapaz de sostenerse. Retrocedió a gatas primero, luego se levantó tambaleante. Salió de la tienda con el rabo entre las piernas, cojeando y con la respiración entrecortada.
Detrás, el Profeta permanecía arrodillado, con las venas marcadas en el cuello, sorbía aire como un animal famélico. Cada exhalación desprendía un humo oscuro que consumía su energía con rapidez.
—Corre, gusano —susurró el Profeta mientras la sangre le corría por los oídos.