El precio del espectáculo
Las voces del campamento sonaban como un enjambre inquieto.
Los carros crujían al cargar los últimos fardos y los caballos resoplaban con espuma en el hocico.
Más allá, en el claro donde ardían hogueras bajas, las ratas de Edoz se movían entre la multitud como sombras, con los ojos siempre atentos a cada gesto.
Edoz, recostado en un banco de madera junto a un poste, mordía la boquilla de una pipa corta.
El humo avanzaba despacio, dejando tras de sí un perfume elegante.
El éxodo entero se preparaba para internarse en El Bosque Sagrado de Arresia, mientras él solo pensaba en apuestas, gritos y monedas que tintineaban en la oscuridad.
—Ese del brazo vendado —murmuró un muchacho de orejas grandes mientras le tiraba de la capa— peleó contra tres en la fila del pan.
Edoz alzó la vista. El hombre avanzaba cojeando, con mirada hosca y la venda empapada en sangre seca. Se abrió paso a codazos y nadie se atrevió a pararlo.
—Si aguanta el dolor, aguantará los golpes, pero no me sirve. Prefiero que esté sano, mejor que se rompa en el combate —susurró Edoz, sin apartar la pipa de la boca.
Otra niña se deslizó entre los carros y se arrodilló junto a él.
—He encontrado a dos hermanos que luchan entre ellos por diversión. Les pagan con comida, pero dicen que quieren conseguir algo más.
Edoz le acarició la mejilla manchada de hollín.
—La comida solo llenará sus estómagos, las monedas sus bolsillos y su alma. Tráelos cuando caiga el sol.
El humo se disipaba con la brisa cuando un guardia irrumpió, sin pedir permiso.
—Embajador, lo buscan. Tenemos un problema.
Edoz se levantó despacio y sacudió el polvo de su túnica.
—No soy embajador, ¿cuántas veces lo tengo que decir? Un problema, ¿qué problema?
—Robos en las tiendas. Cazamos a un ladrón anoche. Está en el Carro Rojo.
Un brillo oscuro recorrió los ojos de Edoz. Hizo un gesto con la mano para que sus pequeños se apartaran.
—Ladrones los hay en todos lados. Vamos a ver qué tipo de animal ha caído en la trampa.
El guardia le abrió paso entre los carros, hasta la fila donde se levantaba la mole del Carro Rojo.
Perin, con el gorro de cuero en su cabeza casi a la altura de sus ojos, alzó la vista al ver acercarse a Edoz.
—Edoz, te esperaba. Tenemos un prisionero.
—Bien, veamos qué ha traído el gato.
Perin abrió las cerraduras y empujó la puerta del Carro Rojo, que crujió como el lamento de un viejo. Un hedor a sudor salió de su interior.
Dentro, encorvado para caber bajo el techo, aguardaba un hombre gigantesco.
Sus hombros rozaban la madera, los nudillos parecían piedras y tenía una barba apelmazada que le caía hasta el pecho como un manto de mugre.
Tenía el torso desnudo, cubierto de cicatrices, y en el rostro, una mueca amenazante.
Habían tenido que desmotar las jaulas interiores para dejarle más espacio en el carro.
Cuando levantó la vista, sus ojos grises brillaron como cuchillas bajo el farol.
—Joder… —Edoz se llevó la pipa a un lado de los labios y lo recorrió con la mirada, de la cabeza a los pies—. Tiene que haber sido difícil meterte aquí dentro.
El gigante escupió en el suelo.
—Seis hombres. Alguno de ellos va a tener que comer sopa durante una temporada.
Perin apretó la lanza, incómodo, pero Edoz, muy tranquilo, levantó el dedo índice y avanzó.
—¿Qué te parece si te digo que puedo sacarte de este agujero? Aunque, a cambio, puede que tengas que sangrar un poco.
El hombre rio con una carcajada grave que hizo vibrar la madera del carro.
—Sangrar no me asusta. Tú… —lo señaló con un dedo grueso como una rama—. Tú me suenas… ¿de la Torre Roja? Yo escapé de entre los muertos la noche de la toma de Alonia por los jersas. Partí más cuellos de los que puedo contar. Y tú estabas allí, recuerdo verte correr con el carcelero.
Edoz ladeó la cabeza con media sonrisa.
—En otra vida…
El prisionero gruñó y dejó ver sus dientes amarillentos.
—Fui verdugo de la Torre Roja y ahora soy verdugo del Carro Rojo —dijo Edoz mientras examinaba los músculos del gigante.
—No has cambiado tanto —replicó este.
—Quizá. —Edoz dio una calada a la pipa y sopló el humo a la cara del coloso—. Pero a diferencia de entonces, hoy puedo ofrecerte algo más que cadenas.
El gigante tosió, respiró el humo y se apoyó contra la pared, con las manos cruzadas tras la cabeza con sus musculosos bíceps en tensión.
—Soy Korgash. Algunos me llaman el Rompehuesos.
Edoz sonrió con calma.
—Perfecto, Rompehuesos. Vamos a ganar dinero.
Harn secó una jarra con un trapo y la llenó de cerveza rubia hasta el borde.
—Si vas a montar un circo de golpes y apuestas, Edoz, necesitarás más de un barril —rio mientras levantaba las cejas—. Y yo ya tengo a la gente con la garganta seca.
Edoz probó un trago largo que bajó fresco por su garganta, cerró los ojos y asintió.
—Tendrás tu parte, viejo. Si la bebida corre, la gente apuesta, y yo me encargo del resto.
En ese momento, una de las rateras de Edoz apareció entre la lona. Tenía mirada atenta y la cara manchada.
Detrás de ella entraron dos jóvenes idénticos, delgados y fibrosos.
Llevaban el torso desnudo y la piel surcada por tatuajes tribales negros.
Tenían el pelo largo y blanco, uno recogido en una coleta y el otro suelto.
Se movían en espejo, hombro con hombro, como si una sola conciencia los gobernara.
—Los llaman Vael y Kael —susurró la muchacha, sin apartar la vista de ellos, y se esfumó rauda.
Edoz los miró con calma y dejó la jarra sobre el mostrador.
Vael y Kael se adelantaron, idénticos en cada gesto. El del pelo suelto se pasó la lengua por los labios; el de la coleta apretó los puños.
—Nos han dicho que buscas luchadores… —dijo uno.
—… pero no trabajamos para cualquiera —añadió el otro.
Edoz sonrió con ironía.
—Entonces, mostradme qué sabéis hacer.
Dejó dos de sus dagas sobre la mesa y abrió los brazos. Los hermanos no necesitaron más invitación.
El primero se tiró, rodó por la paja y golpeó con el hombro la pierna de Edoz. El impacto lo desequilibró; en ese instante, el segundo saltó sobre su espalda y le agarró el cuello con el brazo. Edoz gruñó, pero giró sobre sí mismo y lo arrojó contra una mesa.
Antes de recuperar el aire, el de la coleta le encajó un codazo en las costillas. El dolor le arrancó una mueca y en ese descuido el del pelo suelto ya estaba de pie, arrebatándole una daga de la funda del cinturón.
El filo rozó su cuello. Edoz lo esquivó con un giro ágil, pero el otro hermano, con una destreza animal, le quitó la segunda daga. En apenas unos latidos, los dos gemelos lo flanqueaban, idénticos, con sus propias armas cruzadas bajo su garganta.
Edoz soltó una carcajada.
—Sois unos cabrones muy rápidos.
Los hermanos no parpadearon, respiraban acompasados, listos para matarle si fuera preciso.
—¡Contratados! —Edoz levantó las manos, recuperó sus dagas y las volvió a guardar—. Decidme, ¿lucharíais juntos contra un gigante?
Ambos intercambiaron una sonrisa idéntica.
—Si pagas bien —dijeron al unísono.
Edoz los miró de arriba abajo, evaluó el contraste entre sus fibrosos cuerpos y la fiereza de su ataque.
—A partir de ahora os llamareis los Lobos Blancos. Nadie olvidará ese nombre cuando peleéis en mi foso.
Los gemelos bajaron las dagas sin dejar de sonreír.
—Los Lobos Blancos… —repitió Vael, probando el nombre.
—Suena animal —añadió Kael—. Y nosotros nunca dejamos de cazar.
Edoz volvió a recoger su jarra de cerveza y les brindó un gesto burlón.
—Bienvenidos a la jauría.