Desfiladeros negros #2
La luz de las antorchas iluminaba el camino. El aire pesaba, cargado de un olor a óxido. Brak iba al frente, con su hacha preparada, seguido de dos exploradores que tanteaban grietas y salientes.
—No me gusta este silencio —murmuró uno de ellos, un muchacho de barba poblada—. Parece que las piedras nos escuchan.
Jarben, con la mirada fija en los muros, vio un símbolo que apenas relucía bajo la luz.
—Hay inscripciones, pero son demasiado viejas para descifrarlas.
—Habla por ti —dijo Azniel y acercó su antorcha a una de ellas—. Es arresio antiguo. Señalizan un camino sin retorno.
Rayhem se estremeció y apartó la antorcha.
—¿Qué propones? ¿Volver atrás? Ni siquiera sabríamos encontrar el camino.
Brak gruñó y señaló con el hacha.
—Atrás no hay camino. Solo podemos ir adelante. Si la montaña nos quiere muertos, habrá que plantarle cara.
Danna estaba aterrorizada y se agarraba a Azniel del brazo como una niña a su madre en el mercado. Los pasos resonaron en la galería estrecha.
De repente, el suelo cedió bajo uno de los exploradores. Un crujido seco, un alarido breve, y desapareció tragado por un pozo oculto. El otro explorador se arrojó al borde e intentó alcanzarlo, pero retrocedió sin éxito con el rostro desencajado.
—No…
El hueco reveló estacas de hueso ennegrecido y al explorador caído atravesado por varias de ellas. Una lo ensartaba por el corazón, murió en el acto.
Brak guio a la columna de soldados para que rodearan el agujero.
—Manteneos juntos.
Apenas habían avanzado veinte pasos sobre el suelo de piedra cuando una losa se movió bajo el peso de un soldado.
Una lluvia de lanzas descendió desde el techo y le atravesó el torso y el cuello.
Cayó de rodillas y soltó un jadeo ahogado.
Dos soldados más murieron en la misma trampa, ensartados sin poder reaccionar.
El pasillo se llenó de sangre.
—¡Vamos a morir todos! —gritó uno de los supervivientes, con la antorcha temblorosa en la mano.
El eco repitió el número, burlón: todos… todos… todos…
—Morirás cuando yo te lo diga. —Rugió Brak frunciendo el ceño—. Mira bien dónde pisas y no tendremos que lamentar más muertes.
Nadie habló durante un largo trecho. El miedo les cerraba la garganta.
Fue entonces cuando lo escucharon. Un roce primero, un arrastre húmedo después; parecían garras que raspaban la piedra. A continuación, un sonido más claro: respiraciones que no eran humanas, profundas y voraces…
Rayhem palideció.
—Este lugar… Parecen establos.
Jarben entendió a Rayhem al instante. Observó la disposición de las paredes donde huesos antiguos estaban incrustados en la roca como fósiles.
—Este lugar no trata de proteger nada… Trata de alimentar algo.
Un rugido se alzó desde lo más profundo de la cueva, grave y múltiple, varias gargantas aguardaran en la oscuridad. El suelo vibró bajo sus pies.
—No estamos perdidos, somos la ofrenda —sentenció Azniel.
Las galerías retumbaban con un sonido sordo, un golpeteo en la piedra como tambores enterrados. Los exploradores que iban delante levantaron las manos para detener la columna. Nadie respiraba.
Un rugido hueco se arrastró bajo el suelo. Entonces, la roca se abrió y un hocico inmenso, cubierto de barro y colmillos curvados, emergió del túnel. El topo gigante arrancó de cuajo a uno de los exploradores y lo engulló con un chasquido húmedo. La sangre salpicó las antorchas más cercanas.
—¡Armas fuera! —tronó Brak y se abalanzó con el hacha alzada.
Otro monstruo surgió a su izquierda. Su garra atravesó el torso de un soldado, que apenas tuvo tiempo de gritar antes de ser arrastrado al agujero. El suelo vibraba con cada embate de aquellas bestias que cavaban túneles bajo sus pies.
Los arqueros tensaron las cuerdas y lanzaron una lluvia de flechas. Varias se clavaron en los ojos ciegos de la criatura, que se revolvió con un chillido agudo. Brak saltó sobre uno de los animales y descargó un tajo que le partió el hocico en dos.
—¡Antorchas! ¡A la boca! —gritó uno de los soldados, y con un bramido clavó su luz encendida en la garganta de la bestia. El animal mordió el fuego, y de pronto las llamas treparon por su pelaje grasiento. La criatura rodó por el suelo, enloquecida, y prendió a otra que emergía a su lado.
Los pasadizos se llenaron de humo y chillidos que producían eco por toda la madriguera.
Pero las bestias no se detenían. Un tercer topo brotó del suelo en medio de la columna.
Dos soldados desaparecieron enterrados antes de que nadie pudiera ayudarlos.
Sus gritos se ahogaron pronto, tragados por la tierra.
Rayhem, viendo su compañía diezmada, se resguardó tras el escudo de un soldado caído. Jarben lo guio hacia un corredor estrecho.
El sepulturero contenía su instinto para no transformarse en hombre lobo, ya que el lugar era demasiado pequeño para poder maniobrar y no veía claro que no acabara dañando a sus compañeros.
—¡Nos rodean! ¡Hay que volver! —bramó Jarben.
—¡No! —gritó Brak y hundió otra vez el hacha en la carne espesa del hocico de otro que intentaba morderle—. ¡Hay que lanzarles fuego!
Las antorchas volaron contra los monstruos. Una tras otra se encendían entre sus fauces, hasta que tres de ellos ardieron al mismo tiempo. El hedor a piel chamuscada llenó la cueva. El fuego, descontrolado, se extendió a las raíces secas del techo, que ardieron como brea.
El humo se mezclaba con el hedor de tierra removida. El grito de Azniel atravesó el túnel, que cayó de lado, arrastrado de repente por la pierna. Unas enormes garras lo atraparon por debajo y lo llevaron hacia la negrura de un túnel abierto bajo sus pies.
—¡No! —forcejeó y arañó la roca en un intento por sujetarse.
Danna, con la respiración desbocada, miró alrededor buscando un arma. El suelo estaba sembrado de cadáveres de soldados que no habían tenido tiempo ni de gritar. Vio un carcaj caído y se lanzó sobre él, cogió una flecha astillada y sin pensarlo la hundió en el ojo que relucía en la penumbra.
El topo monstruoso soltó un gruñido agónico. Aflojó su garra y Azniel quedó libre y cojeó hacia atrás. Danna tiró de él para ponerlo a salvo y ambos se colocaron detrás de Brak.
El capitán giró con el hacha alzada y les dio la espalda. Sus brazos parecían dos columnas de piedra y cada tajo era un relámpago que abría cabezas gigantes y lanzaba sangre negra contra las paredes.
—¡No os mováis de aquí!— rugió.
Azniel y Danna se refugiaron tras la espalda de Brak, mientras las antorchas temblaban con cada impacto del acero. El túnel se estrechaba de chillidos y crujidos de hueso.
Los topos gigantes rompían la tierra sin esfuerzo y cada embestida hacía temblar el suelo y arrancaba piedras del techo.
Los soldados caían uno tras otro. Otro explorador fue arrastrado por la cintura hacia el interior de la tierra, solo quedó su casco sobre el suelo.
Dos lanceros fueron golpeados contra las piedras de las paredes con brutalidad; sus huesos crujieron antes de quedar aplastados e inertes.
Un arquero intentó retroceder, pero un hocico monstruoso lo engulló de las piernas hacia abajo con un chasquido húmedo.
Brak, con el rostro salpicado de la sangre de sus hombres, levantó su hacha doble.
—¡Atrás! ¡Formad en torno al embajador! —rugió y empujó con el hombro a un soldado aterrorizado para devolverlo a la línea.
Golpe tras golpe, el acero cortaba cabezas, patas y hocicos. La sangre espesa de los topos salpicaba las armaduras, mientras se mezclaba con el lodo. El suelo se volvió resbaladizo y varios hombres casi cayeron, pero Brak no cedía terreno.
Un zarpazo derribó a otro de sus hombres, y el pánico se contagiaba entre todos. No había salida… Sin embargo, Brak golpeó contra la pared con su hacha y abrió un corredor al ensanchar una fisura que se había abierto con los derrumbes.
—¡Por aquí! ¡Reagrupaos!
Los exploradores, jadeantes y con las caras cubiertas de sangre y barro, se abrieron paso con cuchillos y antorchas, quemando el pelo grueso de los monstruos que se acercaban demasiado.
Los soldados seguían el rugido del capitán Brak y se replegaron en orden cerrado.
Hombro contra hombro, lanzas por delante y escudos al frente, y por la retaguardia igual, dejaron de huir para empezar a golpear como una verdadera máquina de guerra.
El eco de los cascos de hierro golpeaba al unísono, el brillo irregular de las lanzas y las hachas, y el humo de las antorchas dieron un giro inesperado al combate. Uno tras otro, los topos empezaron a retroceder, chillando con furia al recibir cada golpe.
Aún entre cadáveres y gritos, la disciplina de los belurios resistió. Y en medio de aquel túnel mortal, Brak alzó su hacha llena de sangre y se mantuvo como un muro viviente contra la oscuridad que no cesaba de rugir más allá.
—¡Ahí! —señaló Rayhem con los ojos desorbitados—. ¡Hay luz!
Un derrumbe provocado por las llamas había abierto una grieta en lo alto. Una bocanada de aire fresco se coló desde la superficie, aire con olor a esperanza.
Los supervivientes corrieron sin mirar atrás. Escalaron por la roca ayudándose unos a otros. El humo había cubierto la galería y los rugidos quedaron ahogados bajo la montaña.
Cuando por fin emergieron a la noche abierta, el grupo cayó de rodillas y se tumbaron sobre la hierba húmeda. La tormenta ya se había alejado, y el cielo estaba cubierto de estrellas.
Brak se levantó el primero. Miró atrás, hacia la grieta que todavía escupía humo. Recorrió con la vista a los supervivientes y los contó mentalmente.
—La mitad de nuestros hombres han muerto en esos túneles —dijo con voz áspera y la mirada desorbitada hacia el agujero del que acababan de salir.
Nadie respondió. Solo se escuchaba el jadeo de los que habían sobrevivido y el crujido de las brasas que aún ardían bajo la montaña.