Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Desfiladeros negros
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Desfiladeros negros

El campamento ya estaba desmontado. Las hogueras apagadas aún humeaban dentro de sus círculos de piedra. Los hombres de Brak tensaban las cinchas de sus monturas bajo la mirada firme de su capitán.

Maltherion aguardaba junto a la roca negra que usaba de refugio.

A su alrededor, los duendes Dreshk se apiñaban como polluelos inquietos.

Sus párpados vacíos temblaban al ritmo de los murmullos que escapaban de sus labios, plegarias rotas que parecían no dirigirse a ningún dios conocido.

Uno de ellos se aferró a la manga del hechicero con sus dedos regordetes.

Maltherion no dijo nada, pero su mano descendió y se posó sobre su diminuta cabeza con una suavidad impropia de él.

Rayhem se acercó y bajó la vista en señal de respeto.

—Si regresamos con vida de Tyrio, volveremos por aquí para escuchar lo que tienes que decir.

Los ojos del viejo brujo no parpadearon. La gravedad en su rostro era casi una sombra.

—Si regresáis con vida, aquí estaré.

Los duendes empezaron a gimotear y se movieron de un pie a otro, incapaces de contener su angustia. El sonido era tan tenue como un susurro entre rocas.

Brak levantó la mano.

—Formad filas. Partimos.

El crujido de las monturas y el golpe sordo de las botas sobre la tierra señalaron el inicio de la marcha.

La compañía avanzó entre los riscos, y Piedras Oscuras los devoró poco a poco, tragando sus pasos, sus voces y su esperanza en un silencio tan antiguo que parecía esperar su regreso… o su ruina.

Los Desfiladeros Negros se extendían como gargantas abiertas; eran muros negros que ocultaban el cielo.

El eco de los cascos rebotaba entre las paredes y de vez en cuando aparecían cabras oscuras, quietas sobre los riscos, tan inmóviles que parecían talladas en la misma roca.

Al bajar la vista, mordisqueaban las briznas verdes que crecían en las grietas, ajenas a los viajeros.

Brak alzó la cabeza, miró a lo alto de los desfiladeros y se acercó al embajador.

—Si esos riscos esconden vigías senicios, ya nos han visto.

—Y si no los esconden, peor aún —repuso Rayhem—. Significaría que preparan algo.

Azniel sacó su tablilla y anotó todo lo que ocurría.

—La roca siempre guarda secretos —murmuró sin levantar la vista.

El viento arrojaba polvo negro contra los cascos de los caballos. El grupo avanzaba en sigilo por un sendero estrecho, bordeado de peñascos afilados. El carro del embajador se ladeaba con cada bache y los arqueros de la retaguardia vigilaban los riscos en busca de cualquier movimiento.

Rayhem apartó el cortinaje, abrió y miró hacia Jarben, que cabalgaba junto a la rueda.

—Cuanto más nos acercamos —le dijo a través de la ventana—, más me pesa el nombre de Tyrio. ¿Recuerdas haber leído algo sobre esa ciudad?

Jarben no respondió de inmediato. Se pasó la mano por la barbilla.

—Tyrio es una isla de piedra negra y hierro. Sus murallas parecen crecer del mar mismo. Me dijeron los sacerdotes de Kudram que bajo el Mar de las Voces hay algo que espera bajo las olas.

—¿Kudram? —preguntó Rayhem con los ojos muy abiertos—. Así que no soy yo el único que he contactado con ellos.

—Fue solo para buscar información —se excusó Jarben—. Un aciano me habló de Tyrio y su fortaleza viva, como la llaman. Me dijo que sus muros respiran. Escupen sal y sangre al mar. Ni los muertos descansan en ese lugar.

Brak, que marchaba en cabeza, se giró hacia ellos.

—Yo solo sé que allí no entra nadie sin pagar el precio: oro o sangre. —Escupió al suelo—. El rey senicio cobra cara la entrada.

Azniel alzó la vista de los pergaminos que sostenía en el regazo.

—Los cronistas dicen que Tyrio fue construida sobre ruinas más antiguas, templos olvidados que el monarca usó para cimentar su trono. Dicen que la ciudad guarda la memoria de civilizaciones pasadas.

—Se rumorea en los mercados de Alonia —apuntó Danna—, que no hay nada que no puedas comprar en Tyrio. Nada.

Rayhem inclinó la cabeza.

—¿Que sabemos de su rey? —preguntó y miró a sus compañeros.

El sabio cogió aire antes de responder.

—Un hombre que ha hecho de la crueldad una forma de vida para pactar. No gobierna solo; lo hace junto a aliados invisibles. Su poder viene sobre todo del oro y de todo lo que puede comprar con él. El silencio obliga a sus rivales a obedecer antes de hacer nada más.

—Silencio o no, toda garganta sangra —bufó Brak—. Ningún pacto impide que un filo la corte.

El carro crujió al hundirse en un socavón. El cielo se había cubierto y un relámpago iluminó las paredes del desfiladero. Las cabras negras que se pegaban a las cornisas parecían estatuas vivas. Tenían los ojos fijos en la comitiva mientras rumiaban las briznas que arrancaban de las grietas.

Rayhem se recostó contra el respaldo.

—Si Tyrio es un lugar tan peligroso como decís, entonces entraremos allí con respeto. El precio ya lo discutiremos frente al rey.

Jarben se inclinó hacia Rayhem.

—Que no te cieguen las formas. Senicia no parece conocer el lenguaje de la cortesía, solo el del dominio.

El embajador sostuvo la mirada de su consejero.

—Gracias Jarben —contestó, y otro trueno sacudió las montañas. La roca misma respondía en nombre de Senicia.

El cielo rugió con un trueno y la tormenta los alcanzó antes del anochecer. Caía lluvia helada y látigos de agua que golpeaban las armaduras de los soldados. Brak buscó refugio en una grieta enorme entre dos peñascos, abierta como la boca de un gigante.

Dentro, encendieron antorchas. El suelo estaba húmedo, pero al menos el viento no entraba. Los guerreros se agruparon mientras el capitán hablaba.

—Nadie se separa del grupo. —Brak caminaba de un lado a otro—. Quiero a los exploradores en parejas, siempre. No me importa si escucháis un murmullo o si creéis ver a vuestra madre entre las sombras: mantened la línea.

Los soldados asintieron con disciplina.

Jarben se inclinó sobre el mapa extendido en el suelo.

—Entrar en Senicia sin escolta oficial podría interpretarse como una invasión. Cualquier error y tendremos a todo el ejército senicio de la frontera sobre nosotros.

Rayhem cruzó los brazos.

—Si pedimos permiso, jamás cruzaremos. Si lo hacemos en silencio, quizá podamos hablar antes de que empiecen a caer flechas.

La lluvia arreciaba afuera. Los relámpagos iluminaban el interior de la grieta a intervalos y rebelaban caras largas de la compañía y las armaduras aún mojadas. Brak se inclinó sobre el mapa.

—Mañana, en cuanto claree, avanzaremos por la garganta del norte. Es más angosta. Será difícil que nos sigan por ahí.

El siguiente trueno fue distinto, sonó metálico. La piedra bajo sus pies vibró.

Los hombres se miraron entre sí.

Rayhem alzó la antorcha hacia la grieta más profunda. El resplandor danzó sobre la roca mojada y reveló un símbolo grabado, un cuadrado ardiente que no estaba allí antes.

Se escuchó el eco del trueno más fuerte. Esta vez, no vino del cielo.

La bruma del amanecer aún reptaba entre las laderas cuando Jarben apoyó la palma sobre el símbolo grabado en la roca negra. El trazo ardió bajo su piel con un pulso antiguo que hizo vibrar la montaña.

—Es el símbolo del Reino de Senicia. Pero esto no lo tallaron manos mortales —murmuró Azniel y apoyó la lupa sobre la talla.

El resplandor se intensificó. Runas invisibles hasta entonces recorrieron la piedra, como lava encendida. Rayhem, retrocedió.

—Aléjate, Rayhem —dijo Jarben—. No creo que debamos leer esto.

Un rugido seco estalló desde el interior. La pared tembló, primero un murmullo, luego un bramido que levantó polvo y después fragmentos de roca.

—Parece que el reino de Senicia no quiere visitas inesperadas —dijo Jarben, preocupado.

El suelo se abrió bajo ellos. Las losas resquebrajadas los lanzaron a un vacío negro. La montaña tragó piedras, gritos y armas que chocaban entre sí durante la caída.

El silencio lo envolvió todo, apenas roto por los cascotes que aún se desprendían. Muy por encima, el símbolo de Senicia ardió una última vez antes de apagarse.

Cuando recobraron el aliento, ya no había cielo. Ni bruma, ni viento. Solo un techo de raíces petrificadas y corredores tallados en la piedra que se hundían en la oscuridad.

—Era evidente que no iban a recibirnos con los brazos abiertos —dijo Rayhem entre toses, mientras se incorporaba tras la caída, que por suerte había sido sobre tierra removida. Su voz retumbó contra las paredes húmedas.

Del fondo del túnel llegó un eco extraño que no repetía las palabras, las deformaba.

Jarben se había golpeado la cabeza. Tenía un rasguño en la frente que se limpió con cuidado. Sacudió la cabeza y apoyó su mano sobre la piedra.

—¿Qué escondes? —susurró Jarben impresionado por el funcionamiento de la trampa.

El eco de su voz respondió hasta perderse en la oscuridad.

El resplandor de las antorchas se reflejaba en la roca húmeda.

—Orden en círculo. ¡Ya! —gruñó Brak en voz alta. Los soldados formaron alrededor de la embajada, con los escudos alzados, mientras los exploradores permanecían alerta y avanzaban al frente con las lanzas por delante.

—Permaneced unidos —tronó Brak, su silueta se recortaba contra la luz—. Si el techo cae, moriremos juntos, y no desperdigados como ratas.

Uno de los exploradores desplegó un pergamino humedecido y lo sujetó bajo la antorcha.

Las líneas dibujadas, medio borradas, representaban el mapa de la superficie: colinas, cursos de agua, ruinas dispersas.

Se guiaron por esas marcas para calcular el trayecto, ahora que estaban bajo su camino original.

El aire estaba impregnado de un olor metálico que les raspaba la garganta al respirar. Cada paso levantaba ecos lejanos, y entre ellos, se filtraban ruidos inquietantes: un arrastre húmedo, crujido de huesos, susurros apagados…

Las paredes rezumaban una sustancia oscura que goteaba y hacía charcos viscosos, de donde surgían burbujas y estallaban.

La compañía avanzaba rodeada por un anillo de lanzas, mientras las antorchas se consumían con rapidez.