Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El Poder de Kudram
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El Poder de Kudram

Todo en la tienda del Profeta permanecía en calma. El Profeta de Kudram se hallaba sentado en el suelo, con las manos sobre las rodillas y los ojos cerrados. Su respiración era lenta, casi inexistente.

Un talismán de hueso colgaba de su cuello, con la estrella de ocho puntas y el ojo en el centro. Lo tomó entre los dedos y murmuró palabras en una lengua quebrada. Cada sílaba estaba cargada de veneno.

El brasero respondió. La llama se inclinó y se alargó como un hilo vivo que danzaba hacia el techo. El Profeta extendió la mano y el fuego se retorció hasta adoptar formas imposibles. Aparecieron rostros de humo; se deshicieron y volvieron a formarse, con susurros ininteligibles.

—Más alto… —Su voz era áspera, casi un rugido contenido.

El fuego obedeció y se alzó hasta alcanzar la altura de un hombre. De las llamas surgió una figura hecha de ceniza que caminó tambaleante sobre la alfombra. No tenía el rostro definido, y extendió los brazos hacia él. El Profeta no retrocedió.

—El Gran Ojo de Kudram me mira —alzó el talismán—. Y vosotros obedeceréis.

El ente de ceniza se inclinó, disuelto en polvo que flotó sobre el brasero antes de apagarse con un chasquido. El aire quedó denso, cargado de olor a hierro.

El Profeta cerró los ojos y sus labios se movieron sin sonido.

Su cuerpo se estremeció. Fuera, uno de los guardianes encapuchados se llevó la mano al cuello.

Sus dedos buscaron aire que no existía. Sonrió mientras sus ojos blancos miraron hacia la entrada de la tienda.

Al otro lado de la lona, la garganta del soldado visible en su mente se cerraba bajo su voluntad.

Un instante después, soltó el aire y abrió los ojos. El guardián recobró el aliento con un leve espasmo, pero permaneció callado.

El Profeta jadeaba. Se inclinó hacia el brasero con sudor en la frente, y tomó un cuenco de barro. Dentro, la sangre oscilaba. Lo llevó a los labios y bebió con avidez. El cuenco quedó vacío en segundos, pero el temblor de sus manos no desapareció.

—Más… —susurró, con la voz rota.

Torbu entró en ese instante. El hombre mantenía la cabeza baja, el cuerpo aún marcado por los golpes invisibles que había sufrido antes. Caminaba despacio, con un odre que arrastraba tras de sí. Lo abrió y lo dejó frente al Profeta. Dentro, estaba lleno de sangre fresca, todavía tibia.

—Bebe, mi señor.

El Profeta lo miró desde arriba, con ojos que parecían atravesarlo. Su boca se curvó en una mueca de placer y desdén al mismo tiempo.

—Como un perro… —acarició el odre con la yema de los dedos—. Me traes lo único que sostiene mi poder. ¿Lo entiendes, Torbu? Sin esta sangre, el Gran Ojo de Kudram se apartaría de mí.

Torbu asintió, sin atreverse a levantar la vista.

El Profeta bebió hasta la última gota. El líquido le manchó los labios y el mentón. Luego se recostó sobre el cojín, exhausto, pero con una chispa de locura en la mirada.

—Pronto no necesitaré que me traigas nada —susurró con una carcajada baja—. Cuando el Ojo de Kudram se abra del todo, el mundo entero sangrará para mí.

Torbu bajó aún más la cabeza. El Profeta cerró los ojos, satisfecho, mientras el olor de la sangre fresca y el incienso llenaba la tienda.