Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Bajo la lona verde
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Bajo la lona verde

El Templo Belurio estaba envuelto de conversaciones de todo tipo.

La lona verde, tensada con cuerdas remendadas, contenía el bullicio de decenas de refugiados.

Los faroles de aceite colgados en las vigas de madera lanzaban luz amarillenta sobre la paja del suelo.

Tras el mostrador, los barriles de licor se apilaban como murallas improvisadas.

El olor a especias se mezclaba con el alcohol fuerte y con el sudor de quienes reían para olvidar las miserias del éxodo y últimamente había muchas.

Un hombre de barba entrecana y manos ásperas levantó su jarra al ver acercarse a Edoz.

—Bienvenido, ¿qué quieres tomar?

Edoz dejó caer unas monedas sobre la barra.

—Una jarra de lo que tengas menos aguado.

La cerveza negra, medio fría, le bajó áspera por la garganta.

Alrededor, el ambiente estaba envenenado por rumores.

Dos soldados discutían en un rincón sobre la reciente pelea entre los Hijos de Kudram y la guardia de Shuraz.

Uno mostraba la venda empapada en sangre en su brazo.

Un sacerdote de Bel-Hur entonaba plegarias por los muertos mientras otro, con túnica de Kudram, lo interrumpía con cantos a su propio dios.

La lona parecía temblar bajo aquel choque invisible.

Edoz miró la jarra de cerveza en su mano.

—Funerales dobles… Hasta los dioses deben de estar cansados de tanto escuchar nombres de muertos.

Una voz sonó tras él.

—Y tú bebiendo tan tranquilo. ¿No deberías estar con tus compañeros, los embajadores de Beluria?

Kalthis apareció entre la multitud con el laúd al hombro y una piel de zorro sobre el pecho. Tenía el pelo enredado y los dedos manchados de resina. Edoz arqueó una ceja.

—Embajador, eh… No, y mejor dejar aire entre nosotros en estos momentos, es difícil de explicar…

Se llevó la mano al pecho, donde bajo la ropa dormían las cicatrices.

No habían vuelto a arder desde hacía semanas.

El silencio interior era casi más inquietante que la fiebre oscura que antes lo acompañaba sin descanso.

Estaba convencido de que su sentimiento por Sairah apagaba su oscuridad interior.

Kalthis le miró con una sonrisa burlona.

—¿Entonces qué eres, Edoz?

—Agregado de comercio. Se supone que sin mí, no podrías beber esa cerveza. Aunque, claro, yo no he hecho nada.

Ambos rieron, un sonido que contrastaba con la densidad del ambiente que se respiraba en todos lados.

Edoz se inclinó hacia él.

—Estuve en el bosque con Shuraz. Conocimos a esos duendes verdes del infierno, los arreshim. Bestias que juegan a ser hombres. Se comieron vivo a uno de los nuestros ¡delante de nosotros!

Edoz bebió un trago largo.

Kalthis, horrorizado, no parpadeó.

—Toqué para ti junto al Carro Rojo. Aunque no estabas.

—Lo sé. Me lo han contado. Gracias, aunque seguro que llovió después de vuestro concierto.

El bardo sonrió y se encogió de hombros.

—No recuerdo que lloviera. Pero Edoz —siguió el bardo muy serio—, la música cambia a la gente, mira los Sin Dios. Ahora no solo quieren estar al margen de la fe. Ahora aprenden a tocar melodías, escuchan y sienten algo distinto gracias a la música.

Edoz dejó la jarra vacía sobre la mesa.

—Entonces, escucha tú también. Voy a montar algo que también va a cambiar a las personas, como tu música, y de paso nos hará ricos: luchas, apuestas y diversión. Los hombres necesitan la sangre tanto como la cerveza. Tú y tu banda podéis amenizar esas veladas.

Los ojos de Kalthis brillaron con interés, pero no respondió de inmediato. El laúd descansaba contra su pierna y sus dedos tamborileaban en la madera.

Edoz observó al bardo con una sonrisa y midió cada uno de sus gestos.

—¿Tocarías durante las peleas? —alzó la ceja, mientras alguien le ofrecía una pipa y Edoz la aceptaba con un gesto de agradecimiento y se la encendía en la penumbra.

Kalthis se acomodó el laúd en los brazos y rio con una carcajada despreocupada.

—Por supuesto. ¿Qué es una pelea sin música?

Los golpes retumban más fuerte si alguien les pone ritmo.

Puedo imaginarlo —se inclinó hacia Edoz—.

Peleas al aire libre, rodeadas de antorchas.

Hacemos que la música suba con cada golpe y cuando alguien caiga, que los tambores retumben como truenos. Nadie olvidará esas noches.

Edoz ladeó la cabeza.

—Me gusta tu entusiasmo. Tienes demasiadas ideas para no sacar provecho de ellas. ¿Quieres formar parte del negocio?

Kalthis arrastró la mirada hacia sus músicos, que se dedicaban a afinar cuerdas y llenar cuencos de vino aguado.

—Yo solo quiero tocar, beber hasta perder el sentido y que nunca falte carne en mi plato. Con eso me basta.

Edoz lo observó, buscaba un resquicio de ambición oculto. El bardo, sin embargo, solo sonrió con la despreocupación de quien no temía nada.

—Y mientras haya música, Edoz, la gente siempre se reunirá a compartir una cerveza fría. Lo tuyo serán las apuestas. Lo mío, que nadie se marche antes del último acorde.

Edoz fumó de la pipa y asintió despacio, soltaba bocanadas de humo, mientras calculaba cómo podía usar aquel talento sin atar al músico con cadenas.

El tabernero pasó frente a ellos para recoger dos jarras vacías. Al escuchar la palabra cerveza, soltó una risita ronca y apoyó los codos sobre la barra improvisada.

—Ya que habláis de negocios —gruñó—, os diré cómo mantenemos fría la bebida en mitad de esta aventura ambulante.

Edoz levantó la mirada y Kalthis ladeó la cabeza, intrigado.

—En el campamento del éxodo no hay bodegas ni sótanos —continuó el tabernero, y señaló con el pulgar hacia el exterior—.

Así que usamos el carro. Lo forramos por dentro con pieles mojadas y lo cubrimos con una lona doble.

De día lo dejamos a la sombra de las tiendas más grandes.

El viento hace su trabajo: pasa entre las pieles húmedas y el interior se enfría.

No es magia, pero mantiene la cerveza más fresca que beber de un río turbio.

—¿Y funciona? —preguntó Kalthis.

—Funciona lo suficiente para que regreséis —el tabernero dio un golpecito a la jarra de Edoz—.

Pero lo de Alonia era otra historia. Allí, las tabernas de verdad guardaban la bebida bajo tierra.

En bodegas profundas, frescas como cavernas.

Algunas tenían pozos de agua helada que venían de galerías antiguas.

Hasta había quien usaba vasijas enterradas en patios de piedra: dejaban la cerveza dentro y la tierra hacía el resto.

En verano, las mejores tabernas colgaban cántaros de arcilla por las ventanas.

El aire pasaba y el agua que rezumaba por fuera evaporaba y enfriaba el interior.

Bebida fría sin necesidad de hechiceros.

El tabernero se incorporó y recogió otros cuencos.

—Pero eso era en la gran ciudad. Aquí lo único que tenemos es ese carro al que llamáis taberna ambulante y mi paciencia. Y si alguno quiere cerveza fría, tendrá que seguir empapando pieles y rezando para que el viento no se duerma.

Kalthis dejó escapar una carcajada suave.

—Suena a mucho trabajo para un sorbo.

—Pues por eso, bardo, se cobra —murmuró el tabernero mientras se alejaba entre el gentío.

Edoz observó cómo el hombre desaparecía entre las sombras de la lona verde, y volvió a llevarse la pipa a los labios con una media sonrisa. El éxodo avanzaba a golpes de fe, de música… y de cerveza apenas fresca. Y aun así, todos bebían. Él también.