Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Voces de Sombra
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Voces de Sombra

La hoguera del Consejo ardía baja cuando Shuraz entró en la tienda de Anara. Traía la piedra con la marca ennegrecida aún en la mano. La apretaba con fuerza, como si quisiera aplastarla. Sus ojos tenían un brillo distinto, el de alguien que empezaba a preguntarse quién era.

Tiró la piedra al suelo con rabia.

—Dicen que Oscuria nació de Kudram —murmuró sin mirarla—. Que yo mismo estoy marcado por ese dios de sangre y odio.

Anara lo observó. El humo del incienso se enredaba en su pelo y lo envolvía todo con un aire solemne. Se levantó despacio, tomó la espada envainada de su espalda y la sostuvo entre ellos.

—Esta hoja siempre se ha alzado para salvar vidas, no para condenarlas —explicó ella—. Nadie que te conozca lo pone en duda.

—¿Y si se equivocan? —preguntó él con un tono roto—. La hoja me susurra y no la entiendo. ¿Y si me influye de algún modo?

—Entonces, yo también me equivoco contigo —respondió Anara—. Y estoy dispuesta a caer a tu lado antes que abandonarte.

La convicción de la suma sacerdotisa lo atravesó como un bálsamo. Pero fuera, las brasas de los rumores ardían sin control.

Esa misma noche, un grupo de Hijos de Kudram apareció frente a las tiendas de los soldados de Shuraz.

Nadie recordaba quién lanzó la primera piedra, pero en un instante las voces se transformaron en golpes.

Los gritos llamaron a los que dormían, y pronto las hogueras iluminaron una trifulca desbordada.

Espadas y bastones se cruzaron, hombres rodaron por el suelo entre insultos y una mujer se hirió en la frente al caer contra una estaca.

—¡Farsante! ¡Tu acero pertenece a nuestro dios de la sombra! —vociferó uno de los Hijos de Kudram y se lanzó sobre un capitán de Shuraz.

Los soldados respondieron con furia; el honor de su comandante estaba en juego.

Anara salió de su tienda y alzó las manos. Su voz, cargada de autoridad, retumbó por encima del tumulto:

—¡Basta! ¡Callad todos!

El silencio llegó a medias, como un mar agitado que apenas cede. Los ojos de unos y otros se clavaron en ella, expectantes. Shuraz apareció a su lado, con Oscuria desenvainada. El reflejo de la hoja arrancó un murmullo inquieto en la multitud.

Anara dio un paso adelante.

—Si esta espada es un don oscuro, entonces Bel-Hur habrá de juzgarnos a todos por confiar en ella. Y si no lo es, malditos los que envenenan al pueblo con mentiras.

Los Hijos de Kudram retrocedieron entre gruñidos, pero la semilla ya estaba plantada. El campamento había probado la violencia y el aire olía a resentimiento.

En lo profundo de la noche, mientras el tumulto se disolvía poco a poco, una figura observaba desde la sombra de las tiendas, era Lyria. Quedó pensativa al ver a Shuraz más solo que nunca, aunque aún cubierto por la sombra protectora de Anara.

Al amanecer, varios cuerpos de Hijos de Kudram aparecieron apuñalados en los bordes del campamento. Nadie sabía con certeza si fueron soldados de la Guardia del Éxodo que se tomaron la justicia por su mano.

Cuando los seguidores de Kudram descubrieron a varios de los suyos muertos, estalló la segunda pelea entre los Hijos de Kudram y los soldados de Shuraz, y ya se había desbordado como una tormenta.

Gritos, piedras, puñetazos y patadas. Nadie supo nunca el instante exacto en el que la oscuridad se coló entre ellos, pero lo hizo.

Torbu, oculto bajo una capucha raída, avanzó por el tumulto como un lobo entre el ganado. Su mano sudaba en la empuñadura de un cuchillo corto, el mismo que el Profeta le había entregado tiempo atrás.

—Que la sangre alimente la llama —susurró aquella voz en su cabeza.

A su alrededor, los hombres forcejeaban, derribaban tiendas y se golpeaban con furia.

Nadie notó a la alimaña que se deslizaba entre ellos con la serenidad de un cazador.

Se acercó a un joven que intentaba separar a dos combatientes.

El filo entró limpio entre sus costillas.

El chico abrió los ojos con sorpresa, pero el griterío se tragó su último aliento.

Torbu se alejó sin prisa, ocultando la hoja bajo la manga. Otro cuerpo cayó poco después, una mujer que buscaba proteger a su hijo de los golpes. Torbu pasó a su lado y el cuchillo habló por él. La sangre manchó la tierra y se mezcló con la de los heridos en la refriega, imposible de distinguir.

El caos lo cubrió todo. Nadie preguntaba de dónde venían tantas heridas mortales, nadie miraba más allá de sus propios puños.

El Profeta, desde su tienda, alzaba un talismán de hueso con el ojo de Kudram y murmuraba.

La sombra de su voz se arrastraba en la cabeza de Torbu, distorsionada, vibrante, ordenándole dónde clavar la hoja.

Un tercer inocente cayó, esta vez con el cuello abierto. El cuchillo se hundió y salió guiado por la oscuridad de Kudram. Torbu respiró hondo; la confusión era perfecta para sembrar el desconcierto.

Y entonces lo sintió: un latigazo de placer extraño. El griterío del campamento se volvió más denso, más feroz. El Profeta sonrió desde su tienda, aunque nadie lo viera, y dedicó aquella sangre inocente a su dios oscuro.

La trifulca dejó tras de sí cuerpos que no pertenecían ni a uno ni a otro bando. Muertos que nadie supo señalar como enemigos. Unos culpaban a los otros y la semilla de la duda había sido regada con sangre inocente.

La pelea cesó tan rápido como había estallado. El campamento quedó cubierto por jirones de tela rota, sangre en la tierra y cuerpos inmóviles. El humo de las hogueras agitadas por la refriega oscurecía las figuras que se movían entre los heridos.

Un murmullo surgió de los Hijos de Kudram.

—¡Los soldados de Shuraz los han matado!

—¡Mirad, niños y mujeres muertos!

—¡Esto no ha sido una pelea, ha sido una masacre!

Los dedos acusadores se alzaron contra Shuraz y sus hombres, la Guardia del Éxodo, que aún respiraban agitados, con los nudillos enrojecidos y las espadas ensangrentadas.

Nadie distinguía qué heridas venían de la pelea y cuáles habían sido abiertas por la mano invisible de Torbu.

La confusión era perfecta: todos los muertos parecían fruto de la violencia desatada.

Un anciano cayó de rodillas junto al cadáver de su nieto.

—¡Asesinos! ¡Shuraz protege a los demonios, no a nuestro pueblo! —gritó con la voz quebrada.

El rumor corrió como un fuego indomable por un pajar. Algunos soldados intentaron explicarse, pero cada palabra se ahogaba entre acusaciones y llantos. Los Hijos de Kudram avivaban la hoguera con gritos calculados, repetían nombres, señalaban caras y envolvían a Shuraz en un manto de odio.

El comandante se abrió paso entre sus hombres. Oscuria, aún ensangrentada por la refriega, brillaba con un fulgor negro bajo la luz del fuego. A los ojos del pueblo, aquello fue prueba suficiente: la reliquia que blandía confirmaba los susurros que Lyria había sembrado.

La multitud se apartaba de él con miedo. Nadie lo escuchaba, ni siquiera cuando levantó la voz. Cada palabra suya se deshacía en el aire como la ceniza, cubierta por las voces que repetían una sola idea: Shuraz había traído la muerte al éxodo.

El campamento estaba sumido en un rumor que se había transformado en un griterío. Los cuerpos yacían esparcidos, y los ojos acusadores se clavaban en Shuraz. Cada paso que daba entre los curiosos y heridos provocaba murmullos crecientes.

—¡Asesino! —vociferó un sacerdote, y golpeó el suelo con su bastón—. ¡Tus hombres matan a inocentes!

Los Hijos de Kudram se unieron al coro y señalaron con dedos largos y huesudos. El nerviosismo estaba a punto de romperse en violencia de nuevo.

De repente, una figura emergió de la bruma y el humo: Anara.

Sus pasos eran firmes, y sus ojos estaban cargados de una autoridad que hizo que los gritos vacilaran.

Se situó al lado de Shuraz, sin tocarlo; solo estaba junto a él ante la acusadora multitud.

Tras ella, Sairah permanecía en guardia con el bastón de guerra en la mano, y Sangre junto a ella vigilando las espaldas de la suma sacerdotisa y líder del campamento belurio.

—¡Basta! —Su voz retumbó por encima del tumulto—. ¡Nada de esto es cierto!

Algunos se detuvieron, otros retrocedieron, pero la ira todavía brillaba en los ojos de muchos. Shuraz bajó la espada y respiró hondo. Oscuria aún chispeaba bajo la luz de las hogueras.

—Esta espada no ha matado nunca a un inocente. No somos asesinos —dijo él lo bastante alto para que la voz les llegara a todos.

Anara avanzó un paso más:

—Miradme a mí. Yo confío en él. Y si dudáis de su honor, dudad también de vuestro juicio, porque estaríais dudando también de mí.

El campamento vaciló. Algunos bajaron los brazos, otros se avergonzaban, atrapados en el miedo que los cuchicheos habían sembrado.

En lo profundo de la noche, mientras la multitud se dispersaba poco a poco, Anara abrazó a Shuraz y se quedó a su lado en silencio.

Él sentía el calor de ella y la paz que siempre le había transmitido, estaba más latente que nunca.

Aun así, ambos sabían que aquello era solo el principio: la semilla de la duda estaba plantada y el caos podría volver a florecer en cualquier momento.