Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El nuevo señor de las ratas
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El nuevo señor de las ratas

Más allá de los bordes del campamento, entre arbustos secos y troncos torcidos, Edoz se detuvo a ajustarse sus brillantes botas. Su capa roja impoluta colgaba sobre su hombro, un lujo entre la mugre del multitudinario campamento.

Un crujido lo alertó. De entre las raíces surgió un niño con las manos ennegrecidas, la cara sucia y una camisa hecha jirones. Permaneció con la mirada fija, como quien observa un fantasma extraviado.

Edoz desató su bolsa, que tintineó al abrirse.

—¿Recuerdas el Pozo, en Alonia? —levantó la vista y vio cómo el crío se humedecía los labios al ver las monedas—. Arena, sangre y apuestas. Alonia se divertía con eso.

El niño parpadeó.

—Aquí no hay tigres celestes.

—No necesito tigres. —Edoz se inclinó hasta rozarle el hombro—. Solo necesito ratas. Dicen que el Pozo de Alonia estaba infestado de ratas y Zarhel solía frecuentarlo.

El chico retrocedió, desconfiado.

—Zarhel está muerto. Su gente anda dispersa.

Edoz le sonrió.

—Precisamente. Tú los reunirás. No importa dónde se escondan. Tienes hasta la próxima luna.

Arrojó la bolsa a la tierra. El niño dudó antes de recogerla, por si era una trampa. Edoz se dio media vuelta, la capa ondeó tras él.

—¿Y si no vienen? —gritó el crío con voz cascada.

Edoz no miró atrás.

—Entonces vendrán otros. Siempre hay hambre de dinero.

El bosque susurró a lo lejos.

En un claro apartado, bajo una lona mal tensada, siete críos lo observaban muy callados, sus ojos brillaban como cuchillas en la penumbra.

Vestían con harapos, se les marcaban las costillas y estaban armados con cuchillos oxidados que llevaban amarrados por cinturones de cuerda.

El recuerdo de Zarhel aún persistía en ellos.

Edoz paseó entre los chiquillos con paso lento. Sus botas relucían bajo la luz de la hoguera improvisada. Ninguno apartó la vista de él.

—Zarhel ya no está. Y con él murió vuestra seguridad. —Tomó una rama ardiente y la clavó en la tierra—. Yo no soy Zarhel. No os azotaré por fallar, pero tampoco os perdonaré si me traicionáis.

El más pequeño carraspeó.

—¿Y qué nos das a cambio?

Edoz arrojó una bolsa abierta y monedas de cobre y pedazos de pan duro cayeron al suelo.

—Comida, dinero y mi palabra frente al príncipe. Si os atrapan, yo intercederé. Si os golpean, yo os cubriré. Nadie tocará a mis ratas sin pagar el precio.

Un murmullo recorrió al grupo. La mayor, una muchacha de ojos hundidos, apretó el puño.

—¡Aún no somos tus ratas! —exclamó uno de los niños y Edoz echó a reír.

—¿Y qué tenemos que hacer? —preguntó la muchacha mayor.

Edoz sonrió.

—Lo sabéis de sobra. Rumores, secretos, discusiones en tiendas apartadas, nombres, enemigos, debilidades y alianzas. El que me traiga oro en forma de palabras recibirá algo más que pan.

El chico de los harapos negros escupió al suelo.

—Zarhel decía lo mismo, pero él nos prohibía matar.

Edoz inclinó la cabeza y sus ojos centellearon bajo la sombra.

—Yo no os lo prohíbo. Si una lengua no calla, cortadla. Si un enemigo os descubre, hacedlo desaparecer. No sois niños, sois mis ojos. Vuestra daga es mi daga.

El silencio se alargó. El fuego chasqueó y, uno tras otro, los críos asintieron.

Edoz extendió la rama ardiente, dibujó un círculo en el suelo y luego lo cruzó con una X.

—Hoy nace otra hermandad. El fin justifica los medios. La información es sangre y sangre me traeréis.

La muchacha dio un paso al frente y hundió su cuchillo en la tierra dentro del círculo.

—Señor de las ratas.

Los demás imitaron el gesto, hasta que siete filos rodearon la marca de fuego.

Edoz dejó escapar una risa oscura.

—Entonces, que el campamento tiemble. Las ratas vuelven a correr.

Un aullido resonó en el bosque cercano, parecía una señal.

—Los dioses nos dan su bendición —dijo Edoz satisfecho.

Ninguno se movió. Los ojos de Edoz brillaron con un destello de triunfo.

La hoguera echaba humo negro bajo la lona improvisada. Edoz se sentó sobre un cajón con la capa abierta, como un juez que aguardaba dictar sentencia. Frente a él, los niños lo miraban expectantes.

—Ya tengo vuestro primer trabajo. —Golpeó el cajón con un anillo de plata—. Quiero luchadores. Los mejores que podáis encontrar en el campamento. Hombres que acepten ganar dinero por pelear o perderlo a golpes.

Un chiquillo de dientes rotos alzó la voz.

—Shuraz. Nadie lo vence.

Edoz se inclinó en la penumbra.

—¿Shuraz? Buscad algo más barato, que no importe si muere de un mal golpe. No quiero héroes, quiero carne de espectáculo.

—Cuidado con Shuraz, no es lo que parece —murmuró la mayor del grupo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Edoz intrigado.

—Se cuentan cosas de él en el campamento —continuó el niño de los harapos negros—. Se dice que no lucha solo con sus músculos, que Kudram lo marcó. Dicen que Oscuria, esa espada suya, no está hecha de acero común, dicen que tiene alma propia.

Otro añadió con voz temblorosa:

—Y dicen que no es libre. Que Kudram lo controla, que cada golpe suyo obedece a un dios que no es Bel-Hur.

El aire pareció espesarse. Los niños callaron de golpe, parecía que hubieran pronunciado un sacrilegio.

Edoz se quedó inmóvil. La sonrisa desapareció y tamborileó los dedos sobre el cajón.

—Rumores… oro puro —se inclinó hacia ellos—. Reunidme más sobre Shuraz: nombres, hechos, testigos. No me traigáis cuentos de fogata, traedme pruebas.

El silencio se quebró cuando uno de los pequeños apretó los puños.

—¿Y los luchadores?

Edoz asintió y recuperó la sonrisa.

—También. Quiero ambas cosas. Sangre para el pozo y verdad para mi bolsa.

Los niños asintieron, nerviosos, antes de dispersarse entre la oscuridad.

Edoz se quedó solo bajo la lona y observó la hoguera mientras se consumía. Su reflejo brilló en el anillo mientras murmuraba:

—Shuraz, agente de Kudram… Si eso es cierto, será una daga contra el corazón del éxodo.

En las tiendas de los sanadores imperaba el olor a hierbas medicinales.

Varios cuerpos reposaban en camastros, cubiertos hasta el cuello con mantas ásperas.

El príncipe Belbarozh estaba recostado en uno de ellos, con un brazo vendado y un escriba inclinado sobre un tablón de madera que anotaba cada palabra que salía de su boca.

Edoz apartó a un sanador que intentó detenerlo. Su capa roja se abrió con un gesto elegante y reveló la daga que siempre giraba entre sus dedos.

—Alteza, traigo un negocio que aliviará más dolores de los que esas hierbas curan.

Belbarozh arqueó una ceja.

—Habla.

—El campamento necesita aire. —Edoz dejó que la daga que llevaba en la mano descansara en el cajón de madera junto a la cama—.

No solo pan y agua, también aliento. Gritos, apuestas, distracción.

Luchas sangrientas. Un circuito controlado, con sangre, sí, pero solo la suficiente para que distraiga de la miseria del pueblo.

El príncipe inclinó la cabeza hacia el escriba, que no dejó de raspar la tablilla con su punzón.

—Diversión en mitad de ese bosque maldito. No suena peor que lo que ya hemos vivido… —Sus ojos se afilaron—. Pero antes, Edoz, quiero que me hables de Zarhel.

El aire se endureció. Edoz recogió la daga y la hizo girar con gran destreza.

—Zarhel. Ese asunto todavía me quema la piel. Recuerdo poco. Demasiada sangre, muy poca luz. Yo mismo estuve a punto de morir.

Belbarozh lo escuchó con atención.

—Muchos me quieren muerto, alteza —prosiguió Edoz—. No solo por la extraña muerte de Zarhel. No olvidan mi oficio en Alonia, dentro de la Torre Roja. Un verdugo al servicio de los alonios no gana simpatías entre los belurios, y aunque nunca manché mis manos con nuestra sangre, nadie me cree.

El príncipe golpeó el camastro con el puño sano.

—Los rumores crecen como la peste. Edoz, necesito que seas útil.

Edoz sonrió, ladeando la cabeza.

—La utilidad siempre fue mi especialidad. He sido ayudante de artesano, verdugo, intérprete, embajador, y espía. Siempre útil, mi señor.

Belbarozh se incorporó un poco, el sudor brillaba en su frente.

—Te encargarás también del Carro Rojo. Nadie mejor que quien derramó sangre en la Torre Roja para mantener a raya a los condenados.

Edoz no se inmutó.

—Un castigo que pocos aceptarían. Los alonios me lo impusieron antes que vos. Lo haré con gusto, y lo haré bien. El éxodo sabrá que su príncipe aún tiene garras.

—No te dejes tu daga —dijo el príncipe mientras la señalaba sobre el cajón.

—Quédatela. Por si intentan matarlo de nuevo —respondió Edoz.

Belbarozh asintió, agotado, antes de cerrar los ojos. El escriba dejó de escribir, pero Edoz ya no estaba en la tienda.

El Carro Rojo se alzaba en medio del descampado, reforzado con planchas oxidadas y cadenas que colgaban como serpientes de hierro. Dentro, ahora no había ningún condenado, pero su guardián estaba ahí, al pie del cañón, como quien guarda un tesoro.

Perin Pies Raudos se ajustó su gorro de cuero calado hasta las cejas. Vigilaba sentado sobre un barril, con su lanza en la mano.

Edoz se plantó frente a él.

—Guardián del Carro Rojo. Seré tu nuevo señor. El príncipe me lo ha encomendado. Tú continua como hasta ahora, pero cuando yo te pida cuentas, me lo dirás todo.

Perin se quedó helado. Después, con un gesto torpe, se arrancó el gorro y lo apretó contra el pecho.

—Un embajador de Beluria… mi señor del Carro Rojo. Nunca lo habría soñado. —Perin bajó la voz—. Antes de que volviera, Kalthis, el bardo, tocó junto a su banda aquí mismo, para animarle a vos. Pero ya no estaba, se había metido en el bosque…

Los ojos de Edoz se estrecharon.

—¿Kalthis?

El guardián asintió, con expresión nerviosa.

—El músico. El del laúd —explicó Perin.

—Ah, ese Kalthis —dijo Edoz.

Edoz dio media vuelta sin mediar más palabra.

Perin lo contempló marcharse, todavía con el gorro entre las manos.

—Un embajador de Beluria como señor… —susurró, sin creerlo del todo.

Edoz se perdió entre las tiendas; ya pensaba en su siguiente paso.