Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Las Guerras de Hierro
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Las Guerras de Hierro

Las montañas de Piedras Oscuras dormían bajo un cielo rojo como una herida abierta. Las laderas, cubiertas de ceniza endurecida, crujían bajo el peso del ejército humano. Los ríos de lava se habían extinguido hacía décadas, pero el aire conservaba el olor a hierro fundido y a muerte antigua.

Sobre aquella llanura de grietas negras, hombres y monstruos se preparaban para arrancarse la existencia.

—¡Adelante, Hijos de Akh-Rés! —tronó el general humano, con la armadura cubierta de ceniza—. ¡Hoy apagaremos el fuego de los Balrund!

El suelo respondió con un rugido que no pertenecía a garganta humana alguna.

Entre brumas ardientes surgió un trol de fuego, de piel agrietada. El humo escapaba por las fisuras, y cadenas de bronce colgaban de los antebrazos como trofeos de guerras pasadas. Cada paso levantaba brasas. Detrás de él, su tribu rugía con voces que sonaban a hornos que se abrían.

Los hechiceros arresios avanzaron al frente.

Entre ellos marchaba Maltherion, el más joven en ocupar un puesto de autoridad en la historia de su orden.

Su pelo cobrizo brillaba bajo la luz rojiza, y en sus ojos ardía un fuego que ni el cansancio ni el miedo parecían poder apagar.

Alzó su bastón marcado con runas escarlatas.

—¡Abrid las grietas! —ordenó.

Los hechiceros golpearon el suelo al unísono. La tierra se abrió con un estallido y columnas de fuego surgieron como lanzas vivas. Los trols rugieron, cegados por el fulgor, pero resistieron.

Uno de ellos, enorme, con colmillos como espadas, arrancó una roca del suelo y la lanzó con furia. Tres soldados arresios murieron aplastados sin llegar a gritar.

—¡No retrocedáis! —vociferó un hechicero, vomitando llamas contra los monstruos.

Los arreshim, aliados obligados por pactos antiguos, permanecían en la retaguardia. Sus pieles verdes, sus cuerpos pintados con símbolos del bosque y sus miradas salvajes parecían hechas para la guerra y para el silencio.

Sus flechas estaban impregnadas con veneno de raíces profundas, pero sus ojos revelaban que desconfiaban tanto de los humanos como de los trols a los que se debían enfrentar.

Entonces, ocurrió.

Un estruendo distinto a todos desgarró el aire.

La tierra tembló, se abrió, y emergió Balrund, el primero de los trols de fuego.

Su tamaño superaba el de cualquier criatura viva.

Su pecho, atravesado por una herida eterna, dejaba ver un corazón de carbón encendido que iluminaba cada grieta de su cuerpo.

Con cada respiración, un soplo de humo negro escapaba de su boca ardiente.

—¡Hermanos! —rugió en su lengua abrasadora—. ¡Hoy devoraremos el sol! ¡Hoy Piedras Oscuras volverá a arder!

Sus palabras, aunque incomprensibles para los humanos, helaron la sangre de todos.

Maltherion lo vio avanzar, indomable, y apretó los dientes.

—Si él no cae, esta guerra será inútil —musitó para sus adentros.

Los hechiceros formaron un círculo y elevaron sus voces. El cielo se volvió fuego líquido. Un anillo ardiente descendió sobre Balrund y lo atrapó en una jaula de luz.

Balrund alzó los brazos, resistió, y las cadenas de llamas se quebraron una tras otra. Los soldados arresios gritaban al verlo avanzar.

Fue entonces cuando los arreshim decidieron actuar. Pero no contra los trols, sino que dispararon contra Balrund.

Cientos de flechas envenenadas silbaron en el aire y se clavaron en las grietas ardientes del gigante. El coloso vaciló, lanzó un rugido que retumbó en toda la montaña, y el fuego de su pecho titubeó por un instante.

—¡Ahora! —bramó Maltherion.

Descargaron sobre él la furia de cien brujos. El aire se volvió blanco y el suelo se hundió bajo el peso de la explosión. Cuando la nube de ceniza se disipó, Balrund seguía en pie. Herido, tambaleante, pero no había caído.

El gigante levantó su mano ensangrentada hacia el cielo, como jurando algo ante los dioses que aún lo miraban, y luego cayó hacia atrás. El impacto abrió una grieta que lo engulló. La montaña se cerró sobre él con un gemido sordo.

Los trols supervivientes fueron capturados, encadenados y arrastrados hasta las simas volcánicas. Uno a uno, fueron ejecutados y enterrados en lo que después llamarían el Cementerio de los Balrund.

Los arreshim, con numerosa bajas, quedaron como traidores a ojos de los suyos y despreciados por los hombres. Los supervivientes fueron desterrados al Bosque Sagrado, condenados a custodiarlo como exiliados sin hogar ni aliados.

Los ejércitos abandonaron la llanura con el sabor de una victoria amarga.

Solo Maltherion se quedó.

Caminaba entre cadáveres aún calientes, cuando vio a un trol caído que respiraba con dificultad. El último de su raza. Sus ojos ardientes lo miraron fijamente.

Maltherion clavó su bastón en la ceniza.

—Todos se irán —susurró—. Yo no. Si el mundo os olvida, yo os recordaré. Hasta que tú o yo expiremos.

El trol no respondió. Aun así, su corazón ardía.

Maltherion lo contempló mientras la ceniza descendía sobre él como nieve negra y el juramento quedaba sellado para siempre en aquel cementerio de fuego apagado.