Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La Sombra de Oscuria
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La Sombra de Oscuria

Lyria ya había oído los susurros antes de que los heraldos lo confirmaran: Shuraz había regresado del Bosque Sagrado. Para muchos era una buena noticia. Para ella, ese era el momento que había esperado durante días.

Se despojó de su aspecto habitual con una precisión casi ritual. Dejó el sombrero sobre la cama, ocultó las armas bajo las telas más ásperas y se recogió el pelo en una coleta tirante. Ensució su rostro con barro húmedo hasta borrar cualquier rastro reconocible.

Cuando se quitó los guantes, sus manos desnudas parecieron más vulnerables… hasta que vio el anillo.

El anillo de plata carbonizada seguía en su dedo anular, como un recuerdo obstinado. El anillo que le había regalado a Zarhel. El que él nunca devolvió.

Lo deslizó entre los dedos, lo besó con suavidad y volvió al trabajo.

—Lo que queda de los muertos, a veces sirve mejor a los vivos —pensó.

Nadie debería reconocerla así. Nadie debería sospechar.

El campamento hervía con la agitación propia de la llegada de un héroe. Entre hogueras y tareas, Lyria se movió sin prisa y colocó las frases donde debían ir. Cada palabra era una semilla y cada semilla, un veneno.

Soltó la primera cerca del fuego de los exploradores.

—¿Habéis visto cómo brilla Oscuria por la noche desde que volvió del bosque? —dijo con tono casual—. Dicen que la hoja respira y que ningún herrero humano podría forjar algo así.

Los dos hombres se miraron con inquietud. No respondieron. No hacía falta. El rumor se encargaría de caminar solo.

Con las mujeres que cuidaban de los niños, Lyria adoptó otra postura, otra voz, otra máscara.

—Se cuenta que Shuraz recibió la espada en un sueño —susurró mientras peinaba a una niña—. A veces, las armas de los dioses oscuros también eligen a sus dueños.

El murmullo se extendió entre tiendas y carros. Oscuria dejó de ser un arma para convertirse en una historia, y la historia mutó como lo hacen las pesadillas compartidas.

Un guardia juró que la espada latía cuando Shuraz la desenvainaba.

Una joven dijo haber oído un canto dentro del acero.

Y un anciano aseguró haber visto marcas de Kudram grabadas en su hoja.

Nadie recordaba quién lo mencionó primero. Nadie sospechaba de la mujer que andaba entre ellos sin levantar la voz. Pero todos hablaban y todos le temían.

Shuraz lo notó.

El respeto que antes abría caminos a su paso se convirtió en silencio. Padres que antes le pedían consejo retiraban a sus hijos cuando él se acercaba. Arqueros que habían luchado hombro con hombro desviaban la mirada.

Una noche, al volver de su guardia, encontró en la entrada de su tienda una piedra blanca marcada con el símbolo de Kudram trazado en carbón. Nadie admitió haberlo hecho, pero nadie tuvo que hacerlo, la piedra hablaba por todos.

En el hueco más profundo de su propia tienda, Lyria escuchó sin querer uno de sus rumores transformado, redoblado, vuelto casi creíble por el miedo ajeno. Se estremeció con un placer nuevo.

El Profeta tenía razón.

—Aísla al guerrero. Sin confianza, hasta el más fuerte se quiebra.

Ella había obedecido con devoción.

Oscuria, antes orgullo del éxodo, era ahora un presagio de condena.

Shuraz irrumpió en la tienda de Anara con la piedra marcada todavía en la mano. La sostuvo, más pesada que una espada. El fuego que ardía en sus ojos no era furia, era duda, una duda que nunca había permitido entrar en su corazón.