El rugido del león de Beluria
Las hogueras del campamento ardían bajas, con brasas encendidas que respiraban entre el polvo reseco.
El humo impregnaba las telas de las tiendas remendadas con crin y grasa de caballo.
A su alrededor, lanzas clavadas en la tierra servían de advertencia.
La Guardia del Éxodo estaba alerta. Algunos descargaban golpes sobre troncos astillados, mientras otros trabajaban los filos mellados y hacían saltar chispas.
En el ambiente se percibía una violencia contenida.
Un cuerno grave resonó desde el centro del campamento.
Las conversaciones se apagaron. Shuraz apareció, con la armadura aún marcada por la incursión en el bosque de los arreshim.
Oscuria descansaba en su espalda; sus susurros solo eran escuchados por Shuraz, y ya no le molestaban.
El guerrero caminó hasta el estrado improvisado con tablones.
—¡Silencio! —tronó su voz.
La guardia se alineó entre las columnas de humo. Nadie en el ejército belurio osó parpadear.
Shuraz los recorrió con la mirada y vio soldados con miedo, hombres rotos que no sabían si debían seguir adelante. Inspiró hondo y habló:
—El príncipe Belbarozh vive, pero sus heridas lo mantienen postrado. Hasta que recupere las fuerzas, ha entregado la autoridad del éxodo a Anara. Ella tomará las decisiones en el Consejo. Yo seguiré a su lado y al frente de vosotros.
Un murmullo recorrió la formación.
—¿Una tabernera? —escapó la voz de un veterano al fondo.
Shuraz dio un paso adelante y el aire se heló.
—Ya no es tabernera. Es la suma sacerdotisa, y ahora nuestra guía, y mientras mi espada siga a su lado, la obedeceréis como me obedecéis a mí.
Hubo un silencio absoluto y el veterano que había hablado bajó la mirada, avergonzado.
Shuraz alzó la mano y señaló a tres oficiales que dieron un paso al frente.
—Torvak, estás al mando de la patrulla norte. Zarya, vigilarás los carros de provisiones. Holen, organiza las guardias nocturnas en turnos dobles. Si alguien se duerme, no verá otro amanecer.
Los tres asintieron.
El comandante miró al cielo encapotado.
—Los arreshim no duermen —dijo Shuraz, y recorrió con la mirada a sus hombres, uno a uno—.
El bosque no duerme, y los muertos tampoco.
Entraremos en el corazón salvaje de Arresia, pero no permitiremos que nada haga daño a nuestras familias.
Ni arreshim, ni bestia, ni traidor. El campamento respira porque vosotros lo protegéis. Si caéis, caemos todos.
Un rugido se elevó entre los hombres que golpeaban lanzas contra escudos. El suelo tembló al ritmo y el ruido se escuchó en todo el campamento.
Shuraz desenvainó y alzó a Oscuria, y la impresionante hoja devolvió un brillo oscuro, difícil de olvidar.
—Entrenaremos hasta sangrar. Nadie se rompe, nadie se esconde. ¡Desde esta noche, la Guardia del Éxodo vuelve a nacer!
Los soldados respondieron con un grito unánime. Espadas desenvainadas al aire, escudos levantados y pasos firmes en dirección a la explanada de las prácticas. Cargaron unos contra otros, lanzaron embestidas, sudaron y gritaron hasta quedar afónicos.
Shuraz permanecía de pie bajo el humo de las hogueras y observaba a sus hombres luchar y sangrar en la tierra con furia renovada. La Guardia del Éxodo ardía de nuevo; esa noche, ningún soldado sintió miedo.
Junto a la tienda de la suma sacerdotisa, Edoz sostenía la daga, haciéndola girar entre los dedos como una prolongación de su mano. Cuando vio a Sairah acercarse con paso firme, sonrió.
—Me alegra verte por aquí y no en ese estercolero donde viven los tuyos.
El lobo rojo levantó la cabeza al escuchar su voz. Sairah se detuvo frente a él con sus ojos encendidos.
—Ese estercolero era mi hogar —replicó con tono frío.
Edoz inclinó la cabeza, sin perder la sonrisa.
—Un hogar que no te merecía. Aquí estás mejor. Aquí me tienes a mí.
Ella soltó una carcajada seca.
—Siempre tan seguro de ti mismo, verdugo.
La daga desapareció en la manga de Edoz. Dio un paso adelante, la miró a los ojos y en ese instante el lobo gruñó bajo ellos. Él acercó sus labios a los de ella. Sairah no retrocedió, lo besó con furia contenida.
—Invítame a tu tienda —pidió él, aún cerca de su boca.
—Ahora soy la guardia personal de Anara. Debería estar con ella —se excusó la guerrera.
Edoz fingió un suspiro teatral y le apartó uno de los mechones que le caían sobre la cara.
—Siempre cumples con tu deber…
Sairah le miró a los ojos unos segundos. Luego se giró y caminó hacia la tienda de Edoz. Abrió la tela sin esperar respuesta, se volvió, lo miró de forma pícara y entró.
El lobo se tumbó en la entrada con los ojos fijos en Edoz, que le devolvió la mirada con una sonrisa de triunfo y la siguió.
Apenas había cerrado la tela de la entrada cuando un rugido lejano sacudió el aire del campamento: el ejército belurio clamaba al unísono.
Edoz apoyó la frente en la de ella y murmuró:
—Ahí lo tienes. Shuraz, el León de Beluria, ha soltado su rugido para mantenerlos vivos.
Sairah lo agarró por la solapa, lo atrajo hacia ella con fuerza y lo besó con lujuria desatada.
La tienda olía a vino derramado. En el fragor de la pasión habían tirado una jarra sin querer.
La tela se agitaba al compás del viento nocturno mientras Sairah empujaba a Edoz contra el catre.
Su cuerpo tatuado se arqueaba bajo la luz tenue, cada beso era un mordisco y cada roce, un desafío.
El lobo afuera gruñó al escuchar a su dueña, se asomó y no tardó en entender lo que sucedía dentro, así que se tumbó en la entrada y cerró los ojos.
Se amaron con pasión, sin delicadezas, como dos guerreros que adoraban heridas antiguas sobre la piel del otro. No hubo palabras, solo jadeos y el crujir de la madera bajo el peso del combate más íntimo. Cuando al fin quedaron exhaustos, Edoz apoyó la cabeza en el pecho de ella y rio entre dientes.
—Me dijiste una vez que no querías inmiscuirte en nada del campamento. Eres una Sin Dios libre, ¿qué ha cambiado?
Sairah apartó su pelo sudado y lo miró a los ojos.
—Anara. La he visto pelear por todos, hasta arriesgar su vida. No lo hace por fe ciega, sino porque quiere salvar a su gente. Yo también quiero ayudarla a hacerlo.
Edoz sacó y giró una daga entre sus dedos, indiferente.
—Yo solo soy un triste agregado de comercio del embajador de Beluria. Tengo la intención de incentivar el comercio. Con dinero negro, sí, pero es dinero al fin y al cabo.
Sairah lo tomó del mentón y lo obligó a mirarla.
—Hazlo, pero consúltalo con alguien importante antes de mover una moneda. Desde la muerte de Zarhel, muchos te vigilan y no pocos desconfían de ti.
El rostro de Edoz perdió la sonrisa. La daga quedó inmóvil en su mano y pensó en silencio.