Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El príncipe de barro
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El príncipe de barro

Las lonas de las tiendas de los sanadores se inflaban con el viento húmedo. El olor a resinas quemadas se mezclaba con el de hierbas trituradas. Dentro, las lámparas de aceite iluminaban los cuencos con brebajes espesos y vendas manchadas de sangre.

La tienda donde se encontraba el príncipe estaba apartada de las demás y custodiada por dos guardias de armaduras sin brillo.

Shuraz los saludó y apartó la cortina de tela para entrar.

El aire era pesado y estaba cargado de incienso.

Al fondo vio a Belbarozh recostado sobre un lecho bajo.

Su túnica de color tierra había sido sustituida por livianas vestiduras de seda.

La barba permanecía bien cuidada, aunque su rostro pálido mostraba la fragilidad que lo consumía.

Un sanador le masajeaba el brazo inútil con ungüentos verdes. Otro agitaba un cuenco de arcilla y vertía gotas de un brebaje en los labios secos del príncipe.

Belbarozh levantó la vista y sus ojos se iluminaron al reconocerlo.

—Shuraz… por fin.

El guerrero avanzó e inclinó la cabeza. El metal de su armadura crujió al moverse.

—Alteza.

El príncipe trató de levantarse, con el bastón a su lado para sostenerse. No logró mover la pierna izquierda y el gesto torpe lo delató. Shuraz le acercó el bastón.

—Sigue débil —murmuró el sanador.

Belbarozh alzó la mano para callarlo.

—No importa. Cuéntame lo que sucedió en el bosque.

Shuraz se irguió, con el rostro sombrío.

—Entramos en su infierno verde. Una bestia arreshim salió de entre los troncos y perdimos a siete hombres antes de derribarla.

Después nos tendieron una emboscada y acabamos encadenados bajo tierra.

Peleé con su campeón, y gracias a Edoz, vencimos.

Solo entonces hablaron de paz. Una tregua, en su idioma, significa que puedes pisar su bosque y seguir vivo.

El príncipe escuchó callado. Sus ojos se endurecieron.

—Siete vidas… Habrá una ceremonia por ellos. Beluria debe recordarlos.

El silencio llenó la tienda. El crujido de las brasas en el pebetero fue lo único que habló durante unos segundos.

Shuraz lo observó con atención.

—¿Y vos? ¿Cómo estáis?

Belbarozh apretó los labios y se recostó en la almohada.

—Me envenenaron y Anara me salvó. Pagué con la pierna y el brazo, pero sigo vivo, es más de lo que tus siete hombres caídos pueden decir.

No puedo moverme como antes, quizá nunca más pueda volver a hacerlo.

Mientras me recupero —añadió—, delegaré el liderazgo del éxodo en ella.

—Suspiró y se llevó la mano buena a la frente—.

Tú, Shuraz, debes ayudarla en el Consejo.

El guerrero arqueó una ceja.

—¿Ella lo sabe?

Belbarozh lo miró serio.

—Ella ya actúa como una líder. Cuando estuve al borde de la muerte, sostuvo toda la responsabilidad. No tiene por qué esperar mi permiso.

Los ojos azules del guerrero se llenaron de orgullo.

—Aunque ahora que lo dices, este puede ser un buen momento —dijo el príncipe pensativo.

El Profeta se detuvo en la entrada de la tienda. La tela colgaba todavía movida por el viento, y sus ojos se encontraron con los de Shuraz.

—Veo que no es el mejor momento, alteza. Volveré más tarde.

Belbarozh alzó la mano.

—No, justo ahora es perfecto. Shuraz es de mi absoluta confianza. Puede escuchar todo lo que aquí se diga.

Shuraz miró con recelo al recién llegado.

El Profeta avanzó incómodo. Extendió un pergamino enrollado sobre la mesa y lo dejó frente al príncipe.

—Solo venía a comprobar su estado, alteza, y a traerle el acta del Consejo. El escriba ya lo ha dejado preparado, basta con su firma para que conste en los archivos.

—Es reconfortante saber que siempre hay alguien dispuesto a registrar la verdad —murmuró el príncipe.

Shuraz frunció el ceño y tensó los brazos cruzados sobre el pecho.

Belbarozh cogió el pergamino, pero no lo desenrolló.

—Aprecio tu visita, Profeta, y también tu ofrecimiento. Pero ya que has venido, quédate. Voy a anunciar algo importante.

El Profeta inclinó la cabeza, aunque sus labios se apretaron un instante antes de recomponer el gesto.

—Será un honor escuchar lo que tenga que decir.

El príncipe asintió. Sus ojos recorrieron primero a Shuraz y luego al escriba, para que cada palabra quedara grabada.

El escriba apretó la pluma y dejó la tinta brillar. Llegó un olor a hierbas medicinales y Belbarozh apoyó la mano en el pergamino.

—Que entren Anara y el Sacerdote Mayor —ordenó en voz baja.

Poco después, los guardias desenrollaron la lona y Anara cruzó la entrada con paso apresurado.

A su lado, Sairah colocó la mano sobre la empuñadura de su bastón al ver al Profeta; Sangre permaneció en silencio fuera, en la entrada.

El Sacerdote Mayor se detuvo junto al lecho, apoyado en su bastón.

Shuraz cerró el puño alrededor de la correa de su cinturón.

Belbarozh respiró hondo. El escriba inclinó la cabeza, listo para fijar cada palabra.

—He visto la muerte de cerca, y con ella el temor de no estar a la altura de lo que Bel-Hur espera de mí —empezó Belbarozh con voz débil pero clara—.

No puedo guiar al Éxodo en este estado. Necesito que alguien lo haga por mí.

Anara, te nombro dirigente provisional del Éxodo hasta mi plena recuperación.

Tendrás autoridad sobre el Consejo. El comandante Shuraz sigue al mando de las tropas y te asistirá en todo lo que exija estrategia militar.

Hubo un silencio. El Sacerdote Mayor dejó escapar un suspiro de alivio. Anara, segura, clavó los ojos en Belbarozh. La luz recortó sus facciones.

—Acepto —dijo ella sin vacilar—. Lo haré por el pueblo belurio. No te fallaré, alteza.

Un murmullo de aprobación surgió entre los presentes; los sanadores que había por allí inclinaron la cabeza; el escriba comenzó a trazar las firmas. Shuraz cerró los ojos un segundo. La decisión de Belbarozh le había parecido precipitada, pero la seguridad en la cara de Anara le disipó las dudas.

—Mi espada y mis hombres están a su disposición, mi señora —afirmó—. Podéis contar conmigo en el Consejo.

Anara le ofreció la mano. Él la tomó con firmeza. Un guardia abrió la lona y fuera se escuchó el rumor del campamento.

—Quién lo hubiera dicho —musitó Shuraz con voz suave cuando ya se quedaron a solas fuera de la tienda—. De tabernera, a regente del éxodo.

Anara soltó una risa contenida mientras sus ojos verdes brillaban de emoción.

—Parece que fue hace una vida —reconoció Anara mientras su vista se apagaba—. Bel-Hur llama a esto destino.

Se miraron un instante, con muchas cosas por decir, y luego volvieron cada uno a su puesto: ella hacia la mesa del Consejo para recibir las primeras peticiones; él hacia el campamento de la Guardia del Éxodo, a organizar patrullas y guardias.