Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El regreso de Shuraz
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El regreso de Shuraz

El muñeco de madera golpeó la mesa central y rodó hasta detenerse sobre un mapa manchado de cera. Era burdo, con una espada negra tallada en la mano, y parecía observar en silencio a los atónitos miembros del Consejo del Éxodo.

Shuraz, frente a ellos, se inclinó hacia delante.

—Ya podemos entrar en el bosque. Nos dejarán pasar. Nos ha costado la vida de siete hombres.

El murmullo estalló en la tienda como un enjambre. Las lámparas de aceite se balancearon con el aire que se colaba por los pliegues de lona.

Anara se mantuvo erguida en el asiento central con la mirada fija en el guerrero. Sus labios temblorosos contenían un gesto que no debía salir a la luz. Dentro de ella hervía el impulso de correr y abrazarlo, pero su posición exigía distancia.

Shuraz recorrió la mesa con los ojos. A un lado, el Sacerdote Mayor asentía con gravedad, cercano a Anara.

Frente a él, el Profeta, con su túnica oscura, estaba acomodado en una silla, con los dedos entrelazados.

Tras él había un par de sacerdotes de Kudram, hasta hacía poco ausentes en el Consejo.

Ambos inclinaban la cabeza con sonrisas inquietantes.

El guerrero frunció el ceño al verlos.

—¿Qué hacen ellos aquí?

El Profeta sostuvo su mirada sin pestañear.

—Pertenezco al Consejo, y los Hijos de Kudram aún somos parte de este éxodo. Adorar a otro dios no cambia eso. El príncipe Belbarozh lo ha repetido varias veces. Si no fuera así, no estaría sentado a esta mesa.

Los oficiales de la guardia del éxodo y varios sabios intercambiaron miradas rápidas, algunos bajaron los ojos. El silencio pesó unos segundos.

Shuraz apoyó los puños sobre el mapa.

—¿Dónde está el príncipe?

La voz de uno de los sabios y curandero del príncipe respondió desde el extremo de la mesa:

—Fue envenenado. Ha estado enfermo. Pero ya se encuentra mejor.

El gesto de Shuraz se endureció. Apartó la mirada del portavoz y volvió a fijarla en el Profeta. Sus ojos azules chispearon con rabia contenida. El Profeta no se movió, aceptaba el desafío con frialdad.

Anara intervino antes de que el enfrentamiento creciera.

—¿Y Edoz?

El guerrero respiró hondo y soltó una carcajada áspera.

—Fuera. Mala hierba nunca muere.

Las esteras de juncos del suelo crujieron bajo sus pasos al retirarse de la mesa. Al salir saludó a Holen, su oficial de arquería y este le devolvió el saludo emocionado.

Nadie habló hasta que la lona se cerró tras él.

—Confirmemos la entrada al bosque —dijo Anara.

El muñeco seguía en medio del mapa, señalando con su espada negra la ruta que los esperaba. Anara lo recogió y se lo guardó.

La tienda de mando se agitó con un golpe de viento mientras Edoz permanecía junto a la entrada con los brazos cruzados sobre el pecho.

Había pasado por su tienda y se había acicalado y cambiado de ropa.

Su perfume delicado parecía fuera de lugar entre el olor a cuero y sudor del campamento, pero él se encontraba más cómodo así.

Unas pisadas firmes lo obligaron a girarse. Allí estaba ella.

—¿Qué haces aquí? —dijo una voz femenina.

Edoz arqueó una ceja; su mirada bajó hacia el lobo rojo que la seguía a todas partes y le pasó la mano por el lomo. El animal cerró los ojos, satisfecho.

—¿Te sorprende verme? Ya he vuelto del bosque y lo último que me esperaba era cruzarme contigo tan cerca de los centros del poder.

La guerrera sonrió sin mirarle a los ojos.

—Ahora soy la guardia personal de Anara.

Edoz soltó una risa nerviosa.

—¿Tú? ¿Con Anara? Eso sí que no me lo esperaba —comentó Edoz con sorna.

Antes de que pudiera añadir nada, la lona volvió a moverse. Anara apareció rodeada de murmullos de oficiales y sacerdotes. La mirada se iluminó un instante al reconocerlos y se inclinó hacia delante.

—Sairah.

El nombre cayó entre ellos como un hierro al rojo que se sumerge en agua fría. Anara rodeó a Edoz con los brazos; él, sorprendido, tardó en responder antes de devolverle el abrazo. Ella volvió a internarse en la tienda y se perdió enseguida entre los miembros del Consejo.

Edoz quedó inmóvil, clavado en el sitio.

—Nunca me dijiste tu nombre.

Ella se ajustó la correa del brazo sin mirarlo.

—Nunca me lo preguntaste.

—Para mí siempre serás SinDi —susurró Edoz.

Sairah ladeó la cabeza, sin ternura alguna. Se dio media vuelta y Sangre la siguió como una sombra. No hubo despedida.

Edoz se quedó quieto, con la vista fija en su espalda. Sus ojos recorrieron sus potentes glúteos antes de perderla entre las antorchas. Luego miró hacia el Carro Rojo. Perin, el guardia, jugueteaba con su lanza y murmuraba mientras hablaba con alguien, sin embargo, parecía estar solo.

La noche estaba cargada de humedad. En un rincón apartado del campamento, lejos de las antorchas principales, Anara se aferró al brazo de Shuraz. La corona de laureles de oro brilló bajo la luz de la hoguera más cercana cuando lo estrechó contra sí.

—Te he echado de menos.

Shuraz, sorprendido por el gesto, respondió con un abrazo torpe, aún incrédulo. El contacto le alivió por un instante, aunque la herida de su muslo le dolía en cada movimiento.

—Y yo a ti —murmuró el guerrero—. Pero me arde la sangre por no haber podido hacer nada por el príncipe.

Anara se apartó lo justo para mirarlo. Sus ojos brillaban cansados.

—Ha sido todo demasiado duro desde que partiste al bosque. Rayhem y Jarben siguen en Senicia. Me he sentido tan sola, Shuraz.

Él frunció el ceño.

—¿Y quién ha estado a tu lado?

Anara parpadeó, desconcertada por la pregunta. Intentó buscar un filo oculto en las palabras de Shuraz, pero no encontró ninguno. Él solo quería saber si había estado segura.

—Sairah. —La suma sacerdotisa respiró hondo, casi con alivio al nombrarla—. Me salvó de unos Hijos de Kudram borrachos que me agredieron y quisieron forzarme. Desde entonces, es mi guardia personal.

El guerrero apretó la mandíbula.

—¿Sairah? ¿Hablas de SinDi? Estaba en la entrada de la tienda de mando… —Negó malhumorado—. No puedes confiar en ella.

—¿Por qué? ¿Por ser una Sin Dios? —exclamó con fuerza—. Me ha demostrado ser más honrada que muchos de los nuestros. Ha roto lazos con su propio padre por estar a mi lado y ha pagado un precio muy alto por protegerme.

Shuraz la observó, incapaz de responder. Antes como soldado y ahora como comandante, para él la lealtad era un valor a tener muy en cuenta.

Anara bajó la voz.

—He tenido que tomar decisiones difíciles —escupió Anara sin poder continuar. Pero tragó saliva y lo hizo—: Un fanático de Kudram intentó matarme en la hoguera central. Lo mandé ejecutar allí mismo.

El guerrero abrió los ojos, incrédulo.

—¿Tú? —masculló sin dar crédito.

Ella lo miró a los ojos.

—El príncipe no lo aprobó, pero debía dar ejemplo. Si mostraba debilidad, habría sido el fin.

Shuraz se apartó un paso de ella, desconcertado. No sabía si admirar aquel endurecimiento o lamentar la pérdida de su inocencia.

—Eso no es todo —continuó ella—. Robaron el bastón de los antiguos soberanos. Ni los Sacerdotes del Templo han conseguido seguir su rastro, ni siquiera con su magia. El campamento casi estalló en una guerra: fieles de Bel-Hur contra Hijos de Kudram. Hubo sangre. La contuve en el último instante.

—¿Y el Profeta? —preguntó Shuraz con los puños apretados.

—Contribuyó a calmar a su gente… o eso parece.

—Un destello de duda cruzó su rostro—. Desde que volví del tercer umbral, siento a Bel-Hur distante.

—Anara suspiró—. Y luego envenenaron al príncipe con vino azul de Senicia.

Belbarozh bebió y cayó. Ha estado al borde de la muerte.

Neram, un comerciante senicio, lo trajo, y poco después apareció muerto.

Sané a Belbarozh… Shuraz, es de mi sangre, ¿cómo no iba a hacerlo? pero casi muero en el intento.

El guerrero alzó la vista hacia el campamento y apretó los labios.

—Un milagro que sigas aquí.

Anara esbozó una sonrisa cansada.

—Lo es. Sairah estuvo a mi lado en todo momento.

Shuraz no respondió. Sus ojos azules se clavaron en la oscuridad más allá de las hogueras.

Anara, cariñosa, le cogió de la mano y se apartaron de las miradas indiscretas. Mantenía los dedos entrelazados con los de Shuraz, mientras él hablaba con voz grave.

—Los arreshim son unos salvajes. No son humanos. Es evidente por su piel verde y aunque intenten imitarnos, su mundo está lleno de sacrificios, sangre, violencia y brutalidad extrema. El bosque mismo respira esa ferocidad.

Se llevó la mano al muslo herido. La herida cicatrizaba a un ritmo sorprendente. Las técnicas de curación arreshim estaban muy por encima de las que él había conocido.

—Nos lanzaron una bestia de al menos tres hombres de alto, con cabeza de insecto y mandíbulas afiladas como dagas.

La vencimos, aunque perdimos a varios hombres.

Después, llovieron dardos envenenados y caímos dormidos, listos para que nos cargaran como sacos.

En un instante pasamos del infierno al cielo: vimos cómo devoraban vivo a uno de mis hombres y poco después, nos ofrecieron comida y sosiego.

Anara frunció el ceño.

—¿Qué hicisteis para que cambiara todo de repente?

—Edoz. Ese cabrón me lio para que luchara a muerte contra su campeón.

Ella clavó la mirada en él.

—¿Y le ganaste?

Shuraz dejó escapar una risa amarga.

—No. Cuando iba a matarme, Edoz lo acuchilló por la espalda. Y parece que el dios de esos duendes, Gundar, aprueba esa clase de traiciones cuando es para vencer a un enemigo.

Anara se fijó en su expresión endurecida. Sacó de entre sus ropas el pequeño muñeco con la espada negra y lo dejó en su palma. La madera estaba marcada por el uso, apenas tallada.

—¿Y esto? Lo lanzaste sobre la mesa del Consejo.

Shuraz lo cogió, lo miró un instante y luego se lo devolvió.

—Un niño arreshim me lo regaló. Dice que soy yo.

Anara miró el muñeco con ternura.

—¿Y por qué me lo das?

—Porque lo que soy está atado a ti, no a ellos.

Un silencio espeso cubrió el espacio entre ambos. El murmullo lejano del campamento parecía apagarse mientras los dos se miraban, atrapados entre lo que habían tenido y lo que aún podían perder.

Tras ese fugaz instante de conexión, cambiaron de tema, luego se despidieron y regresaron a sus tareas.

A mediodía, el sol caía sobre las armaduras hasta que ardían. El aire olía a hierro caliente y a cuero reseco. Zarya, oficial de lanceros, ajustó las correas del martillo de batalla y se acercó a Torvak, que dibujaba líneas en la tierra con la punta de una daga dorada.

—¿Qué haces?

—Un plan —respondió el oficial de infantería—. Si llegan por el flanco izquierdo, muevo a los lanceros aquí.

Zarya observó el dibujo en el suelo con los brazos cruzados.

—Tu plan falla en un punto.

Torvak no levantó la vista.

—¿En cuál?

—Nadie te escucha.

La sonrisa de Torvak apareció al instante.

—Por eso te necesito. Tus lanceros golpean más fuerte que tú.

Zarya no replicó. Algo en el bosque llamó su atención. Holen, oficial de arquería, surgió por detrás sin hacer ruido, igual que un felino.

—Menos mal que Shuraz ha vuelto —murmuró.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, que pareció tensarse alrededor de ellos. Todos sabían lo mismo, aunque nadie lo había dicho en voz alta: sin Shuraz, la Guardia del Éxodo caminaba a ciegas.

Zarya apoyó el martillo en su hombro.

—Nunca pensé que no volvería.

—Yo sí —admitió Torvak mientras torcía los labios—. Ese bosque se traga vivos a los hombres.

—Malo para la moral —replicó Zarya y se dirigió hacia los caballos—. Si el comandante cae, el ejército entero tiembla.

Holen la siguió con la mirada.

—¿Y si Shuraz hubiera muerto allí dentro?

Zarya se detuvo un instante, giró la cabeza y habló sin elevar la voz:

—Entonces, tendríamos que asumir el mando de la Guardia del Éxodo. Y ninguno de nosotros está listo para cargar con su sombra.

Torvak y Holen se quedaron mudos, con la vista fija en el lugar donde ella había estado. A pesar del calor, un escalofrío recorrió a ambos.

Shuraz no era solo un comandante, era el hombre que hacía que todos los demás caminaran rectos. Sin él, el campamento entero habría sentido que el mundo crujía bajo sus pies.