Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Amanecer arreshim
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Amanecer arreshim

El amanecer se deslizó por las madrigueras con un resplandor azul.

No venía del sol, sino de los hongos que colgaban de las paredes y despertaban con una luz trémula.

Los arreshim entraron sin hacer ruido. Avanzaron a gatas y dejaron junto a los lechos vasijas de barro con líquidos que burbujeaban y tiras de carne recién cortada aún tibia y humeante en el aire frío.

Un estruendo de cuervos resonó en la grieta superior de la caverna.

Los duendes verdes alzaron el rostro mientras murmuraban plegarias que sonaban a gruñidos profundos.

Uno de ellos sopló polvo dorado sobre Shuraz, que dormía con la respiración pesada.

El polvo se posó en la piel herida de su muslo, que se tensó y se cerró más deprisa.

Edoz, acostado pero despierto desde hacía rato, siguió a los arreshim con los ojos entrecerrados. En cuanto notaron que los vigilaban, se escabulleron hacia el exterior con un jadeo casi infantil.

—Arriba, Shuraz —susurró Edoz—. Ni Bel-Hur te habría dado un desayuno tan generoso… ni tan vivo.

En un cuenco, un ratón negro agitaba las patas, desesperado por huir del destino que le esperaba.

Shuraz se incorporó con un gruñido y palpó la herida de la pierna. Una costra firme cubría lo que debería haber seguido abierto. Luego tomó una bandeja bruñida, miró su reflejo y se tocó la mejilla: el tajo del látigo del campeón había desaparecido.

—Todo se cura más rápido aquí —murmuró.

—Te han echado polvos mágicos —dijo Edoz.

Shuraz parpadeó, alarmado.

—¿Qué me han echado, qué? ¿Y cómo lo sabes?

—Los he visto cuando desperté. Se acercaron a ti y empezaron a curarte con… lo suyo —respondió Edoz en voz baja—. No parecían peligrosos.

—¿Y no se te ocurrió detenerlos? —gruñó Shuraz.

—Te estaban ayudando —respondió Edoz con calma—. No mostraban agresividad, y eran simpáticos.

—¿Simpáticos? —bufó Shuraz y salió del agujero de un salto.

Los arreshim parecían haber cambiado de piel.

Aún era verde, pero donde antes solo había fríos ojos rojos y gruñidos bestiales, ahora corría una hospitalidad desbordante, casi excesiva.

Traían bandejas de fruta madura, raíces dulces, animales aún palpitantes, agua perfumada con hierbas, y extendían mantos suaves sobre el suelo húmedo de la caverna.

Se inclinaban tanto que rozaban la frente contra el suelo.

Los tres soldados belurios que quedaban con vida regresaron a la madriguera principal.

Sus cuerpos estaban cubiertos con vendas de fibra y ungüentos dorados que brillaban bajo la luz de los hongos.

Cuando cruzaron el umbral, Shuraz se acercó a ellos con un gesto brusco, pero enseguida sus ojos se ablandaron.

Edoz, aún recostado, arqueó una ceja y abrió los brazos.

El reencuentro estalló en abrazos y palmadas torpes sobre los hombros.

Las risas resonaron por toda la caverna.

Hablaron todos a la vez: de las heridas cerradas por gusanos y polvos dorados, del vino espeso que los arreshim les habían dado, del calor de aquellas cuevas que parecían más un refugio de amistades que la guarida de un enemigo.

Uno de los soldados mostró orgulloso la cicatriz nueva en el pecho.

—Dicen que quedará como hierro forjado —rio y se golpeó la venda.

Shuraz bebió de un cuenco y luego, con voz ronca, miró a Edoz.

—Creí que todo había terminado, pero aún seguimos juntos.

Edoz sostuvo su mirada con calma.

—Por ahora, y lo curioso es que nuestros anfitriones parecen más ansiosos por complacernos que por degollarnos.

Un arreshim entró en ese momento con una bandeja repleta de ratones recién cazados y horneados, como dulces de una fiesta.

Bajo la luz cálida de los hongos, la caverna vibraba con un silencio inesperado, roto solo por el crujir de hojas y el ocasional graznido de un cuervo que se posaba en las piedras húmedas.

Los arreshim se movían a su servicio. Cada gesto estaba cargado de cortesía extrema; servían, acomodaban, ofrecían y volvían a acomodar, con temor a molestar.

Shuraz se reclinó sobre su madriguera cuidadosamente preparada para él. Los tres soldados restantes hicieron lo mismo, y Edoz se dejó caer junto a ellos, observaba con cierta diversión la diligencia de los anfitriones.

—Nunca imaginé que los arreshim pudieran ser tan hospitalarios —reconoció Shuraz con una mano en las costillas doloridas—. Después de todo lo que nos han hecho…

Edoz arqueó una ceja, mordió un trozo de carne todavía tibia.

—¿Después de haber matado a casi todos nuestros hombres y haberse comido a otro delante de nosotros? El mundo es más extraño que una daga de cristal. Y estos bichos verdes… saben adaptarse a las circunstancias.

A Shuraz no le hizo gracia recordar las bajas y dejó de reírse, mientras los arreshim les agasajaban con más comida y bebida.

Cada madriguera estaba protegida por enredaderas que absorbían la humedad y amortiguaban el frío.

Los belurios se sentían extrañamente seguros, incluso agradecidos, después de la violencia y la muerte de las últimas horas.

Cuando el festín terminó, Kharzug, el Señor de la Guerra, apareció al final de la caverna. Su presencia imponía incluso sin armas: las cicatrices, los ojos rojos y su postura firme lo convertían en la encarnación del respeto.

—Vuestra fuerza ha sido honrada. —Su voz grave resonó en la cueva—. Gundar os observa. Su bendición os permite atravesar el bosque sin oposición.

Shuraz se incorporó y ajustó a Oscuria a su espalda. Edoz se puso de pie al instante y observó a Kharzug con una sonrisa.

—Nos aseguraremos de recordar vuestra cortesía, aunque sea en medio del bosque —murmuró Shuraz y miró al grupo de arreshim que les rodeaba.

Kharzug asintió y les indicó el camino.

Shuraz se detuvo un instante con Oscuria a su espalda. Unos golpecitos suaves le hicieron mirar hacia abajo. Allí, un niño arreshim lo observaba con ojos rojos brillantes bajo un casco demasiado grande para él. Su armadura azul relucía bajo la luz que filtraban las ramas de los árboles.

El guerrero se agachó, sorprendido por la cercanía de la criatura verde y rechoncha. El niño extendió un pequeño muñeco de madera con una espada negra tallada en la mano. Shuraz lo tomó y alzó la vista, conmovido.

—¿Soy yo? —preguntó, mientras señalaba la espada del muñeco.

El niño sonrió, ruborizándose, y negó con la cabeza.

No dijo palabra alguna; no le entendía, pero su gesto fue suficiente.

Con pasos cortos y torpes, desapareció tras las faldas de su madre y dejó a Shuraz el muñeco que guardaría como un extraño recordatorio de respeto entre dos mundos tan distintos.

El guerrero se incorporó despacio, acarició el muñequito y murmuró para sí mismo:

—Admiradores en este bosque, quién lo hubiera dicho.

Un grupo de guerreros se adelantó, y escoltó al diezmado grupo de belurios hacia la salida del Bosque Sagrado.

Habían entrado doce y regresaban cinco, y casi todos heridos.

Cada paso estaba marcado por un respeto silencioso; no había trampas, no había ataques, solo la sensación de que aquel poderoso pueblo exiliado reconocía su valor.

—Supongo que hasta los salvajes duendes exiliados pueden tener modales cuando les conviene —dijo Edoz mientras caminaba junto a Shuraz.

Este sonrió, más relajado que en cualquier otro momento de la travesía. Oscuria descansaba firme en su espalda y la senda ante ellos se abría tranquila, con Gundar invisible pero presente, otorgando un pasaje seguro para los belurios.

El Bosque Sagrado ya no parecía tan amenazante; por primera vez, la sensación de peligro cedía ante la bendición de un dios oscuro.