Respuestas
El amanecer cayó sobre la roca negra envuelto en brumas bajas. Los duendes ceniza, delgados como ramas secas, se movían en silencio cargados con ollas humeantes que impregnaban el lugar con un olor a raíces quemadas.
La comitiva del embajador se sentó a la mesa para desayunar. Danna y Azniel murmuraban entre ellos, mientras Jarben lo observaba todo con curiosidad.
Rayhem alzó la vista desde el banco de piedra donde lo habían sentado. Su capa verde todavía tenía el polvo negro del camino, y con el resplandor débil de las antorchas vio a Maltherion entrar en la sala.
El hechicero de tez negra arrastraba los pies. Tenía los ojos rojos, el pelo apelmazado por el sudor y un hilo de ceniza resbaló de sus labios cuando escupió sobre el suelo; un duende lo limpió sin levantar la cabeza.
—Demasiados palos de roca. La lengua aún me sabe a carbón.
Jarben arqueó las cejas. La piel nívea de su rostro reflejaba la penumbra.
Rayhem le siguió con la mirada.
—Estás vivo de milagro —bromeó el embajador.
Maltherion le dedicó una sonrisa y agarró un cuenco que uno de los duendes le ofreció sin levantar la mirada.
—Estoy vivo porque ellos me cuidan —dijo, y bebió todo el agua del cuenco de un trago.
Uno de los duendes pasó cerca de Rayhem con pasos cortos. Aunque no tenía ojos, giró el rostro hacia él y el embajador se apartó un instante.
—Me gustaría saber —comentó el embajador a Maltherion— quiénes son. O más bien, qué son, en realidad.
El hechicero se acomodó en un banco. Tenía los dedos manchados de negro y las uñas partidas.
—Vosotros los llamáis duendes ceniza. Yo los llamo cadenas. Vigilan mis charcos, limpian mis mesas, llevan mis cargas. Los odio y los necesito.
Danna, muy pálida, se inclinó hacia Azniel.
—¿Ha dicho cadenas?
El sabio apretó el pergamino que nunca soltaba.
—En su lengua se llaman a sí mismos Dreshk. Significa «los que esperan sobre el agua».
Jarben clavó la mirada en el sabio.
—¿Qué esperan?
Azniel dudó, pero al final respondió con voz baja:
—Que nadie caiga dentro.
Rayhem desvió la mirada hacia el ventanal gigante tallado en la roca.
Desde el exterior era invisible, pero desde dentro permitía contemplar los charcos que rodeaban la fortaleza.
Las aguas oscuras burbujeaban a intervalos irregulares, densas como alquitrán vivo.
A su alrededor, varios duendes ceniza aguardaban inmóviles y clavaban palos de hueso en el barro.
No parecían respirar, eran pequeñas figuras grises que vigilaban aquello que dormía bajo la superficie.
—No son guardianes, entonces —dijo Rayhem—. Son carceleros.
Maltherion rio, y la tos lo dobló sobre el cuenco. Escupió otra vez.
—O quizá, centinelas de lo que duerme dentro. Yo solo heredé la roca. Nunca supe si ellos me sirven a mí… o si yo les sirvo a ellos.
Un silencio incómodo cayó sobre la sala. Solo se oyó el rumor sordo de los charcos que latían al otro lado de la fortaleza, fuera de la roca.
Uno de los duendes que servía la mesa murmuró en su lengua extraña palabras en voz baja que sonaron como gusanos que recorrían la piedra. Azniel levantó la cabeza.
—Entiendo su lengua, es similar a la de los arreshim —aseguró—. Nos advierten.
Jarben frunció el ceño.
—¿De qué?
Azniel miró a Jarben a los ojos.
—De que la muerte se mueve bajo el agua.
Maltherion dejó el cuenco a un lado y habló sin prisa.
—Los arreshim del Bosque Sagrado y los Dreshk de Piedras Oscuras una vez fueron un mismo pueblo —comenzó—. Hace mucho, cuando los hombres aún temían cruzar los primeros ríos.
Jarben abrió los ojos con sorpresa.
—¿Un mismo pueblo? Pero no se parecen en nada.
—Porque eligieron caminos distintos —respondió el hechicero—.
Los arreshim vivían bajo árboles eternos, guiados por lo que ellos llamaban el Aliento Verde, otorgado por Gundar, su dios.
Los Dreshk habitaban cerca de lagos profundos, donde el agua nunca reflejaba el cielo.
Ellos no seguían a dios alguno. Ambos custodiaban puertas antiguas…
hasta que llegaron las Guerras de Hierro.
Rayhem apoyó los codos en la mesa, muy interesado.
—Guerras de las que hablan en susurros incluso en los templos de Alonia.
Maltherion asintió con gravedad.
—Miles de hombres entraron en sus tierras para reclamar metales y hechizos que no entendían.
Cientos de soldados alonios, jersas y clanes del sur arrasaron sus aldeas.
Los arreshim lucharon como sombras vivientes, pero cayeron uno a uno.
Solo un reducto sobrevivió, oculto en lo más profundo del Bosque Sagrado.
Desde entonces, se apartaron del mundo. Eligieron desaparecer.
Danna tragó saliva.
—¿Y los Dreshk?
Maltherion respondió con su voz rasgada por la ceniza.
—Los clanes del agua no huyeron hacia el bosque, sino al norte, por cavernas y grietas, hasta llegar a esta piedra maldita.
Aquí hallaron charcos que no son charcos, sino puertas que respiran hacia algún lugar remoto.
No sé si viajaban o si exhalaban algo vivo, pero los Dreshk lo entendieron antes que nadie.
Maltherion continuó:
—Sellaron un pacto. Renunciaron a la vista para no caer bajo la influencia de aquello que se movía al otro lado. Se hicieron guardianes ciegos… o carceleros, según quién lo cuente. Y desde entonces no han salido de la roca ni han dejado de vigilar esas aguas negras.
Rayhem desvió la mirada hacia el ventanal invisible desde el exterior.
—Un pueblo dividido por la guerra. Uno encerrado entre raíces y otro encadenado al agua.
El hechicero murmuró:
—Ambos sobrevivieron, pero dejaron de ser hermanos.
Las aguas oscuras burbujearon al otro lado de la fortaleza. El eco llegó hasta la mesa, profundo e inquietante.
Maltherion se encogió de hombros.
—Los arreshim guardan el bosque. Los Dreshk protegen estos charcos. Ambos cumplen un deber antiguo. Pero mientras unos se escondieron para no ser exterminados, los otros se cegaron para no ver aquello que vigilan.
El silencio que siguió pesaba como piedra húmeda sobre todos. Solo el rumor procedente de los charcos que burbujeaban fuera respondió con un ritmo lejano, casi vivo.
El hollín flotaba en el aire de la cocina subterránea cuando los cuencos humeantes fueron repartidos. Los duendes ceniza caminaban sin emitir sonido alguno, dejando sobre la mesa migas de pan negro y tazones con una papilla amarga. Ninguno alzó la cabeza.
Maltherion mascó otro palo de roca que uno de los duendes le puso en la mano.
—Hablad de lo que queráis —gruñó y movió la cabeza—, pero no de templos. Esta vieja roca no los soporta.
Rayhem lo observó hasta que Azniel carraspeó y desplegó un pergamino.
—Mencionaste anoche a los trols. ¿Hay más que ese que nos atacó o son solo cuentos?
Maltherion rio.
—Cuentos, sí. Hasta que un brazo de roca te arranca la vida de un golpe.
Jarben apoyó los codos en la mesa. La piel clara de su rostro resaltaba contra la piedra oscura.
—Entonces, dime, ¿qué son?
El hechicero chupó el palo ennegrecido, buscaba fuerza en él.
—Nacieron del barro que sobró cuando los dioses hicieron a los hombres. La mayoría no soporta el sol, se agrietan hasta convertirse en piedra. Pero en la oscuridad… Allí todos crecen.
Danna frunció el ceño, con la cuchara a medio camino de la boca.
—¿Y por qué siempre parecen hambrientos en los cuentos?
Azniel levantó la mirada de sus notas.
—Porque lo están, Danna. Maltherion no exagera. Ninguna carne los sacia. Ni hierro, ni hueso. Siempre vuelven a tener hambre.
Rayhem dejó el cuenco intacto y cruzó las manos sobre la mesa.
—Odian la voz humana —añadió Jarben.
—¿Cómo tratan entonces con los brujos que los esclavizan? —preguntó Rayhem.
Maltherion escupió más ceniza en el suelo.
—Con runas. Talla un hueso con el signo correcto y te obedecerán. Pero el que juega con ellos, termina entre sus dientes.
Jarben inclinó la cabeza hacia Azniel.
—¿Lo anotas todo?
—Cada palabra —respondió el sabio, mientras su pluma rascaba el pergamino—. Los llaman Hijos de Grumval, el Devorador. Dicen que si comen suficientes almas humanas, el sol dejará de quebrarlos.
Danna soltó la cuchara con un tintineo.
—¿Almas? Eso ya no es hambre, es… otra cosa.
Maltherion clavó en ella sus ojos enrojecidos.
—Locura o fe, muchacha. ¿Quién distingue una cosa de la otra en este mundo?
El silencio que siguió se rompió con un murmullo de los duendes ceniza. De todos los viajeros, solo Azniel los entendía y alzó atento la cabeza.
—Han dicho que el de ahí fuera es un Balrund.
Rayhem se volvió hacia él.
Maltherion chasqueó los dedos y murmuró algo. Uno de los duendes corrió hacia la biblioteca y poco después trajo un tomo enorme encuadernado en cuero agrietado. Lo abrió sobre la mesa con un golpe que hizo temblar todo lo que había sobre ella.
Rayhem arqueó una ceja.
Maltherion abrió el libro con las manos tiznadas. Las páginas crujieron, repletas de dibujos de criaturas monstruosas. Se inclinó y sonrió con los labios manchados de hollín.
Azniel y Jarben miraron el libro con los ojos desorbitados. Era una joya.
—Razas de trols… —masculló Jarben.
—Y líneas de sangre —completó Azniel.
Ambos se acercaron curiosos.
—Así que existen tantos como tipos de vino —siguió Azniel sin quitar ojo a los dibujos del libro.
—Con la diferencia de que ninguno entra tan suave —rio Maltherion, mientras señalaba un grabado de un coloso pétreo—. Un Grumthar, de montaña. Son tan grandes que los hombres creen que son riscos hasta que despiertan.
Danna se inclinó sobre la mesa con los ojos muy abiertos.
—¿Y esos que parecen troncos?
Azniel ya apuntaba en su pergamino antes de responder.
—Skarnel, trols de bosque. Se confunden con el musgo y la corteza, cazan de noche.
Rayhem entrecerró los ojos en dirección al sabio.
—Hablas como si los hubieras visto.
—Solo a través de voces y relatos. Pero las voces son muchas —contestó Azniel, sin parar de escribir.
Maltherion dio un manotazo a otra página.
—Estos son mis preferidos. Los Huldrek. Pueden imitar voces humanas, hasta la de tu madre. Te llaman desde la oscuridad y cuando vas a mirar… —chasqueó los dientes— ya no vuelves.
Danna se estremeció.
—Eso ya no es fuerza bruta, es malicia.
—¿Y estos? —preguntó Jarben y señaló una ilustración en la que aparecía una mole con la piel agrietada.
—Thurzrak. Son los de fuego. Respiran humo y lanzan piedras ardientes. Los brujos los despertaban en las montañas volcánicas.
Rayhem apoyó la barbilla sobre los puños entrelazados.
—No parecen criaturas al azar. Son casi una nación.
Maltherion soltó una carcajada ronca.
—Eran una nación, embajador. Ahora ya no quedan tantos. No hay tantos de nada. Era una nación dividida en clanes. Mira: Quebrarrocas, Devorahuesos, Hijos de la Niebla…
Azniel repitió los nombres en voz baja mientras los escribía.
—Cada uno ligado a un espíritu. No son simples bestias, tienen linajes, idiomas, ritos, música, cultura…
Maltherion pasó la página. En un grabado aparecía un trol con colmillos largos como lanzas.
—Este vivió más siglos de los que podríamos contar.
Rayhem se inclinó.
—¿Tienen tanta vida?
El hechicero soltó una risa seca.
—El barro no se pudre, embajador. Mueren solo cuando los parten o cuando el sol los rompe. Aunque yo… —apoyó una mano sobre el tomo y sonrió con sus dientes oscuros—. Yo viviré aún más.
Danna lo miró con sincera curiosidad.
—¿Por qué lo dices con tanta certeza?
—Porque la alquimia no engaña. Ralentiza la carne, preserva lo que debería caer. —Se acomodó, con un brillo febril en la mirada—. Yo he visto generaciones enterrarse y aún camino. La magia me quita vida y la alquimia me la vuelve a dar.
Jarben frunció el ceño.
—¿Y qué te ata a este lugar? Podrías vagar por el mundo, mostrar tu poder a los reinos.
Maltherion pasó otra página. En ella había un trol de fuego, de piel agrietada y ojos como carbones, que alzaba un brazo envuelto en llamas.
—Este es el que me ata. El último de su linaje. Al que no le afecta la luz del sol. Los demás cayeron en las Guerras de Hierro, cuando los Arresios trajeron sus legiones y los brujos del fuego los arrasamos. Yo luché allí y vi cómo la montaña sangraba lava y huesos.
El aire se espesó en la mesa. Azniel no dejó de escribir, la pluma no se detenía sobre el pergamino.
—Antes dijiste que los arreshim fueron expulsados tras la victoria. ¿Por qué al Bosque Sagrado? —preguntó sin levantar la vista.
—Porque los hombres no los querían en sus ciudades, y los dioses tampoco. El bosque se los tragó, como una sepultura viva.
Rayhem se removió en el banco.
—Y te quedaste con un enemigo vencido.
Maltherion rio y tosió varias veces.
—Enemigo no. Prisionero al principio, guardián después. Yo lo cuido, él me soporta. El trato es simple: uno de los dos caerá antes, y el que quede, esperará la muerte en soledad.
Danna habló con voz baja.
—Entonces… ¿solo queda un trol de fuego?
Los duendes ceniza se detuvieron. Dejaron caer cucharas, cuchillos y uno murmuró algo en su lengua áspera.
—El volcán aún respira —tradujo Azniel.
Maltherion no apartó la mirada del libro.
—Dicen que el primero de ellos, Balrund, el gigante de fuego, duerme herido en el corazón de la montaña. Si despierta… no preguntéis por reinos ni embajadas. Todo será cenizas.
El silencio se alargó.
—Entonces, estamos desayunando sobre una tumba —murmuró Jarben sin mirar a nadie.