Sombras eternas
El carruaje de Shel descansaba en un claro apartado, rodeado por la guardia silenciosa de sus mercenarios. Las lámparas de aceite en los costados arrojaban destellos dorados sobre la madera oscura y los caballos negros resoplaban en la penumbra. Desde dentro, se filtraba un olor a especias dulces.
Shel aguardaba reclinado en un asiento de terciopelo azul. Sus dedos manchados de tinta jugaban con una larga pluma negra. El bordado de su túnica relucía a la luz de una lámpara y cada poco, el anciano, impaciente, tamborileaba con sus dedos largos en la mesa baja del interior.
El guardia que había partido regresó, abrió la puerta con un gesto de respeto y una figura entró sin anunciarse. No movió las cortinas ni levantó el aire, solo apareció.
Cyra tomó asiento frente a él. Sus joyas tintinearon con suavidad y un resplandor frío se deslizó sobre su piel pálida y perfecta. Sus ojos negros miraron al comerciante en un silencio que duró demasiado.
—El campamento hierve con rumores —murmuró Shel mientras alzaba su copa—. Anara vuelve a ser el centro de todas las miradas. ¿No te cansa que tantos mortales jueguen a decidir su destino?
—Los mortales nunca deciden nada —respondió Cyra con una sonrisa malévola—. Solo cumplen lo que ya ha sido trazado mucho antes de su primer aliento.
Shel dejó la pluma sobre la mesa.
—Y sin embargo, uno de ellos podría cambiarlo todo.
Los ojos de Cyra brillaron un instante.
—Shuraz.
El anciano asintió.
—Un guerrero que inspira incluso en la derrota. He visto cómo sus hombres lo siguen, aunque sangren y caigan. Un verdadero héroe belurio. Si muriera, sería una pérdida irrecuperable.
Cyra inclinó la cabeza, sin apartar la mirada.
—Sin embargo, mis ojos se han fijado en Anara. Hija de sangre real, heredera de un linaje que ni ella misma comprende. Elegida por Bel-Hur para guiar la fe de todo un pueblo. El trono de Nela-Shur la espera.
El silencio volvió a reinar en el carruaje. Fuera, los caballos pisotearon la tierra mientras los mercenarios ajustaban las correas de sus armas y mantenían privacidad en el encuentro.
Cyra miró los cofres que Shel tenía a sus pies. Uno de ellos dejaba ver que estaban llenos de oro, plata y joyas.
—El oro compra ejércitos, pero no almas. —Cyra miró a los ojos al comerciante—. Nada de eso hará que ellos dos nos pertenezcan todavía.
—Todavía —repitió Shel, con un destello en los ojos—, pero para empezar, este ejército belurio ha sido financiado por este oro, ¿o acaso pensabas que podían tener uno sin este oro?
—¿El comandante Shuraz sabe de dónde salió este oro? —preguntó ella, divertida.
—Sabe que yo se lo di, pero no sabe quién soy —añadió el anciano—. De momento, solo soy un misterioso benefactor al que le agrada el pueblo belurio.
Las lámparas parpadearon en ese instante. Cyra se giró para mirar por la ventana hacia la oscuridad del bosque.
—Anara no debe morir —sentenció ella.
—¡Shuraz tampoco! —exclamó Shel.
Sus miradas se cruzaron. La cortesía parecía intacta, pero la distancia entre ambos se hizo tan cortante como una espada.
—¿Y si Shuraz no sale del bosque? —preguntó Cyra.
El anciano alzó los ojos hacia ella, oscuros como hoyos hundidos en un rostro casi translúcido.
—¿Y si Anara muere asesinada por el Profeta? —replicó Shel en voz baja.
—Me he asegurado de que ese cabrón no la toque —aseguró Cyra—. He movido hilos. Si quiere seguir con vida, no le hará daño.
—Shuraz saldrá de ese bosque —continuó Shel—. Lo siento en mis huesos. Y si no lo hace… —inclinó la cabeza— entonces su destino no será convertirse en mi descendiente Eterno.
Cyra no se movió de su asiento, aunque la incomodidad endureció sus rasgos perfectos.
—He escuchado rumores de Anod —murmuró—. El artista senicio anda entretenido en Jersépolis, susurrando en los oídos del rey Rozar II. Podría convertirse en un problema.
Shel entrelazó las manos sobre la mesa con gesto calculado.
—Anod siempre se ha sentido atraído por las piezas difíciles. Jersia es su debilidad y ahora su mirada está fija en Edoz, quien por cierto fue su aprendiz antes de que Anod muriera y resucitara como Eterno.
Los ojos de Cyra se encendieron con un fulgor helado.
—¡El rey jersa! —protestó ella—. ¿Cómo se atreve? Jersia es mi territorio. Si Anod causa problemas en la capital del imperio jersa, tendremos algo más que palabras.
El anciano arqueó las cejas sin mostrar inquietud.
—Edoz estuvo a punto de morir allí, en Jersépolis. Anod lo salvó y lo devolvió al éxodo; ya tenía un pie en la tumba.
Cyra se inclinó hacia delante, las joyas tintinearon sobre su piel de porcelana.
—¿Y el rey jersa?
Shel la miró a los ojos.
—Rozar II ya no es el rey que conocías. Ahora también es uno de los nuestros, es un Eterno.
La sonrisa de Cyra desapareció por completo.
—¿Con qué permiso?
Shel no parpadeó.
—El rey Rozar no es tuyo.
Un brillo oscuro cruzó los ojos de Cyra con un destello de furia contenida.
—Pero es el rey de mi reino de origen, es evidente que está en mi radio de influencia —gruñó entre dientes Cyra—. ¿Quién es en realidad Anod? Y ¿por qué sabes tanto de él?
El anciano acarició su barba blanca.
—¿El parecido no es evidente? —susurró Shel.
—¿Es familiar tuyo? —preguntó ella sorprendida.
—Fue mi hermano cuando éramos humanos —confesó Shel con la mirada perdida.
Fuera, los caballos relincharon inquietos y los mercenarios se miraron entre sí sin saber por qué. El aire parecía haberse vuelto más frío.
—El mundo se agita más de lo que deberían permitir los dioses —dijo Cyra mientras dejaba escapar una risa—. Bel-Hur ya se ha encarnado varias veces en poco tiempo, ¿lo sabías?
Shel no respondió de inmediato y volvió a recoger la larga pluma negra.
—En Alonia —dijo con voz grave—. Allí mató a Suezoj, su sumo sacerdote, y escogió a tu elegida, Anara.
Los ojos negros de Cyra brillaron con un destello de satisfacción.
—Y ahora sigue de cerca a los embajadores. No lo oculta, ni siquiera intenta disimularlo.
Shel jugaba con la pluma entre sus dedos largos.
—Si Bel-Hur camina entre ellos, la balanza no tardará en inclinarse. Ya sabes lo que sucede cuando una deidad se arriesga tanto.
Cyra se inclinó hacia él; el resplandor de sus joyas pareció helar el aire del carruaje.
—Sucede que los rivales despiertan. ¿Crees que Kudram tardará mucho en regresar?
El anciano mantuvo el silencio un instante más, precavido, antes de hablar en voz baja.
—Si Bel-Hur se atreve a tocar la tierra, Kudram no se quedará atrás. Un dios no tolera que su enemigo reclame lo que cree que le pertenece.
—Entonces, tarde o temprano el campamento del éxodo será un tablero de guerra divina —murmuró Cyra y la sonrisa regresó a sus labios apagados—. Y nosotros, Shel, ¿seremos jugadores o piezas?
El anciano la observó con sus oscuros ojos hundidos, hasta que una chispa brilló en su mirada.
—Ni jugadores, ni piezas. Somos la mano que mueve el tablero.
Fuera, un cuervo graznó en la espesura.
Shel tamborileó con los dedos sobre la mesa, en un compás lento.
—Los embajadores acabaron con Liraela en el Tabernáculo de las Estrellas Olvidadas, la protectora de los Zíngaros Dorados es historia.
Cyra alzó una ceja.
—Ella se lo ha buscado. Una Eterna menos.
El anciano senicio miró a la princesa jersa sin un atisbo de sorpresa.
—Su ambición siempre fue mayor que su inteligencia. Creía que podía atraparlos a todos en los hilos que había tejido, incluso a nosotros.
Cyra inclinó la cabeza, su pelo negro resbaló sobre su hombro como un río oscuro.
—Los hilos terminan por estrangular al tejedor. Así ha sido siempre y así será.
Shel dejó escapar una risa seca.
—Su caída servirá de advertencia. Nadie es intocable. Ni siquiera nosotros, los Eternos.
Los ojos de Cyra brillaron con un fulgor que Shel conocía demasiado bien.
—Entonces, asegúrate tú también de recordarlo, viejo hermano de la noche.
Shel se acomodó en el asiento; sus dedos manchados de tinta se entrelazaron antes de seguir.
—¿Crees que el dios Gundar estará aún dentro del Bosque Sagrado?
Cyra sonrió, complacida.
—Ya les gustaría a los arreshim —susurró—. Gundar no sirve a nadie, y menos a esos engendros verdes, por mucho que lo adoren y sacrifiquen humanos antes de comérselos. Gundar solo hace caso a sus instintos más primitivos, así fue, así es y así será.
Shel entrelazó las manos sobre la mesa y el reflejo de la lámpara le dio un aire sepulcral.
—Y esos instintos han destruido reinos enteros. Si aún respira en la espesura, los belurios caminan hacia la boca del lobo, el mayor de todos.
—O hacia un juicio. —Los ojos de Cyra brillaron con un fulgor insondable—. Los hombres olvidan rápido quién ruge en la oscuridad. No creo que Gundar quiera una guerra abierta con Bel-Hur.
Shel miró la pluma negra con atención.
—Somos de reinos distintos, princesa, y nuestros caminos rara vez se cruzan sin un filo de por medio.
Cyra inclinó la cabeza.
—Tú de Senicia y yo de Jersia, y aun así, nuestro interés es el mismo: el progreso de los belurios —sonrió Cyra.
Shel asintió despacio, sin apartar los ojos.
—Sobre todo, el progreso de una pareja de belurios en particular —añadió el anciano—. Entonces, hagamos un pacto de no agresión.
Un silencio denso colmó el carruaje, roto por el resuello de los caballos y el roce metálico de las armas de los mercenarios de fuera.
—Hecho —susurró Cyra con voz suave como la seda y extendió su mano blanca como la porcelana.
Shel le tendió la pluma negra. Ella la tomó y asintió.
La princesa se levantó y su silueta se recortó contra la entrada mientras la puerta se abría con el viento.
—¿Crees que acabarán juntos? —preguntó al volverse por sorpresa antes de salir del carro.
—¿Shuraz y Anara? —preguntó él pensativo.
Ella asintió.
—Creo que es muy probable, pero no podemos dar nada por sentado —respondió Shel sin pensarlo demasiado.
Al salir Cyra, otro carro la aguardaba, adornado con emblemas jersas y custodiado por una decena de imponentes Perpetuos de mirada helada. Subió sin volver la vista atrás.
Los dos carruajes se separaron, tomando rumbos contrarios en la oscuridad del bosque. El eco de los cascos sobre la tierra húmeda se perdió en la noche.