El precio del silencio
Torbu le dio un empujón para meterle prisa mientras Lyria avanzaba por los corredores subterráneos, húmedos y cargados de un olor rancio. Ella giró la cabeza y clavó la mirada en el despreciable sirviente.
—La próxima vez que me toques, te corto la mano.
La empuñadura de la daga runada asomó en su cinturón. Torbu retrocedió, tembloroso.
—No podemos hacerle esperar —musitó sin atreverse a mirarla.
—No voy a volvértelo a repetir.
Medio filo salió de la funda y brilló con la luz temblorosa de la antorcha. Aceleraron el paso y Torbu no volvió a acercarse a menos de medio metro. La llama en su mano dibujaba tinieblas en las paredes que parecían reírse de ella.
Al llegar al altar improvisado el Profeta aguardaba sentado en un asiento de piedra pulido por manos arreshim. El resplandor de los braseros teñía su túnica carmesí, la que reservaba para asuntos especiales.
—Al fin estáis aquí —protestó el Profeta sin levantarse.
Torbu intentó empujarla hacia delante, pero Lyria se volvió de golpe y lo miró a los ojos, dispuesta a retarlo. El sirviente dudó, valoró brevemente si apreciaba su mano y la retiró.
Lyria inspiró hondo y contuvo la rabia antes de encarar al Profeta. Él sonreía con la tranquilidad del que observa a una presa atrapada.
—Lyria… —su voz resonó por los pasillos húmedos—. Escondes bien tu pasado. Nadie en el campamento sospecha de ti. Ni siquiera Anara.
La respiración de la mercenaria se detuvo.
—No sabes de qué hablas.
El Profeta ladeó la cabeza con calma.
—¿Y si la suma sacerdotisa descubre que buscaste y mataste a su guardiana en Alonia? ¿Qué creerán los embajadores cuando sepan que eres una asesina de aliados? ¿Qué pensarán de tu venganza?
Cada palabra fue una espada invisible que se hundía en su alma. Lyria apartó la mirada con los labios tensos.
—No fue así exactamente.
El Profeta se inclinó hacia ella y dejó que la sombra de su figura la cubriera por completo.
—La verdad poco importa. Lo que cuenta es lo que los demás estén dispuestos a creer. Y yo tengo el poder de destruir tu frágil castillo de malabares… a menos que hagas algo por mí.
El silencio fue espeso, roto solo por la respiración errática de Torbu en un rincón.
—¡Maldito chantajista! —escupió Lyria, y se llevó la mano al cuello por costumbre. El medallón ya no estaba, pero su ausencia pesaba igual que antes—. ¿Qué quieres?
El Profeta alzó una copa oscura y la giró entre los dedos.
—Quiero que siembres dudas sobre Shuraz. Nada directo. Solo veneno que cale. Si comienzan a desconfiar entre ellos, yo tendré la cuerda en mis manos… y tú seguirás viva.
El corazón de Lyria golpeó contra sus costillas. Vio la imagen de Anara, de Shuraz, del campamento entero. Pero también recordó la sangre de la guardiana en Alonia. Si el Profeta hablaba, ella estaba perdida.
—Está bien —susurró casi sin voz.
El Profeta alzó una ceja.
—No te oigo bien.
—¡Que acepto, maldita sea! —bufó Lyria.
El Profeta sonrió despacio, satisfecho.
—Así se habla. Ahora vete, Lyria. Y recuerda: mi silencio depende de tu obediencia. Aislaremos al guerrero. Sin confianza, hasta el más fuerte se quiebra.
Torbu le lanzó una mirada impía. Ella no respondió; se dio la vuelta con los puños cerrados y la mirada fija en el suelo. Sabía que había dado un paso del que no habría retorno.
Detrás de ella, el Profeta levantó su copa hacia la oscuridad.
—Que el veneno corra… por ti, Kudram.
Y bebió sangre caliente.