Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El campeón arreshim
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El campeón arreshim

El claro del bosque parecía un anfiteatro natural, abierto bajo un cielo encapotado.

Los árboles torcidos formaban columnas vivientes, y las raíces, gruesas como serpientes, delimitaban un círculo sagrado.

Antorchas clavadas en la tierra iluminaban el lugar con destellos anaranjados que hacían bailar la oscuridad como espectros invocados.

Los arreshim aguardaban en completo silencio, cientos de ojos rojos clavados en el centro de la arena.

El aire olía al humo de pipas curvas, cargadas de un tabaco negruzco que hacía brillar los colmillos de los guerreros.

Algunos reían entre dientes mientras devoraban pequeños animalillos aún palpitantes.

El hechicero levantó los brazos; la ceniza caía de su rostro de piel verde, y los huesos y colgantes de su manto tintinearon como un coro de dientes que castañeteaban en la penumbra. Su voz se elevó entre los troncos del bosque, áspera y grave, desgarrando la noche al pronunciar:

—Oh, Dios Gundar, el Hamrish de las raíces ocultas, hoy beberás la sangre del vencido.

No solo eso, mi señor: tendrás el grito del derrotado, la furia de los que creen poder desafiarte y la humillación de ver al más fuerte quebrarse bajo tu sombra.

¡Que tus gusanos se agiten bajo la tierra y se alimenten de lo que sobre de su carne!

La multitud de arreshim repitió un murmullo ronco, una plegaria invertida, mientras sus lanzas y bastones golpeaban el suelo. El eco retumbó entre los árboles. El hechicero bajó la mirada hacia Shuraz y Edoz, sonrió con una mueca retorcida y concluyó con un rugido:

—Que esta lucha sea tu banquete, oh dios del bosque, oh Gundar, y tu deleite sea nuestra diversión.

Shuraz escupió a un lado. Los ojos le brillaban con rabia contenida.

—Tu dios cenará despojos. Lo único que quedará en este claro será el cadáver de tu campeón y tus rezos podridos en tu lengua.

Edoz, en cambio, permaneció agachado. Había recuperado sus dagas y tenía una en cada mano mientras medía las sombras entre los troncos.

—Gundar tendrá que contentarse con migajas —prosiguió Shuraz, henchido—, porque los belurios no ofrecemos banquetes: solo huesos rotos y sangre enemiga. Y si le apetece, que baje a recogerla él mismo.

Las risas apagadas de Edoz chocaron con el rugido firme de Shuraz. El claro entero vibraba entre la promesa de un sacrificio humano y el imprudente desafío de los belurios.

Del otro extremo del claro emergió el campeón arreshim.

No era el gigante que Shuraz había imaginado, sino una figura menuda y ágil con una cresta negra erizada que le daba un aire salvaje.

Su piel verde terrosa estaba marcada con cicatrices en espiral, y en una mano empuñaba una espada corta, astillada pero afilada; en la otra, un látigo hecho de tres cadenas oxidadas que tintineaban con un sonido metálico y siniestro.

Shuraz arqueó las cejas, sorprendido, pero recuperó a Oscuria, su sombría espada. Su peso familiar le devolvió más seguridad de la que ya tenía. La levantó y apoyó la hoja contra su propio hombro, como quien lleva una rama ligera.

Edoz se sentó sobre una piedra, junto al Señor de la Guerra arreshim, y sonrió como un chacal. Lo observaba todo y degustó el humo espeso de la pipa que le habían pasado. Hizo una apuesta con tono burlón:

—Shuraz es un martillo omnipotente, ya lo veréis. Si cae, que Gundar lo devore… pero si gana, beberé por vuestro campeón muerto —provocó Edoz con tono burlón.

Muchos de los presentes no le entendían cuando hablaba y otros no querían hacerlo.

Los tambores cesaron y el silencio se volvió absoluto cuando comenzó el combate.

El campeón arreshim atacó primero: lanzó el látigo de cadenas con un intenso estruendo metálico. Las tres cadenas silbaron en el aire como serpientes metálicas. Shuraz giró el torso y lo esquivó, aunque una de las puntas le arrancó un jirón de su capa roja.

Con un rugido, Shuraz contraatacó. Oscuria descendió en un arco poderoso, buscando partir al enemigo en dos.

El arreshim rodó hacia un lado con una agilidad felina y su espada corta estaba lista para responder.

El choque de metales sacudió el aire. Oscuria bloqueó un tajo rápido al abdomen.

Las chispas saltaron. Shuraz empujó con fuerza y casi derribó al contrincante.

—¡Muy bien, Shuraz, aplasta a ese gusano verde! —gritó Edoz, y devolvió la pipa de nuevo al arreshim que le había invitado.

El látigo de cadenas volvió a moverse y se enrolló en el tobillo de Shuraz.

Con un tirón, el campeón intentó derribarlo.

Shuraz resistió, se plantó en el suelo con fuerza titánica y respondió con una estocada descendente que cortó dos de las cadenas del látigo.

Los arreshim rugieron furiosos y el campeón bufó rabioso.

—¡Eso no os lo esperabais, ¿eh?! —exclamó Edoz.

Liberado, Shuraz cargó como un toro. Dio un corte diagonal que el enemigo apenas bloqueó con la espada corta. El choque lo empujó hacia atrás varios pasos. Oscuria silbaba, hambrienta de sangre.

El campeón arreshim cambió de táctica: giró sobre sí mismo y lanzó el látigo restante al rostro de Shuraz.

La cadena rozó la mejilla del belurio y le abrió una herida sangrante.

Shuraz se lanzó hacia delante, fingió un tajo horizontal y cambió a un corte ascendente.

El movimiento fue tan rápido que el público contuvo el aliento.

El arreshim lo esquivó por un pelo, pero su hombro quedó marcado por un profundo corte.

El enemigo reaccionó con furia: encajó un golpe bajo la guardia de Shuraz, con el pomo de su espada corta en las costillas.

El aire se escapó de los pulmones del belurio, que se tambaleó un instante.

El campeón aprovechó la apertura, giró y clavó su espada corta en el muslo de Shuraz.

El acero mordió la carne y la sangre manó en abundancia.

El rugido de los arreshim se elevó como un trueno.

Shuraz, herido, trató de dar una estocada directa, pero el enemigo se deslizó bajo la espada y lo derribó con un barrido. Oscuria cayó de sus manos y vibró en el suelo como una criatura viva.

Shuraz quedó boca abajo, jadeante. Su sangre teñía la tierra. El campeón arreshim levantó la espada corta, dispuesto a asestar el golpe final por la espalda que acabara con la vida del belurio.

Un brillo súbito cortó la escena.

Edoz se había levantado sin que nadie lo advirtiera. Con un movimiento tan rápido como un rayo, arrojó Ansia, su daga maldita, con precisión. La hoja se incrustó en el cuello del campeón.

El arreshim se quedó rígido. Su piel verde se volvió color ceniza mientras la daga absorbía cada gota de sangre y con ella, cada suspiro de vida. Cayó desplomado, vacío, con los ojos abiertos en un espanto eterno.

Edoz se acercó al cadáver del campeón y recogió la daga con calma, mientras la hoja vibraba de forma siniestra y percibía la cercanía de Oscuria, tendida en la tierra. El silencio pesó sobre el claro.

—Prometí entretenimiento —dijo Edoz mientras guardaba el arma en sus ropajes después de limpiarla y envolverla en su tela mágica—. Y nadie puede negar que os lo haya dado.

El silencio se quebró como un hueso seco.

Los arreshim, que hasta un instante antes habían mantenido una calma solemne, rugieron con sonidos guturales.

Sus lanzas golpearon contra el suelo, los tambores ocultos entre la maleza estallaron con redobles graves.

Los ojos del círculo de guerreros brillaban enrojecidos por la ira.

El hechicero se levantó con una agilidad extraña para su edad, con la túnica manchada de sangre seca.

—¡Sacrilegio! —escupió—. ¡Han manchado la palabra dada! Gundar exigirá no solo la sangre del vencido, sino la carne de los mentirosos.

Un coro de alaridos lo secundó. Varias lanzas apuntaron al pecho de Shuraz y Edoz, tensas, a la espera de una señal.

Edoz, sin embargo, alzó la voz antes de que la orden cayera.

—¡Escuchadme! —tronó, con un gesto teatral que lo hizo parecer más alto—. ¿Sacrilegio? ¡No! ¡Dad gracias a vuestro dios Gundar! Porque no solo ha tenido la sangre de un guerrero, sino que ha presenciado el enfrentamiento de dos fieras jamás visto antes.

El murmullo se apagó apenas un instante.

—Si he intervenido en el duelo, ha sido para agrandarlo —prosiguió Edoz, y señaló a Shuraz, que se incorporaba y recogía Oscuria mientras se taponaba la herida del muslo—.

Este hombre no pelea en nombre de Alonia ni de los belurios.

Pelea en nombre del fuego y de la noche.

¡Dejad que vuestro dios apruebe si su campeón era digno de ver la luz después de haber muerto bajo el filo de dos belurios!

Algunos guerreros intercambiaron miradas, dudosos. El hechicero, sin embargo, frunció el rostro, su voz tembló furiosa.

—Extranjero, tus palabras huelen a veneno, pero para ganar en la batalla, Gundar ama el engaño tanto como la fuerza.

Edoz sonrió con malicia.

El cuerpo del campeón arreshim yacía en la tierra, aún con el agujero en la garganta abierto por la daga inesperada de Edoz. El silencio se extendió como una ola helada: ni los guerreros del círculo ni los ancianos que presidían el duelo habían previsto un desenlace tan abrupto.

La acusación estaba a punto de estallar en cien lanzas, pero Kharzug, el Señor de la Guerra, avanzó un paso con el rostro pétreo.

—El duelo ha terminado —sentenció—. La astucia y el juego sucio es tan válido como la fuerza. Gundar devora al vencido sin preguntar cómo cayó.

Las lanzas bajaron poco a poco, aunque los ojos rojos de los arreshim ardían con furia contenida. Unos chasquidos secos de lengua recorrieron la multitud.

Edoz ocultó el destello de satisfacción tras semejante resolución de su apuesta. Sus vidas pendían de un hilo y el destino parecía estar a su favor.

Entonces graznó un cuervo de color blanco. El sonido retumbó sobre las copas del bosque y cayó como un sello oscuro sobre la asamblea. Los arreshim alzaron la mirada, algunos se llevaron el puño al pecho, otros inclinaron la cabeza.

—Gundar acepta la ofrenda —murmuró uno de los ancianos de piel verde más oscura.

El rumor se propagó como un susurro sagrado. Lo que había parecido una traición se convertía, por obra de un signo, en una prueba de favor divino.

El graznido de un cuervo blanco sobre ellos era, según los ancianos arreshim, la señal de que Gundar enviaba a su mensajero más puro. Ese graznido sellaba la ofrenda: aceptación, respeto y protección.

Edoz cerró los ojos un instante y comprendió que había sobrevivido no por su instinto de supervivencia, sino por la voluntad de un dios ajeno que acababa de reclamarlo como un instrumento.

Shuraz trató de ponerse de pie, pero se tambaleó.

La sangre resbalaba de la herida profunda en el muslo, cuyo dolor era un hierro candente que se le clavaba hasta el hueso.

El murmullo del público aún vibraba, mitad en desaprobación, mitad en aceptación, cuando una mano lo sujetó firme por el antebrazo.

—No fuerces la carne rota —susurró Edoz mientras lo sostenía.

Los ojos del guerrero lo miraron con un destello de gratitud.

Tres sanadores arreshim irrumpieron en el círculo, cargados con sacos de cuero y cestas de hojas.

Uno extendió una pasta verde sobre la herida abierta de su mejilla; el ungüento ardió al contacto y Shuraz gruñó, pero aguantó.

Otro trituraba raíces con una piedra negra y mezclaba la pulpa con aceites que olían a resina amarga.

El tercero colocó con precisión un puñado de gusanos blancos sobre el corte de su muslo.

Eran gruesos y húmedos, y se retorcían con lentitud sobre la carne abierta.

Sus cuerpos blandos se hundían en la herida, devorando piel muerta y sangre coagulada.

Dejaban tras de sí un rastro limpio y húmedo, mientras el olor acre se mezclaba con hierbas y aceites medicinales.

—Limpiarán la herida antes para que la podredumbre llegue —explicó el sanador con un acento extraño, sin mirar al paciente.

Shuraz cerró los puños y aguantó el dolor. Edoz permaneció a su lado, observaba y vivía cada instante.

—No olvides que te he salvado la vida —murmuró, de manera que solo Shuraz pudiera oírlo.

El guerrero lo miró de reojo, con el rostro endurecido.

—No lo olvidaré, Edoz.

El graznido del cuervo blanco volvió a escucharse en la lejanía, y con él un silencio reverente se apoderó de los presentes. Gundar mismo había firmado aquel pacto invisible entre los dos hombres.

Los arreshim los condujeron hasta unas madrigueras amplias excavadas en la roca y tapizadas con fibras secas y hojas de un verde brillante que desprendían un aroma fresco.

El suelo estaba blando, parecía haber sido trabajado para dar calor.

Junto a cada lecho colocaron cántaros de barro rebosantes de agua clara y cuencos con comida: raíces crujientes aún húmedas de tierra, bayas oscuras que estallaban dulces en la boca y pequeños animales peludos color rosa que se agitaban entre los recipientes, chillando antes de ser devorados.

Edoz probó de todo, con los dedos manchados de jugos y salsa, mientras se relamía con una satisfacción infantil.

Shuraz apenas probó bocado, bebió agua, refrescándose y se dejó caer con un suspiro áspero en el lecho improvisado, con cada músculo dolorido y la piel todavía palpitante bajo los vendajes con gusanos.

Le dolían las costillas y el tobillo, los tenía amoratados de la pelea.

Edoz lo miró, recostado con una sonrisa en los labios.

—Duerme, hermano. Si mañana me devoran, al menos que me encuentren con la tripa llena.

Shuraz cerró los ojos sin replicar, hundido en la penumbra, mientras Edoz aún reía en bajo para sí mismo, satisfecho con su ocurrencia.