Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) La hija de los dioses
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La hija de los dioses

El lienzo volvió a agitarse y la lámpara parpadeó. El aire se enfrió de golpe. SinDi alzó la vara, lista para golpear.

—No es necesario. —La voz suave sonó desde la penumbra.

Cyra apareció entre las sombras como parte de ellas mismas, alta y envuelta en su túnica oscura. El azul de sus ojos atrapó el reflejo de las llamas, eran dos pozos de mar profundo en medio de la tienda.

—Conocí a Senith —dijo con una sonrisa cautivadora—. Se volvió demasiado arrogante, con tanto oro.

SinDi apretó la mandíbula.

Cyra era una figura que desafiaba lo humano: alta, esbelta y de movimientos silenciosos, parecía deslizarse más que caminar.

Su piel pálida absorbía la luz, su pelo negro enmarcaba un rostro de belleza imposible y sus ojos azules guardaban secretos antiguos.

Vestía túnicas negras, sencillas pero elegantes, adornadas con joyas jersas de la mejor calidad.

Hablaba con una voz suave cargada de certeza.

Cada gesto suyo inspiraba fascinación y un temor instintivo.

—¿Quién eres? —preguntó nerviosa.

Cyra se inclinó un poco hacia Anara, que dormía envuelta en sudor. La observó con un gesto tierno, como quien estudia un cuadro recién pintado. Luego se enderezó.

—Alguien que sabe lo que significa cargar con el don de un dios —respondió sin mirarla.

La guerrera no bajó la vara.

—Si vienes a ofrecer más de ese veneno senicio, te mataré aquí mismo.

Cyra rio con un sonido cristalino que no encajaba en el silencio de la tienda.

—No tengo nada que ver con eso. Solo la veo crecer.

—¿Por qué ella? —escupió SinDi.

Por primera vez, Cyra la miró a la cara. Hubo algo en esa mirada que obligó a SinDi a bajar la vara.

—Porque Anara es más que su dios Bel-Hur, y algún día lo sabrá.

El lobo gruñó a la extraña, pero no se movió. Cyra se inclinó sobre Anara, ignoró al animal y rozó su frente con la yema de los dedos enjoyados. La piel de la suma sacerdotisa dejó de arder y su respiración se hizo más profunda.

—Duerme, pequeña —susurró Cyra—. Todavía no es la hora.

SinDi dio un paso al frente.

—¿Qué le haces?

—Nada malo, pequeña Sin Dios —murmuró Cyra.

El aire dentro de la tienda parecía más denso de lo normal. SinDi permanecía sentada junto al camastro donde Anara descansaba, el lobo estaba tumbado a sus pies, alerta.

Las lámparas se apagaron sin que nadie las tocara.

La voz de Cyra sonó con fuerza.

—Sairah, puedes estar tranquila, soy una aliada.

El lobo gruñó, pero no avanzó. La recién llegada miró a los ojos a la guerrera, que se puso en guardia.

Su propio nombre golpeó a SinDi en el pecho como una lanza.

—Nadie… nadie aquí sabe mi verdadero nombre. Solo mi padre…

—Yo lo sé, y no me lo ha dicho el desgraciado de tu padre —respondió Cyra con desprecio—. Estuve allí el día que murió tu madre.

SinDi sintió su pulso arder en las sienes mientras apretaba la vara en alto con las dos manos.

—¡¿Mi madre?! —exclamó atónita Sairah—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me lo cuentas?

Cyra se acercó, su túnica rozaba el suelo sin un solo ruido.

—Porque la hija de esa mujer, tan fuerte y valiente, está a punto de repetir su destino. Si me atacas, Sairah, morirás igual que tu madre. Y Anara se quedará sola. Aún puedes evitarlo si recapacitas. Eres lista, ambas lo sabemos.

Sairah bajó la vara y quedó expuesta.

—¿Tu mataste a mi madre? —preguntó nerviosa.

—No. Vi como murió. No lo merecía, luchó hasta el final. Tienes sus ojos y su fuerza —dijo Cyra y la evaluó de arriba abajo.

Los ojos bicolores de Sairah se clavaron en el camastro donde Anara respiraba, agotada pero ya sin fiebre. El pulso ardía. Cada respiración le sacudía el pecho. Cyra permanecía inmóvil, tan cerca que resultaba insoportable, y aun así no emanaba amenaza, sino algo más antiguo, difícil de descifrar.

El silencio pesó unos segundos, denso como la brea.

—Mi madre… —murmuró Sairah sin atreverse a mirar a Cyra—. Ella siempre luchó. Siempre protegió a los suyos.

Su voz tembló. El lobo levantó las orejas.

Cyra inclinó la cabeza, un gesto casi humano, casi compasivo.

—Por eso estás aquí —respondió con suavidad—. Por eso Anara está viva. Esa mujer te enseñó a no echarte atrás ante nada, ni siquiera ante mí.

Sairah tragó saliva. Su vara seguía en su mano, pero ya no la sostenía como un arma, sino como un ancla.

—No entiendo qué quieres —susurró—. Ni por qué sabes tanto de mí. Ni por qué apareces cuando Anara está así.

Cyra se acercó un paso. La luz tenue que aún quedaba en la tienda se curvó a su alrededor.

—No estoy aquí por ti, Sairah. Estoy aquí por ella —dijo mientras señalaba a Anara con una mirada cargada de secretos—. Pero tú eres importante. Más de lo que crees.

Sairah negó con la cabeza, casi con desesperación.

—No soy nadie. Soy una hija de los Sin Dios. Una que moriría si te ataca.

—Por eso —replicó Cyra— no estás muerta. Y no estás aquí por casualidad. Tu madre lo entendió demasiado tarde. Tú todavía estás a tiempo.

El lobo emitió un gruñido bajo, inquieto. Sairah lo rozó con la mano para calmarlo.

—Dices que eres aliada —murmuró—. Si es verdad, demuéstralo. Dime qué le pasa a Anara.

Cyra sonrió de forma breve, pero tan ajena que hizo que el lobo retrocediera un paso.

—Sobrevive a algo que ningún sacerdote de Beluria ha soportado jamás —explicó—. La fe de su pueblo la reclama, su dios la reclama, y… otros también. Es demasiado para un solo corazón. Pero no está perdida.

Sus dedos rozaron el aire sobre el pecho de Anara, sin tocarla.

—Solo necesitaba descansar sin que la consuma el peso de todos ellos.

Sairah sintió que la tensión se aflojaba en sus hombros.

—Ella tiene que saber la verdad. Si sigue usando el poder de Bel-Hur, morirá —suplicó Sairah señalando a Anara que seguía durmiendo ajena a todo.

—No —la interrumpió Cyra con voz firme—. Aún no morirá, y la verdad la rompería antes de tiempo.

Sairah apretó los dientes.

—¿Por qué te importa tanto?

Cyra sonrió con una extraña ternura.

—Porque vigilo de cerca a Anara desde hace mucho tiempo y porque, cuando llegue el momento, la ayudaré a convertirse en lo que debe ser.

Sairah se quedó inmóvil.

—¿Y por qué debo creerte?

Cyra desenfundó su daga enjoyada, la hizo girar entre sus dedos con destreza y la guardó de nuevo.

—Porque si lo haces, volverás a ver a tu madre.

El silencio se desplomó sobre la tienda y el fuego del brasero se reavivó solo.

Sairah comenzó a llorar y bajó la mirada de la poderosa extraña de rasgos jersas.

—Está bien. No le hablaré de esto.

—Sabia elección —aplaudió Cyra, y la miró con sus ojos azules que brillaban como el hielo—. Protege su ignorancia. Ya descubrirá la verdad cuando pueda afrontarla, ya que si ahora cambia, puede no andar la senda que la llevará a su destino.

—Algún día lo entenderás —susurró Cyra, que la miró a los ojos y después a Anara. Luego caminó hacia la salida con la misma calma con que había entrado. Al apartar el lienzo, se volvió un instante.

—Cuídala. No es un regalo que se deba romper.

Un parpadeo después, había desaparecido. Solo quedaba un olor leve a perfume de flor de estrellas y el murmullo lejano del campamento.

Sairah volvió a arrodillarse junto a Anara, le apartó un mechón de la frente sudada y suspiró.

Volvió el silencio, espeso y absoluto, ignorando lo ocurrido. Se puso de pie, agarró la vara con ambas manos y permaneció junto a Anara mientras esta dormía tranquila, ya sin fiebre.

Cuando Anara despertó, la tienda respiraba una penumbra azulada.

La lona crujía por el viento del exterior y el olor a resina fresca que venía de fuera llenaba el aire.

SinDi estaba sentada en el suelo, con los ojos cerrados, la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas.

Sangre, convertido en un ovillo tenso, mantenía los ojos fijos en la entrada, vigilante.

Anara se incorporó despacio; cada músculo parecía recordarle la luz que la había atravesado horas antes.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. —SinDi no abrió los ojos; su voz sonó hueca.

Anara la observó unos segundos.

—Me dijiste algo sobre Senith…

SinDi abrió un solo ojo, una rendija cansada que se clavó en ella. Luego volvió a cerrarlo.

—Lo habrás soñado.

El silencio cayó de golpe. Anara se acercó despacio y con pasos cortos a SinDi.

—Gracias por estar a mi lado —susurró con voz suave.

Los labios de SinDi temblaron. Sus manos se cerraron con fuerza sobre sus rodillas y cuando alzó la cabeza, sus ojos brillaban humedecidos de lágrimas.

—Me llamo Sairah —confesó.

Anara la miró, incapaz de parpadear, mientras la tienda parecía hacerse más pequeña alrededor de ambas.