Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Sombras sobre Lyria
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Sombras sobre Lyria

El brasero ardía en un rincón de la tienda vacía. El humo espeso se acumulaba en el techo bajo y hacía arder los ojos. Torbu dejó caer una vasija sobre la mesa. El golpe hueco retumbó en la penumbra.

—Es una mercenaria —susurró—. No una sacerdotisa, ni una guardiana, ni un alma limpia. Es una mercenaria.

Sus dedos largos y huesudos pasaban las hojas manchadas de barro. Había obtenido esos registros con paciencia, pagados con favores, amenazas y puñaladas. Los exploradores hablaban demasiado cuando alguien apretaba su miedo en el sitio correcto. En esas páginas se repetía un nombre: Lyria.

Torbu leyó en voz alta un texto que apuntaba al grupo de la mercenaria:

—Grupo de salteadores vistos pasado el Desfiladero de la Piedra Blanca. Han sido pagados por alguien de alta nobleza para acabar con los embajadores. Desaparecieron cerca de donde la guardiana vigilaba y protegía a una tabernera llamada Anara.

Los labios de Torbu se torcieron en una sonrisa rota. El Profeta tenía razón: la sangre siempre dejaba huellas.

Se incorporó. Su silueta recortada contra la llama mostraba su torso desnudo lleno de cicatrices. Cada una parecía contar un castigo, un rito o un crimen. Se pasó una mano por la nariz marcada, recuerdo del golpe de Zarhel. La cicatriz aún palpitaba sobre la piel.

—Lyria la buscó y la encontró —murmuró—. La encontró en Alonia, y a la guardiana no se la volvió a ver jamás. ¿Quién se atreverá a preguntar dónde está? ¿Por qué no guarda a su protegida, Anara?

Un susurro se deslizó por la tienda. Torbu alzó la cabeza.

En el rincón había tres figuras translúcidas que lo observaban.

Sus rostros estaban hundidos, con cuencas vacías que lloraban en la sombra.

Habían sido víctimas del cuchillo de Torbu.

Los espectros lo seguían desde hacía noches, cada vez más cerca.

—No —gruñó con voz quebrada—. No sois reales. No sois nada.

Los espíritus no se apartaron. Uno abrió la boca y emitió un gemido que heló el aire. Torbu apretó los dientes, cogió el cuenco de bronce sobre el altar y lo estrelló contra el suelo. El eco ahogó el murmullo por un instante, pero las figuras permanecieron.

—El Profeta necesita sangre, no lamentos. La sangre da vida. —Su voz se quebró otra vez—. Mi pueblo lo sabía, yo se lo mostré.

Clavó la mirada en los papeles esparcidos.

Cada línea sobre Lyria ardía en su cabeza.

Mercenaria, bandida, salteadora; tenía las manos llenas de sangre.

Si Anara y los suyos lo supieran, la habrían apartado, quizá la habrían juzgado por asesinato.

Y sin embargo, Lyria dormía bajo el mismo techo que ellos, paseaba a la sombra de la suma sacerdotisa sin que nadie sospechara de ella y fue la novia de Zarhel…

—Pero Zarhel está muerto, alguien lo descuartizó, un excelente trabajo… ¡y no fuimos nosotros! —exclamó Torbu para la nada.

Recogió una daga curva del altar. La hoja negra brillaba de forma tenebrosa. La acarició con un dedo tembloroso.

—¿Quién mató a Zarhel? ¿Tiene algo que ver con la mercenaria? Su máscara caerá —susurró a la nada—. Y cuando caiga, yo estaré allí para mostrar tu verdadero rostro.

Los espectros se movieron. Uno de ellos, con los dientes podridos y el pelo enmarañado, se inclinó hacia él y sus labios descarnados rozaron su oído. Torbu cerró los ojos, helado.

—¿Qué dices? —preguntó, sin aliento.

El fantasma siseó la misma palabra, clara como hierro contra piedra. Era un nombre:

—Edoz.

Torbu se quedó rígido, con la daga suspendida en su mano.

—¿Edoz es el asesino de Zarhel?

El espectro asintió.

—Pero por qué me ayudas, si yo te maté.

—Mi vida era miserable. Estoy mejor aquí —musitó el muerto mientras volvía con sus compañeros.

Torbu rio a carcajadas. Pensaba que todos los muertos le deseaban el mal. Le pasó por la cabeza lo contento que se iba a poner el Profeta cuando le diera esta jugosa información. Sonrió.

Torbu extendió los pergaminos manchados de barro sobre la piedra del altar. Estaba sin aliento, su respiración era áspera, le costaba escupir cada palabra.

—He seguido su pista, mi señor. No fue difícil, los hombres siempre hablan cuando se les ofrece lo que más desean. Oro, carne, agua… todos tienen un precio.

El Profeta, cubierto por su túnica negra, no levantó la vista de la copa que sostenía. El líquido oscuro dentro vibraba al compás de un canto lejano que nadie más escuchaba.

—Habla, Torbu. Te escuchamos.

El siervo sonrió al pensar que Kudram podía estar interesado en su descubrimiento.

—Lyria, la mujer que camina junto a los embajadores, no es lo que parece.

Fue mercenaria. Mató y robó junto a un grupo de bandidos en las tierras del norte.

Los vieron vivos por última vez cerca del Desfiladero de la Piedra Blanca.

La guardiana de la suma sacerdotisa les dio muerte para proteger a Anara, pero Lyria, una de los bandidos, sobrevivió, seguramente escaparía.

La guardiana parecía ser alguien de armas tomar.

En este punto, seguramente, Lyria había jurado venganza por ser la única superviviente.

Tras ese encuentro, los pasos de la guardiana se pierden, parece que la vendieron como esclava durante la toma de Alonia y desaparece la pista.

El Profeta dejó reposar la copa sobre el altar. El eco del metal sonó como un campanazo en la oscuridad.

—Continúa.

Torbu señaló los escritos con sus dedos huesudos y temblorosos.

—Lyria estaba allí, en Alonia, cuando todo se torció.

Fue un tiempo después de la toma de Alonia por los jersas.

Ella buscaba a la guardiana y parece ser que la encontró, ya que de algún modo escapó de su esclavitud y regresó a Alonia.

Ahí la guardiana desaparece por arte de magia y Lyria se une a los embajadores en el éxodo.

Yo creo que la mató por venganza, pero no tengo pruebas de ello.

Ahora, la mercenaria del pelo de fuego sonríe en el séquito de la suma sacerdotisa, ajena a todo lo ocurrido.

Esconde la sangre que hay en sus manos y ellos no lo saben.

El Profeta se inclinó hacia delante. Sus ojos brillaban con una codicia que superaba la del hambre.

—¿Qué relación tenía la guardiana con Anara? —preguntó el Profeta en voz baja.

—Era su mentora —contestó Torbu con un gesto afirmativo.

El Profeta perdió su mirada blanca en el infinito.

—Entonces, un extremo de la cuerda está alrededor de su cuello y el otro en nuestra mano. ¡Es nuestra! La utilizaremos.

Torbu bajó la cabeza con una incómoda sonrisa de oreja a oreja, pero los murmullos de los muertos lo acosaron otra vez. Voces infantiles, voces quebradas, los que habían sangrado en sus altares. Se cubrió los oídos, pero los lamentos no callaban.

El Profeta lo observó, ya no le importaba el tormento de su siervo.

—Tráeme a Lyria. ¡Ahora!

El siervo apretó sus dientes irregulares y se fue de la tienda raudo.