Reconciliación
La fortaleza dentro de la roca negra dormía en silencio, ocultando sus secretos bajo capas de sombra. El fuego del comedor se había apagado hacía horas, y los duendes ciegos y en muchas ocasiones mudos se deslizaban por pasillos lejanos, lejos del descanso de los huéspedes.
Todos dormían. Todos, menos Jarben.
Sentado en el camastro de la litera de abajo, sus ojos rosados reflejaban la penumbra de la biblioteca contigua. Algo en sus entrañas lo mantenía inquieto, el eco de las palabras de Maltherion en la mesa.
Se incorporó sin hacer ruido, cruzó la sala y se adentró entre estantes cargados de polvo y grimorios en lenguas olvidadas. Pasó los dedos sobre los lomos de cuero.
Entre libros se encontraba más arropado. El saber era parte de su ser. Le recordó a su biblioteca bajo el cementerio, en la ahora lejana Alonia.
—Las sombras no pegan contigo —susurró una voz tras él.
Jarben se asustó y se volvió. Rayhem, con una manta sobre los hombros, lo miraba desde la entrada de la biblioteca. Sus ojos oscuros y calmados no mostraban reproche.
—No podía dormir —respondió Jarben en voz baja—. Se me han quedado clavadas las palabas de Maltherion.
Rayhem avanzó despacio, con la serenidad de quien camina entre templos.
—¿Qué palabras?
—Las que hablaban de ti, hermano. Lo de los Hijos de Kudram, lo de tu ayuda al siervo del Profeta… Nunca me hablaste de eso. Creía que entre nosotros no había secretos.
Rayhem inclinó la cara; la confesión le pesaba como una piedra a la espalda.
—No fueron tiempos fáciles, Jarben. Recuerda la caída de Anara, Suezoj extendiendo sus cadenas desde el tercer umbral, la embajada sobre mis hombros. Todo pesaba demasiado.
Se detuvo frente a un atril de piedra y apoyó la mano sobre él y continuó hablando en voz baja.
—Torbu sufría. Los espectros de su pasado lo desgarraban por dentro, lo iban a destruir.
Yo… tuve compasión. Él llevaba en su sangre algo de mi pueblo.
De los Acash, los que podían hablar con los muertos.
Quizá su don era un reflejo del mío. Puede que tengamos la misma sangre. Solo le ayudé a soportarlo.
—¿Y por qué no me lo contaste? —replicó con dureza Jarben.
—No fue por ocultártelo. Lo olvidé cuando Anara cayó. Supongo que no le di importancia. No quería cargar más oscuridad sobre nosotros.
El silencio se coló entre los estantes. Jarben lo observó; sus pupilas rosadas brillaban por las incipientes lágrimas. Dio un paso hacia él y lo abrazó. Su piel, frágil como el cristal, se erizó al contacto, pero no retrocedió.
—Sabes que eres mi hermano. Siempre lo serás —dijo Rayhem, emocionado.
Jarben apretó los dientes y una lágrima descendió hasta su barbilla blanca como la cera.
—Solo un amigo de verdad temería herirme así.
Se quedaron en calma un instante; el murmullo de su respiración llenaba la biblioteca. Luego Jarben asintió y se apartó, ya más tranquilo.
—¿Recuerdas aquellas conversaciones por la noche en tu cementerio? —preguntó Rayhem con voz suave.
—Cómo olvidarlas —susurró Jarben mientras se secaban las lágrimas con las manos.
—Las echo de menos —confesó Rayhem nostálgico.
—Yo también —suspiró Jarben.
Rayhem ladeó la cabeza, atento a cada gesto de Jarben.
—¿Qué te ronda por la cabeza? —preguntó.
Jarben respiró hondo, y dejó que el aire de la biblioteca le llenara el pecho.
—Los dioses —murmuró—. O lo que creemos que son.
Rayhem frunció el ceño con suavidad.
—Hablas de… ellos.
—Sí. Bel-Hur, Kudram… y los Eternos. Todo lo que hemos visto desde que empezó este éxodo apunta a algo que no encaja. No son simples presencias lejanas. Actúan, intervienen, viven a través de nosotros.
Rayhem bajó la mirada hacia un libro entreabierto sobre el atril. La página mostraba figuras alargadas, sin ojos, rodeadas de círculos fracturados.
—Maltherion dijo que los Eternos no son dioses —susurró Rayhem—. Tampoco son nuestros iguales.
Jarben acarició el lomo de un manuscrito antiguo. Sus dedos temblaron.
—He pensado en lo que contaba mi abuela, y en lo que vi en el cementerio dando paz a los muertos.
Los Eternos no fueron creados por los dioses.
Estaban ahí antes de que hubiera templos, antes de que se pronunciara el primer rezo.
Si Kudram y Bel-Hur son fuego, ellos son la sombra que deja el fuego cuando intenta brillar.
Rayhem lo miró con inquietud.
—¿Crees que son rivales? ¿Enemigos?
—No. Peor. Creo que son fallos —respondió Jarben con la voz quebrada—. Intentos que no salieron bien. Huellas de algo más antiguo que buscó crear vida y no lo consiguió del todo. Y ahora vagan entre mundos, hambrientos, atentos a lo que hacemos.
Rayhem tragó saliva.
—Podría ser una explicación de por qué poseen magia tan basta… o la deforman. Recuerda la bruja del Tabernáculo de las Estrellas Olvidadas.
—Liraela, sí —continuó Jarben—. Porque quieren ser completos.
Buscan cuerpos, buscan mentes. Tratan de parecerse a nosotros, pero no son humanos.
¿Y si los dioses no son creadores, sino carceleros?
—Los ojos rosados de Jarben brillaron con un destello febril—.
¿Y si cada rezo mantiene encerradas cosas que no deben despertar?
Rayhem sintió un escalofrío.
—Hablas como si lo supieras.
Jarben negó.
—No lo sé. Pero siento algo cuando cierro los ojos.
Algo que se mueve detrás de las plegarias.
Los dioses escuchan, sí, pero hay otros que esperan, que no deberían existir.
Y creo que los Eternos son prueba de ello.
No son semidioses, no son espíritus… Son fragmentos rotos de un origen que ni los propios dioses se atreven a admitir.
Rayhem apoyó una mano en su hombro.
—Si eso es cierto, entonces, nuestra lucha no es solo contra el Profeta, sino contra algo que no vemos.
—Exacto —confirmó Jarben y levantó la mirada.
—Me temo que puede que uno de esos fragmentos haya puesto los ojos sobre nosotros —musitó Rayhem y comprobó que nadie los escuchaba.
Jarben tensó la mandíbula.
—¿Crees que un Eterno sigue nuestro rastro? —preguntó el sepulturero.
—Seguro —aseguró Rayhem—. Lo que hacemos cambia la historia. Si fueras un Eterno, ¿no querrías verlo en primera fila?
—Divagamos demasiado —sonrió Jarben—, parecemos Sacerdotes del Templo recordando historias antiguas. ¿Sabes si siguen transcribiendo el origen de nuestro pueblo?
Rayhem alzó la vista hacia los estantes y pasó una mano por un tomo ennegrecido por los años.
—Sí que siguen —murmuró—. Los Sacerdotes del Templo no dejan de transcribir cada cuento, cada mito y cada susurro antiguo. Lo empezaron en Alonia, por miedo a que todo se perdiera, como se había perdido Nela-Shur.
Jarben lo observó con curiosidad creciente.
—¿En serio? Creí que lo habrían olvidado. Entre los belurios, nadie lo menciona.
Rayhem negó despacio.
—No se habla de ello. Es deliberado. Las escrituras se guardan en quietud, son la palabra de Bel-Hur.
Jarben frunció el ceño.
—¿Por qué ese secretismo?, ¿y por qué no se había hecho antes? ¿Por qué no escribieron la palabra de Bel-Hur cuando aún éramos un reino próspero en Beluria?
Rayhem tardó en responder. Caminó entre los estantes y se detuvo frente a un libro tan viejo que su lomo parecía ceniza compactada.
—Porque durante siglos creímos que escribir la fe era atarla —susurró—. Nuestros ancestros temían ofender al dios si congelaban sus historias en papel. Pensaban que la voz de Bel-Hur debía pasar de boca en boca, viva, mutable… Como un fuego en movimiento.
Jarben soltó una carcajada silenciosa.
—Superstición pura.
—Y también miedo —añadió Rayhem, sin apartar la vista del libro—. Si una historia queda escrita, cualquiera puede cuestionarla, romperla, o usarla para dividir. Los viejos sumos sacerdotes temían eso más que el olvido.
Jarben ladeó la cabeza.
—Entonces, ¿por qué ahora? ¿Qué ha cambiado?
Rayhem acercó un dedo al polvo del tomo y dibujó un trazo.
—El éxodo. La caída de Alonia. La destrucción del sumo sacerdote Suezoj… La oscuridad que se cierne sobre nuestros dioses. Todo eso nos hizo entender que lo que no se escribe, se pierde. Y lo que se pierde, deja de protegernos.
Se volvió hacia él.
—Es Bel-Hur quien impulsó este trabajo, Jarben. O al menos, esa es la convicción dentro de los Sacerdotes del Templo. Que su palabra necesita anclas. Que los belurios necesitamos memoria.
Jarben lo escuchó callado.
—Entonces, lo que hacen es un acto de fe.
—Y de supervivencia —añadió Rayhem—. Si caemos, si el éxodo fracasa, al menos quedarán las palabras. La historia. Las leyendas verdaderas.
Jarben tragó saliva.
—¿Incluso las prohibidas? ¿Las que hablan de los Eternos?
Rayhem esbozó una sonrisa breve.
—Esas en especial.
Jarben abrió mucho los ojos.
—Pero… ¿por qué? Ni siquiera sabemos qué son.
Rayhem se acercó y apoyó una mano en su hombro.
—Por eso. Porque nunca conoceremos nuestro origen mientras haya huecos sin nombrar. Los Eternos, los primeros pasos del mundo, las guerras antiguas, los pactos entre dioses… Todo eso forma parte de lo que somos.
—Me sorprende que los Sacerdotes del Templo se atrevan a tocar esos temas.
—No se atreven —rectificó Rayhem—. Se sienten obligados. Y lo hacen sin decir nada, para que nadie pueda acusarlos. Ni de blasfemia, ni de ambición.
Se quedaron un momento en calma. La biblioteca respiraba alrededor de ellos con su olor a pergamino viejo.
Jarben asintió con un suspiro suave.
—Me gustaría leer esas historias algún día. Saber qué fuimos. Para entender qué seremos.
Rayhem sonrió de forma cálida.
—Lo harás. Pero ahora no. Las palabras nuevas necesitan reposar antes de abrir caminos.
Jarben lo miró con brillo en los ojos.
—Siempre has sabido tranquilizarme.
—Porque nunca has dejado de ser mi hermano —respondió Rayhem.
Rayhem se acercó a la vela que titilaba. Jarben lo siguió, aún con la conversación prendida en la mirada.
—¿Sabes qué es lo que más me inquieta? —murmuró Jarben mientras hojeaba un manuscrito con dibujos de antiguas deidades femeninas—.
Nunca ha habido sacerdotisas en nuestra fe.
Nunca, y ahora tenemos a una Suma Sacerdotisa.
—Hizo una pausa, pensativo—. ¿Eso significa que habrá más? ¿Que nacerá un linaje de sacerdotisas?
Rayhem dejó escapar un largo suspiro.
—Es lo que muchos se preguntan —respondió—. No existe tradición ni precedentes. Los primeros hombres que levantaron los templos eran tajantes: la voz de Bel-Hur pasaba por un varón. Era dogma.
Jarben arqueó las cejas.
—Dogma que ya no se sostiene.
—Exacto —asintió Rayhem—. Con Anara, todo ha cambiado. Su nombramiento ha roto siglos de costumbre. Y no fue por un capricho humano, nadie se atrevería a forzar algo así; fue Bel-Hur en persona quien la escogió.
Jarben se apoyó en el lomo de un libro, pensativo.
—Entonces, los Sacerdotes del Templo…
—Están divididos —interrumpió Rayhem—. Los hay que aceptan el cambio, y otros que siguen aferrados a las tradiciones antiguas. Para ellos, una mujer en el altar es algo que no encaja con la arquitectura del mundo que conocen.
Jarben torció una sonrisa amarga.
—Pero el mundo dejó de encajar hace mucho.
—Eso es. —Rayhem bajó la voz—. Saben que resistirse no sirve. El éxodo los ha obligado a replantearlo todo: el poder, la herencia, la fe. Incluso el lenguaje.
—¿Crees que habrá sacerdotisas después de Anara? —preguntó Jarben—. ¿Que este cambio se quedará para siempre?
Rayhem se lo pensó antes de contestar.
—Creo que Bel-Hur ya ha dado su respuesta y que los hombres tendremos que aprender a vivir con ella.
Sus ojos oscuros se posaron en Jarben con un brillo reflexivo.
—La tradición no se rompe por un capricho, se rompe cuando deja de servir.
Jarben asintió con un murmullo de confirmación.
—Entonces, las tradiciones del Templo de Bel-Hur tendrán que reescribirse, desde dentro.
—Ya han empezado a hacerlo —añadió Rayhem—. Aunque no lo admitan, ya se preparan. Ritual tras ritual, palabra tras palabra, adaptan todo para que no vuelva a haber un vacío como el que Anara llenó.
Jarben sonrió con ternura.
—Ella nunca imaginó lo que significaría.
—Nadie lo imaginó —respondió Rayhem—. Un pueblo entero que se alza alrededor de una mujer que nunca quiso poder.
El silencio se deslizó entre ellos con suavidad.
Jarben respiró hondo.
—Rayhem, ¿y si este cambio no acaba en el Templo de Bel-Hur? ¿Y si alcanza al resto del Éxodo?
Rayhem bajó la mirada, casi meditativo.
—Creo que ya lo ha alcanzado. El pueblo ha aceptado a Anara erguida ante el altar. Vio cómo la luz descendió sobre ella. No hay marcha atrás después de algo así.
Jarben entrecerró los ojos, intrigado.
—Entonces, nuestro mundo belurio cambiará —murmuró pensativo.
—Lo cambiamos, Jarben. Lo cambiamos —concluyó Rayhem con la mirada perdida.
—Embajador, debemos descansar —dijo Jarben con una sonrisa.
—Lo necesitamos —respondió Rayhem.
Volvieron al dormitorio, donde los demás dormían en las literas.
Jarben se tendió con el cuerpo agotado en una de las camas de abajo, su pecho aún estaba marcado por la lucha contra el trol.
Rayhem se subió a la de arriba y apagó la lámpara de aceite y, antes de cerrar los ojos, notó un vacío distinto.
Hacía demasiado que no escuchaba las voces del otro lado. No las forzó. Recordaba demasiado bien lo que Maltherion había dicho: cada palabra de los muertos podía costarle días de vida.
El silencio pesó como un presagio.