Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) El precio de los dioses
42%

El precio de los dioses

El interior de la tienda de mando estaba cargado de humo de aceite.

Las lámparas pendían de los mástiles e iluminaban los mapas manchados de vino.

El príncipe Belbarozh yacía en un camastro improvisado.

Tenía la piel cubierta de sudor frío y sus pupilas apenas eran visibles.

Tres curanderos murmuraban entre sí, sin atreverse a tocarlo.

Anara apartó la capa blanca de sus hombros y la dejó caer sobre un banco. Su pelo, suelto y húmedo por la fatiga, le rozó la frente. Se inclinó hacia el príncipe.

—Traed agua limpia y cerrad la tienda, no quiero miradas ajenas.

Uno de los sanadores obedeció; sus manos temblaban mientras bajaba el lienzo de la entrada. El resto retrocedió para dejar espacio a la suma sacerdotisa.

Anara posó sus dedos finos sobre el pecho del príncipe. Su piel ardía bajo su palma. Cerró los ojos y un murmullo escapó de sus labios, un rezo apenas audible:

—Bel-Hur, escucha mi voz. Toma este fuego que lo consume. Devuélvele el aliento, dame a mí el peso. Guía mi mano, abre su senda… y no permitas que la fría sombra reclame su nombre esta noche.

El aire dentro de la tienda se espesó y se mezcló con el humo de las lámparas.

El cuerpo del príncipe se arqueó. De su boca brotó un chorro oscuro; un líquido viscoso azul que chispeó al caer sobre la estera de juncos.

Anara rezaba con la frente inclinada sobre su pecho ardiente, buscando un milagro que cada día se le escapaba un poco más.

El veneno, que parecía vivo, se agitó antes de apagarse en un vapor amargo con olor a shona, la especia senicia.

Un gemido escapó de la garganta de Anara. Se llevó la mano al pecho, le faltaba el aire. Se le cortó la respiración y un espasmo la dobló hacia delante.

—¡Suma sacerdotisa! —gritó uno de los sanadores, pero SinDi, siempre tras ella, lo apartó de un empujón.

—No la toques.

Anara se desplomó de rodillas junto al camastro, sin aliento. Un hilo de sangre se deslizó por su carnoso labio, pero en su mejilla, donde antes había un rasguño abierto, la piel brillaba tersa, sin marca alguna.

El príncipe abrió los ojos con esfuerzo. Movió los labios, sin voz. Uno de los curanderos acercó la oreja.

—No siente la pierna izquierda. Ni el brazo —dijo, asustado, a los demás.

Belbarozh intentó alzarse, e impotente volvió a caer. La frustración se dibujó en su mirada.

Anara, apoyada en SinDi, logró ponerse en pie. El sudor le perlaba la frente y la palidez le borraba los labios.

—Ha sobrevivido. Eso bastara por ahora.

SinDi le pasó un brazo por la espalda y la sostuvo contra su propio cuerpo mientras la dirigía hacia la salida de la tienda. Arrastraba la capa blanca por la estera, impregnada del olor ácido del veneno senicio.

Belbarozh cerró los ojos de nuevo y su respiración se estabilizó. Los sanadores intercambiaron miradas de alivio. Nadie dijo nada, pero todos sabían que el príncipe había quedado marcado.

Las siluetas de Anara y SinDi se desvanecieron tras el lienzo de la entrada mientras Sangre las seguía atento a cualquier imprevisto. Su sacrificio había salvado al heredero, pero el precio aún latía en su pecho.

El lienzo de la tienda se cerró tras ellas y el rumor del campamento quedó lejos. SinDi sujetaba a Anara por la cintura, casi arrastrándola. La suma sacerdotisa apenas levantaba los pies del suelo; cada paso arrancaba un gemido ahogado de su garganta.

Sangre se deslizó delante, olfateando el frente como un guardián silencioso.

La guerrera Sin Dios la llevó a la tienda de la suma sacerdotisa, y Sangre las escoltó a poca distancia.

—Aguanta un poco más —murmuró SinDi mientras apartaba una mesa llena de tablillas—. Aquí nadie te molestará.

Anara cayó sobre el camastro. El sudor le perlaba las sienes. Intentó incorporarse, pero SinDi la empujó con firmeza hacia las mantas.

—Quédate quieta —ordenó.

Las lámparas temblaron con la corriente que se coló bajo el lienzo. SinDi se arrodilló a su lado. Su vara descansaba contra el banco.

—Tienes que dejar de usarlo. Ese poder te va a matar.

Anara abrió los labios, pero de ellos solo salió un hilo de aire. La guerrera tragó saliva, el ojo verde y el amarillo centellearon bajo las lágrimas que le nublaban la mirada.

—¿Quieres saber por qué los Sin Dios odiamos a los dioses? No es porque no existan. Es porque son el veneno del mundo. Ellos y sus hijos, los Eternos. —Se llevó las manos tatuadas al rostro y luego las dejó caer—. Todo lo que tocan se pudre en traiciones, en conspiraciones y en guerras.

Sangre levantó la cabeza y gruñó en bajo, pero volvió a tumbarse.

—Los dones que reparten… —la voz de SinDi se quebró—, son trampas mortales. Regalos envenenados. Parecen milagros, pero acortan la vida, desgarran el cuerpo por dentro.

Anara, pálida, la miró sin parpadear. Sus ojos traspasaban a la guerrera.

—Lo sé porque lo vi en mi madre. —Las lágrimas corrieron por los tatuajes de su rostro—.

Ella era profetisa de Senith, diosa de los mares, del comercio, de la balanza que los senicios veneran.

La diosa la usó para abrir rutas, para alzar voces en su nombre.

La consumió con cada rezo, con cada milagro.

Y cuando aún era joven, ya tenía el cuerpo de una anciana rota. Murió mucho antes de su hora.

El silencio pesó sobre las dos. Solo se escuchaba el crujido del pecho de Anara al buscar aire.

SinDi agarró y apretó la mano de la suma sacerdotisa.

—Te pasa lo mismo. Tú no lo ves, crees que es simple cansancio, pero yo veo la verdad. Cada vez que invocas a tu dios, un pedazo de ti desaparece. Si sigues así, dentro de poco no quedará nada de ti. A este paso, nunca llegarás a Nela-Shur.

Anara cerró los ojos mientras un suspiro escapó de su boca.

SinDi no soltó su mano.

—Si quieres seguir viva, deja de usar ese poder. No es un don, es la cuerda con la que los dioses ahorcan a los suyos.

Sangre se incorporó hacia la entrada con las orejas tiesas. Alguien o algo, rondaba fuera de la tienda.