Bosque de ocaso (Retorno a Nela-Shur 5) Festín en las sombras
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Festín en las sombras

El fuerte olor a carne cruda fue lo primero que Edoz sintió cuando abrió los ojos. El tambor de los arreshim golpeaba con un ritmo lento, como un corazón enorme enterrado bajo tierra. Alrededor de Edoz los soldados gemían, todavía aturdidos por el veneno.

—Despierta, príncipe de las máscaras —susurró una voz cerca de su oído. Una mano verde y huesuda tiró de sus ropas hacia arriba. La visión se le aclaró poco a poco: varias hogueras rodeaban una explanada donde decenas de figuras encorvadas los observaban, sus ojos ardían en un vivo color rojo.

Los prisioneros estaban atados a postes de madera, frente a un altar de huesos.

Sobre él, había un cuerpo verde ensangrentado.

Era un arreshim de manto desgarrado. Se inclinó y clavó un cuchillo dentado en su propio pecho, rajando la carne y esparciendo sus entrañas por el suelo.

La multitud rugió y el nombre de Gundar se elevó con cada grito.

Shuraz se despejó y, aún con las muñecas atadas, tiró de las cuerdas hasta hacerse sangre.

—¿Qué demonios hacen? —Su voz era un rugido ronco.

Nadie respondió. Los arreshim levantaron al recién autosacrificado y lo dejaron caer a los pies del altar. Entonces, sin aviso previo, otra víctima fue arrastrada frente a ellos. Se trataba de un soldado belurio, inconsciente. Los tambores se aceleraron.

—No creo que… —susurró Edoz, reconociendo la cara pálida del hombre e intentando moverse. Era uno de los suyos.

Un guerrero arreshim hundió los dientes en el hombro del soldado, le arrancó un trozo de carne y dejó a la vista los huesos de su clavícula. El festín comenzó cuando el soldado se despertó con un grito.

—¡Bastardos! —Shuraz se debatió como un animal encadenado—. ¡Es mi hombre! ¡Un guerrero de Beluria!

Garras y bocas desgarraban su carne aún tibia. En cuestión de segundos, el soldado dejó de quejarse.

Todos los soldados se habían despertado ya maniatados y no daban crédito a lo que veían. Estaban dentro de una pesadilla.

Un niño arreshim, con ojos no tan rojos como los de los adultos, se adelantó para probar un trozo del festín. Edoz los miraba con interés, sin aparente desazón.

—Bienvenidos, belurios —gruñó uno de ellos mientras masticaba con la boca ensangrentada—. Estáis invitados a comer.

—Nosotros no nos comemos a nuestros soldados —dijo Edoz con frialdad.

Un guerrero de coraza roja alzó la barbilla y engulló un bocado de carne fresca apenas sin masticar.

—Estaba muerto —se excusó con un acento extraño y voz rasgada que sonó como el choque de dos piedras.

Shuraz escupió al suelo.

—¡Mentira! Lo habéis matado aquí, delante de nosotros… ¡malditos monstruos! —gritó el guerrero fuera de sí.

El silencio cayó un instante, roto por el sonido húmedo de bocas que masticaban. Entonces, desde lo alto del trono de huesos,  Kharzug, el Señor de la Guerra, habló.

—Vosotros sois los invasores. Todo humano que entra en nuestro bosque es nuestro enemigo.

—¿Un niño perdido es una invasión? —gruñó Shuraz mientras tensaba las cuerdas.

Los ojos de Kharzug brillaron como brasas.

—Todo lo es.

Edoz dejó escapar una carcajada seca.

—Curiosa lógica la vuestra. Vosotros nos amenazasteis primero, ¿lo habéis olvidado?

Un anciano cubierto de collares de hueso avanzó. Era uno de los hechiceros. Su ojo lechoso brillaba a la luz del fuego. Murmuró mientras esparcía ceniza sobre los prisioneros.

El suelo tembló. Un árbol cercano crujió y se partió, desgajado como si una mano invisible lo hubiera arrancado. La multitud gritó el nombre de su dios Gundar.

Shuraz apretó los dientes.

—¡No queremos guerra, malditas ratas salvajes! Solo queremos pasar. Nuestro pueblo necesita cruzar el bosque. ¿Por qué hacéis esto?

Kharzug golpeó su trono con un hueso largo y lo rompió.

—¿Queréis la verdad? La última vez que vuestra raza de hombres entraron, exterminaron a los nuestros.

Edoz inclinó la cabeza.

—Entonces, probemos otra cosa… —Su voz era de seda envenenada—. Liberadnos, volveremos por dónde hemos venido y a cambio, por vuestra benevolencia, os daremos algo que no esperáis.

Los ojos rojos de los arreshim brillaron, las miradas se clavaron en él como cuchillas. Shuraz lo fulminó con los suyos, sin comprender qué tramaba. Los demás soldados estaban aterrados y permanecían callados, rezaban plegarias fortuitas a Bel-Hur.

El silencio se hizo más denso que el humo.

De repente, los tambores callaron.

Algo en la oscuridad de la madriguera respondió, un crujido profundo, como un suspiro de raíces milenarias. Gundar había escuchado.

La presión de la cuerda tensaba los músculos de Shuraz mientras trataba de mover un brazo sin éxito.

Sus hombres junto a él gemían de pavor, algunos aún convulsionaban por el veneno de los dardos.

El olor a hierbas quemadas se hizo evidente y sus hogueras, al arder unas plantas, se volvieron de color azul.

Los arreshim aguardaban como lobos alrededor de los prisioneros. Sus ojos brillaban tras las máscaras de hueso retocadas con ramas. El viento arrastraba las cenizas azules de un fuego cercano.

Edoz, permanecía inmóvil a su lado.

—Si queréis matarnos, hacedlo ya —soltó, y después de una risa seca, continuó—, pero si lo que buscáis es algo más, entonces, escuchad.

Hubo un murmullo en la oscuridad, pasos leves que crujían en las hojas húmedas. Una voz grave respondió desde fuera de la penumbra:

—¿Y qué podría decir un prisionero que valga más que su silencio?

Edoz alzó la cabeza, sus ojos brillaban con esa chispa incómoda que Shuraz conocía bien.

Edoz elevó la voz, ronca pero firme:

—¿Tanta hambre tenéis que os basta con carne cansada?

Algunos se rieron. Otros chasquearon la lengua. Muchos no entendían su idioma y preguntaban a los que sí lo conocían. Kharzug se inclinó hacia él.

—Sirves para poco más que caldo, extranjero. No nos interesan tus palabras.

Edoz sonrió, tenía sangre entre los dientes.

—¿Y qué tal un espectáculo? Uno a la altura de vuestra memoria y que os proporcione una diversión mayor que un estómago lleno.

Los murmullos crecieron. El líder ladeó la cabeza con curiosidad.

Edoz extendió la oferta con calma:

—Shuraz, el comandante de los belurios. El mejor guerrero de Alonia.

Es toda una leyenda entre los humanos. Una vez mató a cien hombres en el campo de batalla y porta una espada que bebe oscuridad.

—Edoz señaló a Oscuria con la barbilla, se encontraba a los pies de su líder, junto al trono—.

¿Queréis probar su filo contra el vuestro?

El silencio se volvió expectante. Shuraz lo miró, furioso, pero no podía negar la verdad de su popularidad entre los suyos.

Edoz escupió al suelo y se incorporó cuanto la cuerda le permitió.

—Os propongo un duelo. Vuestro campeón, contra el nuestro.

A muerte. Si ganáis, podéis cocinarnos juntos en una parrilla, hacernos puré con picatostes o repartirnos en pedazos para hacer sopa, como os plazca.

Si ganamos nosotros, nos largamos por donde vinimos, y todos tan felices.

Sin rencores, perdonado las ofensas pasadas y sin más sangre.

Un cuervo graznó sobre los árboles. Los arreshim soltaron risas graves, excitadas, como hienas que olían el desafío. Kharzug bajó el hacha y la golpeó contra el suelo de tierra húmeda.

—Este prisionero habla con lengua de cuchillo —dijo en lengua arreshim que los humanos no entendían—. Quizá probemos su juego.

Los ojos de Shuraz ardían sobre Edoz, y murmuró entre dientes:

—Cuando salgamos vivos de esto, te arrancaré la lengua.

—Si lo estás deseando, Shuraz…