El medallón
—Obedéceme… —reverberó una voz dentro de su cráneo.
Lyria apretó los dientes y se estremeció.
No la reconocía, aunque la nota profunda del eco la envolvía como un grillete.
No sabía que, en otra tienda, el Profeta, erguido sobre un círculo de sangre, inclinaba la cabeza sobre un talismán idéntico.
Sus labios se movían despacio, invocaban plegarias de Kudram.
Cada frase se abría paso a través de la piel de ella, como un dedo invisible que buscaba su mente.
La presión aumentó. Un segundo latido, ajeno al suyo, martilleó desde el colgante.
—Debes obedecer, es el único camino para vengar su muerte.
La orden arañó sus entrañas.
Lyria cerró el puño con rabia y lanzó el medallón contra una roca.
El impacto no dejó más que un sonido hueco.
Lo recogió y golpeó una y otra vez, cada vez más fuerte.
Una grieta se extendió en el medallón como una vena rota.
A la tercera, la piedra estalló en mil pedazos. Los fragmentos chispearon en el suelo.
Del corazón roto del objeto brotó un humo negro, espeso, que se arremolinó en el aire con un grito que le encogió el estómago. No sonaba humano, tampoco parecía venir de nada vivo. Era el alarido de algo que no quería morir.
Lyria retrocedió y tiró los restos hacia las brasas humeantes. El fuego los devoró y el humo se tornó violeta, mientras impregnaba el claro con un hedor a azufre.
Muy lejos, dentro de su tienda, el Profeta sintió el golpe.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás, y cerró los ojos de dolor.
La sangre le brotó por los oídos y cayó sobre la túnica que llevaba desde los primeros días del éxodo.
Sus fieles se asomaron a la entrada, pero ninguno se atrevió a cruzar el umbral.
Los gritos que escapaban de su garganta no pertenecían a hombre alguno.
El dolor se extendió como un látigo invisible desde su cabeza hasta las extremidades.
Cuando la convulsión cedió, respiró con la boca abierta, jadeante. Una sonrisa rota se dibujó en su cara.
—Kudram… toma este dolor —susurró con la lengua bañada en sangre—. Hazlo tuyo.
Una risa rota, demencial, llenó la tienda. Cada lágrima de sufrimiento había sido una ofrenda aceptada a Kudram, Dios del caos, la ambición y la ruina.
Al otro lado del campamento, Lyria tembló frente al fuego. Había roto el medallón, pero en su pecho sentía la certeza de que aquello no había terminado.